A través del sexo. La saga completa 11. Padres con beneficios #2
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11. Padres con beneficios #2

Me dirigí a la cocina y él me siguió como una sombra, pero no se lo impedí.

Pablo y yo habíamos cogido de nuevo el ritmo de nuestra relación a medida que él dejaba de comportarse como un capullo resentido.

Lo único por lo que seguíamos discutiendo era por las visitas de David a casa, y él no desaprovechaba ninguna oportunidad de expresar lo mucho que desaprobaba nuestra relación, metiéndose con David de las más variadas formas posibles.

Al final, mi amante comenzó a responder a las provocaciones de mi amigo, y sus discusiones eran tan violentas que empecé a temer que llegaran a las manos.

Fue entonces cuando le exigí a Pablo que se alejara de David y no se dejara ver mientras él estaba en casa.

Así conseguí que no se metiera con él, pero no que dejara de meterse conmigo cada vez que se marchaba.

—De todas maneras, ya se ha ido, ¿no? Así que ya puedo salir de mi encierro. Ni siquiera sé por qué me sigues imponiendo esa estúpida norma, ya llevo así varias semanas.

—Perdona, pero no te he oído bien —dije llevándome una mano al oído, fingiendo que quería escuchar mejor—. ¿Cuántas veces dijiste que te has disculpado con David por portarte como un capullo integral?

—¿Disculparme? ¿Yo? ¿Con ese follaculos de pacotilla? Ni en broma —respondió altanero.

No pude evitar sonreír.

—De verdad, cómo eres —dije, negando con la cabeza.

Me abrazó desde atrás, colgándose de mis hombros.

—No te quejes, no te gustaría tanto si fuera de otra manera —dijo.

Le sonreí por encima del hombro, en eso tenía razón.

Los meses pasados habían conseguido devolverle a Pablo el carácter desenfadado de siempre, aunque aún demostrara de tanto en tanto un rastro de amargura—.

Además, estoy seguro de que si algún hipotético día David y yo nos llevásemos bien, implosionaría el universo. Lo hago por el bien de la humanidad.

—Ya, claro. —Me separé de él y abrí la nevera, en busca de algo comestible.

—¿Y qué tal ha ido?

—¿Qué tal ha ido el qué? —pregunté distraído mientras sacaba los ingredientes para preparar la cena.

—Eso por lo que David viene aquí tan a menudo.

—¿Te refieres al sexo? —inquirí asomando mi cabeza por encima de la puerta de la nevera.

Asintió y yo cerré la puerta del electrodoméstico antes de poner sobre la encimera los ingredientes que había seleccionado.

—¿Estuvo bien?

—El sexo con David siempre está bien.

—Claro, como es don Perfecto…

—No es eso, Pablo, sencillamente es que entre nosotros dos hay ese tipo de química —dije con naturalidad.

Casqué unos huevos sobre un plato y empecé a batirlos, mientras él me miraba con actitud pensativa.

—¿Cuánto tiempo hace que os veis? ¿Tres meses?

—Dos y pico.

—Sabes que acaba de enviudar, ¿verdad?

—Sí, claro, no dejas de recordármelo —sonreí sin alegría.

—No estarás enamorándote de él…

Chasqueé la lengua con impaciencia.

—Si lo que estás intentando decirme es que no debo hacerme ilusiones con respecto a él, no me lo digas, que ya lo sé.

—¿Seguro?

—Seguro —dije con convicción.

—Pero le quieres…

Dejé de batir los huevos y le miré.

—Claro que le quiero… en cierta manera. Pero ya soy mayorcito para entender algo que él me dijo una vez.

—¿El qué?

Volví a batir enérgicamente los huevos mientras recordaba una tarde de verano, ocurrida mil años atrás.

—Que a veces eso no es suficiente.

Pocas veces había hecho uso yo del portero automático del edificio en el que vivía David, pero ese sábado no me quedó más remedio que hacerlo, pues la portería estaba oscura y desierta.

—Te mandaré el ascensor —dijo David como único saludo a través del telefonillo, cuando me abrió el portal.

Me adentré en el zaguán y esperé pacientemente frente a las puertas del ascensor hasta que estas se abrieron.

Entré y pulsé el número quince, junto al cual estaba la llave de seguridad, sin la que no se podía acceder a dicho piso.

Cuando las puertas se abrieron de nuevo ante mí, extraje la llave y la dejé en el mueble del recibidor.

—¿David? —llamé en un susurró.

El salón estaba, al igual que la portería, sumido en la oscuridad y el silencio.

Una tenue luz provenía del pasillo, pero no me atreví a avanzar por temor a meterme donde no me llamaban.

La luz se atenuó un momento cuando una figura se interpuso en su haz, y segundos después vi a David emerger del pasillo llevando a su hijo en brazos, que con la cabeza apoyada en su hombro, parecía dormir.

—Hola —musitó, acercándose a mí, lo suficiente para besarme la nariz.

—¿Está dormido? —pregunté con un hilo de voz.

—Sí.

Miré al niño, que con los ojos cerrados y la respiración lenta y acompasada, parecía no ser consciente de nada de lo que ocurría a su alrededor.

Observé maravillado las suaves y regordetas líneas de su rostro, en las que se intuían tan bien las de su padre, la perfección de su sonrosada piel, la sombra que proyectaban sobre sus mejillas unas largas y tupidas pestañas.

—Qué guapo está —dije con admiración.

David no dijo nada, pero sonrió con autosuficiencia.

—Voy a acostarlo.

Le seguí por el oscuro salón hasta el pasillo, descubriendo entonces que la única luz encendida en toda la casa provenía de la habitación del niño.

Era una lámpara de noche que estaba a los pies de la cuna y emitía una luz opaca y de colores cambiantes.

David depositó con sumo cuidado a su hijo en la cuna, que, al sentir que los brazos de su padre le abandonaban, se agitó incómodo en medio de su sueño.

— Shh —le dijo, arrullándole con su voz, y tapando su cuerpecito con una ligera sábana. El niño se volvió a quedar completamente dormido y David reguló la lámpara, disminuyendo la intensidad lumínica hasta que estuvimos prácticamente a oscuras.

—¿Ya está? —pregunté indeciso.

—Sí. Ya soy todo tuyo —dijo, abriendo sus brazos en cruz en una clara invitación.

Rodeé su cuerpo y le atraje hacia mí. Nuestros labios se encontraron torpemente en aquella relativa oscuridad violeta.

Mientras nos besábamos, la luz tornó a rosa, luego a verde.

La luz azul nos encontró dando trompicones, de camino a la puerta.

Para cuando llegamos al pasillo, el disminuido resplandor de aquella lamparita de colores apenas nos alcanzaba ya.

Avanzamos dando tumbos, arrancándonos la ropa por el camino a su habitación y bebiéndonos los labios con ansia mal disimulada.

Caímos en la cama entre risitas contenidas, temerosos de despertar al niño.

Nos chistamos mutuamente, intentando reprimir nuestras carcajadas y nuestros gemidos, como dos críos temerosos de que un adulto los pillara en medio de un juego prohibido.

Entrelazamos nuestras piernas y nos abrazamos el uno al otro, mientras nuestras bocas mantenían una cruenta e interminable contienda.

Enredé mis manos en su cabello, en su piel, en su sexo, sacándole a su garganta roncos jadeos de un comedido pero trémulo placer.

En aquella incierta oscuridad, sentí cómo su cuerpo se estremecía contra el mío, y enardecido, le probé con mi boca, deleitándome en la dulzura de sus pezones, en la salada humedad de su sudorosa piel, en el sabor, purpúreo y acre, de su intimidad.

Escalé por su cuerpo hasta hallar en la cima la enloquecedora calidez de su hambrienta boca y nos entrelazamos de nuevo, incapaces de seguir esperando el momento de unirnos por completo.

Le abrí el camino que había entre mis piernas, guiándole con manos ansiosas hacia las sinuosas oquedades de mi cuerpo.

Sentí la presión de su carne contra la mía, y me estremecí de anticipación, imaginando ese ariete en mi interior, arremetiendo violentamente contra mis tripas, obligando a mi cuerpo a abrirle el paso, conquistando cada pulgada hasta que me rindiera ante él, en una derrota borracha de placer, pero justo entonces, el niño empezó a llorar.

—Mierda —siseó David, liberándome del peso de su cuerpo, y abandonando la cama con tal celeridad que mi piel se estremeció al no sentir ya su calidez.

Me senté en la cama, aún a oscuras, oyendo unos metros más allá cómo el niño seguía llorando mientras su padre intentaba, infructuosamente, calmarlo.

Cogí mis calzoncillos y me vestí con ellos, recorriendo el sombrío pasillo, que de nuevo mostraba una luminosidad violeta.

Me acerqué al cuarto infantil y, bajo la luz de la lamparita, cuya intensidad David había vuelto a aumentar, vi a Íker, que en brazos de su padre lloriqueaba con la cara congestionada.

Los enormes y expresivos ojos estaban inundados de lágrimas, y su cara estaba mojada y llena de mocos. Sostenía en su manita un mordedor en forma de mariposa, y lo agitaba frustrado, como si ni siquiera eso pudiera ser capaz de consolarlo.

—Ya, cariño, ya pasó. Papá está contigo —le susurraba David, pero el niño no dejó de llorar hasta que sus ojos se posaron en mí.

Entonces, quizás cohibido por mi presencia, lanzó un último y estrangulado sollozo, seguido de un sonoro hipo—.

Mira, ¿quién está ahí? —le dijo David con una sonrisa, siguiendo su mirada, y decidido a usar mi presencia como catarsis para su hijo—.

Pero si es Noah. Dile hola a Noah. —El niño, por supuesto, no hizo nada de eso, pero dejó de llorar y me miró con curiosidad.

La luz había tornado a verde para entonces, y al acercarme vi que esa tonalidad no hacía más que resaltar el increíble matiz de su mirada, cuyo color, amplificado por la luz artificial, parecía clorofila líquida.

—Hola —dije yo a mi vez, acercándome al pequeño casi con miedo.

No era que Íker y yo no nos conociéramos, claro está, pero yo no era una presencia tan constante en su vida como para que él se sintiera familiarizado conmigo.

El niño se llevó por fin el mordedor a la boca para calmar el dolor de sus tiernas encías, a la vez que se retraía levemente, rehuyendo mi contacto, y apretándose aún más contra el pecho desnudo de su padre.

—Está en esa edad, ¿sabes? —me dijo David—. Extraña a los desconocidos.

—Ya.