A través del sexo. La saga completa 13. Una ventana abierta
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13. Una ventana abierta

UNA VENTANA ABIERTA

M i teléfono móvil sonaba insistentemente. Su irritante musiquilla no hacía más que repetirse una y otra vez. Lo cogí sin mucho entusiasmo para ver que, como esperaba, era de nuevo el nombre de «X» el que brillaba en la pantalla.

—¿Es David otra vez? —preguntó Pablo, que compartía conmigo el estrecho sillón de acompañantes de la habitación de mi padre, en el ala de neurología.

—Sí —dije, sosteniendo aún el ruidoso teléfono.

—¿Y no se lo vas a coger?

—No. —Le di al botón de rechazar llamada y volví a dejar el aparato donde estaba—.

Ahora mismo tengo cosas más importantes en que pensar que David y sus neuras —dije—.

Y tú no me mires así —le espeté a mi padre, que me miraba desde su cama con una reprobación en los ojos—, que esto no es asunto tuyo.

—Hijo, creo que…

—Que no es asunto tuyo.

En los dos últimos días, mi padre había terminado enterándose de todo lo ocurrido entre David y yo a raíz de nuestra ruptura, ya que, pasando tanto tiempo con él, me había sido imposible ocultarlo.

Al final le había contado lo suficiente para que entendiera la situación, y además sabía muy bien que los huecos que yo había dejado en blanco habían sido rellenados por Pablo y Samuel, que, como dos cotillas, le habían contado a Lola y mi padre circunstancias de mi relación con David que yo nunca hubiera compartido con ellos.

Intuía que desaprobaba mi relación con él, pero aún no había expresado su opinión al respecto.

—Carlos, parece mentira que aún no sepas lo testarudo que es tu hijo —intervino Pablo.

—¿Y tú de qué te quejas ahora? —le solté—. Si detestas a David…

—¿Cuándo he dicho yo eso? —preguntó, fingiendo inocencia y sacándome una involuntaria sonrisa—. Bueno, yo me voy ya, que es tarde. ¿Te recojo mañana, a eso de las diez?

—Genial —le dije, sin quejarme de que insistiera en hacerme de chofer en mis desplazamientos entre casa y el hospital.

—Pues hasta mañana entonces. —Me dio un beso en la frente, se levantó y se fue.

Mi padre encendió el televisor de pago con el mando a distancia y yo cogí un libro y lo abrí sin mucho interés, sabiendo de antemano que mi mente sería incapaz de concentrarse en la lectura.

Hacía tres días desde que David había salido como una exhalación de casa, y desde entonces no habíamos hablado ni una sola vez.

Al principio, sentí la fuerte tentación de llamarle, de pedirle explicaciones, pero no lo hice.

Conociéndole como le conocía, me imaginé que seguramente estaría oculto en un rincón, asustado como un ratoncillo que piensa cuidadosamente su próximo movimiento, mascullando en silencio y digiriendo los sentimientos que ahora ambos sabíamos que albergaba por mí, y creí que debía darle el tiempo que necesitara para pensar.

Durante dos días no hizo el más leve intento de ponerse en contacto conmigo, y mientras esperaba, una ira sorda se fue colando en mi corazón, y una voz encolerizada apareció en mi mente para preguntarme, una y otra vez, hasta cuándo iba a seguir tragando mierda, hasta cuándo iba a esperar a que se decidiera, cuántas y cuántas veces iba a humillarme por él.

Para cuando al tercer día empezó a llamarme con insistencia, descubrí que no había nada que David pudiera decir que yo quisiera escuchar de sus labios en aquel momento.

El teléfono volvió a sonar, y ni siquiera me molesté en mirar la pantalla. Sabía perfectamente quién era. Esta vez no solo me limité a rechazar la llamada, sino que también apagué el móvil.

—Noah —me llamó mi padre débilmente—, ¿no crees que deberías hablar con ese hombre?

—No, no lo creo. Además —dije malhumorado—, pensaba que no aceptarías mi relación con él, ¿no deberías estar contento?

—¿Contento por qué? —se extrañó—. ¿Por verte tan amargado?

¿Por que me ocultaras tu situación con ese hombre durante años solo porque temías que no lo aceptaría?

—preguntó. Con la mejoría clínica de mi padre, no solo había vuelto su hablar fluido y elocuente, sino también toda su intuición paternal.

Bajé la cabeza—. Mira, Noah, hay muchas cosas que vosotros hacéis que a mí no me gustan, y no pongas esa cara, que no lo digo solo por ti.

—¿Ah, no?

—No. De Moisés no me gusta que se haya conformado con la diplomatura, cuando tenía la licenciatura al alcance de la mano, por las prisas que tenía de empezar a trabajar; ni me gusta que se líe cada semana con una chica distinta, y vaya de machito de corral todo el día.

De Aarón no me gusta que se tome las cosas tan a la ligera, ni que se gaste tanto dinero en cómics.

Y de ti… —Hizo una pausa—. De ti no me gusta que te sientas responsable por ser como eres, ni que pienses que me tienes que mentir para no darme disgustos o para que no piense mal de ti.

Y no, tampoco me gusta que hayas tenido durante años una relación así con un hombre como ese, pero…

Pero lo que me molesta es precisamente que pienses que no puedes contármelo.

Puede que no lo apruebe, pero nunca te rechazaría por no comportarte como me gustaría que lo hicieras, ¿lo entiendes?

—Sí —dije—, lo siento.

—No te disculpes. Eres un buen hijo, Noah. No tienes que intentar demostrarme a cada rato que lo eres.

Le miré emocionado, pero él continuó:

—Y sigo pensando que deberías hablar con él.

—¿Con quién, con David?

—Sí. Deberías coger el teléfono y hablar con él.

—No quiero —dije con puerilidad.

—¿Por qué no? —preguntó mi padre como si razonara con un niño pequeño.

—Porque no quiero oír lo que tenga que decirme.

—Hace menos de un año que su esposa murió. Deberías ser comprensivo y ver que quizás…

—No, no —dije—, no me vengas con esas. David no me rechaza porque esté confundido por la muerte de su mujer. Esta ya es la tercera vez que David me deja a pesar de quererme mucho , y las dos primeras veces no había ninguna mujer muerta de por medio.

—Noah…

—No, ¿sabes qué? —dije levantándome—. No tengo ganas de ser políticamente correcto ahora mismo. Y tampoco le quiero perdonar. Estoy harto de que me haga lo mismo una y otra vez.

—Yo no he dicho que debas perdonarle.

—Pero si acabas de decir que…

—Que hables con él, no que le perdones. No deberías rehuir tus problemas, Noah, deberías ser lo suficientemente valiente para enfrentarlos cara a cara.

—¿Que sea valiente? ¿Como lo fue él —espeté—, dejándome tirado en la cama y con dolor de huevos solo porque no es capaz de afrontar sus sentimientos?

—Sí, que seas valiente —insistió, sin inmutarse por mi lenguaje—. Ese David no es hijo mío, pero tú sí que lo eres. No voy a dejar que te comportes como un pusilánime.

—Pero es que no puedo… —gemí—, si hablo con él ahora, lo perdonaré.

Me creeré todo lo que me diga y dejaré que vuelva a utilizarme.

—Lo miré a los ojos—. Y si no me pide perdón…

A lo mejor ni siquiera me llama para disculparse, y eso me partiría el corazón.

—Me senté a su lado en la cama—. No estoy preparado para ninguna de esas cosas ahora mismo.

Mi padre asintió muy despacito.

—Lo entiendo, pero no podrás esconderte de él para siempre.

Giré el rostro para mirar por la ventana.

La noche había caído por completo, y apenas se veían un par de coches recorrer a toda velocidad la carretera que se extendía a los pies del complejo hospitalario.

Pensé en David, en qué estaría haciendo en aquel momento, en si estaría pensando en mí como yo pensaba en él. Suspiré pesadamente.

—Ya lo sé.

Cuando un rato más tarde mi padre se quedó dormido, salí de la habitación y me puse a dar vueltas por el pasillo de la planta como un perro enjaulado.

Sentía una intensa opresión en el pecho, y la incómoda sensación de que, por muy fuerte que respirara, me faltaba el aire.

A pesar de que había apagado el móvil en un momento de total resolución, la ansiedad por saber si él seguía intentando contactar conmigo, las ganas de hablar con él y la incertidumbre me estaban agobiando hasta límites indecibles.

Me tomé un momento para luchar conmigo mismo antes de volver a encender el teléfono, y constaté con cierta alegría que tenía dos llamadas perdidas y un mensaje de voz en el contestador.

Que David quisiera hablar conmigo me daba ciertas esperanzas, pero ¿esperanzas de qué?

Como le había dicho a mi padre, no tenía ninguna intención de seguir bailándole el agua, de continuar como hasta ahora ni de hablar con él.

No me apetecía en absoluto escuchar sus excusas ni sus disculpas, pero creo que en el fondo lo que más me aterrorizaba era descubrir que David no quería otra cosa que decirme que lo nuestro había sido un error y que no debíamos volver a vernos.

Aunque yo hubiera tomado ya esa misma decisión por mí mismo, sabía que no soportaría saber que David coincidía, por primera vez, en algo conmigo. Y sin embargo…

Sentía una enorme tentación de llamar a mi buzón de voz y escuchar el mensaje que David me había dejado, aun sabiendo que el contenido de esa grabación podía hacerme más mal que bien.

En cierto sentido, esperaba que David quisiera arreglar las cosas conmigo, me gustaba imaginármelo arrepentido y angustiado por mí, quizás por primera vez en su vida, persiguiéndome como yo le había perseguido a él tantas y tantas veces, ¿pero y si no tenía la más mínima intención de disculparse?

¿Y si me llamaba con tanta insistencia solo para dejarme claro que habíamos roto, porque de nuevo él así lo decidía?

—Menuda cara más larga que llevas.

Levanté la mirada del teléfono móvil para dirigirla al lugar del que provenía la voz. Rafael, el enfermero, estaba frente a mí. Llevaba puestos unos guantes de látex y en una de sus manos portaba una botella de suero.

—¿Qué? —le pregunté.

—Tu padre mejora por momentos —me dijo con una sonrisa que seguramente pretendía ser consoladora—, deberías estar contento.

—Y lo estoy…

—Pues no lo pareces.

Bajé la mirada de nuevo a mi teléfono móvil, y volví a apagarlo.

—Ya —titubeé—, pero no estoy así por eso.