A través del sexo. La saga completa 12. Más enfado que sorpresa
62%

12. Más enfado que sorpresa

MÁS ENFADO QUE SORPRESA

— V enga —dije—, no seas testarudo, toma otra cucharada.

—No.

—¿No? ¿No te gusta? Pero si seguro que está buena.

—Me llevé la cucharada a la boca para demostrarle a mi padre que la papilla que le habían servido como desayuno estaba deliciosa, pero fruncí el ceño en cuanto mis papilas gustativas detectaron el sabor—.

¡ Puaj ! No me extraña que no te guste, está asquerosa.

Mi padre me dedicó una sonrisita pícara, pero algo torcida, y yo sonreí con él.

Ya hacía tres días desde que sufriera el ictus, y al menos no había empeorado.

De hecho, ya se empezaba a apreciar una ligera mejoría.

Esa mañana por fin habíamos podido sentarle en la cama, y aunque al principio se había mareado un poco, agradecía el no tener que estar todo el rato tumbado.

También habíamos empezado a darle algo de comer después de que esos dos últimos días se mantuviera a base de sueroterapia.

Lo peor, probablemente, había pasado ya.

Pero eso no hacía que la papilla estuviera menos asquerosa.

—¿Te apetecería que te trajera otra cosa de comer?

—No quiero.

—¿No tienes hambre?

—No tengo.

Asentí, no queriendo forzarle a hablar más.

La gramática de mi padre seguía siendo escandalosamente sencilla, y su hablar era lento y laborioso, pero ahora al menos era capaz de conjugar los verbos.

Él, dolorosamente consciente de sus limitaciones, casi no decía nada, avergonzado por la pérdida de sus habilidades lingüísticas.

Aparté la mesita con la bandeja de comida y me levanté de la cama para sentarme en el sillón y darle algo de intimidad a mi padre mientras orinaba en su botellita de plástico, otra cosa que le avergonzaba enormemente.

Cuando terminó, me llamó por mi nombre con voz pastosa y fui a coger la botellita de sus manos y tirar el contenido por el wáter.

Entendía que toda esta situación le resultara tremendamente violenta: no podía comer solo, no podía beber solo, no podía tenerse en pie ni ir al aseo, por lo que el personal de la planta tenía que bañarle en la cama.

Para alguien tan joven y activo como él, eso debía ser una tortura.

Cuando volví a su lado, vi que un enfermero había entrado en la habitación y atendía al anciano que la compartía con mi padre.

Era el mismo que había trabajado la primera noche que mi padre estuvo ingresado allí, el mismo que me había arrullado con la manta y al que no había vuelto a ver desde entonces.

Volví al lado de mi padre y me arrellané en el sillón mientras consultaba mi móvil.

Samuel me había mandado un mensaje para saber si yo seguía en el hospital y si podía venir a vernos a mi padre y a mí aquella mañana.

Le contesté afirmativamente y luego me dediqué a mirar al enfermero subrepticiamente.

Aun a la luz del día me parecía muy alto, debía de sobrepasar con creces el metro ochenta, y aunque era delgado, lucía fornido; de huesos grandes y extremidades largas, se movía casi con torpeza infantil.

Llevaba el cabello castaño atado en una pulcra coleta en la nuca, y las largas patillas y la perilla que lucía marcaban aún más su afilada mandíbula.

Tenía la nariz larga y recta, la frente despejada y vivos ojos oscuros.

Se acercó a mi padre y fingí que no le miraba, mientras hacía como si aún estuviera consultando el teléfono.

—Buenos días —le dijo a mi padre, poniéndose a su lado y cogiendo su muñeca para tomarle el pulso. Tras unos segundos de silencio, en los que pude observar cómo sus labios se movían levemente al compás de las pulsaciones que contabilizaba, dijo—: ¿Cómo te encuentras hoy?

—Sí —dijo mi padre.

—¿Sí? —respondió él con una resplandeciente sonrisa, aparentemente demasiado acostumbrado a los pacientes con afasia como para extrañarse de sus descoordinadas respuestas—. Vaya, pues me alegro.

Le puso un manguito en el brazo y se dispuso a tomarle la tensión arterial. Yo, que ya estaba habituado a ver ese tipo de maniobras, esperé pacientemente a que terminara.

—¿Tiene la tensión bien? —le pregunté en cuanto vi que se sacaba los auriculares del estetoscopio de los oídos.

—Sí —dijo.

Me miró por primera vez desde que entrara y me pareció ver que se le enrojecían las puntas de las orejas.

Quizás estaba avergonzado por su gesto hacia mí de la otra noche, que seguramente solo había hecho con el convencimiento de que yo estaba dormido y no me enteraría, y ahora sentía que lo más sensato sería no hablar con él para no ponerlo en una situación aún más embarazosa, pero yo tenía demasiada curiosidad como para dejarle tranquilo.

—¿Cómo te llamas? —le dije.

—Rafael —contestó.

Justo entonces entraron dos señoras vestidas con el uniforme del hospital.

Una de ellas portaba en sus brazos un fardo de sábanas y mantas, mientras que la otra traía consigo una palangana y un bote de jabón.

A pesar de que no las había visto en mi vida, los enseres con los que entraron en la habitación las identificaban como las auxiliares que venían a bañar a mi padre.

Él también debió de suponerlo, porque al verlas suspiró mortificado.

—Bien —le dijo Rafael—, ya que van a bañarte, vendré luego a curarte la vía y cambiarte el suero, ¿de acuerdo?

— Good .

El enfermero pareció descolocado un momento, pero luego volvió a sonreír. No era la primera vez que a mi padre se le colaba involuntariamente algún vocablo en inglés, y aunque no era lo más común en pacientes con afasia, supuse que el enfermero ya debía haber visto algún caso similar.

—Vaya, no sabía que eras bilingüe —dijo, antes de salir de la habitación.

Las auxiliares, que estaban preparando lo necesario para asear a mi padre, me echaron una elocuente mirada, por lo que yo también decidí salir de la habitación.

Me dirigí a la sala de estar de familiares, sabiendo que no me permitirían esperar en el pasillo.

Por las mañanas, la actividad era frenética: las auxiliares iban haciendo las camas y bañando a los pacientes que, como mi padre, no podían hacerlo por sí mismos, transportando de habitación en habitación grandes carros con enseres de aseo, ropa de cama y contenedores para la ropa sucia.

Otros dos o tres carros de metal más pequeños, usados por los enfermeros para transportar los materiales para las curas y la medicación, estaban aparcados junto a las puertas de varias habitaciones.

Los médicos iban y venían, llevando en las manos carpetas de plástico con los historiales de los pacientes, o haciendo corrillos y discutiendo algún caso clínico especialmente interesante.

Durante esas horas de intenso trabajo, las visitas estaban restringidas, y a los familiares no se nos permitía permanecer en los pasillos y obstruir toda esa actividad.

La sala de familiares estaba en la entrada de la unidad, justo en frente de los ascensores.

Era una sala amplia, con tres grandes sillones de polipiel, ocupados tan solo por una pareja de ancianos, uno de ellos vestido con un pijama, que observaban absortos el televisor colgado de la pared y el programa de variedades y cotilleos que retransmitían cada mañana.

Tras los sillones, varias mesas de conglomerado de madera con sillas de estructura de metal descansaban frente a un gran ventanal, desde el que se podía observar una vista de la zona baja de la ciudad, sobre la que el Hospital Universitario se erguía como una mole de hormigón.

Al fondo de la sala, varias máquinas expendedoras de golosinas y café de dudosa calidad emitían un levísimo pero continuo zumbido.

Me aposté junto a la ventana, apoyando mi costado izquierdo sobre la fría superficie, y me dediqué a observar la calle.

Justo bajo nosotros corría una autovía interurbana, por la que circulaba a gran velocidad una ingente cantidad de coches.

Al otro lado, se erguía una naciente urbanización de chalets adosados y de edificios de apartamentos.

Hacía ya rato que había amanecido, pero era ahora cuando se abría el día, al ir disipándose las nubes para dar paso a los rayos del sol.

—Hace buen día —dijo una voz junto a mí.

Sin ni siquiera darme la vuelta, me recliné contra el cuerpo que intuía detrás de mí, y unos largos y cálidos brazos rodearon mi cintura. Sonreí con satisfacción, había estado tan absorto en la contemplación de la ciudad que no había escuchado llegar a Pablo.

—Sí, sí que lo hace… —convine. Sentí que apoyaba su barbilla sobre mi hombro derecho y seguía mi mirada hacia el exterior—. ¿Qué haces aquí tan temprano? —susurré.

—Oh —dijo evasivo—, no es tan temprano. —Y técnicamente no lo era, pero no era usual que Pablo estuviera despierto a las diez de la mañana si no había una imperiosa razón para ello.

Por eso, que hubiese hecho el esfuerzo de superar su habitual pereza matinal para estar conmigo, tenía doble mérito—. ¿Qué tal está tu padre hoy?

—Mejor. —Giré la cabeza para mirarle por encima del hombro y le sonreí, intentando ser positivo—. Ya habla un poco más y ha empezado a comer algo esta mañana.

Pablo asintió contra mi hombro.

—No sabes cuánto me alegro. Pero no es de extrañar que mejore, con lo bien que cuidas de él.

Volví de nuevo el rostro hacia el cristal para contemplar la ciudad. Últimamente, la gente no dejaba de alabar mis esfuerzos y sacrificios para con mi padre, aunque yo no me creía merecedor de halagos, al considerar que hacía lo que cualquiera haría en mi lugar.

—No sabía que ibas a venir esta mañana —comenté.

—Me apetecía venir a darte un achuchón y hacerte compañía, ¿tan mal te parece?

—En absoluto. —Me apreté aún más contra su cuerpo—. Pero Samuel va a venir —le advertí—. Acaba de mandarme un mensaje. —Noté cómo se encogía de hombros como si la cosa no fuera con él—. Pensé que preferirías no tener que encontrarte con él.

—¡Bah! Da igual. Tampoco es como si pudiéramos seguir evitándonos toda la vida. No me voy a ir solo porque él vaya a venir.