12. Más enfado que sorpresa #3
—¿No pensarías que me iba a quedar tan tranquila en casa sabiendo que Carlos está en el hospital? —Abrió mucho los ojos—. ¿Cómo está él?
—Clarita… —Fue lo único que pude decir, abrazándome de nuevo a ella, completamente emocionado por su presencia—. Ni siquiera tenías que haberte molestado y dejar a tu familia por mí, ¿qué has hecho? ¿Venir directamente desde el aeropuerto?
—Sí —dijo con altivez—. Cogí el jet a las seis de la mañana. Mi hermano ha ido a recogerme —añadió, señalando hacia David.
Aproveché la oportunidad que Clara me daba para mirarle sin levantar suspicacias.
—Hola —musité, mirándole.
Había deseado verle y dejarme consolar por él desde que mi padre enfermara, y tenerle tan cerca pero tan inaccesible al mismo tiempo me resultaba casi insoportable.
Ansiaba refugiarme entre sus brazos y dejarme arrullar por él, pero no hice movimiento alguno.
Quizás esa fuera una de las desventajas de ser amantes en secreto en vez de una pareja formal y pública: que no nos estaba permitido contar con nuestro mutuo apoyo y consuelo en circunstancias como aquella.
Recordaba que ya me había sentido así una vez con él años antes, cuando su abuelo había fallecido, obligándome a pensar que si nuestras circunstancias de pareja no hubieran sido tan excepcionales —yo siendo un adolescente y él un hijo repudiado por sus opciones sexuales— quizás me hubiera llevado consigo en vez de dejarme atrás.
Para mí todo había cambiado: no me escondía de nadie, ya era mayor de edad y podía seguir a quien quisiera a donde fuera, pero eran sus circunstancias las que no habían cambiado.
En ese sentido, yo era más libre de lo que él nunca había sido.
—Hola —dijo. Me tendió el ramo de flores y añadió—: Son para tu padre.
—Muchas gracias.
—Las compramos de camino —dijo Clara—, ¿no son preciosas?
Asentí mientras les acompañaba hasta la mesa en la que Pablo y Samuel nos esperaban.
Puse las flores con cuidado sobre la superficie y volví a sentarme en la silla.
Clara se sentó a mi lado e insistió en que le relatara pormenorizadamente todo lo que había pasado durante los tres últimos días, luego quiso ver a mi padre.
—Ahora no es un buen momento —le expliqué—, por las mañanas son los baños y las curas, y el pase médico, y restringen las visitas. Hasta las doce o la una del mediodía no me dejarán volver a la habitación.
—¿Y por qué no te vas a casa mientras a descansar? —dijo ella con voz cariñosa.
—No, tengo que estar aquí por si acaso. Y luego tendré que hablar con su médico. Por si hay novedades.
—Pues al menos, bajemos a la cafetería. Déjame que te invite a desayunar, que tienes pinta de no haber comido nada en todo el día.
—Y dale —dije, hastiado. Pablo y Samuel intercambiaron una mirada por encima de la mesa y se rieron de mí, pero Clara seguía mirándome sin comprender—. No tengo ganas de comer, de verdad que no. Tengo el estómago cerrado. Ya comeré cuando llegue a casa.
—Pues yo me comería un caballo —dijo ella.
—¿No desayunaste en el avión? —le pregunté.
—Sí, pero no estaba muy bueno.
—Y eso que es un jet privado… —bufó Pablo.
Clara le lanzó una miradita antes de volverse de nuevo hacia mí e insistir:
—Al menos acompáñame a comer algo. Quién sabe, igual cuando estés allí te entra apetito.
—No, no —negué—, creo que si huelo comida voy a vomitar. Pero vete tú, si tan hambrienta estás.
—¿Y dejarte aquí solo? —preguntó ella.
—Yo me quedaré con él —dijo David. Todos le miramos. Había permanecido tanto rato en silencio que casi nos habíamos olvidado de su presencia—. Vete a comer algo, preciosa, yo me quedaré con tu amigo —le dijo a su hermana.
Le lancé una mirada llena de agradecimiento que no pasó desapercibida para Pablo.
—Ahora que lo dices, yo también me tomaría un café —intervino resueltamente, levantándose—, así hablamos, Clara, que hace tiempo que no nos vemos. Vamos, Samuel.
—Pero yo no…
—Samy… —insistió. Samuel me miró a mí, y luego a David, a la vez que se le ponían las orejas rojas.
—Sí, sí, vamos.
Se levantó de la mesa y siguió a Pablo, que había llegado hasta el ascensor y esperaba a que este llegara.
Clara se quedó un segundo más sentada a nuestro lado, se giró hacia mí y me dijo:
—Hay que ver qué raritos están estos dos desde que cortaron, ¿eh? —Me guiñó un ojo y se levantó, para corretear hasta donde estaban ellos.
Me levanté de la silla muy despacio cuando oí la campanilla del ascensor y veía cómo ellos entraban en el cubículo. Una vez que las puertas se hubieron cerrado entre ellos y yo, me giré para ver que David también se había puesto de pie.
—Qué ganas tenía de verte —le dije, abrazándome a él.
Rodeó mi cuerpo con sus brazos y sentí sus labios sobre mi hombro, besándome a través de la tela.
—Y yo a ti —susurró contra mi oído—. ¿Cómo estás?
—Bien.
—¿Y tu padre?
—Bien, pero… —Me aparté un poco de él, lo suficiente para mirarle a la cara, aunque nuestros cuerpos seguían unidos, y me permití un momento de debilidad—. No sabemos cómo saldrá de esta, aún no puede caminar, ni siquiera…
—Seguro que todo saldrá bien.
—Eso no podemos saberlo, y mi padre es la única persona que…
—No pienses en eso ahora.
Le miré malhumorado.
—Es muy fácil no estar preocupado cuando no es de tu padre de quien estamos hablando.
—Si estuviéramos hablando de mi padre, no estaría preocupado —replicó.
Levanté una ceja.
—No puedes decir eso en serio.
—Oh, y tan en serio. Si mi padre estuviera enfermo en un hospital, la única visita que le haría sería para escupirle a la cara —soltó.
Le miré cabreado.
—¿Cómo puedes decir…?
—Lo siento. —Besó mi frente con inusitada calidez, interrumpiéndome—. No debería haberte dicho algo así en este momento, mi comentario ha sido tan inoportuno como fuera de lugar. Perdóname. —Bajé la cabeza con docilidad y él continuó—: ¿Puedo hacer algo por ti?
—Ya lo estás haciendo.
Le abracé aún más fuerte y apoyé mi frente en su hombro, dejándome mecer por su cuerpo.
Yo era un par de centímetros más alto que él, pero aun así, cuando me abrazó, me permití el lujo de sentirme pequeño e indefenso, descargando toda mi vulnerabilidad contra su cuerpo y dejando que el contacto de sus brazos alrededor de mi espalda me consolara.
Aspiré su olor, permitiendo que su esencia me arrastrara a otro tiempo y lugar en el que me sentía querido, seguro, a salvo.
Un tiempo y un lugar en el que no tenía que preocuparme por la salud de mi padre, o por mis relaciones familiares, sino solo por obtener un cálido placer que me reconfortaba, que colmaba mi pecho de una anhelante y arrebatadora pasión que me consumía.
Refugié mis brazos contra su pecho, dejando que el abrazo se estrechara hasta que no quedó espacio entre nosotros, hasta que pude sentir el calor que emanaba de su piel calentar la mía, hasta que noté cómo su cuerpo reaccionaba con tibieza a la cercanía del mío.
La inconfundible y ruda sensación de su erección apretándose contra mí me resultó sumamente deliciosa, y me hizo soltar una leve risita.
—No me lo puedo creer —musité—, ¿se te ha puesto dura justo ahora?
—Lo siento —le oí decir contra mi oído.
—De verdad, David —dije ensanchando mi sonrisa, mientras me apartaba de él lo suficiente como para mirarle a la cara, pero reticente a separar mi cuerpo del suyo—, ¿ahora?
—Lo siento —repitió—, no lo puedo evitar. —Alargó la mano hacia mi rostro y acarició mi mejilla con dulzura—. Estás muy guapo —susurró.
—No, qué va, no lo estoy. —Me pasé las manos por el pelo, en un fútil intento de acomodar mis cabellos—, estoy hecho un asco, vestido con un chándal, sin duchar y…
—Precisamente —dijo, mordiéndose el labio inferior en un gesto lleno de ganas que me hizo sonreír otra vez.
Su mirada se dirigió un segundo a mis labios antes de subir hasta mis ojos, dejándome ver, en el turbio fondo de sus pupilas oscuras, lo que realmente deseaba.
Quizás llevado por un impulso, su dedo pulgar recorrió con languidez los caminos de mi rostro que llevaban a mi boca, acariciando con la yema la húmeda y carnosa piel de mis labios.
Sintiendo un impaciente pinchazo en la entrepierna, rodeé su cintura para atraerle hacia mí.
Sus labios se posaron sobre los míos en un beso dulce y deliberadamente lento.
Sentí su lengua introduciéndose implacablemente en mi boca y me rendí unos segundos a ese contacto subyugador antes de apartarme de él.
—No debería besarte aquí, lo siento —dije.
—Ha sido culpa mía —susurró. Apoyó su frente contra la mía y cerró los ojos—. Debería irme —dijo—. ¿Quieres que nos veamos un día de estos? —preguntó.
—No sé si estoy de humor para eso.
—No me refiero a eso precisamente —aclaró—. Aunque si quieres follar, yo no tengo ningún inconveniente —bromeó. Sonreí y él acarició mi barbilla con ternura—. Podemos hablar, o dar un paseo, o lo que tú quieras, ¿qué te parece?
Oímos unos pasos que se acercaban a nosotros y nos apartamos de un salto.
Quien venía hasta nuestro lado era el enfermero de mi padre, que nos miraba con una expresión cuidadosamente neutra.
Me ruboricé con violencia y David se metió las manos en los bolsillos del pantalón para disimular su erección mientras se apartaba unos pasos.
—Lo siento, no quería interrumpir —dijo con su grave voz—, pero el médico te estaba buscando. Si quieres hablar con él, más te vale que vayas ya. Ahora mismo se irá a consulta y…
—Gracias —dije. Me giré hacia David—. Me voy a la habitación.
—Bien, yo… —Carraspeó incómodo—. Mejor me voy ya, ¿te puedo llamar esta tarde?
—Sí —dije.