A través del sexo. La saga completa 18. Hermanos
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18. Hermanos

HERMANOS

— N oah, ven a ayudarme a poner la mesa. Pero esa no, coge la vajilla buena.

Me giré para mirar a mi padre, cargando aún en las manos el montón de platos que él acababa de descartar.

—¿La vajilla buena? —exclamé—. ¿Estás de coña?

Desde el otro lado del salón, mi padre me miraba muy serio mientras terminaba de abotonarse su chaqueta de pana con la parsimonia que ya me resultaba habitual en él.

—No, no estoy de coña —me dijo al final, en tono agrio—. Y no vuelvas a hablarme así, jovencito. Que soy tu padre, no un coleguita tuyo.

—Como quieras —canturreé, dejando los platos donde estaban y abriendo la otra alacena para coger la vajilla buena—. Ni que viniera a cenar el rey de España —mascullé.

—¿Qué dices? —preguntó mi padre con suspicacia.

—Nada, nada…

—Noah —oímos desde la cocina la voz de Lola—. ¿Te importaría venir a ayudarnos un momento?

—Mejor voy a ver qué necesitan —dije para escaquearme de la mirada malhumorada de mi padre.

Cuando llegué a la cocina, vi a Pablo y Lola entre fogones.

Lola llevaba su rubio cabello atado en lo alto de la cabeza con un moño descuidado y tenía la cara roja a causa del trabajo hecho y del calor que hacía allí.

Sobre su colorido vestido de rayas llevaba puesto un diminuto delantal de color granate, que una vez formara parte del uniforme de trabajo de Pablo.

Él, aparentemente ajeno al hecho de que mi madrastra llevaba sobre el regazo una prenda que había servido para taparle la polla, rallaba una cuña de queso parmesano, poniendo toda su atención en hacerlo.

Últimamente, pasaba mucho rato en la cocina con Lola, y parecía especialmente empeñado en aprender a cocinar cualquier cosa que ella pudiera enseñarle, para poder, según él mismo decía, seguir alimentándose decentemente una vez que consiguiera un piso en el que poder vivir a solas.

Sin embargo, el orden seguía sin ser uno de sus puntos fuertes: en el lavaplatos se acumulaba una torre de loza sucia, y sobre la encimera, completamente enharinada, había al menos dos calderos ya usados, así como varias fuentes, platos y espátulas.

El horno estaba encendido y despedía un intenso olor a pan casero.

—Anda —dijo Lola viniendo hacia mí con una fuente llena de canapés—. Lleva esto a la mesa, para que tengan algo que picar hasta que esté la cena.

—No, no, ya lo llevo yo —dijo Pablo, habiendo terminado de rallar el queso y cogiendo la fuente de las manos de Lola—. Que se encargue él de fregar, que no ha hecho nada —añadió sacándome la lengua.

—¿Cómo que no he hecho nada? —le espeté a su espalda, pero él me ignoró y se dirigió al salón, portando la bandeja de canapés en alto con la profesional postura de camarero que aún no había olvidado de cuando trabajaba con el culo al aire—.

Pues no me quedará más remedio —dije mientras me remangaba la camisa y me ponía a fregar.

Pablo volvió a la cocina, haciendo aspavientos.

—A ver, ¿qué queda por hacer?

—La salsa para la pasta —le contestó Lola, enseñándole una receta en un libro de cocina.

—Pesto genovés —oí leer a Pablo—. ¿Qué es esto?

—¿No has probado nunca el pesto? —preguntó Lola a su vez, aparentemente sorprendida—. Es una salsa a base de albahaca, aceite de oliva, piñones y queso parmesa… —Se detuvo repentinamente, como si se hubiera dado cuenta de algo—. ¿Él come queso, verdad? —me preguntó.

—A veces —dije para no preocuparla, y aún extrañado por que todo el mundo en casa pareciera tan nervioso por el hecho de que Rafael fuera a cenar con nosotros esa noche, sobre todo porque habían sido ellos quienes insistieran en que lo invitara desde que empezase a salir con él.

En ese momento, oímos que sonaba el timbre.

—Seguro que es él —dijo Pablo.

—Pues vas a tener que abrir tú —le dije, con los brazos metidos hasta los codos en el fregadero.

—Y abre por la puerta del salón —le pidió Lola—. No quiero que vea la cocina tal y como está.

—Voy. —Pablo salió disparado de nuevo en dirección al salón y oímos cómo se abría la puerta—. Noah —oí que me llamaba con cierto soniquete—, es tu novio, el de la coleta.

Puse los ojos en blanco.

—Ya voy, ya voy —dije mientras me secaba apresuradamente las manos.

—¿Y lo del queso? —preguntó Lola, que aún miraba con el ceño fruncido la receta que tenía delante.

—No te preocupes.

—Es que mira que echarte un novio vegetariano, no sé ni qué ponerle de comer…

—No te preocupes —le volví a decir, dándole un beso en la frente—, te mandaré a Pablo para que te siga ayudando.

Cuando llegué al salón, me encontré a Pablo y Rafael charlando animadamente.

Bueno, más bien, a Pablo charlando animadamente y a Rafael contemplándole.

Me permití un momento para valorar lo diferentes que eran: Rafael era algo más alto, pero Pablo era mucho más delgado.

Mi amigo movía las manos con las maneras femeninas y estrafalarias propias de él, y lucía sin complejos un ceñidísimo pantalón vaquero que realzaba la esbeltez de sus caderas.

Rafael, enfundado en su agresivo outfit de roquero, tenía por el contrario la actitud de alguien acostumbrado a mantenerse en segundo plano, se encorvaba un poco y mantenía una expresión neutra y reservada.

En una de sus manos llevaba una botella de vino, con la otra jugueteaba con la cadena de acero de su reloj de mano, que colgaba de la cinturilla de sus pantalones.

No sonrió hasta que me vio aparecer, y me tendió la botella.

—Hola —le dije, poniéndome de puntillas para darle un beso. Luego me dirigí a Pablo—: Lola dice que necesita ayuda.

Pablo me echó una miradita.

—Podrías ser más sutil la próxima vez que quieras echarme, que estábamos hablando, ¿sabes? —se quejó mi amigo.

—Oh, perdona, seré más sutil —ironicé—. Vete a la cocina y déjame a solas con mi novio.

Pablo hizo un gesto de disgusto.

—Tampoco te pongas así —dijo, a la vez que se dirigía a la puerta.

—No pidas sinceridad si no puedes aguantarla —le recité mientras se largaba.

Rafael guardó silencio hasta que Pablo se hubo ido, luego me miró con cara de palo.

—¿E l de la coleta ? —preguntó, elevando las cejas.

—Oh, no te quejes —le dije—. Eso es que empiezas a caerle bien. Antes eras «ese cacho de carne con pelos» —confesé en un intento de animarle, pero él torció el gesto—. No hagas caso a nada de lo que Pablo dice. Él es así, no te lo tomes en serio.

—Está bien, pero solo porque le quieres mucho.

— Mmhh —dije poniéndome de puntillas de nuevo para besarle la nariz—, eres el mejor novio del mundo.

—Eso ya lo sé. —Se inclinó para besarme, pero algo que vio detrás de mí hizo que cambiara de opinión—. Ah, hola, Carlos.

Me giré para ver a mi padre, que entraba en el salón en ese momento.

—Hola, Rafael —dijo, ofreciéndole la mano—. ¿Quieres tomar algo?

—Rafa ha traído vino, pero beberá agua —informé a mi padre, a la vez que hacía un intento de burlarme de mi novio por ser abstemio.

—Siéntate, por favor.

Rafael se quitó la chaqueta y se sentó en uno de los sofás, apoyando los codos en sus largos muslos.

—¿Qué tal llevas la rehabilitación? —le preguntó a mi padre.

—Genial. Mira. —Mi padre se llevó las manos al pecho y se desabrochó uno de los botones de la camisa. Luego, lentamente, se lo volvió a abrochar.

—Ha recuperado casi por completo el control de su mano derecha —le dije.

—Eso es genial.

—Sí, la verdad es que estoy muy contento con el terapeuta que me ha estado tratando. Estoy casi como nuevo.

—Bueno, papá, eso es mucho decir… —dije, refiriéndome con cierto pudor a la que sin duda era la mayor y más cruel secuela que un periodista podía tener a raíz del ictus.

Algo más de cuatro meses después, mi padre no había conseguido volver a leer y escribir.

Si bien su habla había tenido una recuperación espontánea y casi instantánea pocos días después de sufrir el ictus, no pasaba lo mismo con su capacidad de lectoescritura.

Una vez que se determinó que esta capacidad no se recuperaría espontáneamente como el habla, su pedagoga le dijo que debería empezar de cero y aprender a leer y escribir como si fuera un niño.

Pero otra de las consecuencias de su infarto cerebral era que ahora le costaba enormemente aprender cosas nuevas, por lo que apenas hacía ningún avance al respecto.

Rafael asintió, sabiendo a lo que yo me refería, pues había hablado con él sobre eso.

—Quieren darme la invalidez —dijo mi padre con resignación.

—Quizás sea lo mejor para ti —le contestó Rafael en tono conciliador.

—Acabo de cumplir cincuenta —resopló mi padre—, soy demasiado joven para quedarme en casa todo el día.

—¿Quién dice que tengas que quedarte en casa todo el día? Puedes hacer actividades y…

Pero mi padre volvió a resoplar, interrumpiéndome.

En ese momento entró Lola en el salón. Parecía haberse arreglado un tanto, y se había quitado el delantal, pero aún se la veía acalorada por su tarea en la cocina.

Saludó a Rafael con cordialidad, pero a mí me parecía que todos le estaban dando demasiada pompa y circunstancia al hecho de que mi novio viniera a cenar.

Le ofreció algunos canapés, dándole pormenorizada cuenta de cada uno de sus ingredientes, y asegurándole que ninguno llevaba ni una pizca de carne, salvo por algunos de ellos, que llevaban atún.

—Tú sí que comes pescado, ¿no?

Ante esta pregunta, Rafael me miró y sonrió con educación, aunque yo sabía que estaba harto de ese tipo de comentarios.

—Mira, ya están hablando de lo del petrolero ese de nuevo —intervino mi padre, que acababa de encender la tele para ver las noticias de la noche—.

¿Te enteraste de lo que dijo el Ministro de Interior?

—preguntó indignado, a nadie en particular—.

Que habían sido unos hilillos de nada, cuatro regueros de fuel. Cuatro regueros, mis huevos.

—¡Papá! —me quejé.