10. Un buen polvo #2
—Él todavía te quiere —dije, alargando mi mano sobre la mesa para coger la suya.
—¿Y él sabe que yo…? ¿No le habrás dicho la verdad?
—preguntó con cierta alarma. Sabía a qué verdad se refería Pablo, y negué con la cabeza.
Por nada del mundo confesaría haberle hecho a Samuel ningún comentario al respecto—.
Mejor. Espero que le vaya bien con ese tipejo. Se merece estar con un buen tío.
—Tú eres un buen tío.
—No, no lo soy. —Negó con la cabeza—. No tengo ni idea de cómo ser un buen novio, soy un veleta, razón por la cual tú nunca quisiste liarte conmigo. Además —dijo antes de que me diera tiempo a protestar—, ¿qué pasará cuando Alejandro vuelva, eh? ¿Le hago pasar por lo mismo otra vez?
—No —dije sacándole un sonoro resoplido—, te creo capaz de aprender de tus errores. Estoy seguro de que no volverías a hacerle algo así a Samuel.
—Pues yo no estoy tan seguro. —Bajó la cabeza y negó suavemente, algo apesadumbrado—. ¿Y tú? —susurró—. ¿Qué hiciste el sábado en el Sodoma?
—Nada —contesté. Decidí omitir lo que había pasado con David aquella noche, porque si de algo estaba seguro era de que no quería oír ningún sermón por parte de mi amigo.
Ya era bastante vergonzoso que él supiera que me había estado masturbando como para que encima también supiera en qué pensaba mientras lo hacía.
Me encogí de hombros con inocencia—. Salí de allí y me vine directamente a casa.
—Deberías haber ligado con alguien.
—¿Como tú con aquel tío?
—¿Vamos a seguir discutiendo por eso?
—No, será mejor que no.
—Solo te lo decía porque últimamente estás muy salido.
—Déjalo ya, ¿quieres? —espeté mientras me ruborizaba hasta la raíz del pelo—. ¿O es que tú nunca te la machacas?
—Claro que le doy a la zambomba, pero no soy tan ruidoso como tú. En todo caso, no me gusta estar enfadado contigo —me dijo.
—Ni a mí —confesé con candidez.
—Todo arreglado entonces —dijo levantándose y recogiendo la loza del desayuno. Miró el reloj de pared y me dijo—: Será mejor que vayamos tirando, se nos va a hacer tarde.
Por mucho que Pablo dijera que lo único que quería para su ex era que fuera feliz con otro, decidí no contarle nada cuando Samuel y Jero empezaron a tontear en la facultad.
Al principio era un flirteo inocente y bastante tonto, pero saltaba a la vista de todos que entre esos dos estaba pasando algo.
Jero, que nunca había tenido más relación con ninguno de nosotros que saludarnos someramente cuando nos cruzábamos por los pasillos, empezó a sentarse con nuestro grupo en los descansos entre clases y a acercarse a nosotros en la biblioteca, sin más excusa que decirle «algo» a Samuel.
Poco a poco me dio la sensación de que Samuel verdaderamente disfrutaba de todas esas atenciones, y empezaba a dudar de que solo buscara la compañía de Jero para poner celoso a Pablo.
Hacia el final de aquella semana, aquel flirteo tan tonto se había convertido en un coqueteo en toda regla: bromeaban sobre sexo, Samuel dejaba que Jero le pusiera la mano en el muslo cuando se sentaban el uno junto al otro y le reía todas las gracias.
—Esos dos se van a liar —comentó Clara el viernes mientras veíamos cómo Samuel sufría un ataque de risa tras una broma de Jero, que apenas habría merecido una sonrisita—. Se ve venir.
—Sí, ya veo, ya —respondí yo sin mucho entusiasmo. Se notaba que el chico intentaba caerle bien a los amigos de Samuel, pero mientras más lo intentaba, peor me caía—. Pero no sé yo si me gusta ese tío para Samuel.
—Ya, claro —dijo ella—, a ti el único tío que te gusta para Samuel es Pablo.
—No es eso —respondí—. Bueno, sí, pero solo en parte.
—Pues tu amiguito debió habérselo pensado mejor antes de meterse en la cama con otro. —Desde que Pablo le había puesto los cuernos a Samuel, Clara ya no sentía tanta simpatía por él—. Y además, es él quien no quiere volver. Pasa de Samuel como de la mierda.
Cerré los ojos y me pellizqué el puente de la nariz, mortificado.
—Ya —repliqué—, pero no es lo que parece.
No es que Pablo no le quiera, lo que pasa es que está amargado por los remordimientos.
—Clara me miró con renovado interés y continué, decidido a sincerarme con ella, quizás porque me molestaba que le tuviera manía injustamente—.
Cree que no merece estar con Samuel y se ha alejado porque piensa que es lo mejor para él, pero eso le está matando.
—¿En serio? —dijo ella con genuina sorpresa.
—Sí, en serio. Está tan amargado que se pone antipático con todo el mundo, incluso conmigo —puntualicé.
—Así que la convivencia con tu amorcito no es tan buena como tú esperabas… —ronroneó ella mientras frotaba su costado contra el mío.
—No se lo digas nunca a Pablo, pero me gustaba mil veces más vivir contigo.
—Rodeé sus hombros con mi brazo y ella sonrió, satisfecha con el halago—.
Apenas sale del estudio, come poco y está cada vez más delgado.
Además, cada sábado y domingo por la mañana me tengo que cruzar con sus ligues de camino al baño.
No sé cómo se lo monta, pero liga más que nunca, y ni siquiera eso parece hacerle feliz.
Yo también sé lo que es buscar sexo por despecho, y por eso pienso que quizás Samuel no hace lo correcto.
—Es Pablo quien no hace lo correcto —me hizo notar—. Samuel hace lo que tiene que hacer, al fin y al cabo, fue tu amigo quien decidió romper. Ya es hora de que Samuel pase página.
—Supongo que sí —mascullé—. De todas maneras, no le pienso contar nada de todo esto.
—Pues quizás deberías.
—Pablo lo está pasando mal. No creo que los celos le vayan a servir de alguna ayuda.
—Pues tú verás. Eres tú quien quiere que vuelvan juntos, ¿no?
—Sí, pero no pienso volver a hacer de casamentero entre ellos. Bastante metí la pata el sábado pasado.
—Pues mañana por la noche vamos a salir —me dijo como si nada—.
Han quedado para ir al Sodoma —dijo señalando a los más firmes candidatos a la pareja del año—, y Samuel me ha pedido que vaya con ellos.
Está un poco nervioso, porque cree que va a pasar algo…
Ya sabes —añadió en voz baja, como si me hiciera una confidencia—.
Y no pienso quedarme sola cuando esos dos por fin se líen.
—Pero es que… ¿Qué? —pregunté cuando terminé de procesar lo que había dicho.
Ella esbozó una media sonrisa.
—Que te vienes con nosotros al Sodoma mañana. Así que ya puedes ir diciéndole a Pablo que tienes planes.
—Como le diga a Pablo que no voy a salir con él para irme de marcha con Samuel y su nuevo ligue…
—Samuel también es tu amigo —me recordó ella—, y si a Pablo tanto le molesta que Samuel salga con otro, que se replantee su actitud con respecto a él.
Abrí la boca para protestar pero no encontré argumentos con los que hacerlo.
—Razón tienes —dije al final. La hora del almuerzo se iba acabando y empezamos a recoger nuestras cosas para volver a clase—. ¿Y eso de que tú vayas a salir de noche? —dije para cambiar de tema mientras caminábamos hacia el aulario—. Pensaba que estabas muy ocupada cuidando de tu sobrino…
Desde que Íker había nacido, Clara no había salido de marcha ni una sola vez.
—Ya es hora de que empiece a salir de nuevo, ¿no crees? Íker está más grandecito y ya no da tanta lata por las noches. He hecho un trato con mi hermano para turnarnos los fines de semana para salir: él sale un finde, y yo los dos siguientes.
—¿En serio? —pregunté haciéndome el tonto, a la vez que imaginaba que todo eso del trato entre David y Clara era de seguro idea de ella. Ahora entendía por qué David había dicho que su hermana le forzaba a salir cuando él no se sentía con ganas para hacerlo.
—En serio. Yo quería que nos turnáramos en findes alternos, pero David dice que no es justo que él salga tanto como yo, que Íker es su responsabilidad y no la mía. —Puso los ojos en blanco, ella odiaba que David le dijera eso—. Al menos accedió a salir de vez en cuando.
—¿Y a ti qué más te da que él salga o deje de salir?
Me miró como si fuera tonto, antes de entrar en clase.
—Mi hermano necesita despejarse y tomar aire —me explicó mientras nos sentábamos en nuestros pupitres—, cogerse una borrachera y conocer a alguien tampoco le vendría nada mal. No me refiero a que se enamore, pero estoy convencida de que un buen polvo le vendría bien.
—¿No es demasiado pronto? —pregunté, fingiendo un desinterés que no sentía.
—No, creo que no.
El profesor entró en el aula en ese momento, y no pude replicar. «¿Un buen polvo, eh?», me dije mientras sacaba los libros y los apuntes. «Yo sé dónde podría encontrar David uno de esos».
Quedé en recoger a Clara el sábado por la noche en su casa para ir juntos en taxi hasta la zona de marcha, pues ella prefería no tener que conducir.
Cuando llegué al ático que compartía con David, me recibió nada más salir del ascensor. Estaba preciosa, con un diminuto vestido rojo y subida a unos tacones de vértigo, pero aun así me dijo:
—Estaré lista en cinco minutitos de nada.
Me adentré en el salón mientras ella correteaba sobre sus tacones de vuelta a su dormitorio.
—¿Pero qué te falta? Si estás bien así —me quejé.
—Cinco minutitos —dijo antes de desaparecer por el pasillo.
—Eso quiere decir que le falta por lo menos un cuarto de hora.
Me giré para ver a David entrando en el salón desde la terraza.
—Pero si ya está guapísima —dije.
Él se encogió de hombros, igual de ajeno que yo a los rituales de belleza femeninos.
—Le falta no-se-qué-cosa de las pestañas.
Desvió la mirada y aproveché para bebérmelo con los ojos.
Llevaba puestos unos vaqueros viejos y una camisa blanca, con una sospechosa mancha amarillenta en la pechera.
Era poco más de medianoche, y parecía que David acababa de darle el último biberón del día a su hijo antes de acostarle.
Llevaba el pelo despeinado y, como cada vez que no llevaba fijador, tendía a ondulársele, haciéndole ver más joven y dulce que cuando se empeñaba en peinarlo.
Él también estaba guapísimo. «Un buen polvo le vendría bien».