A través del sexo. La saga completa 18. Hermanos #5
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18. Hermanos #5

Lola salió tras él y me vi solo, por fin, en mi propio dormitorio.

A pesar de saber que tendría a Pablo a solo dos puertas de distancia, me invadió una extraña melancolía.

Miré hacia mi mesita de noche y mi vista se topó con Arturo, el payaso feo, y la sensación de melancolía se intensificó.

Recordé otras navidades, hacía ya tres años, en las que también había ayudado a Pablo a hacer su mudanza, cuando se fue a vivir con aquellos compañeros de la facultad.

Fue el mismo año que Pablo me organizó aquella fiesta de cumpleaños a la que yo no había acudido para poder follar con David, y sonreí, burlándome del niño tonto que había sido por aquel entonces, y para ocultar el arrepentimiento que sentía por haberme perdido aquella celebración de mi cumpleaños, sobre todo porque ese año nadie parecía querer celebrármelo.

Aquel día cumplía veintiún años, pero no había encontrado mejor plan para mi aniversario que ayudar a Pablo a ultimar su mudanza.

Clara había volado aquella misma tarde hacia Alemania, para pasar las Navidades con sus padres; Samuel estaba liado con Jero, intentando salvar una relación que a mí me parecía insalvable; incluso Rafael estaba ocupado ese día, por culpa de un turno de noche que, a pesar de intentarlo, no pudo quitarse de ninguna manera, así que solo me quedaba mi fiel amigo Pablo, que estaba más interesado en colocar sus pertenencias en su recién estrenado cuarto que en nada más.

—Me he olvidado de Arturo —le oí decir mientras entraba de nuevo en mi habitación. Le miré, y él me sonrió al ver que lo tenía en la mano.

—Te lo iba a llevar —le dije.

Sin decir una palabra, me abrazó y yo acepté el abrazo, agradecido.

—Estás un poco chof , ¿no?

—Sí, sé que Rafa tiene que trabajar, y no estoy enfadado, pero me hubiera gustado pasar este día con él.

—Ya lo sé. Pero le verás mañana.

—Sí —dije. «Pero no es lo mismo», añadí para mis adentros.

—¿Te parece si salimos un rato tú y yo solos? —me dijo mi amigo—. Vamos a cenar por ahí, nos tomamos unas cervezas y celebramos tu cumple y el fin de las clases.

—No sé yo…

—Venga, que aún no te he dado tu regalo. Te lo doy si me dejas que te invite a cenar.

— Vaaaale .

Pablo salió disparado de la habitación mientras decía:

—¡Primero para ducharme!

Un rato más tarde, los dos estábamos listos para salir. Me despedí de mi padre y de Lola, que afirmaron tener un planazo a base de pizza y películas antiguas, y nos metimos en el cada vez más desvencijado Seat Panda de Pablo.

—¿A dónde vamos?

—A un bareto que conozco: oscuro, tranquilo, con una gran selección de cervezas y música en vivo.

—¿Y luego?

—Lo que tú quieras.

Miré curioso a Pablo mientras este maniobraba para sacar el coche del aparcamiento. No había podido evitar fijarme en que no llevaba ningún paquete ni bolsa encima.

—¿Y mi regalo?

—Luego te lo doy.

—Ya, ¿pero dónde está?

—Luego te lo doy —insistió, sin querer soltar prenda.

—¿Dónde está ese bareto? —le pregunté tras unos minutos de silencio.

—Cerca de la plaza de la Constitución.

Fruncí el ceño ante su elección de itinerario.

—¿Y entonces por qué vamos por aquí? ¿No es este el camino más largo?

—¿Es que acaso tienes prisa? —preguntó a su vez, sin apartar los ojos de la carretera.

—No, pero menudo volteo que estamos dando.

—Bueno —dijo él, como si no le molestara lo más mínimo.

Diez minutos más tarde de lo necesario, llegamos a la Plaza de la Constitución.

—Ahora a buscar aparcamiento —dijo mi amigo.

—Pues ahí había uno —le señalé uno que pasó de largo.

—Ahí no me cabía el coche.

—Pablo, ahí caben dos como el tuyo.

—Que no.

—Pues ahí —le dije, haciéndole notar otro aparcamiento libre junto a una acera.

—Ahí tampoco me cabe.

—¿Y a ti qué te pasa esta noche?

—Nada, ¿y a ti?

—¡Nada! —le contesté, empezando a ponerme nervioso.

—Pues te noto muy tenso.

—No estoy tenso, tenso estarás tú.

—Relájate, Noah.

—¿Que me rela…? —respiré hondo y no hice ningún comentario cuando Pablo dejó pasar otros dos aparcamientos libres.

Al final, aparcó varias calles más abajo, en el sitio más estrecho y pequeño que pudimos encontrar, tanto que le costó un montón de maniobras poder meter su coche sin rozar los que estaban al lado.

—Has cogido el aparcamiento más lejano y más pequeño que has podido, ¿no?

—¿Qué tienes en contra de dar un paseo?

—¿Que hace frío? —pregunté.

Mi amigo me abrazó, poniendo su brazo sobre mis hombros para darme calor, y caminamos en dirección a la plaza.

—Es aquí —me dijo varios minutos más tarde, parando frente a un bar cuyo cartel rezaba El gallito y que estaba adornado con el dibujo de un colorido y enorme gallo. Sus puertas de doble hoja estaban cerradas, pero a través de las cristaleras del local no se veía más que oscuridad.

—Pablo, este sitio está cerrado.

—No, no lo está.

—No hay luces dentro.

—Habrá alguna actuación.

Por más que agudicé el oído, no pude escuchar ningún sonido procedente del interior.

—Seguro que está cerrado.

—Que no lo está. —Pablo empujó una de las puertas, que se entornó blandamente; sin embargo, seguía sin percibir luces o sonidos del interior del local—. Vamos.

—Espera —dije, cogiendo a mi amigo por el brazo, mientras una sospecha que llevaba un rato albergando se hacía más plausible—. ¿Es esto lo que creo que es?

—No sé de qué me hablas.

—Pablo…

Mi mejor amigo no pudo aguantar más la sonrisa.

—Anda, entra ya en tu fiesta de cumpleaños y no me lo pongas más difícil —dijo, a la vez que abría del todo la puerta y me cedía el paso.

Di dos tímidos pasos hacia el interior del local, en completa penumbra, y, como esperaba, a los pocos segundos se encendieron todas las luces y un coro de voces gritó:

—¡Sorpresa!

Estaban todos allí: Rafael, que me miraba con una cariñosa sonrisa, Samuel y Jero, Clara, mi padre y Lola, mi hermano Aarón, y también Moisés, a quien no esperaba ver en un lugar así, y muchos de mis amigos y compañeros de clase. Me giré hacia Pablo y le musité:

—Serás hijo de puta…

—Feliz cumpleaños, cariño —dijo, abrazándome.

Rafael también avanzó para abrazarme, levantándome del suelo al hacerlo con tanta fuerza.

—¿Pero tú no trabajabas esta noche?

—No.

—¿Y tú no te ibas a Alemania? —le pregunté a Clara, que se acercó a felicitarme.

Ella meneó la cabeza.

—Y tú, pequeño mentiroso… —le reproché a Samuel que el día anterior me había pegado una perorata acerca de por qué aquel viernes tenía que salir con su novio en vez de celebrar mi cumpleaños—. Estabais todos en el ajo.

Ellos asintieron, incluso mi padre y Lola, que también se habían acercado.

—La idea fue de Pablo —admitió Rafael, aún abrazado a mí.

—Yo quería hacerte una fiesta supergay, como aquella a la que no fuiste. —Carraspeó exageradamente—. Pero el soso de tu novio no me dejó.

De repente oímos otro carraspeo, esta vez amplificado por la megafonía. Miré consternado hacia el escenario y vi sobre él a una de las preciosas drag queens que trabajaban en el local en el que Pablo había servido copas hasta el año anterior.

— Ejem —repitió con una voz aflautada—, ¿puedo empezar ya? Que se me derrite el rímel con los focos.

—Conque no es una fiesta gay, ¿eh? —Le pegué un codazo a Pablo.

—Solo un poquito.

La drag queen empezó a entonar el Cumpleaños feliz y todo el mundo se le unió a la segunda estrofa, alguien puso una copa en mi mano y yo no me podía sentir más avergonzado y más feliz.

Después de la canción, nos sentamos a cenar.

Había dispuestas varias mesas circulares, con cinco o seis asientos cada una, y me colocaron en una de ellas, entre mi padre y Rafael, con Lola y Pablo justo en frente.

Las drag queens empezaron a bailar en el escenario canciones ochenteras mientras hacían playback , a la vez que mis amigos empezaban a contarme todos los pormenores de su cuidadosa planificación.

—Llevamos semanas organizándolo —me decían.

—Y no te enterabas de nada —añadían.

—Aunque una vez estuviste a punto de pillarnos, cuando conspirábamos en la cocina —recordó Lola.

—Y otra vez, en el Sodoma, casi nos pillas a Pablo y a mí —reconoció Rafael, mientras yo recordaba esos momentos y les daba otro significado, que en ese entonces no había entendido—. Menos mal que Pablo es un buen mentiroso, que si no…

—¿Y este sitio? —pregunté yo.

—Rafa conocía al dueño del local —me explicó Pablo.

—Este es uno de los sitios en los que yo tocaba durante la carrera —me explicó mi novio—, y el dueño es un viejo amigo. Cuando le conté para qué quería el local, no me puso mucho problema.

—Y las drag queens son cosa tuya, ¿no? —le pregunté a mi mejor amigo.

—Sí, y hubieras tenido un stripper también, a muy buen precio —le recordó a Rafael— de no ser porque tu novio no quiso.

—Bueno, así está bien —aseguré.

La cena fue muy animada gracias a la actuación, incluso yo fui parte del espectáculo, pues me sacaron al escenario y las drag queens me gastaban bromas, sacándome todos los colores que pudieron, y me dieron los regalos de mis amigos uno por uno, leyendo las dedicatorias con sorna para que todo el mundo se riera de mí.

Más tarde, una vez que la cena hubo concluido, quien salió al escenario, para mi sorpresa, fue Rafael.

Sacó una guitarra de entre las bambalinas, y yo la reconocí como la guitarra vieja y algo desvencijada que había visto cientos de veces en su dormitorio.

Se sentó en un alto taburete, puso el micrófono a la altura adecuada y empezó a hablar:

—Hola. Creo que más o menos todo el mundo sabe quién soy, así que sobran las presentaciones.

Voy a cantar una de mis canciones favoritas, estoy seguro de que la mayoría la conoce.

Esta canción es para… Bueno, ya sabéis para quién.

—Y me miró—. Te dije que algún día me verías tocar, así que allá voy.

En cuanto empezó a tocar la guitarra, todo el mundo reconoció los primeros acordes de «More than words» y aplaudimos entusiasmados. La voz de Rafael se elevó entre los aplausos, grave y profunda.