A través del sexo. La saga completa 11. Padres con beneficios #3
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11. Padres con beneficios #3

El niño seguía mordisqueando su juguete, ajeno tanto a nuestra charla como al hecho de habernos interrumpido involuntariamente con su inoportuno ataque de llanto, pero David, consciente de lo que habíamos dejado a mitad, me miró apesadumbrado.

—Lo siento —dijo.

—No pasa nada. —Miré a su entrepierna, cuya dureza había cedido por completo mientras calmaba a su hijo, y suspiré. Mi propia excitación había caído en picado nada más oír el llanto del niño, y ahora mismo, delante de él, me parecía casi un sacrilegio pensar en determinadas cosas.

—Voy a tardar un rato en volver a dormirle.

—¿Quieres que yo…? ¿Prefieres que me vaya?

—No, quédate. Bueno…, si quieres, claro.

De repente, los dos nos sentíamos torpes, como unos adolescentes tras su primera vez. Sonreí para diluir un poco la tensión.

—Claro que quiero.

—Espérame en el salón y sirve un par de copas, ¿quieres?

—Está bien.

Volví al dormitorio en busca de mis pantalones y me los puse, luego me dirigí a la cocina, abrí la nevera y elegí un vino tinto que ya estaba abierto.

Cogí dos copas y la botella, y volví al salón, que estaba a oscuras.

Encendí una lámpara de pie, cuya tenue luz iluminaba lo justo para no tropezarme, pero no lo suficiente como para deslumbrar mis ojos, acostumbrados a la relativa oscuridad.

Poco después llegó él. Había vuelto a vestirse, y llevaba al niño en brazos, que, despierto, aún tenía su mordedor en la boca.

Sus ojos todavía estaban enrojecidos a causa del llanto, pero no parecía que fuera a echarse a llorar de nuevo.

—¿No se ha dormido aún? —pregunté.

—No. Ya te dije que esto iba para largo. —Se sentó en el sillón a mi lado y se sirvió una copa. El niño estaba sentado sobre su regazo y me miraba de reojo.

—¿Y ahora qué hacemos?

—Charlar —contestó él con naturalidad—, hasta que se aburra y se quede dormido.

—¿Siempre le duermes a base de charlas? —bromeé.

—Generalmente a base de nanas, pero hoy eso no va a funcionar. Está extrañado porque estás tú aquí.

—Ya. —Miré de nuevo al niño, que no apartaba sus ojos de mí. Hice ademán de acercarme, pero volvió a retraerse como había hecho antes, aferrando con su regordeta mano la camisa de su padre.

—No te lo tomes como algo personal —dijo David ante la actitud de su hijo.

—No, claro que no. —Cogí mi propia copa y degusté la bebida mientras me estrujaba el cerebro en busca de un buen tema de conversación.

La verdad era que David y yo no solíamos hablar, precisamente.

Él venía a verme con el tiempo tan justo que solo teníamos el suficiente para un polvo y un rápido intercambio de información.

Nos contábamos cómo nos iba, qué habíamos hecho ese día y cuándo nos volveríamos a ver.

Nada más. A veces había deseado tener tiempo para preguntarle cómo estaba, interesarme por sus sentimientos, hacerle saber los míos y compartir con él algo que no fuera un poco de fluidos corporales y la manida cotidianeidad de nuestra vida diaria, pero ahora que le tenía sin límite de tiempo y con la posibilidad de hablar cuanto quisiera, no se me ocurría qué decirle.

Me giré hacia él y le descubrí mirándome con una duda en los ojos, quizás la misma que yo tenía en aquel momento.

—¿Cómo estás? —preguntó al final, con la voz llena de calma y de una ternura que me pilló de improviso.

Supe que esa pregunta, que tantas veces había él formulado como parte de nuestro acostumbrado saludo precoital, tenía esta vez una intención muy distinta que la mera cortesía. Una intención más sincera y profunda.

—Bien —respondí con parquedad. Bajé la mirada hacia mi copa de vino pensando en qué más podía decirle. Era verdad que estaba bien, pero también lo era que había cosas de las que quería hablarle—. Y tú, ¿cómo estás?

—Bien —respondió—. Mejor —puntualizó.

Íker apoyó la cabecita sobre el hombro de su padre y entrecerró los ojos, mordisqueando aún su juguete con aire ausente.

David le rodeó la espalda, incitándole a recostarse sobre él y arrullándole con suaves palabras.

Tras ellos, en la cómoda que había justo al lado de la entrada, podía ver un marco de madera lacada con una fotografía de Lorea.

No importaba que David dijera que estaba mejor, la idea de esa mujer seguía suspendida en aquella casa, en sus fotos, en los ojos del niño que iba quedándose dormido, en la alianza que David aún se empeñaba en lucir.

—¿Puedo hacerte una pregunta personal? —dije al fin.

—Sí.

—¿Por qué no te has quitado la alianza?

Sonrió levemente.

—Me preguntaba cuánto tiempo tardarías en querer saber eso.

—¿Es porque aún la quieres? —musité.

—No, no es eso, es algo más complicado —dijo antes de dar un sorbo a su copa.

Yo no dije nada y él continuó—: Sé que los juramentos que le hice cuando nos casamos ya no están en vigor, porque, bueno…

—titubeó—, la muerte ya nos ha separado y todo eso.

—Se encogió de hombros—. Y también sé que ya no tengo el deber de llevar esta alianza, pero creo que tampoco tengo el derecho a quitármela.

—¿Por qué? —pregunté con calma, no con la intención de juzgarle, sino con la de entenderle.

—Lorea murió siendo mi esposa. —Me miró con intensidad—. Ella… —Dudó un segundo—. Ella fue incinerada llevando puesta su alianza de boda. Creo que debo seguir llevando la mía porque, de algún modo, ella se lo merece.

—¿Y qué pasará cuando vuelvas a enamorarte, cuando quieras casarte de nuevo, por ejemplo?

—No creo que me enamore de ninguna otra mujer —negó categóricamente.

—Pero quizás sí de otro hombre —aventuré—, y podrías casarte con él algún día si la legislación lo permitiera. ¿Qué pasaría entonces?

—La verdad es que no lo sé. No creo que sea capaz de quitármela nunca —afirmó, acariciando la alianza con el pulgar en un gesto que se había vuelto instintivo para él.

—Pues no me parece justo —susurré.

Sus ojos relampaguearon.

—¿Qué quieres decir?

—Perdona que te lo diga, pero… —titubeé—, no creo que sea buena idea que le recuerdes a nadie que tiene que competir con el amor de tu vida.

Negó levemente con la cabeza.

—Yo no pretendo que nadie compita con su recuerdo. Lo que pasa es que… —Apretó aún más al niño contra su pecho—. Lorea dio a luz a mi hijo, y lo hizo a costa de su propia vida. Eso es algo que no voy a poder olvidar mientras viva.

Besó la frente de su hijo.

—¿Lo haces por tu hijo, entonces?

—Quiero que él sepa la madre que tuvo, quiero que sepa quién era ella, y lo mucho que lo hubiese querido de haber vivido el tiempo suficiente para conocerlo, y también quiero que sepa que yo la quería, así que sí, supongo que lo hago por eso.

Miré de nuevo al niño, que se había quedado por fin profundamente dormido.

Su manita colgaba junto al costado de su padre y el mordedor de plástico había caído al sillón.

David reacomodó su postura, tumbándolo y arrullándolo entre sus brazos, y yo me acerqué a él y toqué levemente la piel de su frente.

Tenía una suavidad maravillosa, casi sobrenatural.

—Este niño te ha cambiado —le dije.

—Este niño me ha curado —dijo él—, en muchos aspectos. —El sutil trazo de su sonrisa ladeada se insinuó en sus labios —. Nunca pensé que tener un hijo pudiera ser tan… beneficioso para la salud mental.

Sonreí.

—Supongo que te ha puesto las cosas más fáciles a la hora de… Bueno, ya sabes, de superar lo de Lorea.

—Sí —dijo él—, a veces solo por la sencilla razón de que mientras me ocupo de él no tengo tiempo de pensar en otras cosas. Pero no es solo en eso en lo que me ha ayudado. ¿Sabes? —susurró, mirando a su hijo—. Tener a Íker me ha hecho reflexionar sobre algunas cosas.

—¿Qué cosas?

—Mi relación con mi padre, por ejemplo —dijo—. Ahora que yo mismo soy padre, no puedo entender su actitud con respecto a mí, no puedo entender cómo un padre puede despreciar a su hijo como él me despreció a mí.

—¿Te refieres a cuando descubrió que eres gay?

—No, no me refiero solo a eso. —Bebió de nuevo de su copa, antes de sincerarse conmigo—. Desde mi infancia no he sido más que una constante fuente de decepciones para él, nunca fui el hijo que quiso tener.

—¿En qué sentido?

—En todos los sentidos —sonrió sin alegría—. Quería que fuera como él, y siempre intentó cambiarme, moldearme, inculcarme sus valores. Decía constantemente: «Maximiliam, tienes que…».

—¿Quién es Maximiliam? —pregunté.

David pareció descolocado un momento.

—Pensé que lo sabías. Maximiliam es mi segundo nombre.

—¿En serio? ¿Te llamas David Maximiliam? —reí.

—Sí, y no me hace ninguna gracia —dijo, con una acritud que me borró la sonrisa de golpe.

Suspiró y me miró con una disculpa en los ojos—.

David es el nombre que me puso mi madre —me explicó—, Maximiliam es el que me puso mi padre, y él siempre, siempre —puntualizó—, me ha llamado así.

Él quería que yo fuera Maximiliam Van Kerckhoven —dijo con ironía—, un hombre fuerte, ambicioso, despiadado, heterosexual —puntualizó—.

Pero en cambio me tuvo a mí, un chiquillo flacucho y asmático que prefería hablar el español en vez del alemán, con talento para la música y gusto por la poesía, demasiado parecido a su madre para ser un tiburón de los negocios.

—Bufó—. Que resultara tener una sexualidad un tanto desviada fue solo la gota que colmó el vaso, pero mis relaciones con él nunca han sido precisamente buenas.

—Se encogió de hombros levemente, como si se quisiera disculpar por ser quien era—.

A veces pienso: «Que se joda», pero otras veces, aun ahora que soy un adulto, me siento mal por no…

Por no haber podido cumplir sus expectativas. Es una tontería.

—No, no lo es. Yo me siento así con respecto a mi madre —le dije—.

Hace casi dos años que no me hablo con ella y, aunque sé que no tengo la culpa de ser como soy, a veces me siento culpable por ello.

Recuerdo que al principio me sentí defraudado —sonreí—, cuando comprendí que el amor maternal no es ese amor eterno y desinteresado que te cuentan.