12. Más enfado que sorpresa #5
—Voy a coger mis cosas. —Entré en la habitación y vi que mi padre se había quedado dormido de nuevo.
Samuel estaba sentado en el sillón para acompañantes en el que yo había pasado la noche y miraba hacia Pablo, que, apoyado en el reposabrazos, le contaba una de sus aparentemente graciosas anécdotas sobre el cuarto oscuro.
—Te lo juro —decía con su estridente voz. No entendía cómo mi padre no se había despertado—, estaba yo ahí, dándole al tema, y cuando le miré los calzoncillos, vi que estaban todos manchados de caca.
—¡No! ¿En serio? —preguntó Samuel, haciendo aspavientos y aparentemente mitad asqueado y mitad divertido—. ¿Y eso lo viste cuando le hacías… ya sabes? —Hizo un inconfundible gesto con su boca y su mano. Pablo asintió—. ¿Qué hiciste en ese momento?
—Cerrar los ojos.
Samuel rio a carcajadas.
—No puedes decir eso en serio. ¿No lo mandaste a la mierda?
—¡Nunca mejor dicho! —comentó Pablo, y ambos volvieron a desternillarse.
—Dejad ya de hablar de guarradas —los amonesté, mientras abría el pequeño armario en el que guardábamos los objetos personales de mi padre, y sacaba mi mochila.
—¿Ya te vas? —preguntó Pablo.
—Sí, Moisés ha llegado ya. —Fui hasta la mesa de noche para coger mi reproductor de música y el libro que había estado leyendo la noche anterior—. Estoy deseando llegar a casa.
—Entonces yo también me voy. He quedado en llevar a Clara a casa. Como David se fue sin ella… Oye, por cierto —preguntó bajando la voz—, ¿pasó algo entre vosotros o…?
Negué con la cabeza y miré hacia la puerta. Clara no había vuelto a entrar en la habitación. De hecho, escuchaba su chillona y aniñada voz proveniente del pasillo, intercalada con la más profunda y grave de mi hermano, aunque no entendía qué decían.
—No es el momento de hablar de eso. Vámonos ya, estoy agotado.
Eché una última mirada hacia mi padre para cerciorarme de que estaba bien y salí de la habitación, seguido de Pablo y Samuel. Al salir, la conversación entre Clara y mi hermano se hizo completamente audible.
—¿De verdad trabajas en el aeropuerto? —decía Clara—. ¡Qué casualidad! Justo ahora vengo de allí.
—¿Ah, sí? ¿Fuiste de vacaciones?
—Sí. No. Más o menos. —Meneó su cabecita y sonrió, como disculpándose de su indecisión—. Fui a Alemania a ver a mi familia.
—¿No me digas? —contestó Moisés, comiéndosela con la mirada.
—Lo que hay que ver… —Oí a mi lado. Samuel y Pablo también se habían quedado en el umbral de la puerta, igual que yo, mirando con la misma cara de estupefacción el flirteo que estaba teniendo lugar delante de nosotros—. ¿Qué es lo que está haciendo esa loca? —musitó Pablo.
—Ah, tú debes de ser Clara —decía Moisés—, la amiga alemana de Noah. He de reconocer que te imaginaba diferente.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo me imaginabas? —preguntó coqueta.
—Pues no sé, rubia y con trenzas y…
—Ese es un cliché un tanto manido, ¿no te parece? —preguntó ella haciendo uno de esos encantadores mohines que iba regalando a diestro y siniestro.
—Sí, tienes razón, y la verdad es que no veo nada manido en ti.
—¡Clara! —la llamé, decidiendo intervenir antes de que empezaran a meterse mano—. Nos vamos ya.
—Jo —la oí decir. Moisés se acercó a ella para decirle algo que no escuché y ella sonrió y asintió. Luego, ante mi estupor, se intercambiaron los números de teléfono—. Ya estoy —dijo, caminando hacia mí y cogiéndome del brazo tan contenta.
Tiré de ella en dirección a la salida, mientras Pablo y Samuel nos seguían, pero aún tuvo tiempo de echarle a Moisés una miradita seductora por encima del hombro.
—¿Pero qué se supone que estás haciendo? —le pregunté cuando nos alejábamos—. ¿Estabas ligando con mi hermano?
—Es que está bueno —dijo ella—. Nunca me dijiste que Aarón fuera tan guapo.
De repente me di cuenta de que el malentendido no había sido más que culpa mía. Cerré los ojos, mortificado.
—Ese no es Aarón, es Moisés —aclaré.
Clara abrió los ojos desmesuradamente.
—¿En serio? ¿Ese era Moisés? —Miró de nuevo por encima de su hombro para verlo, pero él ya se había metido en la habitación, saliendo de nuestro campo visual—. Pues no lo parecía.
—¿Que no parecía qué? —intervino Pablo—. ¿Un homófobo violento que…?
Chasqueé la lengua.
—Bueno, ya vale —dije.
—¿No pensarás llamarle, verdad? —preguntó Samuel mientras entrábamos en el ascensor.
Clara me miró y suspiró antes de contestar:
—No, supongo que no. Y no solo porque te lleves mal con él —aclaró algo compungida—. Supongo que no está bien liarse con el hermano de un amigo, por muy bueno que esté.
—¡Ejem! —carraspeó sonoramente Pablo mientras mi cara se ponía roja como un tomate y me atragantaba con mi propia saliva—. No creo que Noah se enfadara contigo por algo así, ricura —dijo al final.
Nos separamos en el aparcamiento del hospital. Clara y Samuel se fueron hacia el coche de este, mientras Pablo y yo nos dirigíamos al SEAT Panda de mi amigo.
—Ya te vale, ¿no? —le reproché mientras llegábamos al coche—, diciéndole esas cosas a Clara.
—Bah, como si se fuera a dar cuenta de lo que pasa por un comentario como ese. Por cierto, ¿qué tal con David? —preguntó pasándome un brazo sobre los hombros.
—¿Desde cuándo te interesa lo que pasa entre David y yo? —pregunté yo a mi vez con incisivo tono, mientras me desembarazaba de su abrazo.
—A mí siempre me interesa lo que pasa entre David y tú, solo que no me hace ni puta gracia. —Llegamos al coche y esperé a que Pablo abriera con su llave—. ¿Qué tal? —repitió.
—Bien —dije. Entré en el coche y me abroché el cinturón de seguridad—. Dice que me llamará esta tarde, que quiere verme un rato.
—Pues no se te ocurra dejar el móvil encendido. Si David quiere llamarte esta tarde, que se espere a que te despiertes.
—Ya, claro —respondí.
—Además, ¿de verdad quieres verle?
—Sí, ¿por qué no? —dije—. Ahora que mi padre está mejor, creo que no sería mala idea quedar y despejarme un rato…
—Tú lo que tienes es ganas de echarte un polvo.
—No es eso. Más bien tengo ganas de… ya sabes —concluí encogiéndome de hombros.
—De mimitos —terminó él por mí y no vi razón para negarlo—. Yo también puedo hacerte mimitos —continuó él—, no hace falta que el estirado ese vaya a casa a hacértelos.
—Ya lo sé, pero contigo no es lo mismo… No es tan íntimo.
—Porque tú no te dejas, guapo —dijo con una sonrisa pícara a la vez que arrancaba el motor.
—¿Y qué tal con Samuel? —Fue mi turno de preguntar, obviando su comentario.
—Bien. Ya te dije que tarde o temprano teníamos que vernos y hablarnos otra vez, sobre todo siendo los dos amigos tuyos. Era inevitable.
—No es eso lo que te he preguntado —presioné.
—Ya lo sé. —Salimos del aparcamiento y yo me quedé mirando hacia él, en espera de que dijera algo más, pero cuando volvió a hablar, lo hizo para cambiar completamente de tema—. Ahora, cuando llegues a casa, te vas directo a la ducha, mientras yo te preparo algo de comer.
—No tengo apetito —le dije, decidiendo pasar por alto su evasiva. No me sentía con fuerzas para sacarle sus sentimientos con tenazas.
—Me da igual, comes algo y luego te echas a dormir.
— Vaaale , mami —le contesté, arrellanándome en el sillón—. Lo que tú digas.
Desvió un segundo su vista de la carretera para echarme una mirada sorprendida, quizás por mi súbita docilidad.
—Así me gusta —sentenció.
Obedecí en todo a Pablo aquella tarde, dándome una ducha nada más llegar a casa antes de comerme con diligencia la tortilla de patatas que me había preparado.
Luego, agotado y con el estómago lleno, caí rendido en mi cama y dormí casi toda la tarde, hasta que la musiquilla de mi teléfono móvil, que yacía encendido sobre mi mesita de noche, me despertó.
En realidad, eso fue lo único en lo que no obedecí a mi mejor amigo.
—¿ Mmhh …? —contesté.
—¿Te he despertado? —La voz de David sonaba dulce al otro lado de la línea. Sonreí sin poder evitarlo.
—¿Tanto se me nota?
—Lo siento.
—No pasa nada —aseguré. Me incorporé un poco en la cama y me pasé las manos por el pelo. Tenía la boca pastosa y los ojos legañosos, pero me sentía mucho mejor que aquella mañana.
—¿Qué tal estás?
—Mejor. He comido y descansado.
—Bien.
—¿Y ya está Clara instalada?
—Sí, no veas lo contento que se ha puesto Íker al verla. Y eso que solo llevaban cinco días sin verse.
—Me lo imagino. —Clara e Íker apenas se habían separado desde que este naciera.
—Oye… Sobre eso quería hablarte. ¿Vas a pasar mañana la noche con tu padre?
Pensé un segundo.
—No, mañana le toca a Aarón. Yo iré un rato por la mañana, pero luego estaré libre. —Entre mis hermanos, Lola y yo nos habíamos organizado para hacer turnos en el hospital de manera que mi padre nunca se quedara solo—. ¿Quieres que nos veamos?
—Sí, me gustaría muchísimo —admitió—. De hecho… He hablado con Clara y a ella no le importa quedarse con Íker, así que había pensado en… ¿Cuánto dijiste que me cobrarías por pasar la noche contigo? —preguntó, rememorando la broma que yo le había hecho unos días atrás.
—¿Quieres dormir aquí?
—Sí, si no te importa, claro. Esta mañana me pareció que te hacía falta un poco de cariño.
—No tienes por qué…
—No lo hago solo por ti, sino también por mí —se apresuró a aclarar—. Una noche sin llantos, sin biberones ni pañales sucios… Un sueño hecho realidad —bromeó.
Me reí ante eso.
—Está bien.
—Te veo mañana entonces, ¿a eso de las nueve?
—Sí, me parece bien.
A la mañana siguiente, cuando llegué al hospital, me encontré a mi padre sentado en el sillón en vez de en la cama, pues los auxiliares le habían sentado allí tras bañarle.
Aún no podía caminar, pero había conseguido mantenerse en pie unos segundos con ayuda.
Sentado ahí y con su pijama puesto, parecía más recuperado y menos desvalido que en su cama.
Pasé la mañana con él, charlando un poco y constatando con alegría que el lenguaje de mi padre mejoraba a marchas forzadas.
El cardiólogo vino a verle, modificó su tratamiento anticoagulante y, tras prometer nuevas pruebas, se fue.
A mediodía llegó Lola, y yo pude irme a casa.