A través del sexo. La saga completa 11. Padres con beneficios
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11. Padres con beneficios

PADRES CON BENEFICIOS

— N o, espera, un poco más abajo —pedí.

—¿Así? —David reacomodó sus caderas, variando levemente la posición de su polla dentro de mí.

Me apreté más contra su cuerpo, y él obedeció, clavándose en el fondo de mis entrañas.

—Sí, justo ahí… —gemí, al sentirle donde le quería.

Cogió mis caderas con sus manos y, arrodillado entre mis piernas como estaba, volvió a profundizar la penetración y a presionarme en ese pequeño y esquivo punto que me hacía estremecer.

Mi cuerpo se sacudió y sentí que se me erizaba el vello de los brazos—. David…, estoy a punto de correrme.

—Lo sé —leí en el leve movimiento de sus labios. Se inclinó hacia mí, tumbando su pecho sobre el mío para besarme, y bebí de su boca mientras me corría, dejando que mis estertores de gozo fueran a morir al fondo de su garganta.

Al terminar, giró sobre sí mismo, saliendo de mi cuerpo, y cayó de espaldas sobre la cama, cerca de mí. Tenía la respiración jadeante, pero reía contento.

—¿Qué hora es? —preguntó.

Me giré hasta ver el reloj de la mesita de noche.

—Las siete y cinco. Aún tienes diez minutos —añadí.

—Sí… Diez minutos de rigor para un poco de charla intrascendente —bromeó.

Sonreí a mi vez y me giré para mirarle. Hacía ya algo más de dos meses desde que David y yo empezáramos a acostarnos juntos, y ya no llevaba la cuenta de las veces que nos habíamos visto en ese tiempo.

Cada semana venía una o dos veces a mi casa, nos enrollábamos y él volvía a la suya a tiempo de bañarse con su hijo y darle la cena.

Al principio le había puesto a Clara excusas cada vez más peregrinas para quedar conmigo, pero eventualmente ella terminó adivinando que se veía con alguien, y él no vio ninguna razón lógica para negarlo.

Lo único que ella no sabía, claro está, era que esa persona era yo.

—¿Qué tal tu día? —preguntó.

—Aburrido —confesé.

—Es lo que tiene estar de vacaciones.

—Ya —respondí. Los exámenes habían acabado, y estábamos en pleno descanso estival.

Pablo y yo nos dedicábamos a hacer el vago, salir por las noches e ir a la playa.

Samuel estaba viviendo con más intensidad su relación con Jero ahora que ninguno de los dos tenía que estudiar, y Clara se iría a finales de semana a Alemania para visitar a sus padres, pero las vacaciones de David no empezarían hasta el mes siguiente—. ¿Y el tuyo?

—Bien. Bueno, más o menos, como siempre… —masculló sin entrar en muchos detalles. No insistí; si había algo de lo que no le gustaba hablar era de su trabajo.

—¿Y cómo está Íker?

—Precioso —dijo esbozando una enorme sonrisa. De su hijo sí que le gustaba hablar—. Y enorme, deberías verlo. Además, ¿sabes qué? Creo que ayer me llamó «papá».

—¿En serio? —pregunté haciéndome el inocente. Yo ya conocía esa anécdota por parte de Clara, pero no quería quitarle a él el placer de contármela, además de que no me parecía muy acertado estar recordándole a David continuamente la intimidad que tenía con su hermana.

—Sí, aunque estoy casi seguro de que solo fue un balbuceo y que en realidad él no quería llamarme, todavía es demasiado pequeño, pero aun así… —Sonrió con ternura—. Clara casi se echa a llorar.

—Me lo imagino —dije.

—Además, por fin se le está aclarando y definiendo el color de los ojos. Pensé que los tendría oscuros, o grises como yo —dijo con una melancólica sonrisa—, pero los tiene verdes, como Lorea. —Bajó repentinamente la mirada—. Puede que parezca una tontería, pero no sabes lo feliz que me hace eso.

—No me parece ninguna tontería —le aseguré.

Íker estaba resultando ser una copia en miniatura de su padre: cada rasgo de su cara, cada gesto que hacía, apuntaban fuertemente a su herencia paterna.

Entendía que a David le gustara que Íker tuviera al menos algo que le recordara a la que había sido su madre, aunque seguramente solo fuera porque el niño tenía más papeletas genéticas para tener los ojos verdes que grises.

— Ahhh … Está en una edad tan bonita —apoyó la cabeza sobre las manos y miró el techo en actitud ensoñadora—, cada día aprende algo nuevo y… —Negó con la cabeza—. Déjalo, no quiero ser uno de esos que lo único que hace es hablar de sus hijos.

—A mí no me importa.

—Pero a mí sí —rio—, si no me paras puedo seguir así toda la tarde.

—No pasa nada, se nota que estás loco por él.

—Eso es decir poco. Tener un hijo es un sentimiento muy raro —dijo, poniéndose repentinamente serio—, en cierto sentido es como si te enamoraras.

—¿En cierto sentido? —pregunté con escepticismo. Nada me parecía más distinto de enamorarse que tener un hijo.

—¿Sabes ese momento, al inicio de una relación, en que no haces más que mirar como un tonto a esa persona, y crees que todo lo que dice o hace es encantador?

—preguntó a su vez. Asentí efusivamente—.

Pues tener un bebé es muy parecido a eso, sobre todo al principio.

Cuando Íker era más pequeño y aún estaba en el hospital, me pegaba horas sin hacer otra cosa más que mirarle, y cada gesto que hacía, si fruncía el ceño o si crispaba los deditos o si abría la boca para buscar su chupa, me arrancaba una sonrisa.

Aún ahora me descubro a mí mismo mirándole como un tonto mientras duerme.

Además, a medida que va creciendo y empiezo a conocerle, y descubro cómo es su carácter o qué cosas le gustan y cuáles no, de alguna manera, ese sentimiento se vuelve más y más intenso.

—¿Incluso aunque tu hijo haya resultado ser un llorón insufrible? — bromeé.

Puso los ojos en blanco.

—No me lo recuerdes, a veces es insoportable.

Está durmiendo mal otra vez, se despierta llorando dos o tres veces cada noche porque le molestan las encías.

Creo que le está saliendo un diente, no hace más que morderlo todo.

Pero luego pienso que él no puede comunicarse conmigo de otra forma que sus llantos y sus gestos, y si a mí me molesta que me despierte llorando a las tres de la mañana, ¿cómo debe de sentirse él cuando tiene un dolor tan insoportable que no le deja dormir?

Últimamente le dejo dormir conmigo, en mi cama.

He descubierto que duerme mejor así, y yo también duermo mejor, por cierto.

—¿Por qué?

—Oh, bueno, pues porque dormir con un bebé es una experiencia sumamente placentera.

—Me miró, casi avergonzado—. Íker siempre está calentito, y es tan suave, y huele tan bien…

Lo abrazo contra mi pecho por las noches y lo único que quiero es…

—Suspiró—. De verdad, Noah, tener un hijo es como enamorarse, pero a lo bestia.

—Pero mírate —exclamé en un tono mitad burlón y mitad apreciativo—, si estás hecho un padrazo.

—Sí, es verdad. Quién lo hubiera dicho hace un par de años, ¿eh?

—Cerró los ojos y las facciones de su cara se relajaron.

Me incliné sobre él para mirarle y sonrió al notar mi cercanía—.

Mmhh —gimoteó—, me está entrando sueño. Daría mi fortuna por dormir una noche entera, sin interrupciones de ningún tipo.

—Abrió los ojos—. ¿Sabes cuánto tiempo hace que no duermo de un tirón?

—A mí no me importaría dejarte dormir aquí una noche, a cambio de un par de millones —bromeé. Volvió a sonreír—. Por tres millones incluso te traería el desayuno a la cama.

—Joder, es muy tentador. —Se abrazó a mí y le acaricié el pelo. Buscó mis labios y le respondí con dulzura, pero su teléfono móvil empezó a sonar y él hizo el ademán de incorporarse para cogerlo.

—No lo cojas —dije, tirando de él de manera cómica e intentando abrazarle a mí de nuevo.

—Tengo que cogerlo. ¿Y si es por Íker?

—Seguro que no es nada importante —aseveré buscando aún juego con él—. No lo cojas —repetí.

Tendió su mano derecha hacia el teléfono a la vez que me tumbaba sobre la cama y me daba un beso largo y hambriento. Justo cuando se separó de mí, le dio al botón de responder.

—¿Sí? ¿Qué pasa? —le oí decir—. ¿Íker está bien?

No, no te molestes, ya voy tirando para casa, yo me bañaré con él.

Está bien, nos vemos en un rato. —Cortó la comunicación y miró la pantalla del móvil—.

Ya son las siete y cuarto —dijo—. Ahora sí que me tengo que ir.

—Se inclinó sobre mí para besarme de nuevo y se levantó de la cama para empezar a vestirse.

Me incorporé un poco, apoyándome en mi codo para mirarle mientras lo hacía. El reflejo de un anillo me hizo mirar hacia su mano izquierda. David aún no se había quitado la alianza de casado, y yo nunca había tenido el valor de preguntarle cuándo pensaba hacerlo.

—No voy a poder venir a verte en un tiempo —dijo mientras abotonaba su camisa—, ahora tendré que hacer de padre a tiempo completo. Clara se va el viernes, ¿recuerdas?

—Entonces iré yo a verte a ti —dije. Me miró extrañado y continué—: Podemos follar mientras el niño duerme, ¿no?

—No lo había pensado, pero no veo por qué no.

Me levanté y me puse unos vaqueros, obviando la ropa interior, para acompañarle hasta la puerta.

—¿Entonces vienes el sábado… a eso de las diez? —preguntó cuando estaba en el umbral, a punto de salir.

—Sí. —Rodeé su cintura y lo atraje hacia mí para darle un último beso, largo y deliberadamente seductor.

Se apartó de mí con una sonrisa, se dirigió hacia las escaleras y yo cerré la puerta tras él.

—Vaya, vaya —oí a mi espalda—, veo que el viudito feliz y tú habéis entrado en una nueva etapa de vuestra relación: si vas a ir a su casa y todo.

Me giré y vi a Pablo, mirándome burlón desde el pasillo.

—¿No habíamos decidido que te quedarías en el estudio mientras David esté en casa?

—Tú habías decidido que me quedara en el estudio mientras David esté en casa —se quejó.

—Pues eso mismo.