10. Un buen polvo #3
—¿Quieres tomarte algo mientras esperas? —ofreció.
—N-No, gracias —balbuceé, con la boca repentinamente seca. Me encaminé hacia la terraza, presa del incontenible y repentino deseo de tomar algo de aire fresco. David me siguió y se apoyó junto a mí en la barandilla.
—Así que has hecho un pacto con tu hermana para salir los fines de semana —dije.
Suspiró pesadamente.
—Sí, Clara se empeñó. Por mí puede salir ella siempre que quiera, pero al parecer cree que yo también lo necesito.
—Pues dile la verdad: que no estás preparado.
—Eso solo serviría para preocuparla aún más. Oye, siento lo del otro día —añadió, cambiando radicalmente de tema—. No debí haberte besado. —No dije nada y él continuó, quizás malinterpretando mi súbita incomodidad—. No sé en qué estaba pensando.
—No pasa nada… —respondí.
—Es lo que intenté explicarte el otro día: no me sentía preparado para entrar en el Sodoma y buscar a un desconocido con el que tener sexo, pero… —Cerró los ojos un segundo, lleno de vulnerabilidad, antes de volver a abrirlos—. Echo tanto de menos que alguien me toque —susurró.
Le observé en silencio. La luz de una luna casi llena caía de pleno sobre él, acrecentando el fulgor de sus increíbles ojos grises.
Su piel aceitunada, casi plateada bajo aquella luz, lucía jugosa, como una fruta madura que deseara ser mordida.
Sus labios suspiraron con una candidez que me dejó sin aliento, y pareció que iba a decir algo, aunque se mantuvo en un reverente silencio. «Un buen polvo le vendría bien».
Antes de pararme a pensar en lo que estaba haciendo, alargué la mano hacia él y acaricié con el dorso la piel de su cara, deleitándome en el tacto levemente rasposo de su barba recién rasurada.
Cerró de nuevo los ojos ante mi contacto, y ladeó la cabeza, dejándome ver la elegante línea de su mandíbula y el latido que se intuía bajo la delicada piel de su cuello.
Sobrecogido por su belleza, acaricié con el pulgar sus labios, que se entreabrieron en un gesto lleno de una velada, pero poco sutil, invitación.
Me acerqué para besarle, deseando beber de él. Desprendía un olor dulce, maternal, a leche y loción de bebé, mezclado con el más viril olor a sudor fresco y after shave . David recibió mis labios con calidez un instante, antes de alejarse de mí, negando con la cabeza.
—No, aquí no… Ahora no. —Echó una mirada preocupada en dirección al salón, pero allí no había nadie.
—¿Entonces cuándo? —susurré junto a sus labios, renuente a apartarme de él.
—No lo sé. —De nuevo parecía dubitativo, toda la seguridad que exhalaba hacía un momento parecía haberle abandonado.
—¿Mañana?
—No, mañana no puedo.
—¿El lunes?
—Sí.
—¿Aquí?
—No, aquí no. —Miró de nuevo hacia el salón en actitud nerviosa.
—Entonces ven a mi casa. Allí podemos vernos.
—Ya, pero… ¿Y Clara?
—Lo dices como si eso fuera un problema.
Dile que tienes algo que hacer, que se quede a cuidar del niño —dije.
Aún estaba indeciso, como si le costara decidir si realmente quería que nos viéramos.
Iba a seguir insistiendo cuando oí que Clara salía por fin de su dormitorio, y correteaba por el pasillo gritando algo así como: «Ya estoy lista, ya estoy lista»—.
Te espero el lunes a las seis. Tú decides si quieres venir o no —concluí.
Cuando Clara irrumpió en el salón, ya completamente preparada, David y yo guardamos un incómodo silencio. Ella empezó a parlotear, para recordarle a su hermano dónde estaba el juguete favorito de Íker, o qué debía hacer en caso de que se despertara llorando.
—Sé cuidar de mi hijo yo solo —le dijo David al final, empujándola gentilmente hacia el ascensor—, aunque te parezca increíble.
—Ya, pero…
—Pero nada. Pasadlo bien.
Clara y yo entramos en el ascensor y ya empezaba a pensar que lo que había pasado entre él y yo iba a quedar en nada cuando sentí que buscaba mi mirada.
Nuestros ojos se encontraron y asintió levemente.
La puerta del ascensor se cerró entre nosotros, pero supe sin ningún género de duda que aquello era un «sí».
—¿Por qué sonríes como un tonto? —me preguntó Clara mientras el ascensor iniciaba su descenso.
Intenté recomponer mi gesto mientras buscaba una excusa plausible.
—Por nada, es solo que estoy contento de salir esta noche.
—¿De qué hablabas con mi hermano?
—Oh, de nada importante… Le pregunté qué hizo el sábado pasado, como me dijiste que salió…
—¿Eso te dije? —preguntó ella. Puse cara de póker a la vez que me preguntaba si realmente lo había hecho.
Pareció convencerse de que sí, porque al final dijo—: Espero que te contara a ti algo más que a mí, que no suelta prenda.
Creo que conoció a alguien, pero no me lo quiere contar —masculló entrecerrando los ojitos, llena de sospecha—, ¿te dijo algo?
—Negué con la cabeza, dando a entender que no, lo cual era una verdad literal.
David no me había contado nada acerca de esa noche—.
Hablando de todo un poco —comentó ella—, ¿qué te dijo Pablo cuando le contaste que esta noche saldrías conmigo y no con él?
—Nada —respondí encogiéndome de hombros—, creo que él entiende que ahora que ya no salimos todos juntos tengo que repartir mi tiempo entre él y vosotros —dije refiriéndome a ella y Samuel.
Llegamos al piso inferior y salimos a la calle.
—¿Y qué va a hacer él esta noche?
—No lo sé. Creo que pensaba ir al Sodoma, pero sabiendo que Samuel estará allí, quizás no salga.
—Pablo en casa un sábado por la noche —dijo ella—, insólito. —Paró un taxi que pasaba por la calle y nos subimos en él—. Al Sodoma, por favor —le indicó Clara al taxista.
—¿Esa no es la discoteca para maricones? —preguntó el hombre, mirándonos de arriba abajo por el espejo retrovisor.
—Sí —le contestó ella con antipatía—, ¿tiene usted algún problema?
— Nononó … Ninguno —masculló, mientras ponía el coche en marcha.
—Espero que esta situación no dure mucho —comentó Clara tras un rato de silencio. La miré extrañado, pues no sabía de qué hablaba—. Yo también tengo ganas de volver a salir con Pablo —me aclaró—, pero hasta que las cosas entre él y Samuel no se arreglen…
—¿De verdad crees que se arreglará? —le pregunté.
—Eso espero. Si no vuelven juntos, al menos que vuelvan a ser amigos, ¿no?
—Sí, pero lo veo difícil si Samuel se lía con el tal Jero.
Se encogió elocuentemente de hombros, como queriendo decir que le daba igual con tal de que Samuel fuera feliz.
Cuando llegamos al Sodoma tuvimos que esperar varios minutos a que Jero y Samuel aparecieran.
Para variar, Samuel no se puso uno de esos pantalones de colorines que solía llevar, sino unos vaqueros oscuros, aunque el polo fucsia que llevaba conseguía que el conjunto fuera acorde a su particular estilo.
Jero llevaba una camisa sobria y oscura, con los dos primeros botones desabrochados, y unos vaqueros ajustados.
No se podía negar que fuera atractivo, pero no tenía nada que le hiciera destacar del resto, pensé mientras los veía acercarse.
Acto seguido, intenté sacudirme la antipatía que Jero me despertaba por pura lealtad a Pablo, aunque no lo conseguí del todo.
—Ya estamos aquí —dijo Samuel con voz cantarina mientras se acercaban a nosotros.
Cuando le saludé, me dedicó una sonrisilla nerviosa y llena de ganas.
Quizás habría sido capaz de sentirme feliz por él si no fuera porque sabía que eso le produciría pesar a Pablo.
En cualquier caso, Clara no parecía compartir mis escrúpulos y saludó a ambos con alegría.
Cuando entramos, la música estaba alta y nos dieron ganas de bailar a todos. Jero cogió la cintura de Samuel y Clara me dio un codazo en las costillas.
—¿Qué? —le dije. Ella gesticuló frenéticamente en dirección a ellos—. Ya lo veo, ya.
Era notorio que Samuel estaba nervioso, hacía bromitas insulsas y reía sin parar, sobre todo cuando Jero se acercaba a él mientras bailábamos. Se notaba cierta tensión sexual entre ellos, lo que seguramente era la causa de todos esos nervios.
—Oye, ¿me acompañas? —me dijo al final Samuel, acercándose a mí y señalando hacia la barra.
Asentí y nos separamos de Clara y Jero, en teoría para pillar algo de beber, pero yo sospechaba que lo que realmente necesitaba Samuel era una conversación. No me equivocaba.
—¿Qué opinas? —me dijo mientras caminábamos.
—¿Respecto a Jero? —pregunté a mi vez. Me encogí de hombros—. Eso da igual. Lo que importa es lo que opines tú.
Dudó un momento.
—Creo que quiere enrollarse conmigo.
Esbocé una enorme sonrisa.
—Yo también lo creo, se le nota a la legua. ¿Y tú, quieres enrollarte con él?
—¿Recuerdas lo que te dije el otro día en casa de David? —preguntó. Asentí levemente—. Siento que tengo que hacer esto o me volveré loco… Pero no solo lo quiero hacer por eso. Este tío me gusta.
—Muy bien. ¿Tienes condones? —pregunté.
—Sí. —Respiró profundamente—. Sí que tengo. —Soltó una aguda risita—. Estoy algo nervioso —sonrió—, lo quiero hacer, pero estoy muy nervioso. Con Pablo nunca me puse así.
Sentí un ramalazo de empatía por él, yo sabía lo que debía sentir.
—No te preocupes por nada, solo por pasarlo bien. El resto vendrá solo.
—Gracias. —dijo. Nos acercamos a la barra y pedí cuatro cervezas. Luego sentí que Samuel me tironeaba de la manga—. ¿No le dirás nada de esto a Pablo, verdad? No quiero hacerle daño.
Se me hizo un nudo en la garganta.
—No —le aseguré—, no le diré nada.
Una vez que volvimos a donde habíamos dejado a Clara y Jero, Samuel y él se pegaron para bailar y, hasta donde yo sé, no volvieron a despegarse en un rato. Empezaba a tener la sensación de que sobrábamos cuando los vi besarse. Clara me dio un nuevo codazo en las costillas.
—¿Quieres dejar de darme codazos? —le dije.
—Se están besando —hizo notar.
—Ya lo sé, que no estoy ciego.
—¿Y ahora?
—Será mejor que nos vayamos, aquí ya no hacemos nada.