A través del sexo. La saga completa 17. La decisión correcta #4
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17. La decisión correcta #4

Si pensaba en Rafael y en lo dolido que debía de estar conmigo, un nudo de malestar me oprimía las tripas, sobre todo porque sabía que había actuado de un modo egoísta.

Casi me había parecido aquella mañana que él no parecía sorprendido por mi reacción o por lo que había ocurrido, como si supiera de antemano lo que iba a pasar entre nosotros.

Se me ocurrió por primera vez que quizás Rafael sabía más acerca de mis sentimientos que yo mismo, y que incluso tal vez había previsto que yo no estaba preparado para darle lo que él quería en aquel exacto momento de mi vida.

Que a lo mejor esa había sido la razón de que él dudara si pedirme salir en primer lugar.

Quizás él había supuesto desde que me conoció que mi relación con David no estaba tan acabada como yo me empeñaba en afirmar.

No importaba cómo enfocara el tema, la solución siempre pasaba por terminar con David, tanto si Rafael volvía a llamarme como si no quería saber nada más de mí.

Sabía que debía llamarle, pero algo me retenía: el temor de no estar siendo sincero conmigo mismo, el pensar que quizás realmente lo que quería era verle y estar con él.

Pero si precisamente esa era la duda que necesitaba despejar, ¿por qué no me atrevía a llamarle?

A media tarde, y tumbado todavía en mi cama, me animé a coger mi teléfono móvil. A pesar de saber que no había sonado en todo el día, me decepcionó constatar que no había ninguna llamada o mensaje de Rafa. Miré a Pablo, que dormitaba la siesta pegado a mi costado, y luego abrí la agenda.

«X» seguía allí, parpadeando en la pantalla como símbolo de todos mis temores, mis esperanzas y mis secretos.

Si le llamaba y hablaba con él, quizás todo acabaría entre nosotros, quizás podría aclarar mis sentimientos y seguir con mi vida.

Pero quizás, y tenía que reconocer que esa posibilidad era tan palpable como cualquier otra, volvería a caer en sus redes y sabía, con claridad meridiana, que si lo hacía una vez más, sería para siempre.

De nuevo, la posibilidad de estar con David como yo siempre había deseado se me presentó, pero, como me pasara meses atrás, esa perspectiva parecía vacía de significado para mí.

Pablo se giró en la cama y, al verme con el móvil, se desperezó.

Le devolví la mirada un instante, pero él no dijo nada.

Se limitó a mirar la pantalla de mi teléfono, y al ver lo que yo tenía pensado hacer con él, se incorporó lo suficiente para apoyar su codo en la cama, limitándose a un rol de espectador que pocas veces él adoptaba cuando algo tenía que ver conmigo.

Más nervioso de lo que recordaba haber estado en muchísimo tiempo, le di al botón de llamada para esperar pacientemente a que David decidiera contestar al teléfono.

—¿Noah? —oí su voz al descolgar. Parecía muy sorprendido de que yo le llamara, lo cual, dadas las circunstancias, era perfectamente normal.

—Hola, David. ¿Cómo estás?

—Bien, bien, ¿y tú? ¿Estás bien?

—Estoy bien —le aseguré. Le oí suspirar al otro lado de la línea. Quizás él estaba tan nervioso como yo—. Necesito hablar contigo —dije con simpleza.

—Yo también lo necesito.

Al percibir la pasión que había en su voz, cerré los ojos, abandonándome a lo que el destino me deparara.

—¿Podemos vernos?

—Claro —titubeó un momento—. ¿Puedes venir esta noche a mi casa?

—Nos veremos esta noche —convine, justo antes de cortar la llamada.

Cuando colgué, Pablo me puso una cálida mano en el brazo.

—Has hecho lo que tenías que hacer —me aseguró.

De repente, mi teléfono móvil empezó a sonar. Miré la pantalla y maldije al ver que quien me llamaba era Rafael.

—No puede ser… —dije antes de contestar—. ¿Sí?

—No me importa que sea injusto —oí al otro lado de la línea.

—¿Qué?

—Que no me importa que sea injusto para mí que nos sigamos viendo —oí decir a Rafael, con voz calmada y decidida—. No quiero que nos dejemos de ver.

—Rafa…

—No, escúchame. Eres especial para mí, y no quiero rendirme contigo. Quedemos esta noche. Hablemos. Quiero que solucionemos esto, yo…

—Esta noche no puedo.

—¿Qué? ¿Por qué?

Suspiré, sabiendo que no debía mentirle, o creería que le estaba rechazando.

—He llamado a David —le confesé—, voy a ir a verle.

—¿Y eso? —inquirió con un tono gélido.

—Tengo que hablar con él —odié reconocer—, tengo que aclarar las cosas y…

—Ya veo —respondió, con la voz repentinamente seca, y supe que le había hecho más daño del que sería capaz de admitir.

—Rafa, yo…

—Llámame si quieres que nos veamos —añadió sin mucho convencimiento.

—Está bien —dije.

Le oí colgar y tiré el teléfono a la cama, malhumorado. Pablo, que aún me miraba, intentó sin mucho éxito reprimir una risita.

—Ay, cariño, estos dos te van a llevar por el camino de la amargura.

Miré de nuevo mi móvil, tirado sin ningún miramiento sobre la colcha de mi cama.

—Y que lo digas.

Cuando aquella noche me vi frente al portal de casa de David, me sentía muy nervioso ante la perspectiva de volver a verle tras casi dos meses sin saber el uno del otro, y teniendo en cuenta las circunstancias de nuestra abrupta despedida en mitad de un polvo.

No sabía exactamente lo que él quería de mí, aunque no podía descartar la teoría de Pablo acerca de que David quería volver a liarse conmigo.

Mi amigo, que parecía bastante preocupado de que yo pudiera «caer en la tentación», había pasado la tarde aleccionándome para que bajo ninguna circunstancia me tomara una copa con David, ni que aceptara ninguna excusa para que fuera a su habitación, y que mejor no me sentara ni en el sofá, por si acaso.

Pero, para ser sincero del todo, tampoco sabía lo que yo quería de él, lo que no hacía sino aumentar mi desasosiego.

Cuando llegué, vi que se habían hecho algunas reformas en el edificio: la fachada había sido pintada recientemente de otro color, la antigua puerta de la entrada había sido cambiada por otra más pesada de metal negro, y habían puesto un nuevo panel para el portero electrónico justo al lado de un cartel que anunciaba que el edificio estaba protegido por una prestigiosa empresa de seguridad privada.

La portería estaba oscura y deshabitada, y preguntándome si David habría despedido a su portero habitual, pulsé el botón correspondiente con el piso quince, junto al que se leían las letras «DKV».

No tardé más que unos pocos segundos en escuchar cómo me contestaba:

—¿Noah?

—Soy yo —corroboré—, abre.

La puerta se abrió con un zumbido electrónico. Entré en el oscuro portal y me dirigí al ascensor, para llamarlo. Cuando unos segundos más tarde las puertas de metal se abrieron, me encontré frente a frente con David.

—Hola, Noah —me dijo con la voz muy grave.

—Hola, David —le contesté.

Me quedé mirando en su dirección, valorando su aspecto bajo las fluorescentes luces del ascensor.

Estaba muy guapo, como siempre, vistiendo una de esas camisas blancas que tanto le favorecían al remarcar el color aceitunado de su piel.

Estaba algo más moreno, y sus increíbles ojos grises lucían aún más grandes en su rostro.

Su cabello, que probablemente había peinado aquella mañana, parecía estar escapando del férreo control del fijador, para formar ondas en lo alto de su cabeza, dándole ese aire encantador del que él siempre huía, pero que yo siempre había adorado.

—Sube, por favor —pidió.

Entré en el ascensor, y él pulsó el botón para volver a hacerlo subir. Las puertas de metal se cerraron frente a nosotros y nos quedamos solos y en silencio en el interior del cubículo.

—Tienes buen aspecto —dijo él al final.

—Gracias.

—¿Cómo estás?

—Bien. ¿Y tú?

—Bien —convino.

De nuevo callamos. Durante unos segundos me dediqué a mirar a mi alrededor, observando las familiares y monótonas líneas del ascensor, como si realmente esperara encontrar algo nuevo en ellas. A mi lado le oí carraspear, incómodo.

—¿Y cómo está Íker? —pregunté.

—Ah, muy bien —sonrió, quizás aliviado por que hubiéramos roto el silencio—. Grande, y muy guapo, deberías verlo… —Su sonrisa se desvaneció tan rápido como había aparecido, y nos quedamos de nuevo en silencio.

Esta vez, fui yo quien carraspeó. Miré a David, que había bajado la mirada para no tropezarla accidentalmente con la mía. Justo cuando el silencio se volvía insostenible, oímos una campanilla, el ascensor se detuvo y las puertas se abrieron.

David me hizo un gesto para que entrara en la casa y él me siguió tras coger la llave de seguridad del ascensor.

Avancé en el salón, cuya tenue luz provenía de dos lámparas de pie, mientras oía a David caminar detrás de mí.

Me acerqué a la cómoda que hacía las veces de recibidor, sobre la que había varios portarretratos.

En uno de ellos se veía a Lorea, y en otro a Clara, pero todos los demás estaban dedicados a Íker.

Sonreí ante una simpática fotografía en la que se le veía tumbado, desnudo y riendo mientras intentaba llevarse los piececitos hasta la nariz.

—¿Sabe Clara que estoy aquí? —pregunté, mientras miraba una fotografía en la que se la veía junto a su sobrino.

—No. Creo que es mejor no involucrarla más en esto.

—Bien —dije.

Lo oí avanzar y lo sentí cerca de mí.

—Ya empezaba a pensar que nunca me llamarías —le oí decir a mi espalda. Su tono, levemente quejumbroso, me molestó.

—Solo quiero hablar —dije, girándome para encararme con él.

Sus acerados ojos relampaguearon un momento.

—Como quieras. ¿Te apetece tomar algo?

—No.

—¿Quieres que nos sentemos?

—No.

Él hizo un gesto de disgusto.

—Entiendo que no quieras ponerme las cosas fáciles, pero lo que necesito ahora mismo es…

—¿Lo que necesitas? —espeté—. Siempre estamos igual, eres un puto egoísta. ¿Y qué hay de lo que yo necesito, David?