16. Sexo sin compromiso #3
—No sé cómo puedes ser tan sabio cuando se trata de la vida sentimental de los demás, pero tan desastroso en la tuya propia —dije, ganándome con mi comentario un doloroso codazo en las costillas.
—¿Entonces? —preguntó tras su particular venganza—. ¿Qué vas a hacer?
—Supongo que tienes razón y me lo estoy tomando a la tremenda.
En cualquier caso, no gano nada preocupándome por eso.
Lo que debería hacer ahora es dormir, que no he pegado ojo.
—Coloqué las sábanas de mi cama lo mejor que pude, obviando el intenso olor a sexo reciente que desprendían—.
Debería hablarlo con él esta noche y ya está, y si para él no es suficiente que nos veamos sin más, pues entonces…
—No te dirá que no —me interrumpió, esbozando una sonrisa de autosuficiencia—. Si yo fuera ese cacho de carne fofa con pelos que es él, y un chico como tú me dijera que quiere salir conmigo para conocernos, entendiendo que «conocernos» incluye sexo, no me lo pensaría dos veces.
Me metí en la cama y me tapé la cara con las sábanas, sorprendiéndome a mí mismo al desear fervientemente que mi amigo tuviera razón.
Me desperté un rato más tarde, a causa de un sonido que tardé en identificar. Era como un leve rasgueo, como un gato rozándose contra una manta. Abrí los ojos, solo para descubrir que el sonido lo hacía el pincel de Pablo contra su lienzo.
Apenas veía a mi amigo, oculto tras el caballete, que no estaba colocado en su lugar habitual, junto a la ventana, sino enfrente de mi cama. Tardé unos segundos en darme cuenta de por qué.
—No me jodas, Pablo —dije con la voz pastosa—. ¿Me estás dibujando?
Como toda respuesta, mi amigo asomó la cabeza por detrás del lienzo, me echó una significativa mirada y tomó medidas desde la distancia con el mango del pincel, antes de volver a desaparecer. Me levanté de la cama, me puse unos calzoncillos y me acerqué al lienzo.
—Pablo —le dije—, ¿cómo demonios se te ocu…?
Mi mirada había encontrado por fin la pintura, y me quedé sin palabras.
Mi amigo había seguido trabajando en su nuevo cuadro, que estaba bastante mejorado.
Las líneas estaban mejor definidas, pero eran etéreas al mismo tiempo, como si los trazos irregulares del dibujo quisieran proporcionarle una belleza sutil y un matiz de inaccesibilidad.
La piel del modelo parecía traslúcida, y su expresión, sublime.
El cuerpo, tumbado de espaldas y laxo, parecía no estar sometido a la gravedad; la cabeza, con el dorado cabello flotando a su alrededor, caía hacia atrás, en un gesto de éxtasis.
Sin renunciar a la expresa genitalidad del retrato, había retocado las proporciones del cuerpo, dándoles un aire sobrenatural y realista al mismo tiempo, y supe, sin ningún género de duda, que eso lo había conseguido mirándome mientras estaba dormido. Esbocé una sonrisita y solté:
—¿Conque no soy yo, eh?
Pablo se encogió levemente de hombros mientras seguía pintando.
—Serás marrano —le reproché—, mira que observarme mientras duermo.
—La inspiración viene cuando uno menos la busca —entonó él—. ¿Y qué si me llega viendo dormir a un amigo?
—Si ese amigo está desnudo, yo a eso lo llamo ser un marrano. Pero el cuadro me gusta, de todas formas —añadí, dándole un golpecito en el costado.
Me miró de nuevo, esta vez sin intenciones artísticas, mientras yo cogía mi teléfono móvil.
—¿Le vas a llamar?
—Sí —contesté con voz ausente—. ¿Y tú qué vas a hacer esta noche?
—Terminar este cuadro —canturreó.
—No me refería a eso, quería decir que si… Bah, déjalo —añadí—, no me vas a hacer ni puto caso.
Terminé de vestirme y salí de mi habitación. Fui al salón y me encontré con mi padre, que estaba allí haciendo unos ejercicios con una pelotita que le había mandado el fisioterapeuta.
—Vaya, pero si ya se ha despertado el dormilón. ¿Menos malhumorado que antes?
—Sí —sonreí.
—Entonces ya me podrás contestar —me dijo—. ¿Se puso o no se puso un condón?
—Se te ve ausente…
Giré el rostro al escuchar la voz de Rafael y le descubrí mirándome detenidamente. Al mismo tiempo, fui consciente de que llevaba unos minutos perdido en mis propios pensamientos y sonreí avergonzado.
Aquella tarde le había llamado, como dije que haría.
Rafael aceptó con cierto entusiasmo mi invitación a salir aquella noche, lo que me había hecho sentir tremendamente halagado.
El plan fue similar al del día anterior: cenamos en un pub irlandés, y yo me tomé un par de cervezas mientras él bebía agua mineral y me hablaba de su trabajo.
Al final, como era previsible, terminamos de nuevo en su cama, pero a mí me seguía preocupando el pensar que aún teníamos una conversación pendiente.
—Lo siento.
—¿Estás bien? —preguntó con cierta inseguridad.
—Más que bien —afirmé, mientras me estiraba perezoso sobre la cama.
Fui bastante consciente de que los ojos de Rafael siguieron con detenimiento mis lentos y sinuosos intentos por desentumecerme, por lo que alargué el momento unos segundos más de lo necesario.
Luego me giré en la cama para encararme con él—.
Pensaba en una conversación que tuve esta mañana con mi amigo Pablo.
—¿Acerca de qué?
—Acerca de ti —confesé.
Las orejas de Rafael se enrojecieron levemente y esta vez fue mi turno para mirarle con impunidad.
El sexo había vuelto a ser bueno, pausado, una follada lenta y suave.
Me sentía laxo y satisfecho y ronroneé como un gato cuando los dedos de Rafael se empezaron a pasear por mi columna vertebral.
Apoyé la cabeza en mis antebrazos y le dejé explorar mi cuerpo, sintiendo el peso de sus cálidos dedos sobre mi espalda y mis glúteos, sopesando mis nalgas casi con reverencia.
—Espero que le hablaras bien de mí —dijo al fin.
Sonreí, no queriendo dar una respuesta más clara, y me di la vuelta hasta quedar acostado de lado.
—Me gusta tu cuerpo —susurró al final, besándome en el hombro. Sonreí levemente, contento por el cumplido—. Me gustas mucho —concluyó.
De nuevo, sentí ese incómodo peso en el estómago que el sexo había conseguido aplacar un tanto. Fruncí el ceño y lo miré, repentinamente serio.
—Tú también me gustas, Rafa, pero…
—¿Pero qué? —me interrumpió—. Sé lo que te dije anoche —continuó—. Quizás fui demasiado sincero, y te he dado una impresión errónea de mí mismo.
—¿Qué quieres decir?
—Mira —dijo, acercándose un poco más a mí—. Lo que te dije anoche es verdad: esta es la primera vez que tengo una relación tan… poco concreta. Pero eso no quiere decir que yo quiera que la concretemos.
—¿Ah, no?
—No. —Sonrió—. Me gustas muchísimo, no me malinterpretes, pero ahora mismo no sé exactamente lo que quiero de ti. Y creo que tú sientes lo mismo, ¿no es así? —preguntó, a la vez que acariciaba mi mejilla con suavidad.
Escrutó mi rostro durante unos segundos esperando mi reacción. Me limité a asentir levemente.
—¿Sabes una cosa? —me preguntó con dulzura—. Cuando te fuiste esta mañana de mi casa, pensé que no volvería a verte y, sin embargo, aquí estás.
—Te dije que te llamaría.
—Y yo no te creí —espetó, sin el menor atisbo de resentimiento—. Por mi parte, esto es suficiente de momento, y no necesito que tengamos esta conversación ahora mismo —concluyó—. No hace falta que decidamos esta noche qué es lo que queremos el uno del otro. Era eso lo que te preocupaba, ¿no?
Sonreí aliviado.
—Sí.
—¿Te parecería bien si nos seguimos viendo así un tiempo, hasta decidir qué es lo que queremos? ¿Sin compromisos por el momento?
Mi sonrisa se ensanchó aún más al darme cuenta de lo preocupado que había estado todo el día, pensando que tendría que ser yo quien dijera eso. Y era él quien me lo decía a mí. Suspiré, sintiéndome algo estúpido.
—Claro que me parece bien.
—Buenos días, dormilón.
Sentí la caricia de unos labios sobre mi hombro, y la presión de los brazos de Rafael zarandeando levemente mi cintura, para hacerme despertar. Ronroneé ante sus mimos.
—¿Ya ha sonado el despertador?
—Hace rato, y ni siquiera te has dado cuenta.
—Déjame dormir un poquito más —rogué.
—Está bien, pero solo cinco minutos. No querrás que se te peguen las sábanas en tu primer día de clase, ¿verdad? —preguntó jovial, mientras se incorporaba.
—No.
—Pues levántate ya, anda.
Noté que su cuerpo se separaba del mío y abandonaba la cama, y un súbito escalofrío recorrió mi espina dorsal.
El otoño estaba llegando pronto ese año, y hacía frío.
Oí el rumor del agua corriente desde el baño y me imaginé a Rafael bajo la ducha, enjabonando ese cuerpo torpe y pecoso al que ya me estaba acostumbrando.
Me levanté de la cama y me uní a él en la ducha.
—Buenos días, dormilón —volvió a decir, mientras presionaba mi cuerpo contra los azulejos para darme un húmedo beso de buenos días.
Ya hacía un mes que Rafael y yo estábamos juntos, sin haber hablado de noviazgos, compromisos o amor, pero me sentía más a gusto con él de lo que recordaba haberme sentido en mucho tiempo.
Rafael era lo suficientemente independiente como para que yo no me sintiera atrapado en una relación, lo suficientemente cariñoso para que estar con él fuera agradable y adictivo, y lo suficientemente ecuánime para no pedirme a cambio más de lo que él me daba a mí.
—¿Qué? —preguntó al separarse de mí, mientras enjabonaba su melena—. ¿Nervioso por el primer día de clase?
—Un poco.
—¿Nervioso por encontrarte con tu amiga? —presionó.
Algo le había yo contado acerca de mi peculiar relación a tres bandas con los hermanos Van Kerckhoven, lo suficiente al menos para que él supiera que el primer día de clase representaba para mí elementos de estrés que nada tenían que ver con los puramente académicos.
—Sí —confesé.
—Ya verás que todo sale bien —me dijo con confianza.
—No estoy yo tan seguro —mascullé.