A través del sexo. La saga completa 11. Padres con beneficios #6
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11. Padres con beneficios #6

Asentí, entendiendo lo que quería decir, y entramos en la habitación, donde me encontré una curiosa estampa.

La cama más cercana a la puerta estaba ocupada por un anciano aquejado de su tercer ictus, pero que no dejaba de parlotear con su nuera, que, sentada en el sillón que había junto a la cama, le aguantaba con estoica expresión.

Mi padre estaba tumbado en la segunda y última cama, y miraba a su alrededor con cierto aturdimiento, como si el continuo hablar del viejo le confundiera.

Pablo estaba de pie, junto a la ventana, toqueteándose con cierto nerviosismo el foulard que llevaba al cuello e intentando hacerse invisible, mientras que mi madre y Moisés cuchicheaban junto a la cortina que daba una pátina de intimidad a los pacientes, separando visualmente los dos ambientes de la habitación.

Al entrar, seis pares de ojos se posaron en mí, pero yo solo me centré en los de mi padre. Había miedo en ellos, incertidumbre, y también ganas de saber lo que estaba pasando y la intensa necesidad de que no le dejáramos al margen. Me senté en la cama junto a él y le miré.

—Papá —le dije—, el médico cree que un émbolo te ha provocado el ictus, y quiere saber si alguna vez has tenido arritmias, o palpitaciones, o algo así.

—No —dijo con la voz pastosa, a la vez que hacía un vago movimiento de cabeza que interpreté como una negación.

—Creen que tienes un soplo en el corazón, que no te ha dado síntomas hasta ahora, pero quieren hacerte más pruebas para estar seguros —le expliqué—.

Pero no te preocupes —añadí a continuación—, te vas a poner bien.

—La alternativa, que tuviera secuelas irreparables para el resto de su vida, era una posibilidad que todavía no estábamos preparados para afrontar y, por lo tanto, preferí no decir nada al respecto.

Mi padre hizo un nuevo y descoordinado movimiento de cabeza, que esta vez interpreté como un asentimiento.

En ese momento entró Lola. Se había lavado la cara para intentar borrar los signos del llanto, pero solo lo había conseguido a medias. Sus ojos seguían algo enrojecidos e hinchados, pero sonrió en dirección a mi padre en cuanto le vio.

—Alguien tendrá que quedarse con él esta noche —dijo Moisés.

—Me quedaré yo —dije con determinación, mirando con ternura a mi padre.

—Si quieres, me quedo yo —dijo Lola, con la voz débil y temblorosa.

—No, vete tú a casa, que estás agotada.

—Yo también puedo quedarme —dijo Moisés.

—Me quedaré yo —insistí—. No deberíamos estar todos aquí dentro, hay demasiada gente en la habitación —dije poniéndome en pie—. Pablo, acompáñame a tomar un café.

—Pues yo estaba pensando en ser quien se quedara esta noche —oí a mis espaldas nada más salir de la habitación.

Mis hermanos me habían seguido hacia el pasillo, y me di cuenta de que Moisés estaba buscando riña.

—Ya te he dicho que me quedaré yo —repetí, testarudo, mirando a mi hermano con fijeza. Puede que pesara veinticinco kilos más que yo, y que fuera al menos diez centímetros más alto, pero no iba a dejar que volviera a amedrentarme.

—También es mi padre, ¿sabes? —dijo.

—¿Sí? Pues cualquiera lo diría, con lo poco que le vas a ver.

—Eso no es asunto tuyo. —Dio un paso hacia mí, en actitud amenazante, y reprimí el impulso de dar un paso hacia atrás.

—Sí que lo es. Al fin y al cabo, no le vas a ver porque no te gusta que «esté de parte del marica» —le dije con desprecio—. Tienes un hermano gay, Moisés. Supéralo.

Dio otro paso en mi dirección, casi como si quisiera cargar contra mí, y esta vez sí que reculé hasta chocar con Pablo, que estaba justo a mi espalda, pero Aarón se puso en medio de los dos.

—Este no es el momento ni el lugar —dijo con calma. Me lanzó una mirada de advertencia, y luego otra a mi hermano.

—¿Qué? —dijo él—. ¿Y ahora le defiendes?

—Vaya, mira —dije burlón mientras sentía que Pablo se ponía en tensión detrás de mí—, otro que se pone de parte del marica.

—¡Noah! —ladró Aarón. Ya le debía de estar costando lo suyo contener a Moisés como para que yo metiera más cizaña—. Ya basta.

Respiré hondo y asentí. Por mí era suficiente. Miré hacia Moisés, que estaba siendo tranquilizado por su gemelo. Apretó sus mandíbulas en un gesto lleno de rabia, pero también asintió.

—Noah se quedará esta noche —dijo. Antes de que Moisés pudiera protestar, añadió—: Ya te quedarás tú mañana, o pasado. Tranquilos, todos tendremos nuestra oportunidad de probar ese sillón tan cómodo.

Mi hermano tenía razón, y al cabo de una semana, todos tendríamos la espalda rota de dormir en el desvencijado sillón que estaba junto a la cama de nuestro padre. Sin una palabra más, Moisés volvió a entrar en la habitación, dando la discusión por terminada.

—No se lo tengas en cuenta —me dijo Aarón—, está muy nervioso.

—Ya, como todos. Él no sabe que tú y yo nos hemos estado viendo, ¿verdad? —le solté.

—No, no se lo he dicho. Ni a mamá tampoco —confesó.

—Qué vergüenza que sepan que te llevas conmigo, ¿eh? —le dije con acritud, dispuesto a descargar toda mi mala hostia del día con él—. Anda, Pablo, acompáñame a casa. Hay un par de cosas que necesito recoger para pasar la noche.

Cuando un poco más tarde volví al hospital, mi madre y mis hermanos ya se habían ido. La televisión de pago que pendía de la pared estaba encendida, pero nadie parecía hacerle caso. Lola estaba sentada junto a mi padre, y le susurraba al oído con ternura cuando yo entré en la habitación.

—¿Seguro que te quieres quedar esta noche? —me preguntó ella al verme entrar—. De verdad, que a mí no me importa.

—Estoy seguro, después de que casi me pego con mi hermano por eso.

—¿Qué?

—Nada, cosas mías —mascullé. Me acerqué a mi padre, que me miraba callado, y le di un beso en la frente. Él era tan dolorosamente consciente de su afasia que apenas se atrevía a hablar, pero en sus ojos vi que había mil cosas que quería decirme—. Vete a descansar tranquila —le dije a Lola.

Ella se puso en pie y le dio un último beso a mi padre; mientras tanto, yo dispuse en el sillón unas mantas y una almohada que había traído de casa, preparándolo para pasar la noche en él y contrarrestar el frío que hacía ahí dentro a causa del intenso aire acondicionado.

Mi padre me miró de manera pensativa, con los ojos llorosos y agradecidos.

Por esa mirada hubiera estado dispuesto a pegarme con quien fuera.

—No me mires así, y no se te ocurra darme las gracias —le dije fingiendo ligereza—, me quedo contigo porque eres mi padre. No le des más vueltas.

—Es mi beneficio —dijo. Asentí aunque no entendí bien qué quiso decir. La afasia hacía que a veces confundiera las palabras.

—Sí —le respondí—. Tu beneficio. Sigue viendo la tele, anda —dije. Me senté en el sillón, me arrebujé como pude entre las mantas y me puse a ver la tele con él. Para cuando se acabó la moneda y el aparato se apagó, él ya se había quedado dormido.

Apagué la luz auxiliar, le tapé con la sábana y me dispuse a dormir.

Pero a pesar de lo agotado que estaba, no pude hacerlo.

Me quedé despierto un buen rato, tumbado en el sillón y tapado con la manta, mirando por la ventana el ir y venir de los coches ahí fuera.

La vida seguía igual, y no se paraba porque un puñado de personas estuvieran allí dentro, en ese edificio, enfermos y sufriendo.

Reflexioné en lo rápido que se pueden escapar la vida y la salud y pensé en qué le pasaría a mi padre, y en qué secuelas podría tener.

Pensé en Lola, yéndose a casa sola, atormentada por ver sufrir de esa manera a la persona a la que más quería.

Pensé en mis hermanos, en lo injusto que había sido Moisés conmigo y en lo injusto que yo había sido con Aarón, pero, sobre todo, y aunque parezca mentira, pensé en David y en las terribles ganas que tenía de que me estrechara entre sus brazos, sintiendo que eso era lo único que podría darme consuelo y ayudarme a dormir.

Al final, un leve pitido de mi reloj de pulsera me avisó de que era medianoche.

Cerré los ojos, decidido a dormir, pero mi cabeza seguía negándome un descanso que necesitaba enormemente.

Oí la puerta abriéndose y constaté que era un enfermero el que entraba, quizás haciendo la ronda.

Era alto, fornido, y en la semioscuridad de la habitación vi que llevaba una perilla y el pelo largo, atado en una coleta en la nuca.

Se acercó a mi padre, le tomó el pulso y le cambió la botella de suero.

Luego se acercó a la ventana, y durante unos segundos, miró por ella.

Cerré los ojos, repentinamente temeroso de que él supiera que le había estado observando, pero los volví a entreabrir y le espié entre mis pestañas.

Le vi apoyar la frente contra la ventana y poner su enorme mano sobre el cristal, mirando con añoranza hacia el exterior.

Quizás él estuviera teniendo los mismos pensamientos que yo tenía un rato antes, o quizás era solo que ansiaba terminar su turno y salir a ese mundo que aprehendía con sus ojos oscuros, pero un segundo después se apartó de la ventana.

Cerré los ojos de nuevo y le oí caminar por la habitación, muy cerca de mí.

Pensé que estaría atendiendo a mi padre, así que casi me sobresalté cuando sentí unas cálidas manos aferrando la manta con la que me cubría, y subiéndola hasta mi barbilla, arropándome con inusitada dulzura.

Abrí los ojos y vi al enfermero frente a mí.

Nos miramos un segundo en aquella oscuridad, ambos sorprendidos, hasta que él hizo un leve asentimiento y, aparentemente azorado, salió de la habitación tan silenciosamente como había entrado.

Volví a arrebujarme entre las mantas y cerré los ojos, aún impregnado de la ternura de aquel espontáneo gesto, y antes de que me diera cuenta, me había quedado dormido.