13. Una ventana abierta #4
Resoplé avergonzado.
—No te pases.
—Que sí, que eres tan guapo que te imagino sobre un corcel con una brillante armadura.
Eres como el príncipe de los cuentos —exclamó.
Esta vez sí que me convencí de que estaba bromeando y reí con ella—.
Aunque ahora que lo pienso —dijo, poniéndose repentinamente seria—, quizás esa sea la razón de que tengas tanta mala suerte.
—¿Qué quieres decir?
—Siempre me ha parecido que tienes la actitud de quien espera a que venga su príncipe azul a salvarlo. Quizás deberías darte cuenta de una vez de que el príncipe eres tú.
Con una última sonrisa, se fue, dejándome a solas con mis pensamientos.
Mi padre puso el grito en el cielo cuando le conté mis planes, afirmando una y otra vez que no era necesario que me mudara a su casa para cuidar de él.
Solo al ver que mi decisión era firme y que no pensaba cambiar de idea, dejó de protestar al respecto, y de hecho creo que empezó a gustarle la idea.
Pablo se tomó la noticia con relativa calma y empezó a hacer gestiones para buscar un nuevo lugar donde vivir, aunque mi amiga le había dejado muy claro que podía quedarse allí hasta que encontrara alojamiento.
Durante toda aquella semana, David siguió intentando insistentemente entablar contacto conmigo, contacto al que yo me negaba cada vez con mayor vehemencia.
Mis temores acerca de lo que querría decirme habían desaparecido por completo.
No solo las cosas que Clara me había comentado, sino su obstinación, me decían que David quería, de alguna forma, disculparse conmigo.
Eso me hacía sentir una cruel satisfacción: casi sentía que me estaba tomando la revancha tras años de sufrimiento por su parte.
No era que la situación no me produjese dolor a mí también, pero había tomado una decisión que ni todas las llamadas ni mensajes de voz del mundo iban a cambiar.
—¿Todo solucionado ya? —me preguntó Rafael un día de finales de esa semana, cuando se cruzó conmigo en el pasillo de la unidad de neurología. Iba empujando uno de esos carritos de metal, abarrotados de sueros, viales y botes de pastillas, y parecía bastante ajetreado.
Le lancé una frugal e inconsciente sonrisa al verle.
—¿Por qué lo preguntas?
—Porque se te ve mejor. —Se encogió de hombros levemente—. ¿Todo solucionado ya con tu no-novio?
Aparcó el carrito junto a una habitación y empezó a rebuscar entre las botellas de suero hasta dar con la que estaba buscando.
—No —le respondí—, mi no-novio se puede ir al cuerno. —Me apoyé en la pared a su lado y le miré—. Estoy harto de él.
—Me alegro.
—¿Te alegras? —pregunté con una sonrisa ladina.
Me respondió con una de esas miradas avergonzadas a las que estaba empezando a acostumbrarme.
—Sí, me alegro —dijo, antes de desaparecer dentro de una de las habitaciones con la botella de suero en la mano.
Con una sonrisa aún pintada en el rostro, me dirigí a la de mi padre, esperando impacientemente la hora de su medicación.
—¿Te das cuenta de lo que ha hecho David, verdad? —me preguntó Pablo aquella noche. Ahora que estábamos a punto de dejar de convivir, empezamos a dormir juntos de nuevo, compartiendo la cama de matrimonio de mi dormitorio.
—¿De qué estás hablando? —le pregunté, girándome hacia él para ver sus ojos en la penumbra.
—¿Acaso no sabes por qué le contó todo eso a su hermana? —preguntó a su vez—. ¿De verdad crees que lo hizo presa de un impulso?
—¿A dónde quieres ir a parar?
Pablo suspiró profundamente y puso los ojos en blanco, casi como si quisiera reprocharme en silencio mi torpeza por no percatarme de algo que para él era tan obvio.
—Está preparando a su hermana para contarle la verdad.
—¿Intentas decir que lo que quiere es contarle a Clara que él y yo…? —inquirí. Pablo asintió—. ¿Por qué iba a querer hacer eso después de estar tantos años mintiéndole?
—Porque está allanando el terreno para poder presentarte a Clara como su pareja si tú te decides a perdonarle.
—¿Lo crees realmente? —dije.
—Sí —respondió mi amigo, y aún en la oscuridad vi que esbozaba una triste sonrisa—. Creo que David quiere ir en serio contigo esta vez, ¿te das cuenta?
Me permití un momento para pensarlo. David y yo, como una pareja de verdad, sin mentiras, sin miedos, sin remordimientos, enfrentándonos juntos a la cruel valoración del mundo.
¿Era esa la razón de que me llamara con tanta insistencia, porque por fin se había decidido a dar conmigo ese paso por el que yo ya había perdido toda esperanza?
Nos imaginé a ambos en tal circunstancia, juntos por fin, y me sorprendí al descubrir que esa posibilidad ya no me aportaba ninguna alegría.
—Creí que debías saber lo que estás rechazando al no querer hablar con David —me dijo Pablo con calma—. No creo que quiera tener solo un lío contigo. Esta vez quiere algo de verdad.
Me abracé a él y cerré los ojos, pensando en lo duro que tenía que ser para Pablo decirme todas esas cosas.
—Puede que tengas razón —dije al fin—, pero si es así, David ha llegado demasiado tarde.