16. Sexo sin compromiso #4
Tras ducharnos, desayunamos juntos en la cocina y nos dirigimos a su coche.
A lo largo del último mes, yo me había acostumbrado a pasar en su casa las noches de los fines de semana o de sus días libres.
Eso no solo me permitía dormir con él, sino también dejar de dormir con Pablo en mi propia cama, que estaba demostrando ser demasiado pequeña para los dos.
Pablo también empezaría las clases ese mismo día, y al igual que para mí, este sería su último año en la Facultad de Bellas Artes.
Él esperaba poder reincorporarse a su puesto en la tienda de arte tras las vacaciones, y quizás con una jornada más amplia, lo que le permitía empezar a buscar un sitio en el que vivir que no implicara clavarme los codos por las noches.
Yo, por mi parte, estaba decidido a quedarme en casa de mi padre al menos hasta el final del curso, o hasta que él hubiera avanzado lo suficiente en su rehabilitación para ser autónomo.
Todavía requería algo de ayuda para su cuidado personal, y necesitaba que le acompañáramos a rehabilitación y a las revisiones con el médico.
En estas nuevas circunstancias, me había convertido en un chófer a tiempo parcial para mi padre, y con Lola incorporada ya al trabajo tras las vacaciones, sabía que ella sola no podría hacer frente a las tareas de la casa y el cuidado extra que mi padre requería en aquellos momentos.
—Ya hemos llegado. —Rafael aparcó su coche junto a la entrada de la facultad, sacándome de mis pensamientos—. ¿Lo tienes todo?
—Sí.
—Venga, que como no me vaya, ya llegaré tarde al curro. —Se inclinó hacia mí para darme un rápido beso de despedida—. Llámame luego para contarme qué tal te ha ido todo.
—Ok —dije al bajarme del coche.
Me dirigí a la entrada principal de la universidad. La incipiente mañana era fría y nublada, y unas finísimas gotas de lluvia cayeron en mi rostro mientras avanzaba por el aparcamiento. Varios coches pasaron cerca de mí mientras caminaba, y saludé a algunos de sus ocupantes, compañeros y conocidos.
—¡Noah! —oí a mi espalda, justo cuando iba a adentrarme en el edificio principal.
Me giré para ver a Samuel, correteando hacia mí.
—Hola —le saludé—. ¿Vamos juntos a clase?
—No puedo —dijo, haciéndome un gesto para señalar con disimulo en la dirección de la que provenía. Miré y vi a Jero, que le esperaba unos metros más atrás y hacía aspavientos de evidente impaciencia—. He quedado con Jero para tomar un café antes de entrar.
—Ah.
—¡Samuel, vamos! —le oímos gritar.
Samuel puso los ojos en blanco.
—¿Siempre es tan paciente? —pregunté con ironía.
—Me tiene harto —confesó—. Te invitaría a acompañarnos, pero ya sabes lo celoso que se pone de los chicos guapos —dijo con resignación.
Luego, súbitamente, esbozó una sonrisa llena de malicia y se acercó para darme un rápido beso en la mejilla.
A lo lejos vi cómo la expresión de Jero se agriaba como la leche pasada—.
Te veo luego —se despidió con un guiño, aparentemente más feliz después de haberle mortificado un poco.
Le vi correr de vuelta a su novio y me dirigí hacia el interior del edificio.
Había un inconfundible ambiente a nuevo curso en el aulario: en los oscuros pasillos, cuya única iluminación provenía del encapotado cielo que se veía a través de los ventanales, resonaban las risas, anécdotas del verano, reencuentros entre compañeros y amigos.
Sintiendo cierta melancolía por el verano ya acabado, subí hasta la segunda planta para dirigirme a mi clase.
Ya había algunas personas allí, arremolinadas en pequeños grupitos, y el murmullo de sus conversaciones llenaba el ambiente.
Saludé a Eli y a Julia, que ya estaban allí, y a varios compañeros más, mientras escaneaba rápidamente la clase en busca de Clara. Ella aún no había llegado.
Algo más tranquilo, elegí un asiento en la parte trasera del aula y me senté, concentrándome en sacar mis bolígrafos y disfrutar del olor a nuevo de mis libros de ese año.
—Hola, Noah —oí a mi derecha. Me giré y vi a Clara, que ponía un enorme bolso color esmeralda sobre la mesa inmediatamente contigua a la mía.
—Hola —musité, mientras la veía ocupar su asiento con total naturalidad, como si no fuera violento que nos sentáramos juntos tras haber estado más de un mes sin hablarnos.
—¿Has tenido un buen verano? —preguntó.
—Sí —dije. Asintió levemente, evitando mi mirada, mientras sacaba sus bártulos. Estaba tan guapa como siempre, y lucía despreocupada, pero por primera vez pensé que probablemente ella estaría tan nerviosa por mi reacción como yo lo estaba por la suya—. ¿Y el tuyo?
Se encogió de hombros y esbozó uno de sus encantadores mohines.
—No me quejo. Oye —añadió como si nada, pero evitando aún mi mirada—, ¿te importaría tomarte un café conmigo durante el descanso? Quiero hablar contigo.
—Sí. No. O sea, que no me importa —balbuceé. Frunció los labios y me miró, elevando las cejas.
—¿Eso es un sí?
—Sí —contesté.
El profesor entró en el aula y no hablamos más.
Una vez que hubieron acabado las tres primeras clases y llegó la hora del descanso, nos miramos y acordamos tácitamente salir juntos del aula.
Samuel, que ocupaba una mesa cerca de donde estábamos nosotros, nos vio salir, pero no dijo nada ni hizo ningún ademán de venir con nosotros, seguramente conocedor de que ella querría hablar conmigo.
Clara y yo caminamos en silencio, y la dejé guiarme hasta el pequeño arbolado que había tras el edificio principal.
Ya no llovía, y ahora, tan cerca del mediodía, el cielo lucía despejado y el sol brillaba con cierta tibieza.
La observé mientras se quitaba su chaqueta de punto y la extendía en la hierba, para sentarse a continuación sobre ella, preguntándome qué me depararía la conversación que estábamos a punto de tener.
La imité, sentándome enfrente de ella en la hierba, y la miré, en actitud expectante.
—Samuel dice que sales con alguien —dijo al final, tras unos segundos en los que pareció considerar la mejor manera de iniciar la conversación.
—Sí.
—¿Y te va bien con él?
—Sí —volví a responder parcamente, no sabiendo si quería hablar de ese tema con la hermana del que había sido mi amante hasta unos meses atrás.
—Qué bien —dijo. Callamos unos segundos hasta que ella volvió a hablar—. Noah… En realidad, de lo que quería hablar es de…
—Ya sé de lo que quieres hablar —la corté, en un intento de ponerle las cosas más fáciles.
Bajó la mirada.
—Siento haberte pegado ese día.
—No pasa nada, me lo merecía.
Levantó la cabeza y clavó sus ojos en los míos.
—A mi hermano también le pegué.
—Él también se lo merecía.
Le sonreí, conciliador, y ella me correspondió con cierta timidez.
—Mi hermano me ha contado un montón de cosas, yo…
—Su mirada se volvió desafiante durante unos segundos pero rápidamente la volvió a bajar, mordiéndose el labio inferior—.
Sé un montón de cosas acerca de vosotros dos —dijo, haciendo que la cara me ardiera—.
David me ha contado cómo os conocisteis antes de que yo llegara a España, y todo lo que hubo entre vosotros.
—Sonrió avergonzada y añadió—: Dice que no se portó muy bien contigo.
—Bueno… —titubeé—. Tuvimos nuestros momentos.
—Entiendo que no me dijeras nada. Cuando nos conocimos, quiero decir —aclaró—.
¿Qué se suponía que me ibas a decir: «Hola, me llamo Noah y me he estado tirando a tu hermano»?
—bufó, sin esperar una respuesta—. También entiendo que David no confiara en mí en un principio, al fin y al cabo, cuando yo llegué aquí, él y yo apenas nos conocíamos.
—Reacomodó su posición sobre la hierba, haciendo considerables esfuerzos para que su minifalda no dejara al descubierto su ropa interior mientras cruzaba las piernas.
No dije nada y al rato continuó—: Cuando yo era pequeña —relató—, él estudiaba en un internado en Inglaterra, y solo le veía durante las vacaciones.
Luego, cuando terminó el instituto, se fue de Alemania y no volví a verle hasta que murió nuestro abuelo, diez años más tarde, así que cuando vine a vivir aquí, éramos prácticamente desconocidos el uno para el otro.
—Él me lo contó —dije—. Me habló una vez de ti cuando aún estábamos juntos y…
Ella asintió.
—Lo que más me molesta es que no me lo contarais después.
Que no confiaras en mí cuando nos hicimos amigos —me reprochó—, y, sobre todo, que mi hermano no confiara en mí después de todo lo que hemos pasado juntos.
Él debió haberse dado cuenta de que podía fiarse de mí —dijo poniendo un puño entre sus pequeños pechos—, de que yo le guardaría el secreto, que no le juzgaría.
Si hasta sabía que me iba contigo de marcha al Sodoma.
—Lo sé —dije, pensando en varias discusiones que había tenido con David al respecto.
—Eso también me lo contó, que tú le dijiste varias veces que confiara en mí, pero que él no quiso hacerlo —dijo Clara, como si pudiera leer mi pensamiento.
—¿Y cómo…? —vacilé—. ¿Cómo está vuestra relación ahora?
Para mi sorpresa, Clara sonrió.