A través del sexo. La saga completa 17. La decisión correcta
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17. La decisión correcta

LA DECISIÓN CORRECTA

— T e lo pasarás bien, ya lo verás.

—No sé yo…

Rafa miró dubitativo hacia los chicos que esperaban de pie justo delante de nosotros y valoró su excéntrico atuendo.

Uno de ellos llevaba una ajustada camiseta de rejilla negra, que dejaba al descubierto su torso, el otro parecía recién salido de una ilustración de Tom de Finlandia.

A su lado, había una transexual subida a unas plataformas dignas de la mejor drag queen, que nos lanzó una mirada despectiva a través de sus enormes pestañas postizas.

—Relájate —le aconsejé—. No te van a comer… si tú no te dejas — bromeé—. Además —añadí por lo bajini—, no todos los tíos son tan especiales. La mayoría son como tú y como yo.

Rafael no contestó, sino que se limitó a mirar al resto de personas que nos acompañaban en la cola, para ver si lo que yo decía era verdad.

Esa era una de esas noches en las que había que esperar para entrar en el Sodoma. Pablo y yo solíamos preferir llegar más temprano para ahorrarnos problemas con el límite de aforo, pero aquel día Rafael había tenido turno hasta última hora de la tarde y nos había sido imposible salir antes.

Aún no sabía muy bien cómo había conseguido convencerle para que viniera conmigo, pero la verdad era que el inocente comentario que Clara me había hecho aquel lunes, acerca de que era impensable que Rafael no hubiera vivido al menos una sola noche en el Sodoma, se me había quedado clavado, y había estado toda la semana dándole la vara para que me acompañara de marcha ese fin de semana.

Al final, esa misma mañana me había llamado para acceder a venir, con la condición de que nos iríamos de allí si él se aburría o si no le gustaba el ambiente.

Desde donde estábamos podíamos notar la vibración de la música procedente del interior del local, y el pulso rítmico que producía me hacía tener deseos de entrar de una vez y bailar. La gente iba y venía por la calle, y multitud de personas salían de un bar y se metían en otro, riendo y bromeando.

—No sé cómo te puede gustar esta música —masculló Rafael a mi lado, al ver cómo contoneaba levemente mis hombros—. El dance no me dice nada.

—El dance no te tiene que decir nada. Es solo para bailar —sonreí—. Relájate —le volví a pedir.

—He tenido un mal día en el curro.

—Ya.

Un grupo de chicos salió del Sodoma, borrachos y bromeando con aquellos que, como nosotros, aún estábamos en la cola y no habíamos podido entrar.

Dos de ellos se estaban metiendo mano y un tercero, probablemente el más borracho del grupo, se me acercó con una peregrina excusa y, cuando me di cuenta, le tenía a mi lado, con su pesado brazo sobre mis hombros.

—Yo a ti te conozco de algo, ¿no?

Sonreí, viendo venir una de esas absurdas conversaciones que se tienen con borrachos anónimos cuando uno menos se lo espera, y pensé que lo mejor era seguirle el rollo.

—Claro, ¿no te acuerdas de mí? —bromeé.

El otro tío, descolocado por mi respuesta, se separó de mí para dirigir sus ebrios ojos a mi cara. Al no conseguirlo, volvió a acercarse un poco más, intentando enfocar su mirada en un lugar que estaba entre mi nariz y mis labios.

—Pues no caigo.

—¿En serio? ¿Cómo no vas a caer?

Volvió a mirarme, con esa seriedad que solo se consigue cuando uno está a punto de sufrir un coma etílico. Luego, de repente, esbozó una enorme sonrisa, llena de dientes.

—Tú me estás vacilando, macho —dijo feliz de haberse dado cuenta, puntuando cada una de sus palabras con un golpecito sobre mi pecho.

—Me has pillado.

—¿Seguro que no nos conocemos?

—Seguro —dije, sacándomelo de encima con toda la suavidad que pude.

—¿Y no quieres que nos conozcamos?

—Venga, ya es suficiente —intercedió Rafael por primera vez, apartando a aquel tío de mí de manera brusca.

—¡Va, hombre! No te pongas así —pidió, justo antes de hacer un nuevo intento por enfocar sus ojos, esta vez en la cara de Rafael—. Yo a ti te conozco de algo, ¿no?

Me reí por lo bajini, pero él no parecía estar disfrutando de la situación.

—Venga, ya te estás yendo. —Le empujó con suavidad, pero incluso esa leve presión consiguió desestabilizar su precario equilibrio, y trastabilló.

—Vale, vale… —masculló, alejándose de nosotros para seguir a sus amigos.

—Tampoco era para que te pusieras así —le dije, una vez se hubo ido.

—Te estaba sobando.

—Solo bromeaba —dije—, y estaba borracho además. No ganas nada discutiendo con gente tan bebida.

—Ya —rebatió—, pero es que…

—Oye, bonito —la transexual se volvió a girar hacia nosotros, y nos señaló con su dedo índice, terminado en una enorme y curvada uña de color granate—, a ver si consigues que ese hombretón se tranquilice, que me está poniendo de los nervios.

—Hago lo que puedo, hermana —le contesté.

No muy contenta con mi respuesta, se giró de nuevo, no sin antes echarnos otra mirada.

—Ya te vale, ¿no? —le pedí a Rafael.

—Ya te dije que no me siento cómodo en este tipo de ambientes.

—Si es que ni lo intentas… —le reproché.

Rafael me echó una miradita y a punto estuvo de decir algo cuando nos dimos cuenta de que nos tocaba entrar.

Pasamos entre los porteros, que nos miraron de arriba abajo para asegurarse de que nuestra apariencia era la adecuada, pero a Rafael ese escrutinio no pareció gustarle, y le devolvió a uno de los porteros una mirada malhumorada.

Tiré de su mano hacia el interior del local para evitarnos un problema y no paré hasta que estuvimos rodeados por la multitud.

—Bueno, ya estamos aquí —dije con una resplandeciente sonrisa, contento de haberle podido meter en el Sodoma por fin.

Elevé mi rostro para mirar el de Rafael y le vi contemplando el interior del local con los ojos curiosos y anhelantes del que lo ve por primera vez, pero con un matiz de reparo que no me pasó desapercibido.

Sin soltar su mano, le guié en busca de alguna barra, y de cuando en cuando me giraba para ver su reacción.

A nuestro alrededor, una multitud de hombres bebía, bailaba y se divertía, el ambiente eternamente festivo del Sodoma se desplegaba ante nuestros ojos y excitaba nuestros sentidos, y sin embargo, Rafael no parecía encontrarse del todo a gusto.

—¿Quieres beber algo? —le pregunté cuando llegamos a la barra.

—Agua —contestó en actitud ausente, mirando a su alrededor.

—Como pida agua, se van a cachondear de mí. Tómate una cerveza por lo menos.

—Vale, una sin.

Puse los ojos en blanco y me giré hacia uno de los camareros.

—Ponme una cerveza sin alcohol y otra de verdad para mí —le pedí con un guiño.

El camarero me sonrió antes de ponerme las cervezas.

—¿Así es como funciona este sitio? —preguntó Rafael cuando nos alejábamos de allí—. ¿Hay que ligar con todo el mundo?

—¿Todavía estás enfadado por lo de ese tío de ahí fuera?

—No estoy enfadado, es que…

Me puse de puntillas para besarle e interrumpir su perorata.

—He venido contigo, ¿vale? Y me iré de aquí contigo, pero no tiene nada de malo que vacile un poco con la gente o que bromee con los camareros. Hemos venido a divertirnos, no a tener malos rollos.

— Vaaale —dijo como un niño malo al que acabaran de amonestar.

—Así me gusta. Vamos a bailar, anda.

Le conduje hasta el centro de la pista, contoneándome contento mientras lo hacía, y manteniendo el botellín de cerveza en alto para que no me lo tiraran. Empecé a bailar y a disfrutar de la música, pero no tardé en descubrir que Rafael estaba rígido como una tabla.

—¿Y ahora qué te pasa?

—Que no sé bailar —confesó, lleno de vergüenza.

—¿Cómo no vas a saber bailar? Solo hay que moverse con la música…

—Lo dices como si fuera fácil.

—Es que lo es —le dije. Rodeé su cintura con mi brazo y ondulé las caderas contra él—. Así, ¿ves?

Rafael me miró a los ojos mientras notaba cómo mi cuerpo se frotaba contra el suyo, y su expresión se relajó un tanto.

Sonriendo levemente por primera vez en lo que iba de noche, intentó acompasar el movimiento de su cuerpo al mío, pero cuando lo hizo, me di cuenta de que tenía razón: no sabía bailar.

—¿Qué estás haciendo con tus hombros? —le dije, riéndome por lo ridículo de su movimiento.

—Estoy bailando —respondió con el ceño fruncido.

—Eso no es bailar —me reí—, pareces un mono con epilepsia.

Y era verdad, al parecer su idea de bailar era mover rítmicamente los hombros hacia arriba y hacia abajo, un movimiento que resultaba del todo ridículo, pero me arrepentí al segundo de decirle aquello.

Rafael frunció aún más el ceño, tanto que sus dos cejas se unieron e hizo el ademán de salir de la pista de baile.

—Venga, perdona —le dije, tirando de su brazo para impedir que se fuera—, solo estaba de coña.

Se giró hacia mí, pero aún se le veía malhumorado.

—Perdona —repetí, apretándome contra él y besándole el cuello, a la vez que comenzaba a balancear mis caderas contra las suyas.

—¿Qué haces?

—Enseñarte a bailar —contesté con voz grave. Rodeé de nuevo su cintura con mis manos y obligué a su cuerpo a seguir el lento y sinuoso movimiento del mío.

De repente, Rafael era todo atención. Sonreí al ver cómo respondía por fin a mis intentos de relajarle y conseguir que se divirtiera un poco. Sin embargo, su manera de moverse seguía siendo algo forzada.

—Relaja los hombros —le pedí con suavidad, sin dejar de besar su cuello—, haz que el movimiento venga de tu tronco y de tus caderas. Muévete al compás de la música.

Quizás secuestrado por el erotismo de aquel momento, Rafael acompasó el movimiento de sus caderas al mío.

Mirándole a los ojos, encontré el reflejo del deseo que podía sentir inflamado y comprimido contra mi vientre.

Nuestras piernas se entrelazaron, y uno de sus muslos rozaba mi entrepierna, haciéndole notar, probablemente, que yo estaba tan excitado como él.

—¿Ves cómo no era tan difícil? —le dije en tono levemente burlón.

—¿Esto es bailar para ti? —preguntó, haciendo referencia a la explícita sensualidad del movimiento de nuestros cuerpos.

Como toda respuesta, me colgué de su cuello para besarle.