17. La decisión correcta #2
Fue un beso largo, lento y húmedo, que nos dimos mientras nuestros cuerpos se acoplaban por fin en un movimiento sincrónico y lleno de armonía, que, sin embargo, muy difícilmente podría ser calificado de baile.
Apenas oíamos ya la música, que se había convertido en un eco sordo y rítmico que nos marcaba el paso a seguir.
Sus manos bajaron hasta mis nalgas, para estrujarlas entre sus dedos; su muslo estaba cada vez más presionado contra mi entrepierna, masajeando mi erección, y nuestras piernas, aún entrelazadas, trastabillaron mientras avanzábamos a trompicones, incapaces de separarnos.
Con un golpe seco en la espalda, supe que Rafael había conseguido sacarme de la pista para presionarme entre su cuerpo y una de las columnas.
Sus brazos rodeaban mi cintura con tanta fuerza que mis talones se separaron del suelo, y aprovechando el movimiento, me alcé para rodear su talle con las piernas, uniendo al fin nuestras ingles.
Al romperse el beso que nos estábamos dando, un jadeo escapó de mis labios, aunque dudo que él lo hubiera escuchado.
—Joder, Noah… —gimió contra mi oído, lamiendo la piel de mi cuello.
Incapaz de dejar de mover mis caderas, me froté contra él, ignorando a todo aquel que pudiera estar mirándonos.
—Tengo ganas de follar —le dije.
—Y yo… —contestó—. Vámonos a casa.
—No, a casa no.
—¿Qué es lo que quieres? —preguntó separándose de mí, con una sonrisa irónica en los labios—, ¿follar aquí?
Elevé elocuentemente las cejas, borrándole la sonrisa de golpe.
—Ven conmigo —le dije, bajando los pies al suelo y cogiéndole de la mano.
—Noah…
Ignorando su reticencia, tiré insistentemente de su mano hasta conseguir que me siguiera por el Sodoma.
Mi erección se había convertido en una tortura dentro de mis pantalones, y los estímulos que había a mi alrededor no hacían sino incrementar la sensación.
Para cuando llegamos hasta la entrada del cuarto oscuro, estaba más que impaciente por entrar.
—Espera —dijo él al ver hacia dónde nos dirigíamos, tirando de mi mano hacia atrás para alejarme de la puerta.
—¿Qué? —me volví hacia él, pero vi en su cara el reflejo de las mismas dudas y temores que yo había tenido la primera vez que entré allí, y sonreí conciliador. Me llevé a los labios la mano que tenía entrelazada con la mía propia y la besé—. Confía en mí —le pedí, justo antes de abrir la puerta.
La mortecina oscuridad rojiza del vestíbulo del cuarto oscuro nos dio la bienvenida.
Le oí respirar muy fuerte justo detrás de mí cuando el olor a semen y profilácticos nos golpeó, pero avancé sin titubear, mirando a mi alrededor.
Una pequeña multitud de hombres se arremolinaba allí, buscando sexo.
O teniéndolo. Una pareja se magreaba contra una pared, de forma muy parecida a como lo habíamos hecho nosotros minutos antes en la pista de baile.
Sobre uno de los sillones de vinilo, cinco o seis hombres se besaban los unos a los otros y se tocaban por encima de la ropa.
Cerca de ese grupo, otra pareja con el torso al descubierto yacía tumbada.
El que estaba encima lamía con desmayada procacidad los pezones de su compañero, que gemía con abandono.
En la pared opuesta, uno de los viejos verdes habituales del cuarto oscuro, aquel que me había invitado a hacerle una mamada en mi primera vez allí, se toqueteaba la bragueta mientras miraba a su alrededor.
Varias parejas, tríos o grupos entraban y salían de los cubículos, de donde provenían toda serie de estrangulados jadeos, gritos y quejidos.
Toda reticencia había desaparecido por fin de la mirada de Rafael, al igual que la duda, la reserva o la incertidumbre.
Su lugar lo ocupaba la lascivia, una lascivia cruda y desnuda que se leía en cada una de las líneas de su rostro, y que conseguía que me siguiera con docilidad y casi con ansias por primera vez en toda la noche.
—¿Hay alguno libre? —le pregunté a uno de los encargados del vestíbulo.
—El dos —dijo con voz monocorde, a la vez que tendía la mano en busca del consabido billete. Lo puse en su palma sin rechistar y me dirigí hacia la segunda puerta de la izquierda, seguido de cerca por Rafael.
Una vez que estuvimos dentro, cerré la puerta y me giré hacia él.
Le di tiempo para que se familiarizara con el ambiente, para que mirara las estrechas paredes, de un húmedo color negro; la camilla de cuero, usada mil veces; la pequeña papelera de la esquina, repleta de kleenex y condones usados; pero le besé antes de que le diera tiempo a analizar la sordidez de aquel lugar.
Me correspondió con un beso fiero, demandante, izándome con la fuerza de sus brazos hasta que quedé sentado en el extremo de la camilla, recibiendo entre mis piernas abiertas las acometidas de sus caderas contra las mías.
Forcejeé con su bragueta hasta que descubrí sus genitales, y sopesé entre mis manos su enorme polla, rodeándola con mi mano para darle placer.
Él me respondió tanteando con mis pantalones, y dispuesto a complacerle, me puse de pie para quitármelos del todo.
—No tenemos mucho tiempo —dije como excusa a mi apresuramiento, aunque no creía que ninguno de los dos pudiera esperar mucho de todas formas. Me quité los zapatos y los pantalones, y me dispuse a sentarme de nuevo en la camilla, para ofrecerme a él, pero Rafael me lo impidió.
—No te sientes desnudo ahí —dijo refiriéndose a la superficie de la camilla, a la vez que rodeaba mi cintura y me abrazaba en actitud protectora, alejándome de ella.
Luego se quitó su chaqueta de cuero y la colocó cuidadosamente sobre aquella superficie de dudosa salubridad, antes de volver a rodear mi talle con sus brazos e izarme como si yo fuese un niño, sentándome con delicadeza sobre su chaqueta.
—Eres un encanto —suspiré, atrayéndole hacia mí para besarle de nuevo.
Abrí las piernas para dejar que sus caderas chocaran con las mías, pero ahora no había ninguna tela que se interpusiera entre nosotros y pude sentir el calor de sus testículos contra los míos.
Forcejé con sus pantalones para bajárselos y rodeé sus nalgas con mis rodillas, atrayéndole hacia mí para intensificar nuestro contacto.
Rafael se recostó sobre mí, obligándome a tumbarme en la camilla, y me embistió repetidas veces, dejando caer el peso de su cuerpo sobre mis caderas y haciéndome gemir de placer ante la intensísima presión a la que estaba siendo sometido.
Le metí las manos por debajo de la camiseta para aferrarme a la piel de su espalda mientras él me mordía los pezones.
Sentía su polla frotarse arriba y abajo contra mi ingle, restregándose rítmicamente contra la suave piel que separa los muslos del abdomen, a la vez que la mía propia se aprisionaba en el inexistente espacio entre nuestros vientres.
Moví las caderas hacia arriba, consiguiendo que su glande resbalara por mi periné y se presionara contra mi ano, cuyos anillos se contrajeron con anticipación y deseo.
Necesitado de una atención más directa, me presioné aún más contra su polla, consiguiendo que su cabeza atravesara blandamente el primer círculo de músculos de mi entrada.
—No llevo condón —me dijo a modo de advertencia, separándose de mí.
—Pues ponte uno y fóllame ya —le dije, tirando de él hacia mí.
No sé cómo atinó a ponérselo sin apenas separarse de mí, pero segundos más tarde, volví a sentir esa presión intrusiva y dolorosa que me avisaba de que mis esfínteres estaban siendo violentados.
Dejando caer la cabeza hacia atrás, solté un gutural gemido mientras Rafael me penetraba y me embestía con violencia repetidas veces, haciendo temblar todo mi cuerpo de placer.
En medio de todo ese torbellino, oímos dos rápidos golpes en la puerta.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó él alarmado, parando todo movimiento.
—Nos avisan de que solo nos quedan unos minutos —le expliqué—. No pares.
Me incorporé un poco, lo justo para poder colgarme de su cuello y besarle, mientras sus caderas reanudaban el movimiento y seguían horadando mi cuerpo.
Sus brazos me rodearon la espalda y sentí el peso de su tronco sobre el mío, aprisionándome por completo y dificultándome la respiración.
Mareado y extasiado a la vez, le mordí los labios.
—Voy a correrme —le dije—, no puedo más.
Como respuesta, su cuerpo se volvió más vehemente, y el golpeteo de sus caderas contra la camilla se hizo más audible mientras se adentraba en mí con más violencia que nunca antes.
Le oí gruñir con la cara hundida en mi cuello, y sin poder contenerlo por más tiempo, relajé todo mi cuerpo para dejar que el orgasmo viniera a mí con total libertad.
Cuando terminamos, la presión de su cuerpo sobre el mío se relajó un tanto y pude tomar una profunda bocanada de aire, que terminó en un sonoro ronroneo de satisfacción. Rafael seguía sobre mí, dentro de mí, y yo me sentía a gusto y en calma.
Entreabrí los párpados para ver que él también me miraba, y me permití un momento para perderme en esos ojos castaños, oscuros y completamente entregados.
—Te quiero —me susurró.
Mi casi adormilada mirada se convirtió en una de estupefacción. Clavé mis ojos en los suyos intensamente durante varios segundos, incapaz de decir nada. De nuevo oímos dos toques y alguien entornó la puerta.
—El tiempo se ha acabado.
—Que ya salimos, joder —exclamé.
La puerta volvió a cerrarse y miré a Rafael, buscando a contrarreloj algo que decirle, pero el momento había pasado.
Se separó bruscamente de mí y se abrochó los pantalones.
Yo le imité, y finalmente le tendí su chaqueta.
La cogió sin ponérsela y asió mi mano con fuerza, tirando de mí para sacarme de allí.
Sin una sola palabra, le seguí hacia el exterior.