12. Más enfado que sorpresa #4
Cogí el ramo de flores y salí de la sala de espera siguiendo al enfermero en dirección a la habitación de mi padre.
Cuando llegué allí, vi que el neurólogo que le atendía desde que había ingresado estaba auscultándole mientras hablaba con él.
Mi padre, recién bañado y afeitado, le contestaba como bien podía.
Dos residentes de neurología esperaban de pie junto al médico, observando las maniobras que este realizaba.
Por último, se incorporó y, anotando rápidamente algo en el historial de mi padre, dijo:
—Parece que estás mejor, de todas maneras, te voy a pedir un TAC de control y un nuevo electro. ¿El cardiólogo ha venido a valorarte hoy?
Mi padre negó con la cabeza.
—No —dije yo, interviniendo en la conversación—. ¿Cuándo se le hará el TAC?
—Eso no depende de mí —respondió él—, pero no suelen tardar mucho.
El electro se lo harán ahora los enfermeros de la planta.
—Miró a Rafael, que estaba de pie detrás de mí, y le tendió el historial de mi padre.
Luego asintió—. Las analíticas están bien, así que seguirá con la misma dosis de anticoagulantes que hasta ahora.
—Está bien —dijo el enfermero, dando por sentado que esa última frase había sido una indicación para él y no un intento de mantenerme informado.
—Bien, entonces, hasta mañana. —Se despidió de mi padre con un leve gesto y salió de la habitación seguido por los dos residentes.
Me giré hacia Rafael.
—¿El electrocardiograma se lo harás tú?
—Sí, dentro de un rato —contestó distraídamente mientras consultaba lo que el médico acababa de garabatear.
Me asomé por encima de la carpeta, pero no conseguí dilucidar ni una sola de las palabras que había allí escritas con aquella confusa grafía.
Aun así, al ver que yo estaba mirando, cerró la carpeta de un golpetazo—. Hasta luego —dijo elevando las cejas.
Salió de la habitación y me senté junto a mi padre.
—¿Qué tal estás? ¿Te ha sentado bien el baño?
—Sí.
—Mis amigos están aquí, y querían verte, ¿no te importa, verdad?
—No —contestó.
Le recogí un mechón de cabello aún húmedo que le había caído en la frente y le di un beso. Luego me senté en el sillón y le mandé un SMS a Pablo para que supiera que estaba en la habitación con mi padre. Un rato más tarde, los tres aparecieron.
—¿Y mi hermano? —preguntó Clara nada más entrar.
—Se ha tenido que ir…
—Pero si dijo que te iba a hacer compañía. Cuando lo coja…
—No pasa nada, Clara, yo tenía que volver con mi padre.
Ella asintió y se giró hacia él.
—Hola —le dijo en un tono muy cariñoso. Se inclinó sobre la cama y abrazó a mi padre—. ¿Cómo estás, Carlos?
Él asintió con toda la entereza que pudo reunir y le dedicó a Clara una de sus sonrisas hemipléjicas, a lo que ella respondió rompiendo a llorar y abrazándose a él de nuevo, sacándonos una carcajada a todos.
Una vez que Clara se hubo calmado, Pablo y Samuel también saludaron a mi padre y nos sentamos todos a su alrededor a hablar de cosas sin sentido.
Perdí completamente la noción del tiempo hasta que sonó mi teléfono.
Lo cogí para ver que era Lola y, disculpándome, salí al pasillo a hablar.
—¿Sí?
—Hola, Noah, ¿cómo ha pasado Carlos la noche? —me preguntó.
—Muy bien. ¿Pasa algo?
—No, es que me he liado con el papeleo —dijo. Se refería a las gestiones de la baja médica de mi padre para justificar su falta al trabajo—, y no voy a llegar a tiempo. Tu hermano debe de estar de camino al hospital, él va a relevarte, no yo. ¿Te parece bien?
—OK —le respondí. No entendía por qué Lola suponía que era importante avisarme de que Aarón vendría en un rato a cuidar de mi padre, pero supuse que lo hacía por mera cortesía.
—Te veo mañana, entonces —se despidió.
—Adiós —respondí antes de colgar el teléfono.
—¿Todo va bien? —oí a mi espalda.
Me giré para ver a Clara, que asomaba su carita por la puerta de la habitación.
—Sí, todo bien. Era Lola para decirme que no puede venir. Aarón vendrá a relevarme en un ratito.
—Ah. —Salió al pasillo y se apoyó en la pared junto a mí, viendo el ajetreado ir y venir de los enfermeros.
—¿Qué tal con tu familia? —pregunté, dándole un golpecito cariñoso en el costado.
—Bien, mi madre y yo hicimos algo de turismo juntas. Hacía siglos que no iba a Baviera. Ingolstadt es una ciudad preciosa, a pesar de Frankenstein y todo eso. —Me guiñó un ojo—. Pero mi padre me ha hecho prometer que la próxima vez me quedaré más tiempo en casa. Le ha sabido a poco.
—Ya. Ni siquiera tenías que haber vuelto.
—No pasa nada. —Se encogió de hombros—. Creo que mi madre aprovechará para venir a ver a Íker.
Puede que luego hagamos algo de turismo aquí.
Quizás vayamos a la costa o a la sierra donde ella se crió.
Mi familia aún tiene propiedades allí. —Hizo un vago gesto con su mano y yo no dije nada acerca de mi conocimiento de dichas propiedades—.
Incluso puede ser que convenza a mi hermano para que nos acompañe, ya que no quiso ir a Alemania conmigo…
—Ni siquiera sé por qué le insistes tanto. Él nunca va contigo —le recordé.
—Ya, pero me gustaría que las cosas entre él y mi padre se arreglaran, sobre todo ahora que está Íker. Al menos, sé que esta vez David no se ha quedado solo.
—No, claro, habrá estado muy ocupado con su hijo.
—No me refería a Íker, sino a su «chica misteriosa» —dijo enarcando las cejas.
Tragué saliva. Así era como Clara llamaba al lío de David. O sea, a mí. Aunque conscientemente sabía que ella no conocía la verdad, me era imposible no ponerme nervioso cuando el tema salía a relucir.
—¿Y qué tal le va con ella? —Nervioso o no, tampoco era capaz de desaprovechar la oportunidad de averiguar qué opinaba mi amiga acerca del particular.
—Supongo que bien. Ya sabes cómo es mi hermano de reservado, apenas me cuenta nada —dijo.
Asentí. Eso lo sabía yo muy bien, y no solo porque ella se quejara habitualmente de eso—.
Pero bueno, ya le has visto hoy, está bastante mejor gracias a «esa chica» y se le ve más…
feliz. Al menos tiene algo que le hace ilusión. Aparte de Íker, claro.
—¿Crees que van en serio? —pregunté.
—No lo sé, pero espero sinceramente que no —respondió ella.
—¿Por qué dices eso?
—Porque mi hermano aún no está preparado para una relación seria.
No. —Negó vehementemente con su preciosa cabecita—.
Lo que tienen es un lío físico, nada más, y eso es justamente lo que David necesita: un poco de sexo y vaciarse el coco de vez en cuando.
Espero que ella no se enamore de él, porque no sería correspondida.
—Tragué saliva de nuevo antes de que volviera a hablar—.
Jo, parece que todo el mundo tiene un lío menos yo —gimió poniendo pucheros—.
Qué ganas tengo de agarrar a un hombre y…
—¿Nada de sexo en tierras germanas?
—No, nada, ¿te lo puedes creer?
—¿No saliste?
—Sí, claro que salí. ¿Sabes que me llevé a Ebba a una disco gay, allá en Berlín?
—¿En serio? —pregunté alzando una ceja. Ebba era la mejor amiga de Clara en Alemania, una antigua compañera de instituto que, por lo que ella me había contado, era apocada y más bien tímida.
—Sí —continuó ella—. Fue la primera noche que pasé allí, ella quiso salir y… Bueno, pues fuimos a ese local. Un par de chicas quisieron ligar conmigo —dijo casi con deleite—, pero nada de chicos para mí.
—Es que no sé de qué te quejas. Si quieres ligar, vete a un local hetero…
—Ya, pero me apetecía ver la noche gay de Berlín —aclaró—, además, se me pusieron los dientes largos mirando. No sabes la cantidad de monumentos que había en aquel local, Noah. No sabía que pudiera haber tantos tíos buenos en un mismo sitio. Te lo hubieras pasado bomba.
—Hay que ver, pasándotelo bien y conociendo tíos buenos sin mí —dije en broma, a modo de reproche.
—Hablando de tíos buenos… —musitó, mirando algo por encima de mi hombro—, mira la cosita que viene por ahí.
Me giré para mirar la figura que se acercaba a nosotros desde el fondo del pasillo, y de repente entendí por qué Lola me había llamado para advertirme. No era Aarón quien iba a relevarme, sino Moisés.
—Ese no es ningún tío bueno, es mi hermano —le dije.
—Pues está bueno —afirmó ella, comiéndoselo con la mirada.
Por primera vez me permití el lujo de mirar a mi hermano con otros ojos y entendí por qué Clara lo encontraba tan atractivo.
Moisés era alto, fornido y, gracias a su afición al gimnasio, había cambiado su redondeada constitución por un cuerpo fibroso, cuyos recios músculos se marcaban con todo lujo de detalles bajo la camiseta de algodón que llevaba puesta.
Tenía los mismos ojos que yo, grandes y negros, y aunque había algo en sus facciones que las asimilaba a las mías, su rostro, más rudo y vigoroso, desprendía una rotunda virilidad que yo nunca había tenido.
Llevaba el oscuro cabello muy corto, y la incipiente barba que lucía marcaba su mandíbula y hacía resaltar los rosados y carnosos labios, que al verme, se curvaron en un rictus despectivo, arruinando aquel momento de contemplación.
—Hola —le dije con la voz seca. Cansado y desanimado como estaba, no me sentía de humor para confrontaciones.
—¿Cómo ha pasado la noche? —preguntó a bocajarro.
No se me pasó desapercibido el hecho de que no me había saludado, pero su tono de voz daba a entender que él también había decidido enterrar el hacha de guerra… al menos por el momento.
—Bien —le dije. Le conté brevemente lo que el médico había dicho y los avances de aquel día—. Dentro de un rato el enfermero vendrá a hacerle el electro. Y está pendiente de que el cardiólogo venga a verle. Ya nos dirán mañana, supongo.
—Está bien —dijo. Sus ojos se desviaron de mí y se posaron brevemente en Clara, que se había mantenido a mi lado, en silencio. No era la primera vez que la miraba en el rato en el que yo le había estado hablando, pero tampoco era nada extraño que alguien mirara a Clara con insistencia.