A través del sexo. La saga completa 15. Menos es más #3
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15. Menos es más #3

—Y… —dijo acercándose más a mí—. Mi pregunta es si no es demasiado pronto para iniciar una relación en serio con otra persona.

—¿Quién ha dicho nada de una relación en serio? —Decidiendo ignorarle, abrí mi cajón para coger unos calzoncillos.

—Venga, Noah, que te conozco. Si solo quisieras follar, te hubieras ido de cabeza al Sodoma y te hubieras liado con el primer tío bueno que se te cruzara por delante, en vez de fijarte en un tío que no es ni de lejos lo suficientemente guapo como para interesarte desde un punto de vista meramente sexual.

Y aun así, si lo único que quisieras de ese enfermerito fuera tirártelo, ya lo hubieras hecho en una habitación vacía en el hospital, en vez de irte por ahí a cenar con él como si estuvieras en medio de una comedia romántica.

—Hizo una pausa dramática, durante la que me miró con intensidad—. Ese tío te gusta.

—¿Y qué tiene de malo que así sea? —dije sin negarlo.

—Nada, pero me preocupa que te estés engañando a ti mismo, haciéndote creer que te gusta ese tío para poder superar a David.

Negué tozudamente con la cabeza.

—Sé que no es así —dije. Me lanzó una mirada de incredulidad y seguí hablando—: Ya me gustaba desde que le conocí, incluso cuando aún estaba liado con David.

La primera vez que nos miramos sucedió algo —confesé—.

Puede que incluso fantaseara con liarme con él y dejar a David plantado. Nunca me había pasado algo así.

—¿De verdad? —se extrañó—. Pues no entiendo qué ves en él.

«Que es dulce», pensé mientras evocaba el recuerdo de las cálidas manos de un extraño, arropándome con inusitada delicadeza.

«Que parece buena persona. Que no creo que sea un tío al que le asusten sus propios sentimientos», pero me guardé muy bien de decirle esas cosas a mi amigo, consciente de lo que me diría.

—De todas maneras, no sé lo que va a pasar entre nosotros —dije en voz alta a la vez que abría mi armario para valorar su contenido. Varias de las prendas de Pablo cayeron al suelo y me agaché con cierta resignación a recogerlas—. Solo vamos a cenar. Igual él no quiere nada conmigo.

—¿Eso crees? Cariño, ese tío quiere algo contigo. Se le nota a la legua. La única razón para que no quisiera follarte sería que no tuviera polla. Y tiene la voz demasiado grave para ser un castrati .

—Eunuco, querrás decir. A los castrati solo se les amputaban los testículos.

—Lo que sea —convino con una mueca de repugnancia—. Pero eunuco o no, sigo creyendo que está fofo —dijo.

—Y yo sigo creyendo que eres demasiado superficial.

Dando la conversación por zanjada, me dediqué a pensar con detenimiento qué ropa me iba a poner, a pesar de la opinión de Pablo. Elegí una camisa y una chaqueta azul, pero no queriendo ser muy formal, me conformé con mis vaqueros de siempre.

—Anda, vamos —le dije una vez que estuve vestido—, no te quedes ahí enfurruñado.

Tiré de la mano de Pablo para obligarle a levantarse y salimos de mi habitación.

—¿Y cuándo se lo vas a decir a tu padre? —me preguntó mientras caminábamos por el pasillo.

—¿El qué? —bromeé—, ¿que te quieres tirar a sus sobrinos?

—No. Que cuándo le vas a decir que vas a salir con su enfermero.

—Exenfermero —puntualicé.

Seguramente no había ninguna razón de peso para no haberle dicho a mi padre que había quedado con Rafael, salvo que no había encontrado el momento adecuado para comentárselo durante aquella primera semana en casa, que no sabía si le gustaría la idea de que yo me liara con alguien que le había atendido muy íntimamente en su momento de mayor vulnerabilidad, y que no quería que pensara que había sacado provecho de su estancia en el hospital.

Pablo iba a insistir cuando oímos el sonido de una cisterna y vimos a Moisés, que emergía del baño que había justo a nuestra izquierda con una sonrisita petulante.

—¿He oído bien? —preguntó con voz ladina—. ¿Vas a salir con uno de los enfermeros de papá?

Crucé los brazos sobre mi pecho y me encaré con él.

—Exenfermero —me volví a excusar—. Y además, ¿a ti qué más te da con quién salga o no salga yo?

—Eres mi hermano pequeño —dijo con la voz preñada de sarcasmo—. ¿Cómo no voy a preocuparme? A ver, déjame adivinar —continuó—. ¿Es el de los tatuajes? —aventuró. No le contesté y continuó—: No, el de la coleta. No creo que me vayas a dar la alegría de que sea la enfermera de las tetas enormes…

—Déjalo ya, ¿quieres? —intervino Pablo.

—¿Y qué dirá papá cuando se entere? —dijo, haciendo caso omiso a mi amigo.

—No creo que le importe —dije con altivez.

—Ya, claro, por eso mismo no se lo has dicho todavía.

Actuabas como el hijo perfecto allá en el hospital, ¿verdad?

—me recriminó—. «Yo me quedaré con papá porque soy el mejor hijo que tiene» —dijo en un tono de voz que pretendía más humillarme que imitarme—.

¿Y lo único que querías era ligar con un enfermero? ¿De qué vas?

—¿Que de qué voy yo? ¿Y de qué vas tú? —contraataqué—. Solo te has liado con Clara para joderme —le acusé.

Enarcó las cejas en un gesto de genuina sorpresa.

—¿Eso crees? No espero que te hayas dado cuenta, ya que tú prefieres fijarte en otras cosas, pero es que resulta que tu examiga está muy buena.

—Por supuesto que me he fijado en eso, pero lo que quiero decir es que…

—¡Chicos! —El estrangulado siseo nos sacó de nuestra discusión y miramos en la dirección de la que provenía. Lola, asomada al pasillo, nos miraba enfadada—. Dejadlo ya, ¿queréis? Se os oye desde el salón.

—Lo siento —me apresuré a contestar.

Lola se acercó a nosotros y nos amonestó:

—Más os valdría dejar vuestras trifulcas mientras vuestro padre esté así. —Nos miró severamente y añadió—: Y ni se os ocurra montar un numerito delante de vuestro tío.

—Sí, ya sé —soltó Moisés señalándome despectivamente con su pulgar—, es muy importante que no sepan que este es marica. No vayamos a dejarle en mal lugar.

—Vuestro tío ya sabe lo de Noah. Lo que no sabe es que tú te has comportado al respecto como un hombre de las cavernas.

Así que en realidad lo que no queremos es dejarte a ti en mal lugar —le soltó Lola a mi hermano.

Me reí por lo bajini, pero la risita se me atragantó al ver la miradita que ella me echaba—.

Y tú… —me dijo señalándome acusadoramente con el dedo, pero sin llegar a terminar la frase.

Tampoco era que hiciera falta, pues pillé el significado de su velada amenaza al instante—.

Venga, al salón los tres, y no quiero oír una discusión más.

Pablo fue el primero en obedecer, quizás temeroso de meterse en problemas estando en una casa ajena. Moisés se dispuso a seguirle, pero antes de que diera dos pasos le detuve, agarrándole por el brazo.

—¿Qué? —bramó girándose hacia mí, como si creyera que yo seguía buscando pelea.

No dejándome amilanar por su rudo comportamiento, le dije:

—No le mientas, ¿vale?

—¿De qué estás hablando?

—De Clara —le aclaré—. No le mientas. —Viendo que no terminaba de entenderme, decidí ser más explícito—: Si lo único que quieres de ella es sexo, díselo, ella estará de acuerdo y te dará el mejor de tu vida.

Pero no le hagas creer que sientes algo que no sientes.

No es necesario que lo hagas para llevártela al huerto, y ella te odiará si lo haces.

—¿Igual que te odia a ti por mentirle? —preguntó con malicia.

—Exactamente —dije con calma, no haciéndole ver lo mucho que su comentario me había molestado.

Pude ver que esbozaba una expresión pensativa antes de girarse y dirigirse hacia el salón.

Mi padre nos lanzó una mirada de advertencia, haciéndonos ver que él también había escuchado al menos parte de nuestra discusión, pero no dijo nada al respecto.

Al verme tan bien vestido, no obstante, me miró con extrañeza y preguntó:

—¿A dónde vas?

—Voy a salir —dije, como si eso no fuera obvio.

—¿No te quedas a cenar?

—No. Comeré algo fuera.

—¿Y no va Pablo contigo? —preguntó con agudeza, al ver que mi amigo se sentaba a ver la televisión, vestido con sus desgastados pantalones de andar por casa.

—Es que… he quedado con un tío —expliqué mientras sentía que me ardían las orejas.

Mi hermano me lanzó una mirada y yo temí que desvelara lo que había descubierto apenas unos minutos antes, pero no dijo nada.

—Muy bien —consintió mi padre, esbozando esa neutra expresión que ponía para hacerme entender que le parecía bien todo lo que yo hiciera—. ¿Llevas condones?

—¡Papá! —me quejé, enrojeciendo por completo esta vez. Miré de nuevo hacia Moisés, que ahora sonreía abiertamente, al parecer divertido con mi azoramiento.

—Me da igual que te dé vergüenza, ¿llevas o no?

—Que sí, que sí —mascullé.

—Bueno, yo también me voy —dijo Moisés levantándose, quizás habiendo decidido que el divertimento a mi costa había acabado, pero como una última pulla añadió—: He quedado con Clara.

Miró en mi dirección para comprobar si su comentario me había molestado, pero la autosuficiencia abandonó su rostro en cuanto oyó a nuestro padre decir:

—¿Y tú, llevas condones?

Aproveché mi turno para reír mientras Moisés se encaraba con él.

—No me mires así —dijo impertérrito—. También se lo tengo que preguntar a mis hijos heterosexuales. ¿Llevas o no?

Con un último gruñido, Moisés se dirigió a la salida, sin llegar a contestar a la pregunta formulada.

—Esperemos que eso haya sido un sí —dije a modo de despedida, saliendo tras él.