A través del sexo. La saga completa 11. Padres con beneficios #4
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11. Padres con beneficios #4

—Pues lo es, o debería serlo. Al menos yo lo siento así. —Me miró con los ojos emocionados—, yo no sería capaz de enfadarme con mi hijo por ser quien quiera ser.

—Eso es lo que siempre me dice mi padre —le confesé. Quizás la tremenda decepción que había sido el rechazo de mi madre era paliado en parte por el inmenso alivio que suponía tener a mi padre a mi lado—. Y entonces, ¿qué esperas tú de tu hijo? —le pregunté.

—Que sea feliz —dijo, mirándolo con adoración—. Que sea un buen hombre, que tenga una vida plena, que encuentre el amor, pero, sobre todo, que sea feliz, el resto no me importa. Ahora sé que nunca podré ser como mi padre, y darme cuenta de eso ha sido tremendamente curativo.

Ladeé la cabeza y le miré con ternura.

—¿Quién eres tú y qué has hecho con David?

Me miró consternado.

—¿Qué?

—Tú nunca has sido así antes —le dije—, nunca te ha gustado hablar de ti mismo, ni de tu pasado, y ahora me cuentas todo esto… No es que me esté quejando, claro está, pero es que…

—Tú mismo lo has dicho hace un momento, Noah —sonrió—. Este niño me ha cambiado.

Cuando me desperté al día siguiente, era casi mediodía.

Había salido de casa de David ya de mañana, después de haber estado largo rato hablando con él.

Dejamos al niño dormir a nuestro lado, nos terminamos la botella de vino y charlamos hasta que el amanecer nos había sorprendido.

No fue hasta que me metí en mi cama, dispuesto a dormir, cuando me di cuenta de que ni siquiera habíamos pensado en terminar lo que habíamos dejado a medias.

Me sentía extrañamente contento, quizás sintiendo que había conseguido conectar con David a un nuevo nivel, y que a lo mejor lo de ser amigos no era una quimera tan irrealizable, al fin y al cabo.

Lo sentía por él, por su corazón roto, por su nueva responsabilidad, pero también me alegraba ver el cambio que se había operado en su carácter, cómo ahora ya no se cerraba tanto, cómo ya no temía mirar atrás y aceptar determinados hechos de su vida, cómo se evidenciaban las ganas locas que tenía de vivir, de disfrutar de su hijo, de enamorarse otra vez.

Pero para eso, me dije, aún debía pasar un tiempo.

Antes de que él fuera capaz de darle su corazón a alguien, debía recomponer los pedazos que le habían quedado.

Hacía bien en no querer nada romántico por el momento, decidí, eso solo serviría para confundirle.

Me levanté de la cama y me dirigí a la cocina, guiado por el olor a comida.

Pablo estaba enfrascado allí, preparando unos macarrones con tomate y tarareando una estúpida canción de baile.

Me acerqué por detrás y, con actitud sigilosa, metí los dedos en un humeante plato de patatas fritas, con la secreta esperanza de coger alguna de ellas, esperanza que quedó rota cuando una espumadera de plástico golpeó el dorso de mi mano, obligándome a separarla del plato.

—Las manos fuera —me dijo Pablo al pillarme en pleno intento.

Me retiré escaldado hasta quedar sentado en la mesa de la cocina.

—Buenos días —musité.

—Buenas tardes, querrás decir. Iba a despertarte justo ahora. Pon la mesa, anda.

Puse unos platos y vasos sobre la mesa de madera de la cocina, saqué unos refrescos de la nevera y me volví a sentar. Poco después, Pablo puso en mi plato una generosa montaña de macarrones y unas patatas. Luego se sirvió a sí mismo otra ración algo más abundante y se sentó frente a mí.

—Se te han pegado las sábanas, ¿eh? —comentó como si nada.

—Llegué tarde anoche… o más bien, llegué muy temprano esta mañana.

—Lo sé, te oí llegar. Y dime, ¿lo pasaste bien con el viudito feliz?

—No le llames así —repliqué—, no seas cruel.

—¿Pero lo pasaste bien, o…?

—Lo pasé bien. ¿Y qué hiciste tú anoche? —le pregunté para cambiar de tema. No tenía ganas de explicarle que quizás había tenido razón al decir que nuestra relación estaba entrando en una nueva etapa, pues sabía que se lo tomaría a cachondeo.

—Me fui por ahí —dijo con un encogimiento de hombros. Asentí, entendiendo a qué se refería. Para Pablo, «ir por ahí» significaba ir al Sodoma—. ¿A que no sabes a quién me encontré?

Negué con la cabeza mientras me llevaba comida a la boca.

—A Samuel y a ese chico, ese tal… ¿Cómo se llama, Guille o Borja o…?

—Sabes muy bien cómo se llama —le dije con calma. Él siempre hacía cosas como esas cuando hablaba de su ex y su novio—. No te hagas el tonto conmigo solo porque te cae mal.

—No me cae mal…, es solo que no pegan nada, hacen muy mala pareja. No entiendo qué ve Samy en él.

—Ya —dije, percatándome del hecho de que le había llamado «Samy»—. Supongo que crees que a lo mejor a Samuel le iría mejor con alguien más parecido a ti… —tanteé.

—No, yo no quiero decir eso —se apresuró a aclarar—. Pero son como el agua y el aceite, por mucho que los agites, no se mezclan.

—Pues por lo que Samuel me ha contado, se mezclan bastante bien.

—Se lo dije porque era verdad, pero también para mortificarle, como parte de mi particular venganza por no dejar de meterse conmigo por acostarme con David.

Esperaba que me pusiera mala cara ante el comentario, pero se limitó a asentir.

—Ya me he dado cuenta. Samuel tenía un enorme chupetón en el cuello. Si ese tío le conociera como yo, sabría que no es ahí donde le gusta que le chupen, precisamente.

—Pablo, a todo el mundo le gusta que le chupen en ese sitio.

—No me refiero a la polla, malpensado.

—Ah.

Volví de nuevo mi atención a mi plato de macarrones, con la esperanza de que Pablo decidiera no contarme más detalles escabrosos, y no lo hizo. En cambio, lanzó un sonoro suspiro y apoyó la barbilla sobre su puño, que mantenía el tenedor con un macarrón pendiendo precariamente de su extremo.

—Anoche me metí en una orgía en el cuarto oscuro, ¿te lo puedes creer?

—dijo, como si estuviera hablando consigo mismo.

Dejé mi tenedor en el plato y le miré—. Nos metimos cinco tíos en uno de esos cubículos, no sé muy bien cómo, e hicimos todas las guarrerías que se nos ocurrieron. Y fueron muchas.

—¿Y? —pregunté, presintiendo que toda esa cháchara era algo más que un intento de regodearse de sus logros sexuales.

—Y nada —dijo.

—¿Cómo que nada?

—No me corrí —dijo—. Se me cortó el rollo.

—¿Tuviste un gatillazo? —pregunté con asombro. La capacidad eréctil de Pablo era legendaria y proverbial—. ¿Tú?

—Sí. Yo —dijo, sin el menor asomo de vergüenza—.

No tenía la cabeza donde debía tenerla. Bueno, no lo digo en sentido literal —aclaró—, mi cabeza estaba entre las piernas de un macizorro, así que estaba en el lugar correcto.

Lo que quiero decir es que creo que no estaba pensando en lo que debería estar pensando, sino en otras cosas.

—¿En qué cosas?

—En otras cosas… —dijo, encogiéndose de hombros con actitud evasiva.

—Venga, hombre, no me has contado todo esto para nada, ¿no? —le dije, intuyendo que había algo que quería decir, pero que no se atrevía—. ¿Eso no pasaría justo después de ver a Samuel, verdad? —aventuré.

—Pues sí.

—¿Era en él en lo que estabas pensando?

—No exactamente —dijo. Se llevó el tenedor a la boca para tragar por fin ese macarrón que se aferraba a su extremo—. Pensaba en nosotros.

—¿En nosotros dos o en vosotros dos? —pregunté, algo confuso.

—En nosotros dos —repitió, pero por su tono intuí que se refería a Samuel y no a mí.

—¿Y qué pensabas exactamente?

—Pensaba que…

—¿Qué? —le apremié.

Abrió la boca y la volvió a cerrar, indeciso. Suspiró, y pareció decidido a hablar por fin, pero justo en ese momento sonó el teléfono.

—Yo lo cojo —se apresuró a decir, aparentemente contento, levantándose de la mesa con tanta celeridad que me convencí de que debía sentirse salvado por la campana.

—¡Venga, hombre, dímelo! —exclamé frustrado, sintiendo que Pablo acababa de desperdiciar una oportunidad de oro para soltar lastre emocional.

Pero él hizo caso omiso de mi llamada para acudir a la del teléfono, que estaba en el salón. Seguí comiendo mientras escuchaba su voz de fondo, respondiendo a su interlocutor. Pocos segundos después, sus pasos apresurados se acercaron de nuevo a la cocina.

—Noah… —dijo al irrumpir en ella.

—¿Qué? ¿Ya te has decidido a decirme en qué estabas pensando en mitad de la orgía?

—No, cariño —dijo con voz compungida, a la vez que me tendía el teléfono inalámbrico. Le miré sin entender—. Es Lola. Le ha pasado algo a tu padre.

Cuando llegamos al hospital, una media hora más tarde, no sabíamos nada de lo que había ocurrido. Lola, medio histérica como estaba, apenas había atinado a darme unas someras explicaciones por teléfono.

—¿Cómo que mi padre ha estado haciendo cosas raras? —le pregunté confuso, al no entender sus explicaciones de por qué lo había llevado a urgencias.

—Pues eso, cosas raras… —había repetido ella a través del teléfono—. Ay, Noah —gimió a continuación—, date prisa.

Y eso hice.

Cuando llegamos a la sala de espera de urgencias, vi a Lola frotándose las manos con desesperación. Me acerqué a ella con rapidez, y al oír mis pasos se giró en mi dirección. Tenía los ojos hinchados, el rímel corrido y el pelo revuelto.

—Noah —gimió, abrazándose a mí.

Pablo llegó a nuestra altura y puso una mano en mi hombro. Sentirle detrás de mí me reconfortó enormemente.

—¿Qué ha pasado? —pregunté.

Se separó un poco, lo suficiente para mirarme a los ojos, pero manteniendo sus manos en mis brazos, sujetándose a mí como si necesitara de ese apoyo para mantenerse en pie.

—No lo sé. Estábamos tan tranquilamente en casa, y de repente tu padre empezó a… A balbucear.

—¿Cómo que a balbucear? —pregunté con alarma.

—Pues eso. Empezó a decir cosas que no tenían sentido, y de repente dejé de entender lo que decía.

Era como si estuviera hablando con un niño.

Él debió darse cuenta, porque creo que se asustó.

Pero entonces… No lo sé. El ojo izquierdo se le puso raro, como si no lo pudiera abrir, y no podía mover la mano derecha.

¡La mano derecha! —repitió, abrazándose a mí de nuevo.