A través del sexo. La saga completa 15. Menos es más #2
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15. Menos es más #2

—Oh, bueno, tan solo no está… —dije pensando en la cantidad de ligues que tenía.

—Eso es únicamente otro tipo de soledad —dijo Samuel con sabiduría—, un tipo de soledad en el que no se está físicamente solo, pero soledad al fin y al cabo.

Tú no conoces a Pablo como yo… No digo que le conozcas peor, seguro que sabes de él más que yo, pero yo sé cosas de él que tú no sabes y te puedo asegurar que Pablo está…

desesperado por amar —dijo—. Puede que siempre se ría de ti cuando dices alguna cursilada, o se meta contigo por darle al sexo un significado que según él no tiene, pero en el fondo…

—me dijo, bajando mucho el tono de voz—, en el fondo, Pablo es el tío más cariñoso, más cursi y más romántico que te puedas echar a la cara.

Se hace querer, el muy cabrón. —Bajó la mirada—.

Por eso le perdoné. Cuando lo de Alejandro —me explicó, aún mirando hacia el suelo—, porque yo sé cómo es en realidad, y sabía que merecía una segunda oportunidad. Lo malo es que él no lo sabe.

Asentí despacio, asombrado de lo mucho que Samuel entendía la situación.

Ahora que lo pensaba, nunca me pareció que Samuel se hubiera enfadado con Pablo por su infidelidad, solo se había sentido triste, traicionado tal vez, pero no había dejado que eso nublara su juicio ni ocultara lo que realmente quería.

Le envidié esa capacidad que tenía de no dejar que los celos le royeran y me dije a mí mismo, por enésima vez, que Pablo había sido un imbécil integral por no aceptar el perdón que Samuel le había ofrecido.

—¿Y qué tal llevas eso de que Jero esté de viaje? —le pregunté para cambiar de tema.

—Bien —dijo. Se encogió levemente de hombros—. Creo que nos hacía falta estar separados un par de semanas.

—¿Y eso? —me extrañé—. ¿Problemas en el paraíso?

Si Samuel notó mi broma, no lo hizo notar, sino que negó débilmente.

—No, problemas no. No es que pase nada malo entre él y yo, pero… La verdad es que últimamente me he sentido un poco intoxicado por él.

—¿Cómo que intoxicado?

—¿Sabes eso de «menos es más»? —preguntó.

Asentí levemente—. Bueno, pues Jero al parecer no lo sabe.

—No dije nada y él continuó—: Es que desde que empezaron las vacaciones…

quiere estar conmigo todo el rato —se quejó—.

Al principio era guay, superromántico, pero ahora…

Empezaba a tener la sensación de que me agobiaba un poco, si le decía que no me apetecía salir, porque prefería quedarme en casa o salir con otra persona, se mosqueaba un poco y últimamente…

—Volvió a bajar la voz—. No te lo había querido comentar, pero con todo esto de tu padre y que he estado pasando más tiempo contigo y con Pablo, creo que se ha puesto un poco celoso.

Casi me alegré de que se fuera de viaje con su familia.

No sé, Jero me gusta un montón, y me lo paso muy bien con él, pero necesito que me deje un poco de espacio.

—Será mejor que hables con él, o terminará agobiándote.

—Si el problema no es que no hablemos. Me llama cada día dos o tres veces, pero ya sé lo que quieres decir.

Temo que se lo tome a mal si se lo digo, parecerá que no quiero estar con él y tampoco es eso.

—Suspiró—. Supongo que también es porque estamos de vacaciones.

En cuanto empiecen las clases, tendremos que vernos menos, para estudiar y todo eso.

Al fin y al cabo, este será nuestro último curso.

—Sí, es verdad —musité, pensando en lo rápido que pasaba el tiempo. Estábamos a un mes de empezar el cuarto y último curso en la universidad. Pero también estaba a un mes de reencontrarme con Clara en clase y aún no tenía ni pajolera idea de qué se suponía que le iba a decir cuando la viera.

—Bueno, será mejor que me vaya ya —dijo separándose de la pared y recolocándose su eterno suéter atado al cuello.

—De todas formas, creo que deberías disculparte con Pablo —le dije a modo de despedida mientras le acompañaba a la puerta.

Él se limitó a asentir levemente y se fue.

Valoré la posibilidad de ir a mi habitación para ver cómo estaba Pablo, pero conociendo a mi mejor amigo, decidí que era mejor darle un rato a solas para que se calmara, con lo que me dirigí al salón.

La reunión familiar estaba en pleno apogeo en ese momento.

Mi hermano y mis primos rememoraban anécdotas de nuestra infancia, y reían a carcajadas mientras mi tío Juan le traducía a su mujer lo que estaba pasando, pues ella era la única que no hablaba español más allá de unas cuantas palabras de cortesía, aunque posiblemente recordara esas anécdotas tan bien como todos los demás.

—Eh, Noah —dijo Charlie al verme entrar, con su correcto español lleno del pesado acento de Londres—, ¿recuerdas aquella vez que estábamos en la playa y te metimos un cangrejo en el bañador?

Un coro de carcajadas me rodeó mientras todos rememoraban la escena: yo con cinco o seis años, dando brincos a la orilla del mar para que un enorme cangrejo del Cantábrico no me picara en los cataplines.

—Qué fácil es reírse del más pequeño —dije mientras negaba con la cabeza fingiendo disgusto, y me unía a la conversación.

Esperé a que mis tíos y primos se hubieran ido para prepararme para mi cita, dejando a mi padre y mi hermano aún charlando en el salón.

Después de ducharme, me dirigí a mi habitación.

Como me esperaba, encontré a Pablo de pie frente a su caballete.

Había aprovechado el verano para dedicarse por entero a esas imágenes tan eróticas que le daba por dibujar desde el año anterior, y me alegré de que Samuel no hubiera entrado en el dormitorio y visto que el modelo plasmado en dicho lienzo, que yacía semidesnudo y en actitud procaz, se parecía sospechosamente a mí.

Yo sabía que era algo casual, que a fuerza de convivir juntos en una reducida habitación y vernos en pelotas a todas horas, era normal que Pablo tuviera muy presente mi fisionomía a la hora de ponerse a pintar, aunque dudaba que alguien más aceptara una explicación tan inocente.

Otros cuadros a medio terminar reposaban en una esquina del dormitorio, tapados con una sábana para evitar que nadie se escandalizara ante tanta polla suelta.

Aunque yo sospechaba que cualquiera que entrara ahí apenas se percataría de toda esa expuesta anatomía masculina a causa del desorden reinante.

Mi cuarto era una leonera desde que Pablo vivía conmigo.

No solo tenía que lidiar con el exceso de objetos que había allí ahora —su ropa y la mía, sus discos y los míos, sus libros y los míos, mis apuntes de clase de años anteriores y sus cuadros a medio pintar, sus botes de pinturas, su caballete y sus lienzos aún en blanco—, sino que también tenía que hacer frente diariamente a la tendencia al caos de mi mejor amigo, que ahora miraba con ojo crítico y evidente mala hostia su trabajo.

—Este cuadro es una mierda. Lo odio —declaró al oírme entrar, pero como si hablara con el otro Noah al que estaba plasmando.

Tomando su crisis artística como parte de su mal humor de ese día, hice caso omiso de su comentario—.

Pero mira esa polla, ¡es enorme! —continuó—. Parece que me va a comer ella a mí.

Ladeé la cabeza para valorar la imagen. La perspectiva de la imagen era tal que los genitales del modelo quedaban casi grotescamente expuestos entre sus piernas abiertas, ocupando el centro del lienzo.

Además, si bien los atributos masculinos de los hombres que Pablo dibujaba siempre estaban sobredimensionados, en este caso eran algo excesivo.

Me quité la toalla para secarme bien el cuerpo y me miré la entrepierna, comparando su tamaño con el del retrato.

Decidí no proferir ninguna queja, pues me dejaba en muy buen lugar.

—Pues yo la veo genial. Representa fielmente la realidad —dije sin inmutarme, consiguiendo al menos que esta vez Pablo se dignara a mirarme.

Pensé que le sacaría una sonrisa, pero en vez de eso me miró malhumorado.

—Te he dicho chorrocientas veces que el chico del cuadro no eres tú.

—Ya —dije sin creerle. Se giró de nuevo para mirar su obra y añadí como si nada—: No me extraña que Samuel piense que estás celoso. Te comportas como si lo estuvieras.

—¡Celoso! —bufó—. Samuel puede cantar misa, pero no estoy celoso —anunció como si no se diera cuenta del contrasentido que suponía afirmar eso mientras daba brochazos en los enormes genitales de mi «yo» dibujado.

Dio un paso hacia atrás para valorar desde lejos su trabajo y añadió—: Al menos, no más que de costumbre.

—¿No más que de costumbre? —pregunté, esta vez con no fingida sorpresa. Esbozando una expresión de autosuficiencia, se volvió de nuevo al lienzo—. O sea, que algo celoso sí que estás…

—Y esa expresión —musitó Pablo estudiando el cuadro—, no me termina de convencer.

—¿Es por eso que te molesta que vaya a salir con Rafael? —pregunté un tanto fuera de juego.

—Creo que le falta realismo —concluyó.

—¿Me estás haciendo caso? —le reproché.

De repente se giró hacia mí y estudió mi rostro con escrutinio.

—Pon cara de estar teniendo un orgasmo.

—¿Qué?

—Que pongas cara de estar teniendo un orgasmo —repitió con calma, como si me estuviera pidiendo que le dijera la hora.

La expresión que puse, no obstante, no podía representar un estado más opuesto al del clímax sexual—.

No me digas que pones esa cara cuando te corres —dijo—, qué aburrido debes de ser en la cama.

—Pablo —le amonesté.

—Está fofo —dijo de repente.

—¿Quién?

—Rafael.

—No lo está —exclamé riendo.

—Tiene barriguita. Y esos pelos que lleva…

—¿Todo esto es porque crees que no es guapo? —me asombré—. ¿De verdad eres tan superficial?

Suspiró y, dejando su paleta de colores, se sentó a mi lado en la cama. Me miró inusualmente serio.

—No es eso. No te ofendas, pero… ¿No crees que es demasiado pronto?

—¿Demasiado pronto? —me sorprendí—. ¿Demasiado pronto para qué?

—¿Cuánto tiempo hace que cortaste con David, tres semanas?

—Casi un mes. ¿Y?