A través del sexo. La saga completa 12. Más enfado que sorpresa #6
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12. Más enfado que sorpresa #6

A las nueve en punto sonó el timbre, haciéndome ver que David era muy puntual.

Pablo, con quien había pasado la tarde en casa, me miró con resignación antes de retirarse a su dormitorio.

Sentía un ramalazo de culpa cada vez que le obligaba a quitarse de en medio para que no se cruzara con David, que superaba recordando lo cruel que Pablo podía llegar a ser cuando quería.

Abrí el portal y esperé a que David subiera hasta el último piso. Cuando salió del ascensor, lo hizo portando una bolsa del plástico de la que se desprendía un delicioso olor.

—¿Pizza? —dijo a modo de saludo, tendiéndome la bolsa.

—Pero si me has traído la cena y todo… —Dentro de la bolsa había tres cajas, cuadradas y planas de cartón, cuyo olor desvelaba el contenido—. ¿Has traído tres? —pregunté con suspicacia.

—No iba a dejar a tu amigo sin cenar, ¿no?

—Qué bueno eres. —Le di un beso en los labios y le dejé pasar.

—No te creas, que casi no le traigo ninguna… —le oí mascullar.

Entramos en la casa y fuimos al salón. Mientras yo disponía las pizzas en la mesa y traía unos vasos y bebidas de la cocina, David se quitó su chaqueta y sacó de un enorme bolsillo interior la carátula de un DVD.

—¿ Blade Runner ? —leí—. ¿De verdad vamos a ver eso?

—Oh, vamos, ¡pero si es un clásico! No me digas que nunca la has visto.

—Ni muchas ganas que tengo —confesé.

—Te gustará, te lo prometo —sentenció, metiendo el disco en el reproductor de DVD’s y encendiendo el televisor—. Además, este es el montaje del director —dijo como si eso fuera un argumento indiscutible.

—Voy a preguntarle a Pablo si quiere cenar con nosotros —dije, para escapar por la tangente, ganándome una miradita de su parte.

Pero Pablo no solo no quiso cenar con nosotros, sino que se negó a comerse la pizza que David le había traído.

—Venga, hombre —me quejé desde el umbral de la puerta de su dormitorio, a donde había tenido que ir a buscarle, hablando en voz baja para que David no me oyera—, no le vayas a hacer ese feo, encima que te trae la cena.

—Que no —insistió—, que seguro que le ha echado algo a la mía.

—Hay que ver, qué malpensado…

—Y aunque no fuera así, solo de saber que la ha comprado él se me va a indigestar. De verdad que prefiero no cenar con vosotros.

—Como quieras —dije, cerrando la puerta de su habitación y volviendo con David.

Él estaba navegando por el menú del disco y no hizo ningún comentario por la ausencia de Pablo, seguramente aliviado porque este hubiera declinado mi invitación.

—¿Y de qué va? —pregunté, tirándome en el sillón y dándole un sorbo a mi refresco.

David se sentó a mi lado y cogió un trozo de pizza.

—¿Nunca has leído a Philip K. Dick? —preguntó. Negué con la cabeza—. Pues deberías hacerlo. Estaba como una chota, pero era uno de los mejores escritores de ciencia ficción de… Mira, ya empieza.

Miré hacia la pantalla y me di cuenta de que tenía razón.

Seguimos comiendo pizza mientras veíamos una película que solo se me hizo soportable por los comentarios entusiastas que soltaba David ante tal o cual escena, y porque una vez que hubimos terminado de comer, nos abrazamos en el sofá para seguir viéndola, pero me pareció aburridísima.

Cuando estaba a punto de terminar la película —o eso esperaba yo—, Pablo apareció en el salón vestido con su inconfundible outfit nocturno: una camiseta muy ceñida con un dibujo obsceno y unos pantalones aún más ceñidos.

—¿Qué pasa? —le pregunté.

—Ya que estás acompañado… más o menos —dijo a la vez que le echaba una miradita despectiva a David de arriba abajo—, me voy al Sodoma un rato. Ya sabes, los jueves son las noches de chupitos a un euro y…

—Está bien —le dije.

—Pásatelo bien —dijo David esbozando una enorme y falsa sonrisa—, y que te folle un pez.

Pablo le correspondió con la misma sonrisa.

—Le daré tu teléfono cuando termine conmigo. Pero le diré que tú cobras, encanto.

Y sin más, se fue.

—No sé para qué te pones a su altura… —le dije a David—. A Pablo no le vas a ganar en su terreno, y además, pensaba que tenías más clase —concluí sonriendo.

—Me saca de quicio. No sé cómo puedes quererle tanto.

—¿Son celos eso que noto en tu voz? —pregunté con deleite.

—No, no es eso. Te está aburriendo la peli, ¿verdad?

Miré a la pantalla, en la que se seguía reproduciendo el DVD, pero al que nadie había hecho caso en los últimos cinco minutos.

—La verdad es que sí. Tengo ganas de acostarme.

—Pues vamos. —Se incorporó y me tendió la mano. Tras apagar la tele, nos fuimos juntos a mi dormitorio y nos desnudamos para meternos en la cama—. Bueno, ¿me vas a perdonar lo de los dos millones o no? —me preguntó con una sonrisa mientras colaba su cuerpo entre las frescas sábanas.

—No sé yo… —Pegué mucho mi cuerpo al suyo—. ¿Qué me das a cambio?

—Pide por esa boquita —me dijo abrazándome y acariciándome el pelo. Ante eso, ronroneé como un idiota—. ¿Esto es lo que quieres?

—Sí —gemí.

Le sentí sonreír en la penumbra y me dio un beso en la frente.

—A veces se me olvida lo mimoso que puedes llegar a ser.

Me apreté aún más contra él, y como ocurriera la mañana anterior en el hospital, me hizo gracia descubrir su erección.

—Se te ha puesto dura —le hice notar.

—Estás desnudo, entre mis brazos —dijo sin dejar de acariciarme—. Lo raro sería que no se me pusiera dura.

—¿Te vas a portar bien esta noche, verdad?

—A ti también se te ha puesto dura —dijo—.

¿Estás seguro de que quieres que me porte bien?

—susurró bajando una octava su voz y dotándola de sensualidad.

Intensificó un poco más sus caricias, dándoles un cariz más sexual, pero aunque mi cuerpo reaccionó como siempre lo hacía ante ese tipo de contacto, sentía una extraña morriña que hacía que mi cerebro estuviera más interesado en dormir que en ninguna otra cosa.

—No tengo ganas de follar, de verdad que no —le dije. Volvió a rodearme con fuerza, pero esta vez sin un interés sexual—. Gracias por quedarte a dormir conmigo.

—De nada —susurró.

—Oye…, ¿puedo hacerte una pregunta?

—Claro.

—Lo que dijiste ayer en el hospital sobre tu padre… ¿Iba en serio?

—¿A qué viene eso ahora?

Elevé el rostro para mirarle ahora que mis ojos se habían acostumbrado a la oscuridad.

—¿Iba en serio?

—Sí —contestó—. ¿Tanto te sorprende?

—No me sorprende, es que me cuesta entenderlo.

—Eso es porque tu relación con tu padre es envidiable en todos los sentidos.

—Pero no la que tengo con mi madre. Ella me rechazó por ser gay, como a ti tu padre, pero… Yo no podría odiarla por eso.

—Es diferente.

—¿Por qué? —pregunté, pero él no contestó. Me dejé mecer entre sus brazos un rato más antes de preguntar—: ¿Y no temes que tu hijo sienta ese odio por ti algún día?

—Claro que sí. Me aterroriza —confesó—. Por eso nunca quise ser padre.

—Entonces, ¿no fue adrede?

—¿El qué?

—El embarazo de Lorea —musité, sintiendo que me estaba metiendo en terreno vedado—, ¿fue un accidente?

—Sí, claro que sí.

—¿Te puedo preguntar cómo…?

—¿De verdad quieres saber eso? —preguntó con ese tonillo sarcástico en su voz que yo tanto detestaba.

Le di un codazo en las costillas.

—Ya sé cómo, lo que quiero decir es que qué fue lo que falló para que ella…

—Se me olvidó ponerme un condón —confesó con naturalidad—. ¿Qué? No me mires así. No me había pasado nunca, pero llevábamos dos semanas sin vernos y…

—¿Que no te había pasado nunca? —pregunté con malicia.

—No, ¿por? —preguntó extrañado.

—¿De verdad que no te había pasado nunca? —volví a preguntar.

—No, nunca.

Sonreí sin alegría.

—Pensaba que te acordarías, pero no te diste ni cuenta.

—¿De qué estás hablando?

—Una vez se te olvidó conmigo.

—¿Qué? —Se alarmó, apartándose un poco de mí—. ¿Cuándo? ¿Estás bien?

—Por supuesto que estoy bien. Además, fue hace un montón de tiempo.

—¿Cuándo? —volvió a preguntar.

—El día que… —Me obligué a mirarle a los ojos—. El día que me dejaste y me dijiste que yo era un crío y todo eso. —Su mirada se dulcificó—. No me mires así, de verdad que estoy bien —dije.

Cogió mi rostro entre sus manos y me besó con infinita ternura.

—Lo siento —dijo al separar sus labios de los míos.

—Que no pasa nada, hombre —le aseguré con rudeza, para disimular lo mucho que me había conmovido su gesto—. Tampoco me vas a pegar nada.

—Eso decía yo —dijo, volviendo a abrazarme—, hasta que Hugo me pegó la gonorrea.

—¿Que Hugo te pegó el qué? —reí.

—¿No querías dormir? —dijo.

—¿Que Hugo te pegó el qué? —volví a preguntar para chincharle.

—De verdad, no sé para qué te cuento nada…

Yo fui el primero en despertarme a la mañana siguiente, para ver que David seguía durmiendo plácidamente junto a mí, disfrutando de su primera noche de sueño reparador e ininterrumpido en meses.

En algún momento de la noche habíamos dejado de abrazarnos, y David había adoptado su postura favorita para dormir: yacía de lado, con un brazo enrollado bajo la almohada y el otro cruzándole el pecho.

Mirándole de cerca y a la luz de la mañana, me percaté de detalles que no había visto hasta ese momento: las leves arrugas que se intuían en su frente, un diminuto lunar que tenía en el mentón, dos o tres canas que habían salido sobre sus sienes y que, seguramente, le atormentaban; pero, sin embargo, seguía siendo el hombre más guapo que había visto en toda mi vida.

Sonreí con dulzura y alargué mi mano hasta tocarle, acariciando el ralo vello de su antebrazo. Quizás ese ligero contacto fue suficiente para desperezarle, porque sonrió levemente y entreabrió los ojos.

—Buenos días.

—Buenas —dije. No pude evitar fijarme en su erección matutina. Como para responder a mi pensamiento, se abrazó a mí y hundió su nariz en mi clavícula—. ¿Has dormido bien? —pregunté mientras notaba que empezaba a besarme.

—Sí, no sabes lo mucho que necesitaba esto —afirmó mientras sus labios ascendían por mi cuello, humedeciendo mi piel hasta la mandíbula en busca de mi boca.

—No me beses ahora —me quejé—, que seguro que me huele el aliento.

—Que no te huele, tonto —replicó, intentando atrapar mis labios entre los suyos.

—Que sí me huele.