A través del sexo. La saga completa 10. Un buen polvo #5
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10. Un buen polvo #5

Quizás él tenía las mismas dudas que yo, pensé.

Quizás se planteaba si debía venir o no.

Había dado por sentado que lo de la reunión era solo una excusa para poder verme, ¿pero y si estaba equivocado?

¿Y si era verdad que tenía una reunión y no pensaba venir?

¿Y si había decidido no venir? Los minutos fueron pasando, se acercó la hora señalada y seguía sin haber señales de David.

Intenté volver de nuevo mi mente al estudio, pero parecía imposible.

Frustrado, cerré la carpeta de un golpetazo y apoyé los codos en la mesa.

Me dolía esa posibilidad, pero tenía que asumir que era bastante probable que se hubiera arrepentido de quedar conmigo.

Al fin y al cabo ¿qué buscaba él exactamente en mí?

«Echo tanto de menos que alguien me toque», había confesado.

¿Qué significaba eso? ¿Significaba acaso que necesitaba a alguien con quien follar y que le valía cualquiera?

«No puede ser solo eso», me dije, recordando que también me había dicho que no se sentía preparado para salir a ligar y acostarse con un desconocido.

«¿Acaso ha acudido a mí porque lo que necesita es a un antiguo amante, alguien que le conozca, que sepa cómo tocarle y darle placer?

». Pensé en él, en su expresión desesperadamente suplicante, en la vulnerabilidad que había en su melancólica actitud, y supe la respuesta. «Necesita a alguien en quien confíe».

Una cálida sensación se extendió por mi vientre al comprenderlo.

¿Eso era yo para David, alguien de confianza?

Si eso era así, y él me necesitaba, yo sabía que no sería capaz de darle la espalda, con tal de no perder esa confianza.

Quizá David y yo no podíamos ser novios, ¿pero podríamos ser amigos?

El timbre sonó al fin y me asombré al darme cuenta de que ya eran más de las seis y cuarto.

Había estado tan perdido en mis pensamientos que apenas había notado el paso del tiempo.

Corrí hacia la entrada para abrir, pero me encontré con Pablo al telefonillo.

Cuando me acerqué, se giró hacia mí, alcanzándomelo.

—Es para ti —dijo con un gesto interrogativo.

—¿Sí? —pregunté cogiéndolo.

—Soy yo —escuché al otro lado de la línea. Mi corazón empezó a latir muy rápido solo de oír su voz.

—Sube. —Pulsé el botón para abrirle la puerta del portal y me enfrenté a la mirada inquisitiva de Pablo.

—No sabía que fuera a venir nadie.

—No te lo dije porque no me apetece escuchar tus sermones.

—¿Es quien yo creo que es? —me preguntó elevando una ceja.

—Sí, ¿por?

— Mmhh , así que el viudito feliz ha venido a hacerte una visita.

—No seas malpensado, el pobre tiene derecho a…

—Sí, claro, el pobre. Lo dices como si estuvieras a punto de hacerle un favor, o a lo mejor es él quien va a hacerte un favor a ti. Cuando te dije que estabas muy salido y necesitabas enrollarte con alguien, no era precisamente esto a lo que me refería.

—Te estás pasando —le advertí, poniendo un dedo acusador en el centro de su pecho—. Como le digas algo, yo…

El timbre sonó y no me dio tiempo a terminar la frase. Con una última mirada de advertencia a Pablo, me giré para abrir la puerta.

David estaba en el umbral, mirándome con una mezcla de vergüenza e indecisión. Llevaba un traje de chaqueta, por lo que deduje que venía directamente desde el trabajo.

—Pasa.

Dio un paso para entrar en el recibidor, pero al ver a Pablo dudó durante un segundo. Cuando cerré la puerta tras él, ambos se estaban mirando con animadversión.

—Hola —dijo David con cautela; su primer encuentro con Pablo no había sido muy amistoso, y quizás no sabía cómo encararle.

Pablo, menos diplomático, se limitó a mirarle de arriba abajo.

—¿Necesitas algo? —le preguntó al fin—. ¿O lo que quieres solo te lo puede dar Noah?

David palideció y parecía a punto de soltar un exabrupto cuando decidí encararme con mi amigo:

—Ya está bien, Pablo, déjale en paz.

Tiré de la mano de David para llevarle a mi habitación y él lanzó una última y airada mirada por encima de su hombro.

—Siento lo que ha pasado —dije nada más entrar, mientras cerraba la puerta detrás de nosotros—. Pablo está insoportable últimamente y…

—No debería haber venido —dijo.

Me giré hacia él y rehuyó mi mirada.

—No le hagas caso a Pablo, solo lo dice porque…

—No lo digo por tu amigo —aclaró. Negó levemente con la cabeza y se dio la vuelta para mirar por la ventana.

Sus hombros, enmarcados por su chaqueta hecha a medida, estaban rígidos.

Toda su postura era tensa y forzada, pero cuando me acerqué a él, vi que en su rostro no había más que una dolorosa melancolía—.

No sabes cuántas veces me he dicho a mí mismo en estos dos últimos días que no vendría, y sin embargo, aquí me tienes.

—Se encogió de hombros de una manera casi cómica y yo no supe qué decir—.

Supongo que al final se han impuesto las ganas que tengo de…

—titubeó—. Llevo meses sin pensar apenas en el sexo —confesó, girándose por fin para mirarme a los ojos—.

No he tenido ni el tiempo ni las ganas, pero no he pensado en otra cosa desde que me besaste el otro día.

Soy capaz de aceptar que mi cuerpo lo necesita, pero me da ciertos reparos tener que admitir que es precisamente contigo con quien necesito hacerlo.

—¿Por qué? —pregunté.

—Vamos, Noah, que nos conocemos —dijo con su media sonrisa bailándole en los labios.

Sonreí a mi vez, entendiendo a qué se refería.

—Demasiadas complicaciones.

—Mucho me temo que sí —asintió—, y sigo sin estar seguro de poder sortearlas todas.

Se quitó la chaqueta y se sentó en la cama.

Me senté a su lado, observándole en silencio.

Se le veía tan indeciso, tan… vulnerable, como un cervatillo asustado a punto de echarse a correr, que no quise hacer nada que pudiera ahuyentarlo, y aun así, mientras miraba su rostro cabizbajo, no pude evitar alargar la mano hacia él y acariciarle la nuca.

Cerró los ojos al sentir mi contacto y enredé mis manos con el cabello de la parte posterior de su cabeza.

—No tenemos que hacer nada si tú no quieres —le dije—. Podemos hablar, como amigos —puntualicé.

—Tú y yo nunca hemos sido amigos.

—No —convine—, pero podemos empezar ahora.

Me miró con sus enormes ojos grises y perdí el aliento un instante, sintiendo que me ahogaría en ellos si no apartaba la mirada, pero fui incapaz de hacerlo.

—No voy a rechazar tu ofrecimiento —dijo, a la vez que acercaba casi imperceptiblemente su cuerpo al mío—, pero no es hablar lo que necesito ahora mismo.

—¿Ah, no? —pregunté—. ¿Entonces cómo puedo ayudarte?

Aflojó el nudo de su corbata, se desabrochó los dos primeros botones de su camisa, y el olor almizclado y dulzón de su cuerpo llegó hasta mis fosas nasales, enardeciendo mis sentidos. Cuando volví a elevar mis ojos hacia los suyos, mi mirada debía de estar llena de deseo.

—No me hagas pedírtelo, por favor.

Deslicé mi brazo derecho hasta rodear su cintura y lo atraje hacia mí.

Nuestros rostros quedaron tan cerca el uno del otro que pude sentir su aliento sobre mis labios.

Me permití el lujo de volver a perderme en sus ojos, cuyos párpados entornados no conseguían ocultar la turbia pasión que se leía en sus pupilas.

Acaricié sus labios con los míos y no tardó en responder, enredando nuestras lenguas en un lento y laborioso intercambio.

Me apoderé de su boca con un beso hambriento y posesivo a la vez que le atraía aún más a mí, agarrando su nuca.

Aún parecía indeciso, y esa actitud retraída, desconocida en él, me excitó todavía más.

Me incliné sobre su cuerpo, obligándole a acostarse en la cama, y me tumbé sobre él.

Acaricié su entrepierna por encima de la tela del pantalón y la noté caliente y dispuesta.

Un nuevo latigazo de excitación golpeó mi ingle y aumenté la intensidad del beso con el que le doblegaba, conquistando su boca con mi lengua y mis dientes.

Un prolongado y lujurioso lamento brotó de sus labios e inclinó la cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello y la línea de su garganta.

Le mordisqueé la nuez de adán, y lamí la tersa piel que había quedado expuesta mientras seguía acariciando su polla de arriba abajo, hasta que la noté completamente dura bajo mi mano.

Forcejeé con la bragueta, pero cuando estaba a punto de abrirla, me agarró por la muñeca, deteniendo el movimiento.

—Espera —dijo con voz pastosa. Su respiración era acelerada y laboriosa, sus mejillas estaban arreboladas y su piel sudorosa, evidenciando que estaba tan excitado como yo, y sin embargo, me detenía.

Le miré a los ojos, en busca de una explicación, y encontré, atisbándose en sus pupilas, ese sentimiento que nunca creí que David fuera capaz de experimentar.

Me incorporé un poco y me separé de él para darle un respiro, estudiando su expresión detenidamente. Me miró y supe que, aunque se arrepentía de haberme detenido, aún se debatía dolorosamente consigo mismo.

—¿Recuerdas la noche que nos conocimos? —musité—. ¿Recuerdas cómo era yo entonces?

—Eras tan joven, y estabas tan asustado… —recordó.

—Sí, lo estaba, y aun así tú hiciste lo posible por hacérmelo todo más fácil. Déjame devolverte el favor.