15. Menos es más #4
Había quedado con Rafael en un restaurante que se ubicaba a pocas manzanas de casa de mi padre, por lo que decidí salir con tiempo de sobra para ir hasta allí caminando.
La noche estaba agradablemente fresca y agradecí aquellos momentos a solas para pensar.
No sabía qué extraño impulso me había empujado a interpelar a mi hermano acerca de su relación con Clara, salvo quizás el residual instinto de proteger a una amiga.
A lo mejor mi hermano Moisés, sin saberlo, se había topado con la horma de su zapato, al dar con una chica que vivía el sexo de una manera tan independiente y desvinculada del amor como él.
Sin embargo, cabía la posibilidad de que él no se percatara de que Clara no era una de esas chicas mojigatas y estrechas a las que estaba acostumbrado y que cometiera el error de camelársela como a las demás, provocando una situación innecesaria y potencialmente dolorosa.
Todo lo que yo sabía acerca de Clara y sus relaciones anteriores me indicaba que ella no tendría reparos en liarse con un tío por el simple placer físico que ello le reportaría, pero que no toleraría que dicho tío le mintiera o la engatusara para conseguir algo que podría conseguir de una manera más fácil.
Si había advertido a mi hermano, me dije, fue solo para ahorrarle a Clara un disgusto, pero quizás porque también una parte de mí deseaba que Moisés llegara a buen puerto con alguien con quien yo había fracasado estrepitosamente.
No era cuestión de que Clara pensara que todos los hombres de la familia éramos iguales.
Por otro lado, la conversación que había tenido aquella tarde con Samuel me seguía rondando la cabeza.
No podía olvidar lo que me había dicho sobre Pablo y su necesidad de amar, algo que yo ya había supuesto por mí mismo, pero que ahora se me confirmaba sin ningún género de duda.
Me maravillaba cómo alguien que había sido abandonado de niño por su madre y criado por un padre que nunca le quiso como se merecía, y que había conocido el sexo y el amor de una forma más bien perturbadora a una edad demasiado temprana para comprenderlos, podía albergar aún tantas esperanzas de encontrar un amor puro y sincero, un amor que quizás había llegado a atisbar cuando estuvo con Samuel.
Y sin embargo, había sido capaz de renunciar a ese amor en pro de un sentido de la honorabilidad que cualquiera que no mirara más allá de su laxa moral sexual y su estrafalario aspecto, le atribuiría nunca.
Que Samuel hubiera expresado su deseo de que Pablo encontrara ese amor de nuevo, aunque fuera con otra persona, denostaba lo que podía interpretarse como falta de interés, pero que yo veía más bien como un gran altruismo, que decía más acerca de sus sentimientos de lo que el propio Samuel diría nunca sobre ellos.
Quizás no había estado tan errado al suponer que estaba celoso.
Rafael me esperaba en la puerta del restaurante cuando llegué, y me gustó verle vestido por primera vez con algo que no fuera su uniforme blanco del hospital.
Llevaba una chaqueta negra bajo la que se podía ver una camiseta de Nirvana, y unos vaqueros oscuros de cuyo bolsillo lateral colgaba una cadena plateada.
Llevaba el pelo como siempre, atado en la nuca con una cola baja.
Su estilo de roquero le hacía parecer más alto y delgado que el uniforme con el que siempre le había visto, pero tuve que reconocer en silencio que Pablo tenía razón en algo: bajo la tela de la camiseta se intuía una pequeña pero redonda barriguita, no lo suficiente como para decir que estaba rellenito, pero sí para asumir que su cuerpo no debía de estar muy tonificado.
—Hola —dije al acercarme.
Esbozó una enorme sonrisa y avanzó unos pasos hacia mí. Vestido como un roquero o no, su actitud seguía siendo igual de dulce que siempre.
—Hola —saludó—. ¿Te ha costado encontrar el restaurante?
—No, para nada. Conozco la zona bastante bien, vivo cerca de aquí —dije haciendo un vago gesto con la mano en la dirección por la que había venido.
—Estupendo —dijo.
—Así que un japonés, ¿eh? —inquirí a la vez que miraba la entrada del restaurante en cuestión, cuyo escaparate mostraba todas las prerrogativas de dicha gastronomía.
Había supuesto la nacionalidad del restaurante por su nombre desde que Rafael me citara allí, pero no fue hasta ese momento cuando empecé a sentir cierta aprensión por lo desconocido.
—¿Nunca has comido en un japo? —debió intuir por mi expresión.
—No, nunca. Es que a mí no me va todo eso del pescado crudo.
—¿Has probado el sushi alguna vez? —preguntó. Negué con la cabeza—. Pues no juzgues sin saber —me amonestó—. ¿Entramos?
—Claro.
Por dentro, el local estaba decorado con la misma pintoresca representación de la cultura japonesa que mostraba en el escaparate.
En un pequeño espacio que hacía las veces de vestíbulo, había un mural que reproducía un paisaje tradicional japonés.
Otras reproducciones de cuadros nipones se exponían a lo largo de las paredes del local, intercaladas por elegantes apliques de papel.
Las mesas eran de madera oscura y líneas rectas y ocupaban casi todo el espacio de la sala.
A nuestra derecha había una barra tras la cual trabajaban atareados varios camareros que vestían sencillos kimonos negros.
Uno de ellos se acercó a nosotros y Rafael le informó de que había hecho una reserva.
Tras esperar unos segundos a que lo comprobaran, nos guió hasta el fondo de la estancia, donde unos paneles de papel de arroz escondían una serie de reservados.
Para mi sorpresa, nos indicó que debíamos descalzarnos antes de adentrarnos en el tatami.
Tras acomodarnos, el camarero nos dejó la carta y tomó nota de nuestras bebidas. Luego salió, deslizando el panel para darnos algo de intimidad.
—Esto es más bonito de lo que había pensado —confesé—. ¿Vienes aquí a menudo?
—Sí, este es mi japo favorito.
El camarero volvió con las bebidas que habíamos pedido y quiso saber qué queríamos comer. Dejé la cuestión en manos de Rafael, que, tras mirar someramente la carta, pareció haberse decidido:
—Algas fritas, una tabla de futomakis sin cangrejo, verduras con fideos de arroz, tempura de verduras y… —me miró—. ¿Te gusta el pollo? —asentí fervientemente al oír algo conocido por fin—. Un oyakodon . —Luego, girándose hacia mí, añadió—: Tranquilo, que no te irás con el estómago vacío.
—Eso espero —sonreí mientras nos quedábamos de nuevo a solas en el tatami—. Bueno —dije mientras saboreaba mi cerveza—, háblame un poco de ti.
—¿Qué quieres saber? —preguntó, mientras se servía un poco de agua en su copa.
—No lo sé. Cualquier cosa.
—Pues soy de León —dijo, confirmando algo que yo ya suponía por su acento—. Vine aquí para estudiar enfermería, y terminé la carrera hace… —Pareció pensar un momento—. Pues acaba de hacer cuatro años. Mis padres trabajaban en un banco y tengo dos hermanos que son mucho mayores que yo.
—¿Cómo de mayores?
—Bastante mayores. Mi hermana Mónica tenía casi veintidós años cuando yo nací, así que es casi una segunda madre para mí. Ella también es enfermera, quizás heredé la vocación de ella.
—Mi madre también lo es —le dije—, pero yo no heredé esa vocación. De hecho, siempre me ha dado la sensación de que ella… Bueno, de que ella no disfruta realmente con su trabajo.
Dio un sorbo a su vaso y asintió.
—Mucha gente se quema en esta profesión, sobre todo llegada cierta edad.
—Tú no pareces quemado.
—Aún es pronto para eso.
En ese momento, el camarero volvió para servirnos los primeros platos: las algas fritas y una tabla de rollitos de arroz.
—Eso son los futomaki —me aclaró al ver que los miraba con recelo. Cogió uno de ellos con los palillos y se lo llevó a la boca con soltura—. No los mires así, que no tienen nada crudo.
—¿Y eso marrón que tienen dentro que es?
— Shiitake . Un tipo de setas japonesas. No seas remilgado y coge uno ya.
Desechando los palillos que había junto a mi plato, cogí un tenedor que habían dejado en la mesa en previsión de clientes novatos como yo. Pinché uno de los rollitos y lo miré con detenimiento.
—Cuidado con el wasabi —me advirtió.
—¿El qué?
—Eso verde de ahí.
—¿Eso no es aguacate?
— Nooo —dijo riendo ante mi ignorancia—. Ponle un poco al rollito. Un poco menos, así. Ahora mójalo en la salsa de soja —dijo para guiarme.
Una vez que hube seguido todos los pasos, me lo acerqué a la boca.
—Buen provecho —dije aún un poco aprensivo.
— Itadakimasu —me respondió él con una leve inclinación de cabeza.
Bajé el tenedor y le miré.
—¿No me digas que hablas japonés?
—No, qué va —dijo—, solo me sé tres palabras: itadakimasu , arigato y sayonara, baby —concluyó imitando a Terminator y haciéndome sonreír—. Venga, para dentro —me animó.
Me metí el rollito en la boca y lo saboreé.
La textura era extraña, y el sabor era diferente a cualquier cosa que hubiera probado nunca.
Incluso el arroz sabía distinto a todo lo que hubiera probado antes.
Una mezcla de dulce, salado y picante me golpeó las papilas gustativas y sentí un agudo escozor en la nariz, que pasó muy rápidamente.
—Está bueno —dije, casi con sorpresa.
—¿Lo ves? Te lo dije —respondió con autosuficiencia y llevándose otro rollito a la boca.
Más confiado que antes, me atreví a probar las algas, que, saladas y crujientes, me parecieron deliciosas.
—¿Has estado en Japón alguna vez? —le pregunté.
—No, nunca, pero me gustaría ir algún día.
—¿Y de dónde te viene tu afición por la comida japonesa?
—Por un… —Bueno, por un tío con el que salí —contestó, de una manera que me hizo pensar que casi le avergonzaba hablarme de eso—. A él le gustaba y yo terminé aficionándome.
—¿Y qué pasó?
—¿Qué pasó con qué?
—Con él —respondí con calma. Apoyé mi barbilla sobre mi puño cerrado y le miré.