17. La decisión correcta #5
—¿Y qué es lo que tú necesitas? —me encaró—.
¿Cómo quieres que sepa qué es lo que tú necesitas si ni siquiera te has dignado a hablar conmigo desde que rompimos?
—Le miré, furibundo—. ¿O es que lo que tú necesitas es echarme en cara todo lo que ha ocurrido entre nosotros?
—continuó—. ¿Para eso me has llamado? Pues me parece muy bien, hazlo ya y terminemos con esto de una vez.
Giré la cara, incómodo por su actitud agresiva.
—No he venido aquí para discutir —musité.
—Yo tampoco quiero que discutamos —dijo conciliador, dando un paso en mi dirección—.
Lo único que quiero es que me des una oportunidad para disculparme.
—Dio otro paso hacia mí—. Aquel día, yo…
Siento haberme ido de repente. Me cogió por sorpresa darme cuenta de que yo…
No supe cómo manejar mis sentimientos, me asusté y me fui. No estuvo bien, y lo siento.
—¿Eso es lo único que quieres? —pregunté—. ¿Disculparte?
—No, no solo eso. —Dio otro paso en mi dirección, quedando frente a mí y cogiendo mis manos entre las suyas—. Lo que necesito de verdad es que entiendas que eso no va a volver a suceder.
—¿Qué quieres decir?
Me miró intensamente con sus enormes ojos grises.
—Sabes perfectamente lo que quiero decir.
Hizo un leve intento de acercarse aún más, pero yo negué con la cabeza.
—No —dije simplemente, soltando sus manos.
—No intentes hacerme creer que no has pensado en nosotros —dijo.
—Claro que lo he hecho —le espeté, sintiéndome enfadado de nuevo—. Llevo años haciéndolo.
—Noah…
—No —volví a decir—. Eres un capullo y un egoísta. Hace años que deseo algo que tú no puedes darme. ¡No! Algo que tú no quieres darme.
—Pero es que ahora…
—¿Ahora? —Me asombré—. ¿Qué es lo que ha cambiado ahora?
—Yo —dijo señalando su pecho—. He cambiado yo. Ahora estoy dispuesto a…
—¿A qué? —espeté, con la voz encolerizada—. Por el amor de Dios, David, aún llevas tu alianza de casado.
De repente, la estupefacción se pintó en su rostro.
—¿Es esto lo que tanto te molesta? —preguntó, elevando sus finas cejas.
Mantuve silencio, cruzando mis brazos sobre el pecho. Se me quedó mirando unos instantes, valorando mi reacción. Luego, muy despacio, deslizó la alianza por su largo dedo anular y la dejó sobre la mesa. Volvió a mirarme, expectante.
—Lo que quiero no es eso —mascullé.
—¿Entonces qué es?
—Lo que quiero es tener a alguien que me quiera más que a nada —le dije, señalando la alianza—, y no una persona que me obligue a competir con el amor de su vida constantemente.
—Deja de decir eso. —Ahora era él quien parecía enfadado—. Lorea no fue el amor de mi vida.
—Pero…
—¿Crees que no me pregunto a menudo hasta dónde hubiéramos llegado si ella no se hubiera quedado embarazada? —me preguntó—. ¿Que no soy terriblemente consciente de que nunca me hubiera casado con ella de no ser por eso?
—Me dijiste que la querías.
—Sí, te lo dije, y era verdad —contestó—. La quise, pero no tanto como ella se merecía, no como un hombre debería amar a la madre de su hijo. ¿Crees que no pienso cada día que ella murió para darle un hijo a un hombre que no lo merecía?
Giró el rostro para intentar ocultar sus lágrimas, pero no lo consiguió.
—¿Por eso llevas la alianza? —comprendí de repente—. ¿Porque te sientes culpable?
—Sí, maldita sea, es por eso —confesó. Una solitaria lágrima rodó por su mejilla—. Así que deja de decirme que Lorea fue el amor de mi vida, porque oír esas palabras precisamente de ti…
Se mordió el labio inferior, tan incapaz de terminar esa frase como de enfrentar mi mirada.
Me dio la espalda, dejándome ver la rigidez de sus músculos bajo la camisa, y caminó hacia la terraza.
Le di unos pocos segundos antes de seguirle.
Cuando me apoyé en la barandilla junto a él, se había calmado y ya no lloraba.
—Pero es que ese ni siquiera es nuestro problema —le dije.
—Nuestro problema —me dijo en un susurro—, es que me cago de miedo cada vez que estoy cerca de ti.
—¿Qué? ¿Por qué? —pregunté, estupefacto.
—¿Y por qué no? —preguntó a su vez, con su sonrisita irónica bailándole en los labios mientras su mirada se perdía en la ciudad que se extendía ante nosotros—.
Todo lo que tú eres o haces me asusta: la intensidad de tus sentimientos por mí, lo mucho que me hacías desearte cuando eras solo un crío, las implicaciones que tendría una relación contigo.
—Me miró—. Lo que sentía por ti cuando se suponía que debía estar llorando a mi mujer.
—Bajé la mirada, y le noté cerca de mí—.
¿Qué es lo que necesitas oír? ¿Que estuve enamorado de ti?
¿Que lo estoy de nuevo? ¿Que probablemente nunca haya dejado de estarlo? Porque todo eso es verdad.
—Entonces, ¿por qué no me lo dijiste antes? Si tanto me querías, ¿por qué me dejaste la primera vez?
—Porque… ¡Joder, Noah! —exclamó, separándose de la barandilla—.
Solo tenías diecisiete años, y… No tenías edad para oír esas cosas, no tenías edad para que un hombre se encaprichara de ti y te privara de tu libertad.
Ni siquiera yo estaba preparado para un compromiso como ese en aquella época, ¿acaso lo estabas tú?
—No me diste la oportunidad de descubrirlo.
—Claro que no te la di, nunca he querido ser tan egoísta contigo.
—Sí que has sido egoísta —me enfadé—. Has decidido por mí.
—Por supuesto que lo hice, tenía que hacerlo. De haber sido por ti, te hubieses quedado conmigo sin dudarlo un instante, porque eras un niño tonto y enamorado.
Lo miré, enfadado por la banalización que acababa de hacer de mis sentimientos. Volví al salón, abrumado, pero David no me dio un momento de descanso y me siguió.
—Siempre me has odiado por ser el adulto de esta relación, por tener que tomar las decisiones difíciles —me echó en cara.
—¿Las decisiones difíciles? —Me giré para encararme con él—. Has hecho siempre lo que te ha dado la puta gana.
—Eso no es verdad. Para mí hubiera sido más fácil retenerte a mi lado, pero no podía hacer eso.
—¿Por qué no?
—Porque no te elegí por la razón adecuada —me dijo.
—¿Qué? —pregunté, estupefacto.
—No estaba contigo por la razón adecuada —repitió—.
Al menos no al principio. Cuando te conocí, solo te usé para superar a Ricardo —me dijo—.
Y si me quedé contigo después, fue porque nuestra relación me resultaba muy fácil y placentera.
Te quería, Noah, pero tú te tomabas esa relación más en serio que yo, y temía que si seguíamos juntos, terminaría haciéndote daño.
—Eres un hipócrita —le acusé—, ¿intentas hacerme creer que todo esto lo has hecho por mí y no por ti mismo?
—Claro que también lo hice por mí mismo.
Nunca lo he negado. — Se encogió de hombros—.
Y no solo porque yo no quería una relación tan comprometida en aquella época, sino porque, aunque la hubiese querido, probablemente no hubiera tenido los cojones para seguir adelante.
Ya es bastante escandaloso por sí solo que tenga relaciones con hombres, como para encima liarme con alguien tan joven como tú, pero siempre te has negado a ver las complicaciones que eso podía suponerme.
—Si tan complicado es para ti estar conmigo, ¿por qué me dices todo esto ahora?
—¡Porque ya no me importa! —gritó—. Me da igual lo complicado que sea, me da igual las consecuencias que pueda traer. Estoy harto de intentar luchar contra los sentimientos que tengo por ti. Estoy harto de tener miedo. En todos estos años no he podido olvidarme de ti, eso tiene que significar algo.
—Y sin embargo, cuando te das cuenta de que sigues enamorado de mí, ¿lo único que se te ocurre es dejarme tirado en medio de un polvo y desaparecer durante tres días?
—Ya me he disculpado por eso, yo… —Suspiró, dejándose caer en uno de los sofás—. Tu amigo tenía razón —dijo—, tenía razón en todo.
—¿De qué estás hablando?
—De Pablo, y de lo que me dijo aquel día que intenté ir a casa a verte.
—¿Qué fue lo que te dijo? —pregunté.
—¿Él no te lo contó? —preguntó a su vez, mirando en mi dirección.
—No, y nunca le pregunté, la verdad. —Me senté a su lado—. Siempre he temido que haya sido demasiado cruel contigo.
—¿Pablo? —David pareció sorprendido—. ¿Cruel? No, no, para nada.
—¿Ah, no? —Ahora el sorprendido era yo.
—Tienes un buen amigo a tu lado —me dijo David—. Lo sabes, ¿verdad?
—¿Qué fue lo que pasó aquella noche? —pregunté, cada vez más intrigado.
David esbozó una sonrisita ladeada antes de comenzar a hablar:
—Cuando intenté entrar en la casa, él no me dejó —comenzó a relatar—, y se puso muy chulo.
Yo me puse aún más chulo que él, ya sabes cómo soy —dijo arrancándome una leve sonrisa—.
Así que le amenacé. No me sirvió de mucho.
Él contraatacó echándome en cara todo lo que te había hecho, lo que había pasado entre nosotros. Parecía estar bastante al día.
—Pablo lo sabe todo.
—Ya, eso supuse. Luego intenté convencerle.
Le dije que esa vez sería diferente, que no iba a volver a hacerte daño, que estaba seguro de lo que quería.
Él solo me miraba, y cuando terminé de hablar me preguntó: «¿Estás seguro de eso, David?
¿Qué pasará la próxima vez que te entren las dudas, la próxima vez que te asustes?
». Parecía conocerme mejor que yo mismo.
—Negó con la cabeza—. Quise decirle que eso no iba a pasar, que no volvería a tener miedo, y que aunque lo tuviera, eso no iba a afectarte a ti, y supe…
—Me miró a los ojos—. En ese momento supe que si yo era capaz de decirle eso a tu amigo, él me creería, me dejaría entrar y que podría solucionar mis problemas contigo aquella misma noche.
—Y entonces, ¿por qué no se lo dijiste?