12. Más enfado que sorpresa #2
—¿Entonces no te importa verle…?
En ese momento, sonó el timbre que anunciaba la llegada del ascensor, y Pablo se apartó de mí de un salto, como accionado por un resorte, pero al ver que los recién llegados eran una pareja de mediana edad y no quien fuera que él esperaba, se relajó y volvió a abrazarse cariñosamente a mi espalda.
—Ya veo que no te importa —le dije.
Quizás intuyendo mi tono irónico, se apartó de mi lado para sentarse en una de las sillas de madera y metal, apoyando sus largos antebrazos sobre la mesa.
—¿Has comido algo? —preguntó.
—Anoche… —respondí con imprecisión. Aquella noche me había quedado de nuevo con mi padre, y como Aarón había vaticinado, el sillón para acompañantes me estaba destrozando la espalda y los nervios.
La última comida que recordaba haber hecho fue la cena que diligentemente Pablo me había preparado antes de que saliera hacia el hospital, pero la verdad es que no tenía ningún apetito.
—Pues deberías comer algo.
—Luego —le dije. Lo cierto era que tenía más ganas de dormir en una buena cama que de comer nada, pero yo había acordado quedarme hasta el mediodía, hora en la que Lola me relevaría en el cuidado de mi padre.
Pablo me acarició con dulzura la mejilla.
—Tu padre no va a empeorar porque tú te ocupes un poco de ti mismo. Mírate, estás muy desmejorado.
Ahora fue mi turno de encogerse de hombros con indolencia.
—Es que no me apetece comer nada…
—Mira que eres tonto —me reprochó con cariño, acariciando mi mejilla izquierda con su pulgar, y acercando mucho su rostro al mío.
—¿Qué quieres? —respondí malhumorado, encogiéndome de hombros—. Se me habrá pegado de ti.
Agarró mi nuca, atrayéndome hacia sí para hacerme un arrumaco, pero oímos de nuevo el timbre del ascensor, y esta vez sí que fue Samuel quien salió de él.
Pablo se apartó de golpe de mí, como si hubiera estado a punto de cometer un delito.
Al vernos juntos, Samuel pareció dudar un momento, antes de acercarse a nosotros con cierta vacilación.
Nos saludó, poniendo especial interés en evitar el contacto visual con Pablo, y me lanzó una inquisitiva mirada, como si me estuviera preguntando en silencio por qué no le había advertido de a quién se encontraría al llegar.
Pocas veces habían vuelto a verse Samuel y Pablo desde que discutieran en el Sodoma, hacía ya unos meses, y al parecer, esos dos tenían aún una conversación pendiente.
Que nos hubiera pillado a punto de darnos uno de nuestros habituales besos en la boca no mejoraba la situación precisamente.
—Vaya —exclamó echándole una significativa mirada a Pablo—, parece que todos nos hemos puesto de acuerdo para venir a verte el mismo día, ¿no? ¿Interrumpo algo?
—No, claro que no —le dije.
Soltó una nerviosa risita y se sentó a mi lado, poniendo entre él y Pablo toda la distancia que la mesa cuadrada le permitía.
—¿Cómo está tu padre? —me preguntó.
—Mejor —contesté, y le relaté las mejorías que había tenido durante esos días.
—Qué bien. —Me miró con dulzura—. Y tú, ¿cómo estás?
—Bien, yo estoy bien —contesté con incomodidad. No entendía por qué se preocupaban por mi bienestar si el que estaba enfermo era mi padre.
—Pues no lo pareces —dijo—, ¿has comido algo?
—No —contestó Pablo por mí—, no ha desayunado siquiera.
—Pues deberías comer, estás muy pálido.
—Ya se lo he dicho, pero no me hace ni caso.
—No me apetece comer nada —intervine.
—Pero aunque no te apetezca, tienes que…
—Samuel, por favor —le interrumpí—, ya tengo bastante con Pablo, no me des la vara tú también.
—Lo siento —dijo contrito. Desvió la mirada y se mordió el labio inferior, antes de volver a hablar—: ¿Has sabido algo de Clara?
—No desde ayer —contesté.
Samuel la había llamado un par de días atrás para informarla de lo que había pasado, y ella, a su vez, me había llamado a mí. Desde entonces nos habíamos mensajeado un par de veces y ella parecía genuinamente preocupada por mi padre y por mí.
—¿Entonces no sabes que ella vuelve a España?
—Sí, sí que lo sé. Pero no por ella, me lo dijo David —terminé casi en un susurro casi inaudible.
Durante aquellos días, David y yo habíamos hablado varias veces por teléfono y él estaba al tanto del estado de salud de mi padre, pero no habíamos podido vernos, por mucho que yo lo hubiera deseado.
Desde que mi padre ingresara en el hospital, yo solo había pasado en casa el tiempo justo para comer, dormir y ducharme, y ni siquiera había tenido el suficiente para pensar en el sexo, mucho menos para practicarlo; el resto del tiempo lo había pasado con mi padre en el hospital, y ese no me había parecido el lugar propicio para un encuentro, por una simple y obvia razón de apariencias.
Fue él quien me contó que Clara estaba tan preocupada por mí y mi padre que estaba pensando en adelantar su vuelta a España, pero quizás lo hizo para hacerme saber que aprovecharía la coyuntura para acompañarla al hospital y así poder verme.
—Oye —dijo Samuel—, pues me ha dicho que en cuanto…
Dejé de prestarle atención al ver que un enfermero entraba en la sala.
Era Rafael, y yo me tensé, pensando que quizás le había pasado algo a mi padre en mi ausencia, pero se acercó a los ancianos que miraban la tele, se arrodilló a su lado y mantuvo con ellos una conversación en voz muy baja.
Al ver que su llegada nada tenía que ver conmigo, me relajé de nuevo, pero seguí con interés el susurrante intercambio que mantenía con la pareja mayor, aunque no podía distinguir una palabra de lo que decían.
Sin embargo, Rafael parecía solícito con ellos, incluso cariñoso, y empecé a preguntarme si él era así con todo el mundo o su gesto conmigo del otro día había constituido una excepción en su comportamiento.
—Noah, ¿me estás escuchando?
Me giré para ver que Samuel me miraba con los labios fruncidos y los brazos cruzados, mientras que Pablo me dedicaba una sonrisa cariñosa.
—Estaba en las nubes, ¿no lo ves? —dijo Pablo.
—¿Qué…? —balbuceé.
—Hay que ver —dijo Samuel, haciéndose el ofendido—, no has escuchado una sola palabra de lo que te he dicho. Luego no te hagas el sorprendido.
—¿Luego?
—No te has enterado de nada —me reprochó.
Negué con la cabeza e inconscientemente volví de nuevo mis ojos al enfermero, que aún acuclillado junto al sillón de polipiel, seguía hablando con su paciente.
—¿Qué te pasa, Noah? —inquirió Pablo. Solo entonces me di cuenta de que los dos habían seguido mi mirada.
—Es ese enfermero… —les susurré. Mientras hablaba, Rafael se incorporó, se despidió cordialmente y salió de la sala, no sin antes dedicarnos una brevísima mirada—.
La otra noche hizo algo muy extraño. —Les conté mi encuentro con él aquella primera noche que mi padre había pasado en el hospital, cómo me había arrullado con inusitada dulzura y cómo, al saberse descubierto por mí, había huido azorado.
—No me digas que te parece mono —dijo Pablo, enarbolando un tono levemente reprobatorio.
—Hombre, feo no es… —dije con inseguridad, ganándome un bufido de contrariedad por parte de Pablo—, pero no es eso, es que me da curiosidad. Eso es todo.
—¿Curiosidad en plan «me gustaría saber qué coche tiene» o curiosidad en plan «me gustaría saber cómo folla»? —preguntó Pablo con un soniquete.
—Hay que ver —me quejé—, siempre estás pensando en lo mismo. Ni siquiera estoy seguro de que sea gay. Samuel —dije, dirigiéndome a él, que al menos había tenido la deferencia de escucharme en silencio—, ¿tú qué crees?
Samuel se tomó su tiempo antes de contestar:
—¿Ese tío? —dijo, con la mirada clavada en la puerta por la que le habíamos visto salir, como si quisiera retener su imagen en la retina—. Ese pierde más aceite que tú y que yo juntos.
Asentí en silencio al recibir la respuesta que esperaba obtener.
Le había preguntado a Samuel presa de un súbito presentimiento, pero no porque nada en la actitud entre cariñosa y torpe de ese enfermero revelara ninguna preferencia sexual.
Sin embargo, yo había aprendido hacía mucho tiempo a confiar en el sexto sentido detecta-gays de Samuel, que parecía infalible.
—¿No me digas que te lo piensas ligar? —dijo Pablo, aún con ese soniquete insufrible en su voz.
—De verdad, Pablo —le dije—, ¿tú piensas que yo ahora mismo estoy para ligar con nadie?
—Sí —me apoyó Samuel—, ahora el chico tiene otras cosas en que pensar. Además, ¿qué pasaría con David?
La mirada que Pablo nos lanzó dejó poco lugar a dudas de dónde pensaba él que podía yo mandar a David, y a punto estuvo de decir algo al respecto, pero la campanilla del ascensor nos volvió a interrumpir.
Por curiosidad, o quizás por puro instinto, miré hacia los ascensores, constatando para mi sorpresa que era el propio David quien franqueaba aquellas pesadas puertas de metal, como si su mera mención pudiera convocarlo. Detrás de él, venía su hermana.
—¿Pero qué…? —dije sorprendido.
—¿Ves? —Ahora fue el turno de Samuel de imprimir a su voz un tono de insufrible prepotencia—. No escuchaste nada de lo que te dije.
Sin embargo, yo no me paré a escuchar sus recriminaciones, sino que me incorporé y caminé en su dirección para recibirlos.
Clara avanzaba hacia mí con una cálida sonrisa pintada en su rostro, pero tenía un aspecto algo cansado: su pelo estaba alborotado, sus ojos enmarcados por unas ojeras y su ropa algo arrugada.
David se había retrasado hasta quedar detrás de ella, manteniendo cuidadosamente las distancias.
Llevaba en las manos un ramo de flores y me miraba con una cautelosa expresión, en la que se mezclaban el anhelo y una fingida despreocupación.
Avancé hasta ellos y abracé a Clara, que se colgó de mi cuello y apretó su cuerpecito contra el mío.
—¿Qué haces aquí? —le pregunté atónito, mientras me separaba de ella para ver su rostro.
—He venido a verte, por supuesto. ¿No te dijo Samuel que vendría?
—Sí, sabía que vendrías, pero no me dijo que vendrías justo ahora.
—Sí que te lo dije —puntualizó él a mi espalda.