A través del sexo. La saga completa 12. Más enfado que sorpresa #7
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12. Más enfado que sorpresa #7

—Ven aquí. —Rodeó mi cintura y me pegó a su cuerpo, antes de rodear mis labios con los suyos en un beso hambriento.

—Prometiste que te portarías bien —fui aún capaz de decir, intentando no rendirme a sus besos.

—Prometí que me portaría bien anoche —matizó, a la vez que mordía la piel de mi cuello—, pero esta mañana no te me escapas.

Se tiró sobre mí y reí de puro contento, habiendo olvidado lo bien que se sentía tener su cuerpo sobre el mío.

Jugueteé con él, fingiendo que quería escapar de su agarre solo para conseguir que me agarrara con más fuerza.

Inmovilizó mis manos contra el colchón, sobre mi cabeza, y volvió a besarme.

Gemí bajito al sentir el rasposo contacto de su lengua contra la mía y él me forzó a abrir las piernas con las suyas, clavándome su erección en la ingle.

—Hay que ver lo guapo que estás por las mañanas, pequeño —gimió mientras torturaba uno de mis pezones.

Forcejeé para soltar mis manos y él las dejo libres, sabiendo perfectamente que para entonces yo ya no deseaba escaparme de él.

—¿Cuándo vas a dejar de llamarme así? —le pregunté riendo—. Ya soy mayor, mido dos o tres centímetros más que tú y soy por lo menos cinco kilos más pesado. ¿No crees que ya va siendo hora de que dejes ese estúpido mote?

—No lo puedo evitar —afirmó con rotundidad. Quizás para darle más fuerza a sus palabras, volvió a subir por mi cuerpo y rodeó mi espalda con sus brazos—. Tú eres mi pequeño. Ni siquiera soy capaz de llamar así a mi hijo.

—¿Ah, no?

—No —dijo, lamiéndome los labios con golosa actitud—, ¿por qué será?

Me perdí un momento en sus ojos grises, límpidos y sorprendentemente sinceros, y repetí en mi mente la misma pregunta que él había formulado.

«¿Por qué será?». Quizás la respuesta más obvia era aquella que más temía contemplar, pero aun así, me pregunté durante un momento si no estaría Clara equivocada con respecto a las necesidades y sentimientos de su hermano.

Acerqué mis labios a los suyos de una manera deliberadamente lenta, manteniendo los ojos abiertos para observar cada una de las líneas de su rostro, para memorizar la expresión de entregada pasión con la que correspondió a mi beso.

Acaricié con mis manos la frágil línea de su columna vertebral, siguiendo el arqueado camino de las costillas bajo la piel, que me guiaron hasta sus costados.

Sentí su respiración, acelerada y jadeante, mientras le besaba, y contra mi mano derecha, el ronco y desacompasado latido de su corazón.

Su cuerpo temblaba sobre el mío, presa de un deseo que nos consumía a ambos, y una nueva necesidad me asaltó.

Quise perderme en su piel, abandonarme a la simple naturaleza de mi deseo, que clamaba por poseer aquel cuerpo que, impúdicamente, se agitaba sobre el mío, buscando despertar mis más profundos anhelos.

Quise doblegar su carne, horadar sus entrañas, dejarme subyugar por los gemidos que proferiría al sentirse poseído y doblegado por mí.

Me giré en la cama para quedar sobre él y presioné violentamente mis caderas contra las suyas, haciéndole sentir la urgencia de mi deseo por él.

Clavé mis dedos en su carne, apresando sus nalgas con mis avariciosas manos mientras devoraba sus labios.

Forcé sus piernas y me colé entre ellas, dejando que mi polla se deslizara por la tórrida hendidura que se formaba entre sus glúteos.

—Voy a hacerte el amor —le dije con voz áspera, secuestrada por la pasión.

Le oí jadear como respuesta, y volví a atrapar sus labios entre los míos, para acallarle. Presioné contra su ano, completamente borracho de deseo, y no paré hasta que noté cómo se separaba levemente de mí.

—Noah, el condón… —le oí susurrar.

—Mierda —siseé, odiando tener que separarme de su cuerpo. Me incorporé en la cama, hasta quedar arrodillado entre sus piernas, y le observé mientras giraba su cuerpo y tanteaba en mi mesita de noche, en busca del preservativo. Cuando me lo tendió, lo cogí con una sonrisita irónica.

—No sea que te peguen la gonorrea otra vez, ¿no?

—Como te vuelvas a burlar de mí por eso, te castro —amenazó fútilmente.

—¿Y entonces, cómo te ibas a divertir conmigo, eh? —dije yo, cogiendo sus muslos y atrayéndole hacia mí.

Me adentré despacio en su cuerpo, sin dejar de mirarle a los ojos.

Cada pequeña embestida sacaba de su rostro una expresión de dolor y placer que me enloquecía, y que me animaba a profundizar cada vez más.

Sus ojos, entreabiertos y vidriosos, y su rostro, arrasado con una expresión de lujuriosa procacidad, me suplicaban que no parara, a la vez que sus labios, enrojecidos y torturados por mis besos, murmuraban palabras inconexas, intercaladas con profundos gemidos de placer.

Me incliné sobre él, dejando caer el peso de mi cuerpo sobre el suyo para atrapar esos labios y hacerlos míos, para arrebatarle al aire los suspiros que escapaban de ellos.

—Oh, pequeño… —le oí gemir contra mi cuello, su voz arrebatada por el deseo—, cuánto te…

De repente se interrumpió. El acompasado y erótico movimiento de sus caderas se detuvo. Confuso, le miré a los ojos.

—¿Qué ibas a decir?

Se apartó de mí con un movimiento brusco, obligándome a salir de su cuerpo y separarme de él. Se encogió sobre sí mismo, quedando apoyado contra la cabecera de la cama, mientras que yo, completamente fuera de juego, le miraba, arrodillado entre sus piernas.

—¿David? —le pregunté, alargando mi mano para acariciarle con suavidad uno de sus muslos—. David, ¿estás bien?

—No debí… No debí haber dicho eso…

—Pero si no has dicho nada —dije. No contestó y me acerqué más a él, para coger su rostro entre mis manos y mirarle a los ojos—. Tranquilo —le dije—. No pasa nada, cariño. Tú sabes que yo también…

—No, no lo digas, por favor. Te dije que yo no… Que no estaba preparado para algo así, que no puedo…

Sin darme tiempo a protestar, se incorporó de la cama y empezó a vestirse con su ropa, que había quedado abandonada en el suelo la noche anterior.

—Tengo que irme —dijo.

—David, no te vayas así. Hablemos —le pedí.

Vi cómo se ponía su camiseta y, sin mirarme siquiera, se dirigió a la puerta—.

David, espera… —le dije incorporándome, a la vez que él abandonaba la habitación—.

¡Joder! —grité. Me quité el condón apresuradamente y me puse mis propios pantalones—.

¡David! —llamé, saliendo de mi dormitorio.

Corrí por el pasillo, solo a tiempo de verle traspasar la salida de la vivienda.

Abrí la puerta para asomarme al zaguán, y aunque ya no podía verle, sí que podía escuchar sus apresurados pasos escaleras abajo—.

¡David! —grité una vez más, inútilmente.

—¿Pero qué pasa aquí? —oí a mi espalda. Me giré para ver a Pablo, que salía de su habitación medio desnudo, seguramente tras haber escuchado mis gritos.

Cerré de un portazo y me apoyé contra la pared del recibidor, pasando mis manos por mi cabello en un gesto lleno de ansiedad.

—¡Maldita sea!

—¿Pero qué pasa? —volvió a preguntar mi amigo.

—David se ha ido. Me ha… Creo que me ha dejado —dije.

—¿Por qué?

Miré en dirección a la puerta, como si esperara verle entrar de nuevo por ella, pero, por supuesto, no lo hizo. Luego volví a mirar a mi amigo, quien esperaba una respuesta, una respuesta que le di con más enfado que sorpresa.

—Porque se ha enamorado de mí.