A través del sexo. La saga completa 18. Hermanos #6
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18. Hermanos #6

—Tu novio es una joya —me dijo Lola, agarrándome del brazo y acercándose a mí—, y te quiere un montón. No lo dejes escapar.

Asentí, absorto, mientras escuchaba el final de la canción.

En cuanto terminó de tocar, Rafael desapareció en el interior del escenario, que fue tomado de nuevo por las ruidosas drag queens, quienes salieron a cantar la que anunciaron que sería su última canción.

Luego, una vez se terminó el espectáculo, los camareros retiraron las mesas y sillas, se apagaron la mayoría de las luces y empezó a sonar la música, convirtiendo el bar en una discoteca, y todo el mundo empezó a bailar.

Allí fue donde me reencontré con Rafael, en medio de la penumbra y la confusión de la improvisada pista de baile. En cuanto le vi, me abracé a él.

—¿Te ha gustado la canción? —me preguntó, devolviéndome el abrazo.

—Muchísimo —respondí.

—¿Sabes por qué la canté?

—¿Por qué?

—Porque te quiero.

— Mmhh —gruñí, hundiendo mi cara en su pecho—. Eres el mejor novio del mundo.

—Ya te he dicho que ya lo sé. Feliz cumpleaños.

—Creo que este es el mejor cumpleaños de mi vida —le dije.

Muchos de mis amigos se unieron a nosotros en aquel momento, Pablo el primero.

Samuel y Jero también estaban por ahí, pero mantenían una prudente distancia de los demás.

Parecían llevarse bien esa noche mientras bailaban, y lucían felices.

Mi hermano Aarón también se nos unió, y se puso a bailar con algunas de las chicas de mi clase.

Incluso una drag queen se quedó para disfrutar de la fiesta, y se contoneaba sobre sus plataformas de al menos veinte centímetros de altura con una habilidad pasmosa, mientras se paseaba por el local, y decía, con su voz incongruentemente grave, «Hola, guapo» a todo hombre con el que se topaba.

Pero pronto empecé a echar de menos a Clara.

La busqué con la mirada y la descubrí junto a la barra, sorbiendo distraída la colorida cañita de un cóctel afrutado. Me acerqué a ella, con la excusa de pedir una bebida, y la saludé.

—¿Te lo pasas bien? —me dijo.

—Sí, pero tú pareces aburrida.

Se encogió de hombros mientras mordisqueaba la cañita.

—¿Y al final cuándo te vas a Alemania?

—No me voy —dijo, meneando la cabeza—. Solo te mentí por la fiesta.

—¿No te vas? —pregunté—. ¿Y eso?

Tras formular la pregunta, me arrepentí al instante, pues comprendí que si Clara no se iba era porque no quería dejar solo a David durante las fiestas en su delicada situación; la mirada que Clara me echó no hizo sino confirmar mis sospechas, y supe que era mejor que no habláramos del tema.

—Vamos a pasar las vacaciones en el campo —me explicó sin más.

Asentí.

—Gracias —le dije.

—¿Por qué? —Parecía sorprendida.

—Tú también has colaborado, ¿no?

—Un poco —respondió—. Casi todo lo hicieron entre Pablo y Rafael. Samuel y yo solo nos encargamos de la decoración del local.

—Gracias de todas formas —repetí—. Y gracias también por venir.

—¿Y por qué no iba a venir?

—No sé cómo has estado rara conmigo…

Clara suspiró.

—Es que no sé… Creo que me hubiera gustado que las cosas fueran diferentes.

—¿Entre David y yo, quieres decir? —dije, preguntándome si Pablo tendría razón.

—No lo sé —contestó—. Ni siquiera sé si me gustaría veros juntos —sonrió avergonzada—. Pero no sé…

Su mirada se desvió un segundo hacia un punto detrás de mí, y siguiéndola vi que a quien miró fue a Rafael.

Supuse en aquel momento que quizás lo que le molestaba era verme feliz con otro mientras David no lo era con nadie.

Pensé con amargura que una vez la situación había sido justa la inversa, cuando David estuvo con Lorea.

A pesar de lo que él me dijera la última vez que nos vimos, nadie sabía a ciencia cierta qué hubiera pasado entre ellos dos de no haber muerto ella.

Quizás seguirían juntos y felices y esta situación nunca se hubiera producido.

Sin embargo, yo ya había aprendido que no tenía ningún sentido pensar en «lo que podía haber sido» y volví de nuevo la atención al presente, donde Clara me miraba con curiosidad.

—Se os ve bien —me dijo, al ver que yo le devolvía la mirada.

De nuevo miré hacia atrás, y vi a Rafael bromeando y riendo con Pablo. De una manera u otra, al final mi novio y mi mejor amigo estaban aprendiendo a aceptarse mutuamente, y quizás a apreciarse.

—Sí, sí que nos va bien.

—¿Crees que es el hombre adecuado?

Resoplé.

—No sé —dije, extrañado por la pregunta—, solo llevamos unos meses juntos, es muy pronto para pensar en esas cosas.

—Pues a él se le ve muy enamorado.

—Lo sé. Y a mí me gusta muchísimo, pero prefiero ir despacio.

La mirada de Clara se convirtió en una de crítica valoración.

—Si no te conociera, Noah Estévez —me dijo con inusitada seriedad—, creería que tienes miedo al compromiso.

—¿Qué? No es eso. Lo que pasa es que después de los chascos que me he llevado…

—Dejé la frase a medio terminar cuando vi a mi hermano Moisés pasar cerca de donde estábamos.

Sus ojos se dirigieron a nosotros un momento y siguió de largo—.

Al parecer no he sido el único en llevarme un chasco —dije con malicia.

—¿Qué? ¿Por quién lo dices? —preguntó Clara, siguiendo mi mirada.

—Dice mi padre que no encajó bien vuestra ruptura —le aclaré, una vez ella supo a quién me refería.

—¿Ah, no? —preguntó ella mirándole con ternura. Luego frunció la nariz—. Qué lindo.

—De lindo nada. Hiciste bien en romper con él.

—Tu hermano tiene sus cosas —contestó ella—, pero no es tan mal tío como tú piensas.

—¿Qué?

—No has hablado esta noche con él, ¿verdad?

—¿Por qué iba a hacerlo? Seguro que ha venido por…

—¿Por mí? —preguntó ella, poniéndose un dedo en el pecho. Luego meneó la cabeza—. Ha venido por ti, y eres tan orgulloso que ni te has acercado a él.

Le miré de nuevo. Tenía una cerveza en la mano y estaba solo, sentado en una de las sillas que habían sido arrimadas hasta la pared.

Miraba con el ceño fruncido a mis amigos, que bailaban en la pista, y parecía disgustado.

Por un instante pensé que los miraba con desaprobación, y a punto estuve de tildarle de homófobo, pero un estudio más detenido de su expresión corporal me hizo replantearme mi impresión inicial: no sentía rechazo, sino incomodidad.

De repente le vi como alguien fuera de lugar, alguien que no sabe cómo acoplarse a las situaciones que no controla. Se sentía solo.

—Sé que tu hermano no se ha comportado contigo como debería —continuaba Clara—, pero él también tiene sus razones.

—¿Ahora le defiendes? —le pregunté a mi amiga.

Ella se encogió de hombros.

—Lo único que digo es que a veces tiendes a ser muy radical, y no te pones en el lugar de los demás. Deberías hablar con él, Noah —dijo, poniendo una mano cariñosa sobre mi antebrazo—. Ha venido aquí esta noche, para él ese es un gran paso. Ahora te toca a ti.

—Está bien —mascullé, alejándome de ella y dirigiéndome a mi hermano.

Al verme venir, Moisés se revolvió en su silla con cierta incomodidad, pero no hizo otro gesto que desvelara interés por mí. Cogí una de las sillas y la puse al lado de la suya.

—¿Te importa? —le pregunté. Gruñó como respuesta, y lo tomé como un no. Me senté a su lado y le di un incómodo sorbo a mi cerveza.

—Feliz cumplea…

—¿Qué haces aquí, Moisés? —le interrumpí.

—Si prefieres que me vaya, me iré.

—Yo no he dicho eso.

—Pues vale.

Casi al unísono, ambos levantamos nuestros brazos para darle un nuevo sorbo a nuestras bebidas. Luego nos quedamos callados otra vez.

—Fue Aarón quien me dijo que viniera.

—Ah.

De nuevo un largo silencio. Desde el otro lado de la sala, vi que mi padre nos observaba. Cuando se percató de que lo miraba, me hizo un gesto de asentimiento con la cabeza, como para darme a entender que le gustaba lo que estaba viendo.

—Gracias por venir —le dije al final, mirando hacia delante.

—De nada.

—Y entonces…, ¿por qué has venido?

—Aarón dice que deberíamos hablar.

—Ya.

—Dice que debería disculparme.

Le miré.

—¿Te estás disculpando?

—Sí.

—Pues acepto tus disculpas —dije con rudeza.

Moisés asintió.

—Bueno, ahora te toca a ti.

—¿Me toca a mí el qué?

—Disculparte —dijo con simpleza.

—Yo no tengo que disculparme contigo —le espeté—. Tú eres el que se ha portado como un capullo. ¿Qué quieres, que te pida perdón por ser gay?

—¿Ves? Ese es tu puto problema —me encaró—. Que crees que todo lo que te pasa, o lo que te hacen o lo que te dicen es porque eres gay, y ni te paras a pensar que pueda haber otra razón. Vete a tomar por culo —me dijo, enfadado.

—Gracias —contesté en igual tono de enfado. Luego nos miramos, dándonos cuenta del significado de lo que acabábamos de decir, y se nos escapó una sonrisa.

—La próxima vez te mando a la mierda —dijo mi hermano, intentando imitar el tono enojoso de antes, pero sin conseguirlo. Luego añadió—: Me jode que seas tan mentiroso.

—¿Que yo soy un mentiroso?

—Sí, joder, lo eres. Le mientes a todo el mundo con este tema: mentiste a mamá, y a papá, y a Aarón y a mí. Y a tus amigos también, al menos a Clara. Podrías haber sido más sincero.

—¿Más sincero? —me volví a enfadar—. No os lo quería decir porque sabía cómo os lo tomaríais. Especialmente tú.

—No me lo tomé tan mal…

—¿Ah, no? Me llamaste maricón de mierda —le recordé—. E intentaste pegarme.

—Vale, me pasé un poco, pero…

—¿Un poco? —espeté.

—Vale, me pasé bastante. ¿Pero cómo querías que me lo tomara?

—Un poco menos de homofobia hubiera venido mejor.

—Yo no soy homofóbico. No tengo nada en contra de los maricones —dijo. Le miré levantando una ceja y haciéndole ver que no le creía—. Vale, no me hizo ni puta gracia saber lo que eres —dijo con muy poco tacto—, y preferiría que fueras nor…

—Como digas normal, te mato —le advertí.