16. Sexo sin compromiso #5
—Puede que parezca raro, pero esto nos ha unido aún más que antes.
Ahora tengo la sensación de que por fin David me ha dejado conocerle de verdad.
Me ha contado un montón de cosas acerca de su vida, de sus experiencias…
No solo contigo —matizó. Luego resopló—.
No tenía ni idea de que mi hermano hubiera vivido tanto.
También me habló de su relación con papá.
Me ha explicado por qué se detestan tanto, y por qué él se tuvo que alejar de nosotras, como si nos fuera a contagiar algo —dijo, haciendo referencia al exilio que su padre le había impuesto a David al descubrir que era gay—.
Me cuesta creer que mi padre haya hecho algo así —espetó con disgusto—, y creo que en el fondo, David me ocultó todo esto porque temía que yo también le rechazara, y me alejara de él ahora que por fin podíamos estar juntos. —Me miró con los ojos empañados.
—Me alegro por vosotros.
—Precisamente por eso quería hablar contigo, ¿sabes? —musitó. La miré, no entendiendo muy bien lo que quería decir—. Cuando me enteré, me enfadé muchísimo contigo. Te odié —confesó—, pensando que habías estado todo este tiempo riéndote de mí, que solo te habías hecho mi amigo porque…
—Eso no es verdad —la corté—. Sé que no me he portado bien, pero no quiero que pienses ni por un instante que yo…
—Ya lo sé —me tranquilizó—. Y no solo porque David dice que puedo confiar en ti. En el fondo, sé que te conozco, y eso no sería propio de ti. Además, hay una cosa de la que me he dado cuenta estos últimos días.
—¿De qué?
—De que si he perdonado a mi hermano por eso, ¿no es justo que te perdone a ti también?
—Clara…
—¿A ti te gustaría que tú y yo siguiéramos siendo amigos, a pesar de todo esto?
—Por supuesto que sí —respondí—, no soporto haberte perdido por algo así.
Clara me respondió con una resplandeciente sonrisa antes de colgarse de mi cuello y pegar su cuerpo al mío, en un abrazo espontáneo y cariñoso. La rodeé con mis brazos y permanecimos así unos segundos. Al final, ella se separó de mí.
—Déjalo ya, que me vas a hacer llorar —dijo.
Sonreí de puro contento.
—Te he echado de menos —confesé.
Chasqueó la lengua.
—Ya será para menos. —Clavó sus enormes ojos grises en los míos y dijo—: Venga, ya me lo puedes preguntar.
—¿El qué?
—Lo que llevas deseando preguntarme desde que nos vimos —contestó con simpleza—. Dispara.
Bajé la mirada.
—¿Cómo está David?
—Bien —respondió; luego rectificó—: Bueno, más o menos. —La miré inquisitivo y ella puso los ojos en blanco—. Más bien mal —dijo al final—, para qué mentirte.
—¿Por qué? —pregunté con la voz rasposa.
—¿Por qué crees tú? —dijo ella, frunciéndome el ceño como si yo fuera un alumno desaplicado, incapaz de aprender una lección demasiadas veces explicada—.
Se siente culpable, sabe que ha metido la pata, y sigue enamorado de ti —recitó con dulzura, tanta que se me clavó en el corazón como un reproche.
Me mordí el labio inferior.
—Lo sé, pero es que es tan complicado, y…
—Y además, sales con alguien —dijo. La miré algo contrariado y ella meneó su cabecita—. ¿Sabes qué? Creo que a partir de ahora será mejor que tú y yo no toquemos este tema. Así, pase lo que pase entre mi hermano y tú, seguiremos siendo amigos.
—Creo que será lo mejor —convine.
—Bueno, ¿y qué tal con tu nuevo novio? —Dudó un momento y preguntó—: De eso sí que podemos hablar, ¿no?
Sonreí.
—Sí, claro.
Le hablé un poco de Rafael y del tiempo que llevábamos juntos.
—¿Me he perdido muchas juergas en el Sodoma? —preguntó.
—No, casi no he salido de marcha este verano. Pablo ha estado algo apático —le dije.
—¿Y con tu novio, no sales de noche?
—No, Rafa no es de esos chicos a los que les gusten las discotecas y…
—Espera, para un momento. ¿Me estás diciendo que tu chico nunca ha pisado el Sodoma?
Lo pensé en serio.
—Pues sí, no creo que él haya ido nunca allí.
—Vamos, Noah —bromeó—, eso tienes que solucionarlo. No puedes ir en serio con un tío que nunca haya estado en el Sodoma.
—Ya —dije—, pero tampoco es que vayamos en serio, yo aún no me siento preparado para ir en serio con nadie, después de lo de…
—me callé, no queriendo tocar nuestro recién estrenado tabú.
Ella también debió de entenderlo, pues no preguntó nada más—.
Oye —tanteé—, ¿puedo hacerte una pregunta personal?
—Claro.
—¿Y qué hay de ti y de Moisés? —solté.
Ella rio.
—Estaba esperando a que me lo preguntaras desde hace un rato. ¿Te molesta?
—No, claro que no —mentí—, es solo que quiero saber si…
—¿Si nosotros vamos en serio? —terminó ella por mí.
Asentí—. No, qué va —dijo para mi sorpresa.
Al ver mi cara de estupor, se apresuró a aclarar—: No me entiendas mal: tu hermano es un encanto, está muy bueno, y definitivamente sabe cómo hacer que una chica se sienta bien —ronroneó, sacándome de nuevo los colores—, pero yo debería ser muy tonta para enamorarme de un chico así.
Tu hermano es de esos a los que les gusta divertirse con las chicas.
Ese tipo de tíos están bien para unos cuantos polvos, pero no sirven para comprometerse.
Asentí, sabiendo en el fondo que Clara había calado a mi hermano a la primera.
—De hecho —continuó—, estaba pensando en cortar con él. Si lo único que vamos a hacer juntos es divertirnos, yo creo que ya nos hemos divertido lo suficiente.
—Ya veo.
—¿Te parece bien?
Me pasé las manos por el pelo, prefiriendo no dar mi opinión sobre el particular.
—Creo que ese es otro tema del que será mejor no hablar —bromeé.