A través del sexo. La saga completa 14. Implicarse demasiado #2
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14. Implicarse demasiado #2

—No, soy yo quien lo siente. —Le di un beso en la frente y me senté junto a él en la cama—. A veces, soy un plasta.

—Sí, sí que lo eres —sonrió.

A pesar de saber que mi padre estaba de broma, no pude evitar recordar las recomendaciones de Rafael.

Con el alta de mi padre cada vez más próxima, me propuse empezar a hacer la mudanza de mis cosas a su casa.

—¿Te lo vas a llevar todo? —me preguntó Clara.

—Sí, no tiene sentido dejar parte de mis pertenencias en tu piso.

—¿Estás decidido entonces?

—Sí. —Saqué mi maleta de debajo de la cama y la abrí para empezar a meter mis pertenencias—. Estoy decidido.

Clara abrió mi armario y, con la ayuda de Samuel, empezó a sacar mi ropa y a doblarla sobre la cama, mientras yo hacía lo propio con la ropa que guardaba en la cómoda.

Ya hacía más de tres semanas desde que mi padre sufriera el ictus, y seguramente volvería a casa en uno o dos días.

Aún quedaba un mes para el inicio del nuevo curso, y quería emplearlo en pasar tiempo con él y ayudarle en su rehabilitación.

Pablo entró en la habitación llevando varias cajas de cartón que había traído de la tienda de arte.

Aunque aún no había encontrado un lugar en el que vivir, ya estaba empezando a empacar sus cosas para hacer la mudanza más sencilla una vez que llegara el momento.

Durante las últimas semanas, había respondido a un par de anuncios de alquiler de habitaciones que vio en la facultad, pero ninguna de las personas que había visto hasta ahora le convencía como nuevo compañero de piso.

Tampoco se planteaba la posibilidad de volver a convivir con Josep y Álvaro, sus antiguos compañeros, ahora que esos dos por fin se habían dado una oportunidad, y las últimas noticias que teníamos de ellos eran que su piso se había convertido de repente en un empalagoso nidito de amor.

Incluso habían echado a Eva, que como Pablo, buscaba un sitio en el que vivir.

Ahora traía cajas para mí, que abrió sobre la cama y empezó a llenar con discos, libros y objetos de oficina que había sobre mi escritorio.

—Voy a echar de menos este dormitorio —dije con melancolía—. Esta es la mejor cama en la que he dormido en toda mi vida.

—Y yo —exclamó Pablo—. Es enorme. La de revolcones que uno se puede pegar aquí, ¿eh?

Samuel nos lanzó una mirada entre curiosa y contrariada, pero no dijo nada, y yo me pregunté en silencio si no estaría celoso por las continuas insinuaciones de Pablo acerca de que él y yo solíamos dormir juntos.

—¿Y tú qué, encanto? —siguió hablando Pablo, dirigiéndose a Clara esta vez—. ¿Cuándo te mudas?

—Aún no lo sé —le respondió ella—. Creo que puedes disfrutar de la casa para ti solo al menos un par de semanas más.

—¿Y eso? —pregunté distraído, a la vez que doblaba con cuidado mis camisetas de algodón.

—Ni siquiera le ha dicho a su hermano que quiere mudarse —nos chivó Samuel.

—¿Por qué no? —dije, prestando esta vez toda mi atención a lo que decían.

—Porque no sé… No me parece el momento adecuado —se explicó Clara a la vez que agitaba en las manos la prenda que sostenía en aquel momento—.

Por un lado, no quiero que él piense que me voy precisamente ahora porque me ha contado que es gay, y por el otro lado acaba de romper con ese…

— carraspeó incómoda—, con ese chico, y no me parece bien dejarle solo.

Mejor me espero un par de semanas a que esté mejor.

—Así que el hermanísimo sufre de mal de amores… —dijo Pablo como si nada.

Quise fulminar a mi amigo con la mirada, pero me di cuenta de que Clara ya lo estaba haciendo por mí.

—Cualquiera diría que te alegras de que lo esté pasando mal —le reprochó Clara. Pablo bajó la mirada para seguir empacando cosas, y ella decidió cambiar de tema—: ¿Y cómo vas tú de tu mal de amores?

Tardé unos segundos en darme cuenta de que me lo preguntaba a mí. Samuel y Pablo me miraron alarmados durante un segundo, como si se preguntaran qué le había contado a Clara al respecto y cómo saldría yo al paso de esa pregunta sin desvelarme.

—Estoy bien —le aseguré—. De hecho… —Dudé un momento antes de continuar—: Creo que estoy tonteando con otro tío.

—¿En serio? —preguntó Clara con entusiasmo, siempre ansiosa por estar al tanto de mis líos de alcoba.

—¿Con quién? —preguntó casi al mismo tiempo Pablo con cierto recelo, pues no le había contado nada.

—Con Rafael —les dije, con cierta vergüenza.

—¿Con ese? —espetó mi mejor amigo, antes de resoplar sonoramente con desaprobación.

—¿Quién es Rafael? —Clara parecía cada vez más emocionada.

—Uno de los enfermeros del hospital —le informó Samuel.

—¿Te has ligado a uno de los enfermeros de tu padre? —preguntó ella con una enorme sonrisa.

—No me lo he ligado. Solo hemos hablado y eso…

—¿Y cómo es?

—Un cacho de carne con pelos —contestó Pablo por mí. Y luego añadió—: No sé cómo a Noah le puede gustar un tío así.

—Seguro que exageras, como siempre, no puede ser tan malo si le gusta a Noah. Porque te gusta, ¿no?

Sonreí sin poder evitarlo.

—Creo que sí. Es un encanto, la verdad —dije, obviando el continuo resoplar de Pablo.

—Pues a ver si tienes más suerte con este tío, para variar —dijo Clara—. Si es enfermero no puede ser mala persona, ¿no? —concluyó.

Luego cogió otra de las perchas de mi armario y lanzó un leve reniego de sorpresa. Cuando la miramos, los tres perdimos el habla.

Lo que Clara sostenía en sus manos era la chaqueta que David se había dejado en casa unas semanas atrás, el día que habíamos roto, y que yo tontamente había dejado en mi armario sin saber qué hacer con ella. Ahora, ella la miraba entre extrañada y sorprendida.

—No sabía que tenías una chaqueta así, Noah —dijo ella—, nunca te la he visto puesta. Qué casualidad —la oí musitar—, mi hermano acaba de perder una igual…

Me miró en busca de una respuesta que no supe darle.

Sentí que toda la sangre abandonaba mi cara y un sudor frío me recorría el cuerpo, y negué levemente con la cabeza.

Quizás por puro instinto o extrañada por mi inaudita reacción, Clara se llevó la chaqueta a la cara y la olió.

Cuando volvió a mirarme lo hizo de una manera completamente diferente a la vez anterior.

—Clara, te lo puedo explicar —balbuceé apresuradamente a la vez que veía cómo venía, furibunda, hacia mí.

La bofetada que me dio resonó en toda la habitación, y me dejó la cara enrojecida durante horas. Sin decir una palabra, y aún aferrando la chaqueta de su hermano, se dirigió a la puerta, seguida de cerca por Samuel.

—Y tú —le dijo Clara a este, al ver que la seguía—, tú ni te me acerques, eres tan mentiroso como todos los demás.

Y sin decir una palabra más, salió de la habitación dando un fuerte portazo.

—Ahora sí que nos vamos a tener que dar prisa en mudarnos, ¿eh?

Miré con ojos llorosos y enfurecidos en dirección a Pablo, pero luego me di cuenta de que no tenía razón para enfadarme con él. Me lamí el labio inferior, que me latía dolorosamente allí donde me había golpeado.

—Será mejor que te vengas a casa conmigo —le dije, volviendo de nuevo mi atención a mi maleta y la ropa que estaba metiendo en ella.

Aquella fue la última noche que Pablo y yo pasamos en aquel piso.

Nos pegamos la tarde terminando de recoger nuestras cosas a toda prisa por miedo a que Clara volviera para echarnos de su propiedad de malos modos.

Pensé en llamarla, pero no lo hice; suficiente tendría ya la pobre con tener que lidiar con su hermano al llegar a casa como para tener que gritarme a mí por teléfono.

Sin embargo, sabía que debía disculparme de alguna forma, aunque no tenía ni idea de qué le podía decir a alguien a quien llevaba mintiendo tres años. ¿Sería ella capaz de perdonarme algo así? ¿Sería capaz de perdonárselo a su propio hermano?

Samuel se quedó con nosotros sin decir una palabra, digiriendo el rechazo de Clara y ayudando a empacar todas nuestras cosas.

Al fin y al cabo, él era tan cómplice del engaño que había sufrido Clara por mi parte y la de David como lo era Pablo, pero de alguna manera, parecía menos culpable.

Cuando un rato más tarde casi todos nuestros objetos personales estuvieron en maletas y cajas, Pablo rompió el espeso silencio que se había establecido horas atrás:

—¿Estás bien, Samy?

Este asintió y se sentó sobre mi cama, en un hueco que había entre dos cajas de cartón repletas de cosas.

—Sí. —Se sorbió sonoramente la nariz.

Pablo se acercó a él y le acarició el pelo con dulzura.

—¿De verdad te parece buena idea que me vaya a la casa de tu padre? —dijo, esta vez dirigiéndose a mí.

—Al menos hasta que encuentres otro sitio. No creo que a mi padre le importe que te salve de vivir debajo de un puente. Supongo que puedes dormir unos días en mi cuarto.

—Menuda bofetada que te ha metido, ¿eh? —añadió, mirándome la enrojecida mejilla.

—Me lo tengo bien merecido —contesté.

—No, si eso no lo pongo en duda.

—¿Cómo hemos podido hacerle algo así? —intervino Samuel, cabizbajo.

—Tú no tienes la culpa de esto —le consolé—, los únicos culpables somos David y yo.

—Le he mentido tanto como tú. Sabía la verdad, y no le dije nada.

—Al menos tú no te has estado tirando a su hermano, Samy —dijo Pablo, aún acariciándole el cabello—. No te sientas culpable, no has hecho nada malo.

—Aun así… —musitó dubitativo—, no creo que ella se pare a pensar en eso. Sabiendo que le hemos mentido, no querrá volver a vernos a ninguno de los tres nunca más.

Asentí apesadumbrado, sintiendo que los remordimientos me dolían más que la mejilla.

Tuve que llamar a Lola para explicarle la situación aquella misma tarde y ella, entendiendo el problema, no puso ninguna objeción, por lo que decidimos llevar nuestras cosas al piso de mi padre a la mañana siguiente.

Samuel se fue con la promesa de informarnos si Clara se ponía en contacto con él, aunque ninguno de nosotros esperaba realmente que lo hiciera.

—Pobrecito —susurró Pablo justo después de que Samuel se fuera—, se ha metido en este follón sin comérselo ni bebérselo.