A través del sexo. La saga completa 18. Hermanos #3
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18. Hermanos #3

—Claro que no —espetó Pablo, a quien aparentemente le había tocado fregar esta vez—, les contaba cómo tú y yo nos conocimos.

Puse los ojos en blanco, entendiendo de pronto por qué la conversación era tan animada. Y por qué Rafael tenía cara de circunstancia.

—Déjate de decir guarradas y céntrate en lo que haces —le dije, señalándole el hecho de que había fregado el mismo tenedor tres veces.

—¿Cómo que guarradas? —Rafael, que estaba secando un plato con un trapo limpio, paró todo movimiento y me miró asombrado.

—Aún no habías llegado a esa parte de la historia, ¿verdad? —le pregunté a Pablo. Este me contestó negando levemente con la cabeza—. Pues ya he pecado de bocazas.

—¿Cómo que guarradas? —preguntó Rafael de nuevo.

—Nada, nada —mascullé, mientras oía de fondo la risita maliciosa de mi mejor amigo, que se secaba las manos en su delantal, habiendo ya terminado de fregar.

—¿Nos vamos? —preguntó Pablo, cambiando hábilmente de tema, y pasándome un brazo por encima del hombro, que retiró rápidamente al ver cómo mi novio nos miraba—. No te tenía por un hombre celoso, Rafa —le picó.

—Deja al chico tranquilo —intervino Lola en la conversación, terminando de guardar la loza en el armario que había sobre el fregadero—, que tiene todo el derecho del mundo a estar celoso si quiere.

Y tú no le hagas caso a estos dos, que solo están de broma —le advirtió a mi novio mientras nos señalaba a Pablo y a mí alternativamente con su pulgar—, si son como hermanos. ¿Ya os vais?

—Será mejor que sí —dije.

—Portaos bien, chicos —dijo Lola, abrazándonos a Pablo y a mí a la vez, y dándonos sonoros besos en la mejilla—. Y tened cuidadito.

—Sí, mamá —respondimos en broma al unísono, y luego nos miramos y reímos, divertidos por nuestra sincronía.

Lola elevó las cejas.

—¿Ves lo que te decía?

Nos despedimos también de mi padre y salimos de casa para toparnos con las frías noches de principios de diciembre.

Nos dirigimos hasta el coche de Rafael, aparcado unas calles más abajo, y nos metimos en él, resoplando y frotándonos los brazos a causa del frío.

Rafael arrancó el motor y prendió la calefacción.

Unos minutos más tarde, habíamos entrado en calor y enfilábamos el camino que nos llevaría al Sodoma.

A pesar de que a mí no se me podía ocurrir que existiera un mejor lugar que el Sodoma para pasar una gélida noche, parecía que el frío había arredrado a muchos a la hora de salir de casa.

Cuando entramos, no nos encontramos con la turba habitual, sino con una diáfana agrupación de hombres, que bebía, bailaba y reía.

Rafael parecía contento por el hecho de no tener que avanzar a codazos, pero Pablo puso morros nada más atravesar la puerta.

—Menuda mierda de ambiente —declaró al entrar—. No me voy a comer ni un rosco, joder. Están los mismos de siempre.

—Pues mira —dije para picarle—, podrías aprovechar la ocasión como excusa para empezar a repetir tíos. Tarde o temprano ibas a tener que hacerlo.

—Espero que no lo digas solo por mí, guapo, que tú te has tirado más o menos a los mismos que yo —dijo, exagerando bastante para mi gusto.

—Mira, ahí está Samuel —respondí yo, evadiendo el tema por el bien de mi relación con Rafael, que muy probablemente no había oído nuestra conversación a causa de la música.

Le hice un gesto con la mano, y desde lejos, Samuel me vio y me devolvió el saludo.

Le vi girarse para hablar con Jero, y acto seguido se dirigieron a donde nos encontrábamos.

—¿No me digas que se nos van a acoplar? —protestó Pablo.

—¿Y por qué no deberían hacerlo? —preguntó Rafael, que se había puesto entre nosotros para oír lo que decíamos—. Pensaba que Samuel era vuestro amigo…

—Porque no soporto al estúpido de su novio.

—Ni yo —dije, habiendo descubierto por fin que Jero no me caía precisamente bien—, pero no le pienso hacer el vacío a Samuel solo porque no nos guste su novio. Así que pórtate bien —le advertí a mi amigo justo antes de que llegaran hasta nosotros.

—Hola —saludó Samuel de lo más jovial, llegando hasta donde estábamos.

En los últimos meses, el estilo entre pijo y supergay de Samuel se había sofisticado mucho, y él por fin había aprendido a sacarle provecho a ese físico menudo que tenía.

Había abandonado por fin los jerseys de colorines, al menos para salir de noche, y aunque seguía poniéndose pantalones ridículamente ceñidos, elegía ahora modelos que realmente le favorecían.

Aquella noche vestía enteramente de negro, se había peinado su abundante cabello castaño en un pulido tupé y su rostro brillaba de entusiasmo.

—Vaya, pero qué guapo estás —le dije, no parándome a pensar en las consecuencias que dicho cumplido podría tener.

Samuel sonrió contento ante el halago, y se ruborizó un poco, pero detrás de él, Jero puso cara de disgusto y me miró mal.

—¿Lleváis mucho rato aquí? —les pregunté.

—Ya nos íbamos —contestó Jero, poniendo un posesivo brazo alrededor de la cintura de mi amigo, pero Samuel se revolvió como una lagartija y le miró.

—¿Cómo que ya nos vamos? Si acabamos de llegar.

—No me gusta el ambiente que hay esta noche —dijo como excusa.

—A mí tampoco —oí a Pablo decir desde detrás de mí. La manera en la que mi mejor amigo miraba al novio de su ex no dejó lugar a dudas de que esto último lo había dicho como un insulto.

—Vamos a bailar, Noah —me dijo Samuel, tirando de mi muñeca y alejándome de los demás.

Atiné a hacerle un apresurado gesto de despedida a Rafael, y seguí a Samuel hasta la pista de baile.

Una vez allí, se me colgó del cuello, pegó su cuerpo al mío y apoyó su cabeza sobre mi hombro, dejando muy claro que no tenía ninguna intención de bailar.

—Odio cuando se pone así —le oí decir—, es un capullo.

—Ya —le dije. Rodeé su espalda e inicié un lento movimiento, demasiado suave para ser un baile discotequero, pero lo suficientemente patente para que no pareciera que estábamos simplemente abrazados. Desde donde estaba, podía ver a Jero vigilando nuestros movimientos.

Samuel acompasó su cuerpo al mío, y yo le cogí la mano derecha e hice el amago de bailar un vals con él. Eso le sacó una sonrisa y me miró a los ojos.

—Lo siento, no quiero arruinarte la noche.

—No lo haces. ¿No íbamos a bailar? —le pregunté, meneándome más intensamente.

La sonrisa de Samuel se ensanchó y empezamos a bailar.

—Siempre está celoso —me contó, moviendo sus caderas contra las mías, y con sus brazos aún alrededor de mi cuello —, de ti, de Pablo…, de cualquier tío que se me acerque. Y esta noche se me han acercado un par —añadió con timidez.

—No me extraña, estás guapísimo.

—Ya —sonrió de nuevo, y bajó la mirada—. No debí haberle contado que tú y yo nos enrollamos una vez. Ahora no puede ni verte.

—Craso error —repliqué.

—¿Tú no le has contado a Rafa lo nuestro? —preguntó, refiriéndose a los efímeros besos que nos habíamos dado una noche de borrachera. Para mí aquella noche no había significado nada, pero yo había sido el primer chico en besar a Samuel, y sabía lo que eso debía de significar para él.

—No. Hay cosas que es mejor no contar.

—¿Rafa es celoso?

—No especialmente. Como cualquier otro tío, supongo. Hoy Pablo estuvo incluso a punto de contarle cómo nos conocimos.

Samuel torció el gesto.

—Ya, a mí nunca me gustó mucho esa historia.

Quise sonreír, pero vi a Jero avanzar hacia nosotros y se me agrió el rostro.

—Ahí viene… —susurré para advertir a Samuel, justo antes de que su novio le agarrara por el brazo con dulzura.

—Oye, Samuel… —le oí decir.

Samuel se apartó de mí, se desembarazó de su novio y le miró con los brazos cruzados sobre el pecho. Jero me miró a mí a su vez, quizás deseando que les dejara a solas para una reconciliación, pero yo no me sentía en disposición de dejar a mi amigo con él.

—¿Por qué no nos vamos y hablamos? —Samuel le giró la cara y Jero se le acercó en actitud genuinamente cariñosa. Hundió la nariz en su cuello y vi que le decía algo, aunque no supe el qué. El rostro de Samuel se suavizó y le vi asentir levemente. Se separaron, pero tenían las manos entrelazadas.

—Nos vamos —me dijo.

—¿Estás seguro?

—Sí.

Sin que su novio lo viera, me hizo un gesto para hacerme saber que todo iba bien y me quedé un poco más tranquilo. Luego los vi alejarse y yo volví a donde estaban Rafael y Pablo.

Ambos tenían los codos apoyados en la barra y hablaban con las cabezas muy juntas, sin duda para oírse a pesar del elevado volumen de la música, y parecían concentrados en su conversación, tanto que Pablo ni siquiera paraba para mirar a los hombres que pasaban junto a él.

Mi novio tenía en la mano un botellín de cerveza, seguramente sin alcohol, y Pablo jugueteaba con su vaso de vodka con limón mientras hablaba.

—… que él no se entere de…

—¿De qué habláis? —les pregunté, metiéndome en medio de sus cabezas y abrazando a cada uno con un brazo.

—De nada —dijo Rafael.

—¿Cómo que «de nada»? —sonreí, intentando ocultar que estaba algo descolocado—. ¿De qué hablabais?

—De Samuel —aclaró Pablo—, y de su novio.

—Ahora ya entiendo por qué os cae mal —intervino Rafael a la vez que le hacía un gesto a un camarero para que nos atendiera—. Menudo gilipollas —añadió, justo antes de pedir una cerveza para mí.

—Te lo dije —intervino Pablo.

Lo miré, valorando su expresión para intentar averiguar los sentimientos que ese encuentro le había producido, mientras Rafael me ponía la cerveza en la mano.

—La verdad es que a mí ese chico cada vez me gusta menos —dije yo—. A veces es cariñoso con Samuel, pero otras es un auténtico capullo.

—No sé por qué sigue con él —dijo Pablo.

—Ah, ¿no lo sabes? —le pregunté, mirándole fijamente a los ojos.

Pablo me devolvió la mirada, altivo, y probablemente hubiéramos seguido así un rato si Rafael, que no se había dado cuenta del desafío que Pablo y yo manteníamos con la mirada, me abrazó por detrás y me propuso:

—¿Bailamos?

—¿Tú quieres bailar? —le pregunté, mirándole por encima del hombro.