17. La decisión correcta #3
Apenas dormí aquella noche, y cuando me desperté me dolía la cabeza y sentía los párpados hinchados.
Me giré en la cama y vi a Rafael tumbado a mi lado.
Me miraba detenidamente a la naciente luz del día y, al igual que yo, tenía pinta de no haber dormido en toda la noche, o de haberlo hecho muy poco y mal.
Su salvaje melena ondeaba desordenada alrededor de su cabeza y unas marcadas ojeras afeaban sus ojos.
Sin embargo, su mirada era tan serena y dulce como siempre.
Tras salir del Sodoma la noche anterior, habíamos ido juntos a su casa, como acordáramos hacer previamente, aunque después de lo que había pasado ya no me parecía tan buena idea.
Sin embargo, no supe cómo decirle que prefería irme a mi casa sin que pareciera que le estaba rechazando, por lo que no lo hice.
Al llegar a su piso, nos desnudamos y nos metimos en la cama sin intercambiar una sola palabra.
Me costó mucho quedarme dormido, y advertí que a mi lado, Rafael tenía el mismo problema que yo, pero no lo hice notar, como tampoco lo hizo él. Al final, en algún momento de la madrugada, conseguí conciliar un sueño ligero y desasosegante.
—Buenos días, Noah —dijo él con voz cansada.
—Buenos días —contesté.
Aún me sentía avergonzado por lo que había ocurrido la noche anterior. En aquel momento, tenía la sensación de que no había visto venir algo que era del todo previsible. Y que había actuado como un capullo. Me giré hasta quedar boca abajo y me miré las manos detenidamente.
—Vamos a tener esa conversación ahora, ¿verdad? —pregunté, sin llegar a elevar la mirada.
Le oí suspirar.
—Sí. ¿Te parece bien?
—Sí —consentí, y sin embargo no dije nada.
—Déjame hablar a mí primero —pidió. Asentí, agradecido de que él tomara la iniciativa en esa conversación—. Estoy enamorado de ti —dijo con simpleza.
Le miré por fin.
—¿Desde cuándo?
—No lo sé. Desde hace un tiempo —confesó.
—¿Y por qué no me lo habías dicho?
—Porque tú no estás enamorado de mí.
Quise decirle que estaba equivocado, que sí que le quería, pero no lo hice porque no sabía si era verdad.
La única verdad era que ansiaba poder corresponderle, poder confiar en él y entregarme como lo había hecho otras veces, pero algo parecía retenerme.
Chasqueé la lengua, mortificado. Le miré a los ojos y vi en ellos cierta decepción, como si en el fondo aún albergara la esperanza de que mi respuesta fuera más favorable que la de la noche anterior, pero mi silencio había sido suficientemente elocuente por sí mismo.
—Rafa, me gustas un montón, pero…
—No tienes que darme explicaciones, lo entiendo.
—No, déjame hablar —le rogué—. Me gustas —repetí—. Me haces sentirme más a gusto que la mayoría de los tíos con los que he estado. Me siento bien contigo, y lo paso genial a tu lado, pero ahora mismo yo… Yo no me siento… No sé si quiero, o si puedo, tener algo más serio.
—Ya.
—¿Quieres que rompamos? —le pregunté.
—¿Tú quieres? —contraatacó.
Negué con la cabeza.
—No —dije con rotundidad—. A mí lo que me gustaría sería poder seguir así contigo, como hasta ahora, pero no sé si es justo pedirte que sigas en una relación en la que tú estarías poniendo más que yo.
—Yo tampoco —dijo.
Esta vez fui yo quien se sintió algo decepcionado.
—Ya veo.
—¿Te parecería bien si nos tomamos un tiempo para pensarlo? —me interrumpió.
—Sí, claro —cedí, pensando que si era lo que él quería, yo debía claudicar, no queriendo herirle más de lo que ya estaba haciendo.
Me levanté de la cama y empecé a vestirme. Mientras lo hacía, sentí la nostálgica mirada de Rafael en mi espalda y me giré.
—¿Puedo llamarte un día, o prefieres que…?
—Te llamaré yo.
—Ah, vale —respondí con torpeza, sintiendo que el pesar me oprimía el pecho.
No pude evitar la tentación de inclinarme sobre él y darle un beso en los labios. Luego me fui sin mirar atrás.
Llegué a mi casa un par de horas más tarde, tras haber estado vagabundeando por ahí. Me molestaba pensar que, para una vez que me cruzaba con un tío decente, parecía incapaz de corresponderle. ¿Cuál era mi problema?
Quizás Pablo había tenido razón desde el principio y me había apresurado a liarme con alguien cuando aún no estaba preparado. ¿Tendría algo que ver David con todo esto?
«David, siempre David», maldije en voz baja. La verdad era que no había pensado en él desde que me acostaba con Rafael, pero ahora que la posibilidad de una relación real se me presentaba, lo único en lo que podía pensar era en él, y no desde un punto de vista romántico, precisamente.
De repente, le entendía.
Recordaba las cosas que me había dicho años atrás, acerca de cómo se sentía, cosas que yo, siendo un niñato enamorado y sin experiencia, no había entendido.
«Acabo de dejar de ser el perrito faldero de Ricardo», me había dicho.
«Lo último que necesito ahora es una nueva correa.
» ¿Era eso lo que me pasaba a mí? ¿Temía involucrarme en una relación en serio cuando al fin me sentía libre del influjo de David?
Pensé en Rafael y en lo que probablemente quería de mí.
En el pasado, nunca había tenido miedo a comprometerme en una relación seria, ni me había costado ceñirme a las limitaciones que estas imponían; sin embargo, y a pesar de desearlo intensamente y de sentirme muy atraído por él, me veía incapaz de dar ese paso.
¿Era solo la necesidad de independencia o algo más profundo lo que me retenía?
Era verdad que había tenido otros novios, y que había llegado a tener fuertes sentimientos por otros hombres.
Pero una y otra vez había vuelto a David, como si él fuera mi piedra de toque, el centro alrededor del que pivotaba toda mi vida, y durante los años en los que aparentemente él solo fue un amante ocasional, también había sido algo más.
No un amigo, como habíamos intentado fingir los últimos meses que pasamos juntos, pero sí una suerte de mentor, de maestro y, en cierto sentido, una referencia para mí.
Pero ahora todo era diferente: mientras yo rechazara la posibilidad de tener algo más serio con él, cuando por fin David parecía estar dispuesto, tampoco podía acudir a él en busca de apoyo o consejo…
, o sexo, y sabía que al enamorarme de Rafael renunciaba definitivamente a esa posibilidad.
Hasta ese momento, tal pensamiento me había hecho sentir liberado por primera vez en varios años, pero, ¿no había ahora también un poco de miedo?
¿Me estaba aferrando a mi recién descubierta libertad, o me asustaba la posibilidad de acabar con David definitivamente?
«Pero yo ya he roto con David definitivamente», me dije, para acto seguido recordar que no había roto con él. Me había limitado a huir. Y eso no arreglaba las cosas.
Por primera vez en dos meses, me arrepentí de no seguir el consejo de mi padre y hablar con David frente a frente.
Ahora sentía que las cosas entre nosotros no estaban zanjadas y que eso me impedía avanzar.
Si todo se reducía a que debía elegir de una vez por todas entre David y otro hombre, primero debía averiguar qué era lo que yo quería.
Sin conseguir decidirme, entré en mi casa.
Mi padre estaba en el salón, viendo la tele mientras hacía ejercicios con su pelota de goma.
Lola y Pablo trasteaban en la cocina, y a nadie pareció extrañarle verme llegar a las diez de la mañana, estando ya acostumbrados a que yo pasara la noche con Rafael.
Sin embargo, cuando me dirigía a mi cuarto, sintiéndome triste más allá de toda medida, sentí cómo Pablo me pisaba los talones.
—¿Y a ti qué te pasa hoy? —le oí preguntar al entrar en el cuarto detrás de mí—. Traes mala cara.
—¿Querrás decir «qué no me pasa hoy»? —pregunté con ironía mientras me quitaba la ropa—. Rafa y yo hemos roto —dije.
Le conté brevemente todo lo que había pasado la noche anterior y la conversación que habíamos tenido aquella mañana.
—Menudo día que estás teniendo, cariño. ¿Y qué vas a hacer?
—Nada. No puedo hacer nada. Dice que me llamará él a mí, pero ni siquiera sé si va a hacerlo.
—Quizás sea mejor así, cariño. Si no le quieres…
—No, no lo es. No es mejor así —le aseguré a mi amigo, mirándole a los ojos—. El problema no es Rafa, soy yo. Siento que me pasaría lo mismo con cualquier otro tío.
—¿Qué quieres decir?
—Que tengo que soltar lastre.
Pablo me miró con ojo crítico.
—¿No me digas que estamos hablando de David otra vez?
—Para variar —ironicé. La expresión de mi mejor amigo se ensombreció—. Siento que no puedo estar con Rafa, con ningún otro tío, si no termino definitivamente con David —me expliqué —. No dejo de pensar que haber dejado las cosas a medias con él es lo que me impide avanzar.
—¿Y qué piensas hacer, llamarle?
—No lo sé. ¿Debería? —pregunté, hecho un mar de dudas.
—¿Qué es lo que de verdad quieres, Noah? ¿Decirle a David las cosas que nunca te atreviste a decirle, o volverle a ver para comprobar si sigues sintiendo algo por él?
Elevé la cabeza para ver que Pablo me miraba inusualmente serio. Me obligué a no apartar mis ojos de los suyos mientras le contestaba:
—Las dos cosas.
Pablo suspiró y negó suavemente. En aquel momento sentí que llevaba años dándome cabezazos contra el mismo muro, y que había obligado a mi amigo a hacerlo conmigo.
—A partir de ahora —dijo muy despacio—, deberías pensar muy bien cuáles van a ser tus próximos movimientos. No creo que debas tomar una decisión justo ahora que estás tan alterado.
Comprendí que Pablo se estaba negando a aconsejarme cómo proceder, y que en vez de eso me invitaba a tomar una decisión por mí mismo.
Asentí algo apesadumbrado.
—Tienes razón.
Apenas me moví de mi habitación el resto del día.
Tumbado en la cama, con un libro en las manos que intentaba infructuosamente leer, pensaba una y otra vez, como en un bucle mental, en lo que estaba pasando y cómo debía proceder.
Pablo se mantuvo a mi lado trabajando en mi ordenador para tratar de mejorar su manejo de un editor de gráficos, pero no me dijo nada más.