A través del sexo. La saga completa 14. Implicarse demasiado
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14. Implicarse demasiado

IMPLICARSE DEMASIADO

A medida que mi padre mejoraba, se mostraba cada vez más y más inquieto en sus cortísimos paseos entre la cama y el sillón.

Muy pronto quiso ir caminando hasta el baño, y poco después hasta la puerta de su habitación y poder, por primera vez en su estancia, asomarse al pasillo.

Esos humildes esfuerzos le dejaban exhausto, aunque él se cuidaba mucho de mostrarlo.

A mí me alarmaban enormemente esos intentos por recuperar su ansiada independencia, y no me separaba de él mientras daba pequeños e inseguros pasos por la habitación, recordándole lo débil que estaba y lo cuidadoso que debía ser.

En honor a mi padre, he de decir que me ignoró olímpicamente y no tardó mucho en ser capaz de recorrerse casi sin ayuda todo el pasillo de la planta de neurología.

—Así, ten cuidado —le decía una de aquellas interminables tardes en las que mi padre caminaba por la unidad a paso de tortuga.

—No me atosigues, hijo —me reprochó él, intentado zafar su brazo del agarre al que yo le tenía sujeto.

—Solo quiero que tengas cuidado.

—Y yo solo quiero que dejes de atosigarme —respondió él. Volvió a hacer un nuevo intento de librarse de mí, pero el esfuerzo le hizo trastabillar.

—¿Lo ves? —le dije, agarrándole de nuevo.

La furibunda mirada que me dedicó, no obstante, me conminó a volver a soltarle.

—Puedo yo solo —remarcó, reanudando su paseo.

Hice un gesto de disgusto ante su testarudez y le seguí a poca distancia, no siendo capaz de darle más que un espejismo de libertad.

A aquella hora de la tarde no había mucho movimiento en la planta.

Eran relativamente pocos los pacientes que tenían la autonomía de caminar por su cuenta y la mayoría permanecía en sus camas.

Algunos visitantes entraban y salían de las habitaciones, o se dirigían a la sala de espera.

La actividad del personal era también más reposada a aquellas horas.

Al pasar junto al control de planta pude ver a algunos enfermeros charlando relajados a la espera de que algún paciente los necesitase, mientras que otros preparaban la medicación de la noche. Rafael era uno de ellos.

Me paré un momento para observar el trabajo que hacían en el acristalado cuarto de medicación.

A un lado había dos grandes carros de metal, que iban llenando.

Una de las enfermeras se dedicaba sistemáticamente a purgar sistemas de sueroterapia mientras que los otros dos introducían en los sueros la medicación pertinente e identificaban las botellas con el número de cama correspondiente.

Al verme allí parado, Rafael me saludó con un movimiento de su cabeza a la vez que manejaba una jeringuilla.

Le devolví el saludo con un torpe gesto y me apresuré a llegar hasta mi padre, que apenas había avanzado unos pasos.

—¿No quieres llegar hasta el final de pasillo? —le pregunté al llegar a su altura y constatar que se había detenido.

—No, espera —contestó. Se apoyó en la pared y me fijé en que había palidecido repentinamente.

—¿Estás bien? —me alarmé.

En ese momento, vi a Rafael salir del control de enfermería para dirigirse a una de las habitaciones.

—¡Eh! —le llamé.

Se giró para mirarnos y se acercó.

—¿Estás fatigado? —le preguntó a mi padre.

—No.

—Es que te esfuerzas demasiado —le reproché.

—Quiero volver a mi habitación.

—¿Pero estás bien para caminar? —insistí.

—Estoy bien, joder —me espetó—, solo quiero llegar a mi habitación.

Intercambié una rápida mirada con el enfermero ante la inesperada actitud de mi padre, pero él actúo como si no hubiera escuchado su beligerante tono de voz.

—Vamos —dijo, cogiendo su brazo y apartándolo con sutileza de mi lado—, yo te ayudaré.

Caminó junto a mi padre de vuelta a su habitación y le ayudó a sentarse en su cama. Luego, usando el fonendo que siempre llevaba al cuello, le tomó la tensión arterial mientras yo me mantenía a cierta distancia.

—¿Está bien? —le pregunté. Rafael asintió en mi dirección para a continuación ponerle unos almohadones bajo los pies.

—¿Mejor ahora? —le preguntó solícito. Mi padre asintió—. Tómatelo con más calma, ¿vale? Roma no se construyó en un solo día.

—Lo tendré en cuenta —dijo mi padre, con el semblante aún algo tenso.

—¿Puedo hacer algo por ti, papá? —intervine yo.

—No, estoy bien. Vete a dar un paseo.

—No voy a dejarte solo ahora que…

—No te lo estoy pidiendo, Noah —me interrumpió mi padre, con un tono de voz que no empleaba conmigo desde que yo era un crío.

—Anda, vamos fuera —me dijo Rafael en un susurro, cogiéndome del brazo para guiarme hacia la salida.

Volví a mirar atrás mientras salía, pero mi padre no hizo ningún gesto que indicara que se arrepentía de sus palabras.

—Él no suele comportarse así —balbuceé a modo de disculpa una vez que estuvimos en el pasillo.

—No te lo tomes como algo personal —me aconsejó el enfermero—. Muchos pacientes tienen cambios de humor tras un ictus. A algunos incluso les cambia el carácter de forma permanente. No se lo tengas en cuenta.

—Ya —dije, aún escaldado por la actitud de mi padre—. Pero sigo pensando que no debería dejarle solo.

—Dale cinco minutos. Él los necesita tanto como tú.

Suspiré en un intento de tranquilizarme, intuyendo que mi estado de ánimo debía ser notorio.

—¿Te apetece tomar un café? —me preguntó.

Miré una última vez hacia la habitación de mi padre, antes de asentir.

Le seguí por el pasillo, convencido de que iríamos a la sala de familiares a por un café de máquina, por eso me sorprendió que me guiara hacia el interior del control de enfermería y me hiciera pasar por una puerta con un cartel de «Prohibido el paso» más que visible.

Al otro lado de la puerta me encontré con una pequeña y confortable habitación.

A la derecha se podía ver una nevera y un armario de cocina blanco, sobre cuya encimera había una vitrocerámica portátil y una cafetera de goteo.

A la izquierda, una mesa redonda alrededor de la cual había tres o cuatro sillas.

Rafael entró resueltamente en la vacía habitación, pero yo dudé un momento en el umbral, intuyendo que aquel lugar estaba reservado para el personal de la planta.

—¿Estás seguro de que no pasa nada si entro aquí?

—No, pasa —respondió, con una sonrisa. Cerré la puerta tras de mí y al girarme le vi sirviendo dos cafés—. ¿Con leche?

—Sí, por favor. —Me senté en una de las sillas y esperé a que él se me uniera en la mesa.

Se acercó portando ambas bebidas y dejó la mía frente a mí.

—Será más difícil cuando lleguéis a casa —me dijo como si nada. Le miré sin entender—. Lo de tu padre, quiero decir.

—¿Por qué lo dices?

—Porque lo primero que tiene que recuperar tu padre es la confianza en sí mismo, y no lo va a conseguir si todos intentáis hacer las cosas por él o ayudarle para todo.

—Fruncí el ceño levemente, interpretando su comentario como un reproche—.

Pero por otro lado, va a necesitaros más que nunca. Por eso digo que será más difícil.

—Entonces, ¿qué se supone que debo hacer?

El enfermero se encogió de hombros y dio un sorbo a su café.

—No soy quien para darte consejos, pero supongo que lo ideal sería encontrar un equilibrio.

—Entre ayudarle y no atosigarle, quieres decir.

Él asintió.

—Lo mejor es que dejéis que haga todo lo que él pueda hacer por sí mismo, incluso aunque lo haga mal o desesperadamente lento. No importa que tarde diez minutos en abrocharse la camisa si él lo quiere hacer solo. Él tiene la voluntad de rehabilitarse, y no deberíais quitársela a base de suplirle.

Di un sorbo a mi café mientras pensaba en lo que había dicho.

—Sé que odia sentirse como un inútil.

—Entonces, no permitas que se sienta como si lo fuera. —Sonrió con calidez. Luego enarcó las cejas, como si se hubiera acordado de algo—. Aquí me tienes, dándote consejos, y ni siquiera sé cómo te llamas.

—Me llamo Noah —le aclaré.

Pareció sorprendido.

—¿Pero eso no es un nombre de chica?

Mi expresión se ensombreció.

—Por supuesto que no.

—Pues juraría que hay una cantante que se llama así.

—No es el mismo nombre —insistí—, el mío lleva «H» al final.

—Vale, vale —dijo, mostrando las palmas de sus manos en señal de derrota—. Como tú digas. Perdona.

—No pasa nada. —Miré a mi alrededor—. Así que esta es la habitación secreta de los enfermeros…

—Sí, aquí es a donde venimos a escondernos de nuestros pacientes —me siguió la broma.

—¿Y necesitas esconderte muy a menudo?

Me miró con seriedad, dándose cuenta de que ya no hablaba en broma.

—Me gusta mi trabajo —dijo sin más.

—Ya, eso se te nota a la legua. Lo que quiero decir es… ¿No es duro tener un trabajo así?

—Sí, sí que lo es —confesó—, en muchos aspectos. —No dije nada y él se sintió invitado a seguir hablando—: Continuamente conoces a gente que está pasando por el peor momento de sus vidas, así que sí: es difícil lidiar con todo ese dolor e intentar que no te afecte.

—¿Y cómo lo consigues?

—Intentando no involucrarte demasiado. Solo que a veces, eso también es difícil. —Apoyó sus antebrazos sobre la pequeña mesa, inclinándose hacia mí—. A veces, te involucras más de la cuenta.

—¿En serio?

—Sí, en serio —respondió con cierta candidez—. ¿Qué crees que estoy haciendo contigo?

La puerta de la habitación se abrió antes de tener una oportunidad de contestarle.

Quien entraba era otra de las enfermeras, que al verme allí frunció el ceño con extrañeza, como queriéndome decir que no era habitual que personas ajenas al personal de la unidad entraran allí.

De repente, me sentí incómodo y fuera de lugar, y me puse de pie.

—Gracias por el café —dije—. Será mejor que vaya a ver cómo está mi padre.

—Avísame si necesitas cualquier cosa —respondió.

Asentí torpemente y salí de la estancia en dirección a la habitación de mi padre. Él estaba justo donde le había dejado, pero tenía mejor cara. Había recuperado algo de color y su habitual y afable expresión.

—Siento haberme malhumorado contigo, Noah —me dijo al verme aparecer.