14. Implicarse demasiado #3
—Podrías tener un poco más de tacto —le dije, algo escaldado—, ya sé que todo esto es culpa mía, pero no hace falta que me lo restriegues.
—Es que nada bueno podía salir de una mentira como esa.
—Ya lo sé —dije malhumorado. Me dirigí al salón y me senté sobre uno de los sofás—. Siento haberos metido en esto.
—Oh, por mí no lo sientas—dijo Pablo con una risita—, me lo he pasado bien. Ha sido muy emocionante.
Le lancé una agria mirada y él me sonrió.
—Por quien lo siento es por ti. Sé que quieres mucho a Clara.
Asentí levemente.
—Todo esto es culpa de David. ¡Maldito cabrón! Si no me hubiera obligado a mentir a su hermana, yo…
—… No habrías tenido los huevos suficientes para contarle la verdad de todas formas —terminó él la frase por mí.
No era lo que yo iba a decir, pero era más cierto, y asentí levemente.
—Tienes razón. No debí haberme hecho su amigo en primer lugar. Sabía que esto pasaría y no…
—… No sirve de nada recriminarse ahora —me volvió a interrumpir, haciendo gala de esa sabiduría que ni él sabía que tenía—. El daño ya está hecho, cariño. No vale la pena que te reproches ahora.
Me abracé a su abdomen y él rodeó mi cabeza con sus brazos, meciéndome.
—Lo sé, pero no puedo evitar sentir remordimientos.
—Eso es normal —dijo.
En ese momento, sonó el timbre del portero.
—¿Crees que Samuel se habrá dejado algo? —pregunté dubitativo.
—Quizás es Clara —aventuró él a su vez.
—Será mejor que vaya a ver. —Me incorporé y fui hasta el recibidor, para contestar al telefonillo—. ¿Sí? —pregunté.
—Soy yo.
Al oír esa voz que llevaba más de tres semanas evitando, un escalofrío recorrió mi espina dorsal.
—Qué pesado eres, David —le dije—. No quiero hablar contigo.
—Noah, yo…
—Que no —grité—. Oye, lo siento por tu hermana, pero no quiero…
—No es de eso de lo que quiero hablar. Por favor, déjame subir.
—Ni lo sueñes —respondí. Pablo se asomó al recibidor con curiosidad, y al intuir con quién hablaba, frunció el ceño—. No quiero verte. Vete, por favor.
—Noah, ábreme.
—Que no.
—Pues entonces, usaré mi llave para entrar.
—No, David. No subas —grité. Pero no me contestó. Colgué el telefonillo, hecho una furia.
—¿Qué pasa? —preguntó Pablo.
—Es David. Viene de camino, ha usado su llave y… —Negué con la cabeza—. No quiero verle, Pablo —rogué.
—¿Me estás pidiendo que lo eche de casa? —preguntó él, con la voz llena de malicia.
Sabía las implicaciones de lo que Pablo decía. Sabía que me estaba pidiendo permiso para ser cruel con David, para decirle todas esas cosas que yo le había impedido decirle durante meses.
—Sí —dije—, por favor.
—Vete a tu cuarto, cariño —me aseguró con la voz firme y llena de un vehemente afán de protección—, ese fulano no entrará aquí.
Me fui a la cama a la vez que oía el sonido de la puerta al abrirse. Escuché voces y, no queriendo oír lo que decían, me tapé la cabeza con la almohada. Unos minutos más tarde, Pablo entró en el dormitorio y se acostó en la cama junto a mí.
—¿Qué? ¿Qué ha pasado? —pregunté con cierta ansiedad.
—Que David no volverá a molestarte.
Una inmensa angustia se agolpó en mi pecho al escuchar eso, mezclada con el alivio que sentí al saber que todo había terminado. Abruptamente, rompí a llorar, y me abracé al pecho de Pablo, que me arropó con sus enormes brazos.
—No volverá a molestarte.
Mi padre obtuvo el alta exactamente un mes tras sufrir el ictus.
Se iba a casa con anticoagulantes orales, con la promesa de seguir un control por neurología y cardiología y sabiendo que tenía que hacer rehabilitación con un fisioterapeuta y con un pedagogo.
Pero estaría en casa, lo cual sería más agradable para él y más cómodo para todos nosotros.
A pesar de lo mucho que había mejorado en las últimas semanas aún era incapaz de abrocharse los botones o de leer y escribir.
Todavía tenía un largo camino antes de recuperarse por completo y volver al trabajo.
—¿Contento por irte ya a casa? —le pregunté mientras le ayudaba a vestirse.
—No sabes cuánto.
Mientras Lola terminaba de meter los objetos personales de mi padre en una bolsa de viaje, yo fui al mostrador para recoger el papeleo del alta.
Él médico le había dado a mi padre el visto bueno un par de horas antes, pero nos había advertido de que teníamos que esperar a que el informe de alta estuviera redactado.
Esperando que así fuera, pues estaba impaciente por llegar a casa con mi padre, interpelé a Rafael desde que lo vi salir del control de enfermería.
—¿Ya está el informe? —le pregunté.
—Ah, sí —dijo sonriendo—, creo que sí.
Volvió a entrar en el control y unos segundos después reapareció, trayendo consigo unos papeles.
—Mira, aquí tienes el informe de alta —me dijo, evitando mirarme a los ojos—, te doy dos copias, dile a tu padre que una es para él y la otra para que se la lleve a su médico de cabecera.
Además, tiene que seguir un control por neurología y cardiología, así que con este papel de aquí —me mostró otro—, vete a consultas externas antes de iros, que está en la segunda planta, y pide hora para revisión en unas dos semanas.
Su médico dejó preparadas recetas para la medicación que debe tomar, te las dejo en el sobre con el informe.
De todas maneras, te voy a dar la medicación que le toca hoy, para que no tengas que preocuparte ahora de ir a la farmacia.
Fue hasta el cuarto de medicación y me dio dos vasitos de plástico con unas pastillas.
—¿Y qué hago con esto? —inquirí algo alarmado.
—Uno es para el almuerzo, el otro para la cena, están marcados, ¿ves?
—Ok —asentí—, ¿y nada más?
—Nada más —respondió con una sonrisa—, podéis iros a casa cuando queráis.
—Pues yo creo que falta algo.
Me miró atónito.
—¿El qué?
Sonreí con malicia.
—Ahora es cuando deberías aprovechar para invitarme a salir.
Bajó la mirada, en un gesto lleno de candidez, antes de elevarla de nuevo hasta mis ojos.
—¿Eso te gustaría?
—¿Y a ti? —pregunté—. No sé si te estoy poniendo en un problema o algo, por tu trabajo y todo eso.
Una de las enfermeras salió del control en ese momento y pasó junto a nosotros. Rafael la siguió con la mirada y no volvió a hablar hasta que se perdió de vista.
—No es que sea un problema, pero…
—No me digas que no te gusto —dije empezando a notar que mi autoconfianza flaqueaba un tanto, pero dispuesto a echar toda la carne en el asador—, porque esa manera que tienes de mirarme el culo…
Me lanzó una de sus miradas llenas de timidez.
—¿Tanto se me nota? —preguntó. Asentí, más confiado de nuevo—. Vaya, qué directo eres.
—¿Entonces?
—Deja que me lo piense, ¿vale?
—Vale —dije sin poder ocultar del todo mi decepción. Cogí el bolígrafo que sobresalía por fuera del bolsillo de su uniforme y apunté mi número de teléfono en un trozo de papel. Se lo tendí—. Llámame si te decides.
Asintió y me giré de nuevo, para volver junto a mi padre. Justo cuando estaba entrando en su habitación, mi móvil empezó a sonar. Lo cogí extrañado, antes de oír de nuevo su grave voz al otro lado de la línea.
—¿Estás libre el viernes por la noche?
Me di la vuelta de nuevo y allí estaba él, a unos metros de mí, con el móvil junto al oído.
—¿Este viernes? —pregunté.
—Bueno, es que este es mi fin de semana libre y…
Colgué y no pude oír nada más. Volví a recorrer los pasos que me separaban de él.
—¿Pero no te lo ibas a pensar?
Se encogió levemente de hombros.
—No hay nada que pensar. ¿Puedo invitarte a cenar el viernes?
—Pensaba que no querías involucrarte demasiado.
—Ya es demasiado tarde para preocuparme por eso —me aseguró, fijando sus oscuros ojos en mí con una sinceridad desarmante.
Sentí que una sonrisa afloraba en mi rostro, pero aun así pregunté:
—¿Estás seguro?
Rafael me devolvió una tímida sonrisa.
—Solo si me dejas elegir el restaurante.