A través del sexo. La saga completa 10. Un buen polvo #4
59%

10. Un buen polvo #4

Nos alejamos de ellos, pero no pude evitar echar un último vistazo.

Jero rodeaba la cintura de Samuel con tanta fuerza que lo levantó perceptiblemente del suelo mientras se perdía en sus labios.

Samuel parecía pequeño e indefenso entre aquellos brazos tan grandes, pero aquello no parecía molestarle.

Sentí como si tuviera arena en la boca solo de pensar en mi mejor amigo.

No tardé mucho en llegar a casa aquella noche.

Clara y yo habíamos dado un par de vueltas por varios locales, sin encontrar un ambiente que nos satisficiera completamente, así que eran apenas las tres de la madrugada cuando estuve de vuelta.

Lo que no me esperaba era que Pablo estuviera despierto todavía.

—Hola —dijo cuando entré. Estaba sentado a oscuras en uno de los sofás del salón. La ventana estaba abierta y un humo blanquecino salía por ella—. Lo siento —añadió, apresurándose en apagar el porro que se suponía que no debía fumar en casa—, no sabía que volverías tan temprano.

—No pasa nada —le dije, no estando dispuesto a reprenderle por algo tan banal en aquellas circunstancias. Me adentré en el salón y me senté junto a él, en la oscuridad—. ¿Qué haces despierto tan tarde?

—No estoy acostumbrado a meterme en la cama temprano los fines de semana.

Me fijé por primera vez en que estaba vestido con unos vaqueros y una de sus camisetas ajustadas.

—¿Saliste?

—Sí.

—¿A dónde?

—Fui a dar una vuelta. Me metí en el Carpe Diem —me dijo—, pero ese sitio es un muermo, ni siquiera tiene cuarto oscuro.

—Era verdad, la primera vez que había entrado en el Carpe Diem me había parecido lo más, pero comparado con el Sodoma, era bastante naïve y aburrido.

Aun así, pensar en ese sitio me traía buenos recuerdos: allí había conocido tanto a David como al propio Pablo—. ¿Y tú, qué tal?

—Bien. Fuimos al Sodoma.

—¿Y Samuel y ese tío?

Titubeé.

—Se enrollaron —dije, decidiendo ser sincero.

Pablo compuso una expresión estoica.

—Espero que les vaya bien.

—Eres un idiota —le reproché.

Me levanté y me dirigí a mi cama, sin mirar hacia atrás esta vez. Sabía que no podría soportar la dolorosa mirada de Pablo durante mucho tiempo.

No volví a tener noticias de Samuel hasta que me lo encontré en la entrada de la facultad el siguiente lunes.

Le vi a lo lejos, caminando por el aparcamiento, y esperé por él en la entrada del edificio.

Al verme, apretó el paso y sonrió ampliamente.

Era la primera vez que le veía desde que le dejara el sábado por la noche en brazos de Jero y me preguntaba qué tal habrían ido las cosas entre ellos.

—¿Qué tal? —le pregunté cuando llegó a mi altura.

—Bien.

No dijo nada más, pero la verdad era que no esperaba que me contara su aventurilla del fin de semana en medio de los pasillos del aulario. Le miré atentamente mientras caminábamos. Parecía… ¿Contento, quizás? Sí, pero también algo desconcertado.

—¿Seguro que está todo bien? —insistí.

—Sí, sí, pero… —titubeó—, ¿podemos hablar luego?

Supuse que sería sobre algo relacionado con Jero, y de nuevo me pregunté cómo habrían salido las cosas.

—Claro que sí, hombre —le sonreí.

Justo entonces íbamos a entrar en clase, pero él se paró antes de atravesar el umbral.

—De hecho, ¿podemos hablar ahora?

—¿Y perderme la clase de ingeniería tisular? —pregunté incrédulo. Samuel frunció el entrecejo y yo reconsideré rápidamente mis prioridades—. Claro, claro. Vamos a la cafetería —dije.

Nos alejamos del aula y fuimos hasta la cafetería de la facultad, que no estaba del todo vacía a esa temprana hora de la mañana. Pedimos dos cafés y nos sentamos en una de las mesas de plástico.

—¿Qué pasa? —le pregunté mientras daba un sorbo de mi café—. ¿Es por Jero? —aventuré. Él asintió enérgicamente, pero no dijo nada—. ¿Tan mal fue?

—No, mal no…

—¿Entonces?

Se encogió de hombros, compungido.

—Fue estupendo —dijo para mi sorpresa.

—¿Entonces por qué estás así?

—No lo sé. Nunca pensé que un buen polvo pudiera dejarme tan confuso, pero es así como me siento.

—Me miró, con los ojos llenos de preguntas—.

Creo que, en el fondo, cuando me fui con Jero, lo hice creyendo que la cosa no saldría bien.

Pensaba que le iba a comparar con Pablo o algo así, que no podría sentirme así de bien con ningún otro tío, pero ahora…

—Un nuevo encogimiento de hombros—. Es una tontería.

—No, no lo es. Dímelo.

—No sé si me siento preparado para una relación. Confiaba en que esto sería un error y que reafirmaría lo que siento por Pablo, pero ¿y si ya no siento lo mismo por él? ¿Y si resulta que Jero termina gustándome más? ¿Qué pasaría con Pablo si me enamoro de otro?

«Que le partirías el corazón», fui incapaz de decir.

Pensé en Pablo y en que quizás Samuel podría abandonar definitivamente la idea de volver con su ex.

En cualquier caso, la vida tenía que seguir su curso, independientemente de lo rápido o lo lento que actuase Pablo a partir de ahora, si es que decidía hacer algo.

—Tienes que seguir con tu vida —dije. Samuel se merecía el mejor consejo que yo le pudiera dar, aunque redundara en perjuicio de mi mejor amigo—. Si Jero te gusta de verdad, pues adelante, y si no… Al menos te habrás desahogado. Al fin y al cabo, para eso sirven los revolcones —añadí.

Samuel sonrió débilmente y asintió, pero yo no pude evitar recordar que en teoría tenía una cita con David aquella misma tarde. Esperaba fervientemente que él no se sintiera igual de confuso después de pasar un rato conmigo.

Aquella tarde me propuse ponerme a estudiar mientras esperaba a que David apareciera.

Si es que se dignaba a aparecer. Me senté ante mi escritorio con el firme propósito de repasar los apuntes de ese día, pero mi mente volaba una y otra vez hacia el beso que nos habíamos dado el sábado por la noche.

Se me pasó por la cabeza llamarle por teléfono para averiguar si realmente pensaba venir o no, pero deseché la idea: ya había aprendido por las malas que no debía presionar a David para que hiciera lo que yo quisiera y que lo mejor era dejarle a su aire. Si quería venir, vendría.

En cualquier caso, estaba seguro de que le vería.

No sólo creía haber leído una implícita afirmación en su mirada aquella noche, sino que la misma Clara me había dado nuevas esperanzas cuando después del almuerzo comentó inocentemente que no podía quedarse a estudiar con nosotros porque su hermano tenía una reunión y ella debía cuidar de su sobrino.

Quizás era verdad que David tenía una reunión, pero yo lo interpreté como una señal inequívoca de que quería verme, y por lo tanto, yo también decidí irme a casa, a pesar de mi resolución inicial de evitar a mi mejor amigo a toda costa.

Pablo estaba de nuevo de mal humor. Lo había estado desde nuestra conversación del sábado anterior, y aunque oficialmente no estaba enfadado con nadie, pagaba constantemente sus frustraciones con la persona que tenía más cerca.

Desafortunadamente, esa persona era yo, así que cuando entré en casa, me escurrí en silencio hasta mi dormitorio.

Estaba bastante seguro de que Pablo me había oído entrar en casa, pero no salió a recibirme, y di por sentado que estaría en su estudio pintando, como casi siempre que estaba malhumorado, lo cual agradecí.

Samuel y Jero habían quedado aquella tarde para verse en la biblioteca, aunque ninguno de los dos tuviera intención de estudiar nada.

Después de lo que Samuel me había contado aquella mañana, ya no dudaba que las cosas fueran bien entre ellos y yo no me sentía con fuerzas para darle a mi mejor amigo otra dosis de realidad.

Además, aquella conversación me había dado otras cosas en las que pensar, cosas que no quería compartir con nadie y que me impedían concentrarme en los apuntes que tenía delante.

Hasta aquella mañana no me había preguntado por qué David me había besado, pero después de que Samuel me contara sus sentimientos, no podía evitar ver un paralelismo entre su situación y la del propio David.

Quizás mi antiguo amante sentía algo parecido, quizás tenía ganas de un polvo para desahogarse y había encontrado en mí el candidato ideal.

Pero si Samuel se había sentido confuso al encontrar algo tangible en Jero, y se sentía culpable con respecto a Pablo, ¿no se sentiría también culpable David con respecto a Lorea si volvía a albergar sentimientos por mí?

¿No era menos comprometido en su situación buscar consuelo en un desconocido?

Por otro lado, ¿qué era lo que yo mismo esperaba de ese encuentro?

Sexo, seguro, ¿pero amor? Eso lo dudaba.

A David y a mí había cosas que se nos daban bien, y otras que no.

El amor, definitivamente, pertenecía al segundo grupo.

Si bien seguía teniendo fuertes sentimientos por él, sentimientos que empezaba a sospechar que albergaría siempre, ya no estaba seguro de querer tener una relación con él.

Si hacía algo más de un año me había dicho que su vida era demasiado compleja para liarse de nuevo conmigo, ahora que era padre y estaba viudo, lo era más aún, y yo ya no estaba tan seguro de querer estar con él a toda costa.

Sin embargo, solo de pensar en verle aquella tarde, sentía mariposas en el estómago. ¿De verdad era solo por el sexo?