A través del sexo. La saga completa 19. Más dudas que certezas #4
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19. Más dudas que certezas #4

—No le juzgues sin saber —espeté con más dureza de lo que había pretendido, recordando lo que David me había dicho apenas unos meses antes.

«Si mi padre estuviera enfermo en un hospital, la única visita que le haría sería para escupirle a la cara», había dicho.

En aquel momento lo había tomado como una de sus bravatas, pero ahora…

—. Si lo hizo, sus razones tendrá —dije.

—Ya. —Asintió levemente, calentándose las manos con su taza de café—. Supongo que yo no hablaría sin saber si tú me hubieras contado algo sobre esto —me dijo—. Pero dado que no lo has hecho…

Se levantó y se dirigió a la cocina, no sin antes darme un cariñoso apretón en el hombro, quizás para suavizar su reproche.

Clara no se incorporó a las clases al final de las vacaciones y, de hecho, se perdió los exámenes cuatrimestrales.

Seguían llegando noticias desde Alemania, pero cada vez con menor asiduidad.

La prensa pareció olvidar con el tiempo el escándalo provocado por David durante el entierro de su padre, y poco a poco dejó de prestarle atención a los avatares de la familia Van Kerckhoven.

Ahora mi fuente de noticias era mi hermano, que iba y volvía de Alemania con relativa frecuencia, para ver a «su chica».

Samuel y yo también seguimos en contacto con ella, claro está, pero las pocas veces que hablé personalmente con Clara durante aquellos meses, nunca le mencioné lo que se había publicado en la prensa, ni le preguntaba acerca del comportamiento de David.

Quizás era porque pensaba que sería mejor no hablar de determinadas cosas por teléfono o mail, pero en el fondo dudaba de si a ella le apetecía tratar esos temas. Al menos, conmigo precisamente.

—Está afectada, tienes que entenderlo —me dijo una vez Moisés cuando hablamos del tema.

Ya hacía casi dos meses desde el fallecimiento de su padre, y mientras que mi hermano parecía estar enterado de todo, yo me sentía aislado de lo que estaba ocurriendo—.

Lo está pasando mal. Y su hermano también —apostilló.

Se me hacía notorio que en sus idas y venidas de fin de semana a Berlín, Moisés no solo había reiniciado y reforzado la relación que tenía con Clara, sino que también había llegado a trabar cierta confianza con David y desarrollado una simpatía por él que yo nunca le creí capaz de sentir.

—Pero ahí pasa algo, ¿a que sí? —le presioné.

—La situación es complicada, Noah —respondió, en lo que yo casi interpreté como una confirmación de que así era—, y yo no soy la persona adecuada para contártelo. Y menos estando como estás de por medio entre Clara y su hermano. No te inmiscuyas —me aconsejó.

Y seguí su consejo al pie de la letra.

Si yo no hubiera tenido con David la historia que había tenido, me hubiera sentido más libre para preocuparme por Clara, por invitarla a compartir sus problemas conmigo.

Quizás incluso me hubiese planteado la posibilidad de ir a Alemania a verla y pasar con ella unos días, pero, como mi hermano no se cansaba de recordarme, mi relación con David complicaba las cosas de una manera insostenible en aquel momento.

No se me pasaba por la cabeza la idea de presentarme allí, justo cuando David debía sentirse más vulnerable, para forzarle a soportar la presencia de quien le había rechazado poco tiempo antes.

Seguramente mi hermano tenía razón en que era mejor que solucionaran sus problemas en familia antes de intentar trabar un contacto real con Clara otra vez.

El problema era que tampoco sabía si iba a volver a verla.

Lo poco que sí sabía acerca de lo que estaba ocurriendo era que lo que apostillara aquel periodista justo tras la muerte de Michael parecía ser verdad, y previsiblemente David se convertiría en el nuevo presidente ejecutivo del grupo Van Kerckhoven.

O al menos lo estaba intentando. No había nada decidido todavía, y la prensa especulaba acerca de luchas intestinas dentro de la familia, concretamente entre David y su hermana Florence, por hacerse con el control de la empresa.

Si eso era verdad, y David terminaba ocupando el más alto puesto de la empresa familiar, tendría que cambiar su residencia a Berlín, y yo no estaba seguro de que Clara volviera a España si su hermano no lo hacía.

Lo sentía sobre todo por Moisés, porque eso podría significar el fin de la relación más significativa que había tenido en su vida.

Sin embargo, Clara sí que volvió, y lo hizo cuando ya casi nadie la esperaba. A principios de marzo, y durante uno de esos fines de semana que Moisés fue a verla, Clara me llamó para decirme que volvería a España con mi hermano, aquel mismo domingo.

—He decidido terminar el curso en España —me dijo—.

Lo he estado pensando, y lo he hablado con David y con Moisés.

David dice que no me quiere aquí, que no le sirvo de ayuda y que no hago más que deprimirme.

Y seguramente tiene razón. Además, pensaba transferir mi expediente a alguna universidad alemana, pero lo más probable es que tuviera que esperar hasta septiembre, y perdería todo el curso.

—Ya te has perdido los exámenes del primer cuatrimestre. Y el inicio del segundo —le dije.

—Lo sé, pero esperaba que tú pudieras ayudarme a ponerme al día.

—Claro que puedo ayudarte —contesté yo—. Joder, me alegro un montón de que vuelvas. Tengo muchas ganas de verte.

—Y yo a ti. Y a Samuel, y a Pablo… y a todo el mundo. Os he echado de menos.

Apenas dos días más tarde, Clara y Moisés se presentaron en casa de mi padre.

Pablo y Samuel también estaban allí y los cuatro nos fundimos en un abrazo al vernos.

Pensé que quizás mi relación con Clara seguiría tensa, que después de todo lo que había pasado nuestra amistad se había enrarecido, pero por la manera en la que me miró con los ojos llorosos cuando nos separamos, me di cuenta de que no tenía nada que temer.

—Clara, lo siento muchísimo —le dije. Le había dado el pésame por teléfono, meses atrás, pero al verla cara a cara me di cuenta de que debía hacerlo de nuevo.

—Lo sé.

—¿Cómo estás? —le preguntó Samuel, con expresión preocupada.

—Bien, estoy bien.

—¿Y papá? —preguntó Moisés.

—En el salón —le dije, y no se me pasó desapercibido el hecho de que su mano había vuelto a rodear la cintura de Clara—. Anda, pasa —le dije a ella.

Pasamos al salón, y Clara saludó con afecto a Lola y a mi padre, bromeando con él acerca del buen aspecto que tenía. Luego, ellos dos salieron para darnos intimidad para hablar, y los cuatro amigos nos vimos de nuevo juntos, pero no solos. Moisés parecía no querer separarse de ella.

—¿Va muy avanzado el cuatrimestre? —me preguntó.

—Un poco —le dije—. Pero te he fotocopiado todos mis apuntes.

—Y yo he hablado con los profesores para decirles que no te tengan en cuenta las faltas de asistencia —intervino Samuel.

—Qué bien —dijo ella—. Gracias, chicos. Ufff , tras tantos meses sin estudiar, no sé si tendré moral para ponerme de nuevo a ello.

—Ya verás cómo sí —la animé.

—Todo el mundo lo sabe, ¿no? —preguntó de repente.

—¿El qué?

—Moisés me ha contado que se han publicado un montón de cosas aquí. ¿Tan malo ha sido?

Todos nos quedamos callados un momento. Finalmente, y sin decir una palabra, Pablo abrió uno de los cajones del aparador, donde guardaba algunas de sus cosas, y extrajo un tocho de periódicos y revistas que había estado coleccionando desde Navidad.

Clara miró la portada de uno de ellos y apartó la vista.

—Joder, Pablo —me quejé.

—¿Qué? —pareció extrañarse él, como si no fuera consciente de haber hecho nada malo—. Ella tiene más derecho a ver esto que cualquiera de nosotros.

—No hagas caso —le advertí a Clara—, casi todo son tonterías.

—Ya, pero algunas cosas son verdad. Y encima, David ha sido muy… indiscreto.

—¿Lo dices por esto? —dijo Pablo, que había estado rebuscando entre los periódicos hasta encontrar el del 28 de diciembre, aquel que anunciaba en su portada la «indiscreción» de David durante el entierro de su padre.

Pensé que Clara se echaría a llorar al ver eso, pero en su lugar, abrió el periódico con calma para echarle una ojeada al artículo en el que se hablaba de su hermano.

—Hay que ser idiota y testarudo… —amonestó a la fotografía de su hermano, pero con una sonrisa de afecto. Meneó la cabeza—. No sabía que esto se había publicado también aquí, pero no es de extrañar. Menudo escándalo montó ese día. —Y sin más, volvió a dejar el periódico sobre la mesa.

—¿Y? —preguntó Pablo, casi exasperado.

—¿Y qué? —preguntó Clara a su vez.

—Que si no nos vas a hablar de eso. ¿Por qué tu hermano hizo algo así?

Clara le miró, esbozando una sonrisa de lo más triste. Luego me miró a mí durante un instante. Yo no me atrevía, como mi amigo, a pedirle que me hablara de ello, pero debió de notar en mi expresión que así era. Sin embargo, sentí que nos estábamos metiendo donde no nos llamaban.

—¿Qué mosca te ha picado? —me encaré con Pablo—. ¿Qué más te da a ti lo que haga David o deje de hacer?

—¿A mí? Naaada —dijo—. Solo pregunto porque sé que tú quieres saberlo y no te atreves a preguntarlo.

—Eso no es verdad —mentí—, además, no deberías presionar a Clara. A lo mejor ni siquiera quiere decírnoslo.

—No me importa decíroslo —nos interrumpió ella.

Pablo y yo la miramos, y ella continuó—: Sois mis amigos, y aparte de Moisés no he tenido nadie con quien desahogarme.

Pero me parece que Noah no necesita que le cuente nada de nada.

—Luego me miró con sus enormes y expresivos ojos—.

Tú ya sabes de qué va todo esto, ¿verdad?

Me perdí un momento en esos ojos grises, tan sinceros, tan llenos de calma, y recordé otros ojos muy similares, pero no tan cristalinos, sino matizados con secretos, secretos que yo creía haber desvelado hacía mucho tiempo.

—Fue tu padre, ¿verdad? —dije al fin—. Por eso tu hermano le odia tanto. Y por eso le tenía miedo.

Ella se reclinó en el sofá, sin apartar sus ojos de los míos, y asintió casi imperceptiblemente.

—¿Desde cuándo lo sabes?