11. Padres con beneficios #5
Todos mis conocimientos sobre anatomía y fisiología humana me gritaban que algo terrible debía de haberle pasado a mi padre.
Giré el rostro para mirar a Pablo, que esbozaba una expresión de total preocupación.
A lo mejor ni siquiera había que tener conocimientos científicos para darse cuenta de eso.
—¿Qué te han dicho los médicos? —le pregunté.
—¡Nada! —exclamó ella, aparentemente exasperada—. Que le están haciendo pruebas.
—Seguro que no es nada —susurró Pablo.
Lola asintió y luego me miró.
—He llamado también a tus hermanos —dijo a modo de advertencia.
No había pensado en eso, pero mis hermanos tenían el mismo derecho que yo a estar ahí. Asentí.
—Hiciste bien —le aseguré.
En ese momento, un hombre vestido de blanco se asomó a la puerta de la sala de espera.
—¿Familiares de Carlos Estévez? —preguntó. Nos apresuramos a ir a donde estaba y nos dijo—: El médico quiere hablar con uno de vosotros, para informarle.
Lola me miró dubitativa.
—¿Quieres ir tú?
—No, vete tú —le dije.
Ella asintió, agradecida, y se fue con el celador.
—¿Cómo estás, cariño? —me preguntó Pablo.
Suspiré como toda respuesta, no sabiendo muy bien qué decir, y justo entonces vi llegar a mis hermanos. Mi madre venía con ellos.
—Mira —le dije a Pablo, señalando hacia ellos con un gesto de mi cabeza.
—¿Son quienes yo creo que son? —preguntó, mirándolos con curiosidad.
Yo le había hablado de los gemelos, pero él nunca los había visto.
—Sí —respondí.
No veía a mi madre ni a mi hermano Moisés desde hacía casi dos años, y encontrármelos en aquellas circunstancias no era precisamente tranquilizador.
Los tres se acercaban a mí, y dos de ellos me miraban con reservas, lo que me hacía intuir que se debían de sentir con respecto a mí como yo me sentía con respecto a ellos.
Solo mi hermano Aarón me sonrió con cierta familiaridad y, al llegar a mi altura, me abrazó.
Me separé de mi hermano y miré a las personas que estaban tras él. Mi madre mantenía una expresión de estudiada indiferencia; en contra, mi hermano Moisés me miraba casi con animosidad.
—Hola —les dije, no queriendo parecer descortés.
Mi madre rehusó mi mirada, muy digna, y mi hermano Moisés me hizo un leve gesto de asentimiento a modo de saludo. Al menos, pensé, ya no parecía querer pegarme.
—¿Qué ha pasado? —dijo Aarón.
—No lo sé —respondí—. No sé muy bien qué ha pasado, pero no pinta nada bien. —Aarón me miró apesadumbrado y añadí—: Lola acaba de entrar para hablar con el médico.
—¿Esa mujer? —preguntó mi madre con antipatía.
La fulminé con la mirada. No nos hablábamos en dos años, ¿y lo primero que me decía era eso?
—Sí, esa mujer —le dije—. La mujer de la que mi padre está enamorado, sí, esa misma.
Pablo me puso una mano sobre el hombro.
—Tranquilo —me susurró.
Mi familia pareció percatarse de su presencia por primera vez y le miraron con curiosidad y diversos grados de simpatía.
Aarón le sonrió abiertamente, pues había oído hablar mucho de mi amigo Pablo; mi madre le miró de hito en hito, quizás no sabiendo qué pensar de él y su estrafalario aspecto.
Moisés también le miró, pero con abierta hostilidad.
—Tú debes de ser Pablo —dijo Aarón con cordialidad, haciendo un verdadero esfuerzo para diluir la tensión del momento.
Pablo le estrechó la mano que le ofrecía y luego me pasó un brazo por los hombros, atrayéndome hacia su cuerpo en actitud claramente protectora.
—¿Y tú qué miras? —le espetó a mi hermano Moisés.
Este fue a responderle, pero justo entonces vi que miraba por encima de mi hombro a algo que estaba detrás de mí.
Me giré y vi a Lola, que volvía a la sala de espera llorando abiertamente.
El celador que la había acompañado hacia el interior la acompañaba de nuevo, y ella se aferraba a su brazo como si temiera desplomarse en cualquier momento.
Me apresuré a llegar donde estaba y, al verme, se abrazó a mí con desespero.
—Ha sufrido un ictus —lloró contra mi hombro.
Mi madre se apartó de nosotros, llevándose las manos a la boca, pero mis hermanos, confundidos, me miraron mientras Lola se desahogaba entre mis brazos.
—¿Qué significa eso, Noah? —preguntó Aarón, claramente consternado por la actitud de Lola y de nuestra madre.
—Un infarto cerebral —le dije. Los miré a ambos antes de seguir—: Papá ha sufrido un infarto cerebral.
En apenas unas horas, mi padre estaba instalado en su habitación, en el ala de accidentes cerebrovasculares de la unidad de neurología.
—¿Su padre ha tenido alguna vez algún problema cardiaco? ¿Alguna arritmia? —nos preguntó el médico.
Lola, Aarón y yo hablábamos con el neurólogo de guardia en el pasillo, frente a la habitación en la que mi padre estaba instalado. Los miré antes de contestar:
—No, no que nosotros sepamos —dije.
Ellos negaron con la cabeza, igual de confusos que yo.
—El electrocardiograma refleja una pequeña arritmia, y se escucha un soplo a la auscultación, por eso hemos llamado a un cardiólogo. La ecocardiografía muestra un foramen oval permeable.
—¿Eso qué es? —preguntó Lola con ansiedad.
—Es una… —El médico pareció confuso, como si no supiera cómo explicar eso llanamente—.
Es una comunicación entre las aurículas, con la que todos los bebés nacen, pero que se cierra tras el nacimiento, salvo en algunas personas.
Esto lo ha tenido siempre, pero no ha dado síntomas hasta ahora.
Eso explicaría el embolismo que ha causado el ictus, pero aún no estamos seguros.
¿Ha tenido mucho estrés últimamente? ¿Algún problema familiar, quizás? —aventuró.
—Bueno… —dijo Aarón—, quizás ha estado algo estresado, desde su ascenso…
Mi padre había sido ascendido recientemente a jefe de redacción, un puesto que él siempre había anhelado, pero que le estaba provocando más de un quebradero de cabeza. El médico asintió.
—¿Se queja a menudo de dolores de cabeza, mareo, palpitaciones…?
—Ahora que lo dice, sí —dijo Lola—. Últimamente le dolía la cabeza y… —Se llevó las manos a la boca—. Debí haberme dado cuenta.
—No te sientas culpable —le dije—, ¿quién iba a pensar que le pasaría algo así? —Y sin embargo, yo mismo me sentía culpable, al pensar que no le había hecho demasiado caso a mi padre últimamente.
—Está bien —dijo el médico—. Ya hemos iniciado el tratamiento anticoagulante, pero todavía hay que hacer varias pruebas antes de estar seguros del todo. Habrá que hacer un TAC craneal de control.
—¿Y qué pasará con él ahora? —preguntó Lola, angustiada.
Mi padre estaba consciente y aparentemente orientado, pero la sintomatología que presentaba parecía indicar que el ictus había afectado a ciertas áreas que afectaban a su lenguaje. Además, tenía el lado izquierdo de la cara paralizado y no podía mover la mano derecha ni tenerse en pie.
—Es difícil saber ahora mismo cómo será su evolución —dijo el médico con calma—, ni saber si tendrá o no secuelas permanentes.
—Lola sollozó al oír eso y se alejó de nosotros.
A mí se me encogió el estómago, pero tanto mi hermano como yo nos quedamos donde estábamos—.
En todo caso —continuó hablando—, seguramente tendrá que hacer rehabilitación.
Le di las gracias al médico y me acerqué a Lola.
—Tienes que intentar tranquilizarte —le dije—, no puedes dejar que mi padre te vea así.
Ella asintió y respiró hondo.
—Tienes razón. Mejor voy al baño a lavarme la cara.
Aarón y yo la vimos alejarse.
—¿Crees que se pondrá bien? —preguntó mi hermano con una ansiedad casi infantil.
Me encogí de hombros.
—Ya has oído al médico. Eso depende. Y tendrá que hacer rehabilitación cuando supere esto, y… —Se me rompió la voz y negué con la cabeza—. A ver quién es el guapo que le dice que a lo mejor no va a volver a trabajar nunca.
Mi padre adoraba su trabajo, adoraba escribir, adoraba investigar y adoraba estar en la redacción.
Tenía una concepción idealista y romántica del periodismo, a pesar de los años que hacía que estaba en la profesión, y a veces hablaba con pasión del estrés de la redacción, del sonido de la rotativa y del olor a tinta recién impresa. Se me hizo un nudo en la garganta.
—No llores, enano —dijo mi hermano, mirándome con atención—, o me harás llorar a mí también. —Asentí despacio, dándome cuenta por primera vez de lo cerca que había estado de romper a llorar—. Además, creo que deberías ser tú —dijo al final mi hermano.
—¿Qué? —pregunté, no sabiendo a qué se refería.
—Quien le diga lo que haya que decirle. Creo que deberías ser tú. Al fin y al cabo, eres su hijo favorito.
—Papá no tiene hijos favoritos —salí en su defensa.
—Oh, sí que los tiene, y mamá también, que si lo sabré yo…
El favorito de mamá es Moisés, el favorito de papá eres tú —dijo con un leve encogimiento de hombros—.
No, no me mires así, no pasa nada, al fin y al cabo, es por una pura cuestión de afinidades: eres igual que papá, física y mentalmente, salvo por… ya sabes.
—Por lo de ser marica —dije por él.
—Sí, eso mismo. Pero supongo que es lógico que él sienta más afinidad contigo que conmigo o con Moi.
Me parece que te va a tocar todo ese rollo de ser el portavoz de la familia.
Además, no es solo por eso: Lola está desquiciada, y mamá…
Bueno, mamá es como es, y si la dejamos, querrá encargarse de todo, y solo conseguiremos que a papá le dé otro patatús. Y Moisés y yo…