18. Hermanos #4
—Sí —y me añadió bajito, como en broma—: Es que me he puesto un poco celoso al verte bailar con tu amigo.
—Está bien. Vamos, grandullón —dije, cogiéndole de la mano—. ¿Tú no vienes, Pablo?
—No, id vosotros solos, tortolitos. Yo voy a dar una vuelta a ver si veo algo interesante.
Al final, Pablo se fue de vacío aquella noche, pero eso no lo supimos hasta después.
Rafael y yo estuvimos un rato bailando, y terminamos jugando y toqueteándonos en una esquina oscura del local.
Cuando ya empezábamos a plantearnos si iríamos al cuarto oscuro a montárnoslo, nos encontramos con que Pablo se nos había acercado mientras nos besábamos y se había apoyado en la pared junto a nosotros.
—No he encontrado nada interesante —anunció, para a continuación cruzar los brazos sobre el pecho y poner pucheros.
Me desembaracé un poco de Rafael, y alargué el brazo para acariciarle los rizos a mi amigo.
—¿Te quieres ir ya?
—Sí. Me aburro.
—La verdad es que esto no está muy animado esta noche. ¿Nos vamos? —pregunté, mirando de nuevo a mi novio—. Al fin y al cabo, ahora mismo no hay nada que no podamos hacer en casa —añadí con picardía.
Rafael me hizo una carantoña y Pablo puso los ojos en blanco.
—Venga, vámonos.
Salimos del local y descubrimos que había estado lloviendo. Las calles estaban húmedas y frías, y olía a asfalto mojado. Nos metimos en el coche y Rafael nos llevó de vuelta a casa. Aparcó al lado del portal de mi padre, pero Pablo fue el único que hizo el amago de bajarse del coche.
—¿Te vas con Rafa? —preguntó.
—Sí.
—Vale. Portaos bien —dijo a modo de despedida, estirándose desde el asiento trasero del coche para apoyarse entre los dos delanteros—, no hagáis nada que yo no haría.
—Hay muy pocas cosas que tú no harías —contesté yo, siguiéndole el rollo.
—Por eso mismo. Hagáis lo que hagáis, os portaréis bien. —Me dio un beso en la mejilla, y tras un segundo de duda, le dio otro a Rafael. Luego salió del coche y le vimos meterse en el portal.
—¿Ves cómo empiezas a caerle bien? —le dije a mi novio mientras arrancaba.
Nos mantuvimos un rato en silencio hasta que Rafael volvió a hablar:
—No sé cómo Samuel pudo liarse con un tío así, con lo buen chico que es.
—Al principio su novio no era así, se ha vuelto gilipollas con el paso del tiempo. No creo que duren mucho más, Samuel está harto de él.
—¿Y qué rollito hay entre Pablo y Samuel?
Miré a Rafael, que conducía con tranquilidad. De la misma manera que nunca le había contado que casi me había acostado con Pablo cuando le conocí, y que una vez me había liado con Samuel, tampoco le había contado lo que había habido entre mis dos amigos.
—Has notado algo, ¿eh? —le pregunté.
—Como para no notarlo —ironizó.
—Estuvieron liados el año pasado —le expliqué—. No salieron durante mucho tiempo, siete u ocho meses, pero… para Samuel, Pablo fue el primero, y para Pablo… Bueno, supongo que para Pablo también fue el primero en algunos aspectos. Tuvieron una relación muy bonita. Era genial verlos juntos.
—¿Y qué pasó? —preguntó mi novio, sin apartar la vista de la carretera.
—Que Pablo metió la pata —resumí—, y cortaron. Pero Samuel siempre ha querido volver con él, y por mucho que lo nieguen, siguen enamorados el uno del otro.
—Pues entonces volverán juntos —dijo Rafael con convicción. Separó un segundo la mirada de la carretera para mirarme y así acentuar sus palabras—. No importa lo que haya pasado entre dos personas, si se quieren, al final terminarán juntos.
—Pero si eres un romántico —le dije.
Rafael sonrió y volvimos a quedar en silencio.
—¿Y qué rollito hay entre Pablo y tú? —preguntó al final—. Porque eso de que sois como hermanos no me lo trago…
Suspiré.
—Eso va a requerir una explicación más larga.
A medida que se acercaban las vacaciones de Navidad, me daba la sensación de que Pablo «remoloneaba» cada vez más.
Se había metido de lleno en la organización navideña y ya ni siquiera se molestaba en fingir que buscaba piso.
A mí me encantaba tenerle en casa y verle así de contento, pero empezó a darme la sensación de que quizás Lola y mi padre no estuvieran tan alegres con la perspectiva de seguir alojando a mi amigo.
No era que él viviera de gorra con nosotros: cada mes le pasaba a mi padre una cantidad de dinero para costear los gastos que su estancia en casa ocasionaban, pero aun así, no podía reprocharle nada a mi padre y Lola si querían echarle, pues ya habían hecho por él mucho más de lo que en un principio se ofrecieron a hacer.
Una vez incluso los pillé hablando del tema, pero cuando quise que me dijeran de qué hablaban, no quisieron compartir sus impresiones conmigo.
Sin embargo, no tuve redaños para decirle nada a Pablo, y deseé que mi padre esperara al menos hasta después de las Navidades para darle un ultimátum a mi amigo.
Por eso me sorprendió que esa conversación tuviera lugar apenas dos semanas antes de mi cumpleaños.
Estábamos en nuestro cuarto, Pablo editando una ilustración con su programa de diseño; yo estudiando, enfurruñado en mi cama, tras haberme quejado al menos diez veces de que el sonidito de las teclas del ordenador me dificultaba la concentración.
Lola entró tras dar dos rápidos toques en la puerta y anunció:
—Chicos, Carlos y yo queremos hablar con vosotros.
Y se fue.
Pablo y yo nos miramos, y yo sentí vértigo al imaginar lo que querrían decirnos.
—¿Qué tripa se les habrá roto? —me preguntó él.
—No lo sé —dije.
Nos levantamos y juntos recorrimos el pasillo en dirección al salón. Cuando llegamos allí, vimos a mi padre sentado en su viejo sillón de orejas y a Lola a su lado, apoyada sobre el reposamanos.
—Sentaos —nos dijo. Así lo hicimos y él volvió a hablar—: Pablo, Lola y yo queremos saber cuáles son tus planes a partir de ahora.
Pablo los miró alternativamente, antes de responder:
—Bueno, estoy buscando un sitio para vivir, y mientras tanto…
—Ya, pero es que nos da la impresión de que no buscas lo suficiente —dijo Lola.
Pablo calló y los miró atónito.
—¿Es que acaso no quieres irte? —preguntó mi padre.
—No es eso, es que… —Me miró, como si no supiera qué decir, y yo, también sin palabras, le puse una mano sobre el muslo, para darle algo de apoyo.
—Solo te preguntamos esto porque necesitamos saber qué es lo que quieres —continuó Lola—.
Carlos ya no va a necesitar su estudio —dijo, haciendo referencia a que finalmente mi padre había obtenido la invalidez laboral—, y estamos pensando en que ese podría ser tu cuarto.
Pero solo si tienes pensado quedarte con nosotros a largo plazo.
—¿Qué? —espeté. Miré a Pablo, que se había quedado pálido.
—¿A ti te parecería mal que tu amigo siguiera viviendo aquí, hijo?
—No, en absoluto, pero…
—¿Entonces?
Los dos callamos de nuevo, y Lola y mi padre empezaron a hablar, atropelladamente.
—Podemos vender el escritorio, es muy grande y ocupa mucho espacio, pero te dejaremos las estanterías, para que pongas tus libros.
—Sí, y el otro día vi en una tienda una cama nido que sería ideal para ti.
—Podemos dejar la cajonera, para que la uses como cómoda en el dormitorio.
—Y podemos vaciar el armario de la alacena para que pongas tu ropa, hasta que encontremos uno a tu gusto.
—Incluso, podríamos construir uno empotrado, esa habitación es lo suficientemente grande. ¿Qué te parece, Pablo?
Mi amigo los miraba de hito en hito sin decir nada y, de repente, se echó a llorar. Le abracé la espalda y miré a mi padre.
—Creo que le gusta la idea.
—No, coge esa ahí, y ten cuidado con los lienzos, ¡los lienzos, Noah!
Miré a Pablo malhumorado, aún agarrando en precario equilibrio el cuadro que a punto estuve de dejar caer por accidente.
—Joder, es que necesito ayuda.
Pablo vino en mi auxilio y agarró el cuadro. Luego me ayudó a bajar de las escalerillas en las que me había encaramado para bajar los cuadros ya terminados de mi amigo, que se habían ido acumulando en el altillo de mi propio armario.
—¿Ese era el último?
—El último —corroboré yo, dejando que las enormes manos de mi amigo me agarraran de la cintura y me bajaran al suelo.
—¿Cómo vais, chicos? —preguntó Lola, apareciendo en el umbral cargando la cesta de la colada.
—Bien, pero casi me mato —me quejé, enjugándome el sudor de la frente.
—Vale. Separad vosotros vuestra ropa, que yo me hago un lío —dijo, dejando la cesta sobre mi cama.
Volteé la cesta para que la ropa cayera sobre la colcha, y me dediqué a separar mis calzoncillos de los de Pablo, mientras que Lola se dedicaba a curiosear y a mirar los lienzos.
— Uyuyuyuyuy … —La oímos decir.
—No mires eso —dijo Pablo, quitándole el cuadro de las manos y volviendo a envolverlo celosamente con una sábana vieja.
—¿Ese eres tú, Noah? —me preguntó ella con una sonrisa ladina, haciéndome suponer qué cuadro acababa de encontrar.
—Según Pablo, no —contesté, no dándole mayor importancia.
—Como tu padre encuentre eso, le da algo —me advirtió.
—Por eso mismo estaba tapado, so cotilla —le dijo Pablo, sacándole la lengua.
La mudanza de las cosas de Pablo de mi cuarto al suyo propio estaba a punto de concluir.
Pablo se había comprado aquella cama nido que Lola le recomendara, y un armario a juego.
La siguiente semana la dedicamos a llevar su ropa, sus cuadros y sus libros a su nueva ubicación.
Con los lienzos que acabábamos de bajar del altillo, habríamos concluido.
—¿Ya está todo? —preguntó Lola.
—Ya está todo. Mi cuarto es de nuevo todo mío —añadí con voz avariciosa.
—Bah, tontorrón —me dijo mi amigo—, confiesa que me vas a echar de menos.
—Oh, sí, seguro que sí —ironicé—. No sé si voy a echar más de menos tus codos clavándose en mi espalda, o tus rodillas dándome en los muslos, o tus ronquidos, o tus ruiditos molestos cuando estoy intentando estudiar, o tus…
—Un cojín me golpeó en plena cara, acabando con mi perorata—. Vale, vale, ya paro.
Pablo abrazó el lienzo erótico celosamente contra su pecho.
—Voy a llevar esto a mi cuarto.