18. Hermanos #2
—¿Qué? Es verdad. Sufriendo una catástrofe ecológica sin precedentes, y el muy imbécil, que encima es gallego, va y dice que son cuatro hilillos.
Y claro, nuestro flamante presidente del gobierno ni se digna a pasarse por allí.
Total, para qué. —De repente miró a Rafael con suspicacia—. ¿Tú no serás votante del PPE?
—Déjale tranquilo, papá. Eso no es de tu incumbencia.
—¿Qué tienes en contra del PPE? —preguntó Rafael, sin desmentir ni confirmar.
—Que son de derechas —dijo sin más—. Y yo no puedo con esos fachas, pseudofranquistas que lo único que hacen es…
—Papá —le interrumpí—, que te enciendes.
Y era verdad. Era hablar de política y ponerse rojo como un tomate de la indignación.
—Y pensar que aún quedan casi dos años de legislatura —suspiró.
Rafael se sonrió.
—¿Quién te gustaría que gobernara, el partido socialista?
—¿El partido socialista? —repitió mi padre con retintín—. ¿Esos centristas que de socialistas solo tienen el nombre? Aunque supongo que son mejores que los del PPE. En todo caso, renuncio a mis esperanzas de ver un gobierno enteramente de izquierdas en España. Demasiado facha veo suelto por ahí…
—Pero los del PPE no lo hacen tan mal, ¿no? —preguntó Rafael—. La economía va bien.
—¿Que la economía va bien? —preguntó mi padre, y volvió a encenderse.
—Ya empezamos… —mascullé.
—Si a reducir el gasto social y las becas, y a conseguir que el país crezca a base de ladrillo exclusivamente, le llamas hacer buena economía, entonces sí, la economía va bien. Pero si lo peor no es eso.
—¿Qué es lo peor?
—Su política social, influenciada por la Iglesia Católica y los grupos conservadores, moralmente castradora y excluyente de cualquiera que no sea como ellos creen que debemos ser. Vamos, hombre —le espetó—, ¿tú eres gay y me vienes con esas?
—La verdad es que yo opino igual que tú —dijo, y esbozó una enorme sonrisa, como para dar a entender que había estado chinchando a mi padre adrede—.
Después de la propuesta que hicieron el año pasado al congreso algunos partidos de izquierda sobre el matrimonio gay, estoy seguro de que alguno lo incluirá en su programa electoral de cara a las próximas elecciones. Entonces sabré a quién votar.
—Pues no es mala estrategia, si es eso lo que quieres. En verdad, a mí también me gustaría que esa ley se aprobara. No soporto vivir en un país en el que mis dos hijos mayores pueden casarse con la persona a la que quieran, pero mi hijo menor no pueda hacerlo —dijo, mirándome con ojos empañados.
—No te me pongas cursi, papá, por favor —me quejé.
—Pues a mí me gustaría casarme algún día —dijo Rafael, entrelazando sus dedos con los míos y sonriéndome con dulzura.
—Para el carro, chaval —intervino Pablo, que entraba en el salón en ese momento portando una bandeja con bebidas—, que Noah es muy joven para pensar en eso, y aún tiene por delante muchas juergas que correrse.
Poco después se sirvió la cena: ensalada de col, tagliatelle con pesto, panes de ajo caseros, tiramisú y café italiano, pero aun así, Lola no dejó de quejarse de lo mucho que le había costado organizar un menú sin carne.
Cuando levantamos la mesa, Rafael insistió en ayudar a recoger los platos y nadie puso una pega, a pesar de que él era el invitado. En cambio, cuando yo me ofrecí a ayudar, sí que las pusieron.
—Quédate aquí y hazle compañía a tu viejo —me dijo mi padre, a lo que no me pude negar. Me senté con él en el sofá mientras Rafael, Pablo y Lola se llevaban todo a la cocina—. Es un buen chico —me dijo en cuanto se hubieron ido.
—¿Quién, Rafa? Sí, sí que lo es —convine.
—¿Os va bien juntos?
—Sí —dije, y sonreí.
—Eso espero, porque tengo ganas de verte con alguien en serio —dijo—. No digo que te cases con él —continuó—, pero sí me gustaría que tuvieras un novio que te durara más de dos semanas.
Le miré, consternado.
—He tenido novios que me han durado más de dos semanas —me quejé.
—Tú sabes lo que quiero decir —concluyó.
Y sí, sí que lo sabía.
En los algo más de tres meses que llevaba con Rafael, mi vida se había tranquilizado un tanto.
Si bien él le había cogido el gustillo a eso de ir al Sodoma conmigo de vez en cuando, siempre entraba y salía del cuarto oscuro con él.
Nada de ligues, nada de sexo anónimo e impersonal.
Y la verdad era que no lo echaba de menos.
Rafael estaba siendo un novio de lo más satisfactorio en todos los sentidos: era dulce, inteligente, agradable en la cama y fuera de ella. Si bien Pablo opinaba que era demasiado soso para mí, yo ya estaba harto de los hombres que se empeñaban en darme emociones fuertes.
Supongo que esa estabilidad emocional era lo que hacía que todo el mundo en casa estuviera tan contento con mi relación con él. Incluso Pablo. A pesar de pensar que era soso, tampoco podía negar que Rafael me hacía feliz, y eso, según mi mejor amigo decía, era más que suficiente.
A quien no había hablado mucho acerca de mi relación con Rafael era a Clara, y no solo porque no quisiera restregarle por la cara lo feliz que me sentía con mi nuevo novio.
La verdad era que no se prestaba mucho a hablar conmigo de temas personales, y aunque seguíamos llevándonos bien y siendo amigos en clase, ella estaba más distante conmigo de lo que nuestra reconciliación a principio del curso había presagiado.
—¿Y qué te esperabas? —me había preguntado Pablo, cuando hablé con él sobre eso unas semanas después de que empezara el curso—. Le acabas de romper el corazoncito a su hermano del alma. ¿De verdad creías que ella se comportaría como siempre contigo?
—Sí —había contestado yo, sintiéndome repentinamente ingenuo.
—A ver —me explicó mi amigo—, ¿por qué crees que se reconcilió contigo en primer lugar? —Yo no había contestado, y Pablo continuó—: Porque seguro que creía que tarde o temprano terminaríais siendo cuñados. Pero ahora que has pasado de su hermano…
Quizás Pablo tenía razón, como siempre. En todo caso, estaba claro que ella y yo no terminaríamos siendo cuñados, no solo porque yo había pasado de David, sino también porque, como me había anunciado que haría, ella eventualmente también pasó de Moisés.
Mi hermano no había encajado bien la noticia, o al menos eso era lo que mi padre me intentaba hacer creer.
Yo creía que Moisés, cuyo acusado ego masculino era legendario, no podía soportar que una chica le dejara a él y no al contrario, como sucedía desde que aquella tal Victoria le rompiera el corazón cuando apenas era un crío; mi padre, por su parte, tenía mejor concepto de él y creía que quizás tuviera sentimientos por mi amiga que era incapaz de asumir.
Pablo me decía que, si mi padre tenía razón, todo se resumía en una dualidad poética: yo le había roto el corazón al hermano de Clara, y ella se lo había roto al mío.
—Al menos tú sí que has sentado la cabeza —continuó mi padre—. Me alegra ver que uno de mis hijos va madurando.
—¿Eso lo dices por Aarón o por Moisés? —le pregunté.
—Por los dos.
—¿Qué han hecho esta vez? —le pregunté a mi padre.
—Tu hermano Aarón se va a gastar su primer sueldo, ¿sabes en qué? —preguntó sin esperar una respuesta—. En irse a Barcelona para asistir a una convención de cómics o algo así.
—¿Y qué tiene eso de malo? —le defendí—. Siempre le han gustado esas cosas. No me parece mal que tenga un hobby .
—¿Incluso si ese hobby incluye disfrazarse de mamarracho en público? —Mi padre resopló.
—¿Y qué hay de Moisés? —le pregunté.
—Nada, lo mismo de siempre.
Asentí, suponiendo a lo que se refería. Moisés era tan promiscuo como heterosexual como yo lo era como gay, incluso más, ya que él era quien en realidad no había mantenido relaciones de más de dos semanas, si descontábamos la que había tenido con Clara.
No era que mi padre tuviera nada en contra de la promiscuidad sexual per se , pero sí que le molestaba que Moisés pareciera ser inmune al amor.
—¿Te ha dicho Clara algo sobre él? —me preguntó de repente.
—No, ¿por?
—¿Tienes idea de por qué rompieron?
—Porque Clara es una chica lista —dije encogiéndome de hombros—. ¿Qué mosca te ha picado?
—Nada, es solo que tengo la sensación de que tu amiga era una buena influencia para él.
Elevé las cejas.
—Pensaba que desaprobabas esa relación.
—Eso era antes de saber que al romper tu hermano volvería a las andadas.
—Hubiera vuelto a las andadas tarde o temprano, aunque Clara no hubiera roto con él —repliqué mientras recogía unas copas usadas que habían quedado olvidadas en la mesa de centro—.
Por eso Clara lo dejó. —Miré a mi padre en busca de una respuesta, pero él se limitó a asentir—.
Será mejor que lleve estas copas a la cocina.
—Oye, por cierto —oí decir a mi padre. Me giré para mirarle una vez más y me preguntó—: ¿Te ha dicho Pablo cuáles son sus planes?
Con «sus planes» se refería al hecho de que Pablo siempre decía que estaba buscando un sitio donde vivir, y que nunca parecía encontrar uno de su agrado.
La verdad era que había venido a casa para pasar unos días, y que ya llevaba viviendo con nosotros casi cuatro meses.
Me pensé muy bien lo que debía decirle a mi padre.
—Sabes que él tiene la intención de irse, ¿verdad? —le dije.
—Sí, pero la intención parece no ser suficiente.
Chasqueé la lengua.
—Creo que Pablo está remoloneando —le confesé a mi padre al fin. Volví a sentarme a su lado y dejé de nuevo las copas sobre la mesa—. Creo que se siente a gusto aquí, como él nunca tuvo una familia y eso… —Mi padre asintió, pero no dijo nada—. ¿Quieres que hable con él?
—No. Ya veremos qué hacemos.
—Está bien.
Volví a coger las copas y me dirigí a la cocina.
A medida que me acercaba a la cocina, oía los murmullos de una conversación de lo más animada, mezclada con el sonido de la loza y el agua corriente.
Cuando abrí la puerta, no obstante, las voces se apagaron súbitamente y los tres ocupantes de la estancia me miraron.
—¿Interrumpo algo? —pregunté atónito, con una copa en cada mano.