A través del sexo. La saga completa 13. Una ventana abierta #2
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13. Una ventana abierta #2

—¿Necesitas hablar? —ofreció con sinceridad.

—Sí. No. Es que…

—¿Podrías esperar un segundo? —me interrumpió, enarbolando la botella de suero que llevaba en la mano—, tengo que…

—Sí, claro —respondí.

Se dirigió a la habitación contigua a la de mi padre y desapareció en su interior.

Yo me limité a pasear con actitud nerviosa por el silencioso pasillo.

Barajé la posibilidad de volver a la habitación e intentar dormir, aun a sabiendas de que me sería imposible, pero habiéndole dicho al enfermero que le esperaría, me parecía descortés no hacerlo, aunque no supiera qué se suponía que le iba a decir cuando le viera de nuevo.

Un par de minutos más tarde emergió de la habitación en la que se había metido y se dirigió a mí. Ya no llevaba el suero, y los guantes habían desaparecido.

—Ya estoy libre —anunció con una sonrisa—, al menos durante los próximos… —Consultó brevemente su reloj de muñeca— cinco minutos. ¿Quieres hablar? —Le miré significativamente y él continuó—: Sé identificar a alguien que necesita desahogarse a una legua de distancia. Es parte de mi trabajo.

—Eso no es verdad —dije con cierta desconfianza—, escucharme no es parte de tu trabajo, yo ni siquiera soy tu paciente. Además, no quiero aburrirte, es complicado. Y seguro que tienes mucho trabajo que hacer.

—Dame una excusa para escaquearme un rato, ¿quieres? —dijo con una pícara sonrisa. Sonreí a mi vez, pero no dije nada—. ¿Es por ese tío con el que te vi el otro día? —aventuró—. ¿Es tu novio?

Le miré largamente, decidiendo cuánto quería contarle a un completo desconocido, incluso aunque fuera uno tan afable como Rafael. Al final, presa de un incontenible impulso y de un ridículo deseo de desfogarme, empecé a hablar:

—No, qué va. David no es mi novio.

—¿Ah, no?

Torcí el gesto.

—No. Ese es precisamente el problema, que no lo es. —Le miré y volví a sonreír, esta vez sin el menor atisbo de alegría.

—Ya, no me lo digas. Seguro que es uno de esos que no se casa con nadie, ¿no?

—No, sí que se casa, pero no conmigo. No preguntes —le pedí al ver que iba a hablar—, es una historia muy larga.

—¿Me la quieres contar?

—En cinco minutos no me da tiempo —ironicé.

No dijo nada, sin embargo, y me sentí invitado a continuar—: El problema es que soy un idiota: me ha hecho tantas putadas que ni siquiera sé por qué le sigo…

—Me encogí de hombros en un intento de quitarle importancia al hecho de que se me habían humedecido los ojos—.

Y él es un capullo cobarde y disfuncional que no sabe lo que quiere.

—Pues ya debe de ser disfuncional para no estar seguro de quererte a ti.

Le miré con los ojos como platos y él carraspeó incómodo.

—¿Podrías olvidar que he dicho eso?

Negué levemente con la cabeza, conmovido por sus palabras.

—Preferiría no tener que hacerlo.

Me lanzó una mirada avergonzada que me recordó vivamente a aquella que puso cuando nuestros ojos se cruzaron por primera vez.

—Esto… —Carraspeó de nuevo, visiblemente turbado, y volvió a mirar su reloj de pulsera—. Ya han pasado los cinco minutos. Creo que debería…

—Sí, deberías —le susurré, esbozando una cálida sonrisa.

—Todavía tengo una montaña de sueros que cambiar y un montón de medicación que…

—Vete a hacer tu trabajo —le insté—. Gracias por escucharme, eres un encanto.

Asintió con torpeza y, girando sobre sus talones, se alejó de mí. Me quedé mirando hasta que su silueta se perdió tras el control de enfermería.

Volví a la habitación de mi padre y me arrebujé entre las mantas que había preparado para pasar la noche en el sillón, y antes de que me diera cuenta, estaba dándole vueltas en mi cabeza, una y otra vez, a la conversación que acababa de tener con Rafael.

El enfermero era amable, cariñoso y, aunque Pablo no coincidiera conmigo en esto, razonablemente atractivo, lo que me hacía preguntarme si de verdad había estado flirteando con él.

¿Qué hacía yo tonteando con un tío cuando estaba llorando por otro?

Como otras veces que me sentía confuso, triste o desconcertado, me encontré a mí mismo recordando viejos dichos o refranes que mi madre soltaba por doquier y a todas horas, y sonreí al recordar uno de ellos: «Cuando el señor cierra una puerta, en algún lugar abre una ventana».

Sin ser creyente, me pareció en aquel momento que eso bien podía ser verdad.

Fiel a su promesa, Pablo fue a buscarme al hospital a la mañana siguiente.

Esperamos juntos un rato a que llegara mi hermano Aarón, y luego nos fuimos a casa.

Yo estaba agotado, como siempre que pasaba la noche en el hospital con mi padre.

Aunque consiguiera dormitar en aquel incomodísimo sillón, era un sueño ligero del que me despertaba el más leve sonido, además de que mis tribulaciones sentimentales me habían dificultado el descanso aún más que de costumbre en aquellas circunstancias.

Después de desayunar, me fui directo a la cama, habiéndole pedido expresamente a Pablo que no me despertara salvo por una emergencia.

Tribulaciones sentimentales o no, estaba tan agotado que necesitaba dormir a pierna suelta; sin embargo, antes de meterme en mi cama, abrí el armario para ver su contenido.

Allí, entre mis prendas cuidadosamente colocadas en perchas, estaba la chaqueta que David había llevado el jueves anterior a mi casa, y que en sus prisas por irse, había dejado en el salón junto con su DVD de Blade Runner .

Había guardado el DVD entre los míos, y sin saber qué hacer con la chaqueta, la llevé a mi propio cuarto para colocarla entre mis prendas.

Era una chaqueta negra, de algodón y con una clara inspiración deportiva.

Tenía una cremallera frontal y una capucha que pendía sobre su espalda.

Sin pensar en lo que estaba haciendo, la descolgué de la percha que la sostenía y la llevé a mi nariz, para aspirar el aroma que desprendía, ese aroma que yo conocía tan bien.

Me la puse para rodearme de ese olor y me miré en el espejo.

A mí, desaliñado y ojeroso como estaba, esa chaqueta me daba el aspecto de un desarrapado, pero sobre David había parecido resaltar su natural elegancia, a la vez que le daba ese toque informal y juvenil que tanto le favorecía.

Necesitado de cierto consuelo, me cerré la cremallera y me acosté en la cama con ella puesta, quedándome dormido casi al instante.

No me desperté hasta media tarde y, cuando lo hice, encontré a Pablo afanándose en la cocina, preparando una cafetera y sirviendo una bandeja con galletas y dulces de la alacena.

—¡Ah! —dijo al verme—, estaba a punto de despertarte. Y quítate eso, ¿quieres? —añadió, señalando la chaqueta de David—. Lo único que nos faltaba es que Clara te viera con ella puesta.

—¿Clara? —pregunté confuso.

—No te lo pierdas —me avisó—. Al parecer, hay una emergencia.

—¿Qué ha pasado?

—Clara ha llamado.

—¿Y qué quería?

—Reunión de chicos —respondió.

—¿Qué? ¿Reunión de qué? ¿Qué mosca le ha picado?

—No lo sé. Al parecer, necesita urgentemente el consejo de sus amigos gays —dijo Pablo, aflautando tanto su tono de voz como le fue posible, en un pobre intento de imitar la voz chillona de Clara—. Le he dicho que ella y Samuel pueden venirse a casa esta tarde. ¿Tú sabes de qué va el rollo?

—No —respondí, mientras me quitaba la prenda.

—¿Crees que tendrá que ver algo con David? —preguntó Pablo, verbalizando mis propias sospechas.

—No lo creo, seguramente será por algún tío —dije intentando quitarle hierro al asunto.

—Quizás. Mientras ese tío no sea tu hermano… —le oí mascullar.

Esa era otra posibilidad, pero decidí no comentar nada al respecto.

Solo unos minutos más tarde sonaba el timbre y Clara y Samuel irrumpían en casa.

Ella parecía algo alterada mientras se quitaba la rebeca que llevaba puesta y la dejaba junto a su bolso sobre uno de los sofás del salón.

Intercambié una mirada con Samuel, pero él parecía tan perplejo como nosotros, posiblemente porque, a pesar de haber venido en el coche con ella, tampoco sabía lo que estaba pasando.

—Clarita, ¿estás bien? —pregunté.

Ella se giró hacia mí y asintió levemente.

—¿Un café? —ofreció Pablo, que venía de la cocina portando una bandeja con tazas humeantes y galletas.

Clara aceptó una taza, pero no bebió de ella, sino que frunció el ceño levemente, como si estuviera pensando en cómo plantear la cuestión que le preocupaba.

—Clara, me estás poniendo nervioso —dijo Samuel—, ¿por qué no te sientas?

—No, sentaos vosotros, yo prefiero quedarme de pie.

Nos sentamos y nos quedamos mirando hacia ella, que se mantuvo de pie y en actitud vacilante frente a nosotros.

—¿Qué pasa, Clara? —preguntó Pablo.

—Chicos… —Dejó el café, aún intacto, sobre la mesa y se retorció las manos—. Es que me he enterado de una cosa muy, muy fuerte. —Los tres la miramos y ella continuó—: ¿Recordáis que os dije que mi hermano estaba saliendo con una chica?

—¿Estaba? —preguntó Pablo con malicia—, ¿es que acaso han roto?

Le pegué un fuerte codazo en las costillas, que pasó desapercibido para Clara.

—Sí, pero esa no es la cuestión. La cuestión es que… —Exhaló un sonoro suspiro y nos miró anhelante—. David me ha contado que no era una chica.

La miramos con los ojos muy abiertos.

—Vaya… —silbó finalmente Pablo—, tu hermano tiene los cojones mejor puestos de lo que yo creía. —Se reclinó contra su asiento y nos miró a todos con autosuficiencia, dejando que las implicaciones de sus palabras calaran poco a poco en Clara.

—Vosotros… —Clara dirigió hacia nosotros un dedo acusador—. Lo sabíais. Tú —dijo dirigiendo ese dedo hacia Samuel— siempre estás con ese rollo de tu sentido detecta-gays. Tenías que saberlo, ¿por qué no me lo dijiste?

Samuel abrió la boca y la cerró varias veces, balbuceando algo asustado.

—Porque yo se lo pedí —intervine por primera vez en la conversación.

—¿Qué? —Los ojos de Clara se volvieron furibundos hacia mí—. ¿Por qué?

—Porque pensé que si tu hermano era gay o bisexual…

—… O lo que quiera que sea —terminó Pablo por mí.