A través del sexo. La saga completa 10. Un buen polvo
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10. Un buen polvo

UN BUEN POLVO

E mpecé como siempre solía hacerlo, acariciándome con suavidad para valorar las reacciones y necesidades de mi cuerpo.

Como casi cada mañana desde hacía un par de meses, ese lunes también me había despertado con una intensa erección matinal, y ya casi era una costumbre establecida practicar una sesión matutina de onanismo.

Sentí mi polla muy caliente contra la palma de mi mano y bombeé con suavidad al principio, mientras un rapto de sensualidad me tomaba.

Mi otra mano subió por mi cuerpo, acariciando mi abdomen, pellizcando mis pezones y ascendiendo por mi cuello.

Para entonces, el deseo era más intenso y apreté aún más la mano con la que me tocaba para aumentar el placer mientras mi mente divagaba.

Evoqué unos labios sobre los míos, la mirada de un hombre sobre mi piel, la opresiva sensación de estar follándome a alguien, la belleza de un cuerpo masculino chorreante de agua, mientras gotas de agua clorada se derramaban sobre el dragón que tenía tatuado en la espalda.

Jadeé bajito, no queriendo ser oído por nadie más que por mí mismo, y agité las caderas con cierta frustración.

Me tapé los ojos con el antebrazo y detuve el movimiento de mi otra mano, dejando que la excitación cediera un poco, mientras me frotaba de arriba abajo, pero solo con la palma de la mano.

Bajé los dedos hacia mis testículos, duros y calientes, y acaricié con curiosidad mi perineo y la parte interior de mis muslos.

Mis dedos se dirigieron a mi ano, y lo rodearon con extrema suavidad, tanteando con la yema la arrugada musculatura que lo rodeaba.

Una nueva y pujante necesidad estalló en mi vientre y abrí los ojos para mirar el reloj de la mesita de noche.

No tenía mucho tiempo antes de tener que levantarme de la cama y prepararme para ir a clase, pero si lo hacía rápidamente…

Me estiré todo lo que pude sin tener que levantarme de la cama y abrí el primer cajón de la mesita, buscando con mis dedos hasta dar con el dildo y un bote de lubricante.

Puse unas gotas en mis yemas y volví a tantear, introduciendo los dedos en el anillo de músculos que conformaban mi ano, que se contrajeron convulsamente ante la intrusión.

Gemí al sentir ese familiar y placentero dolor y profundicé un poco más, ansioso por sentirme penetrado.

Saqué mis dedos y, cogiendo el dildo que había dejado abandonado junto a la almohada, lo puse entre mis piernas, apoyando la base en el colchón y el extremo contra mi ano.

Tumbado boca arriba como estaba, bajé las caderas muy despacito, dejando que el juguete entrara en mí.

Al principio no profundicé demasiado, para que la forma cónica del dildo fuera abriéndome poco a poco.

Cuando noté que mis músculos estaban relajados y bien dispuestos, bajé las caderas hacia la cama, colmándome por completo.

—¡Dios! —jadeé.

Moví mis caderas de arriba abajo, penetrándome con el juguete una y otra vez, mientras que mi mano volvía a atender a mi polla, bombeando con renovada intensidad.

Cerré los ojos de nuevo, y evoqué a David entre mis piernas, follándome con el dildo y mirándome con un deseo difícil de ocultar.

Recordé con claridad meridiana aquella única vez que habíamos hecho algo así, pero esta vez, en mi fantasía, no estaba atado a su cama, sino que me masturbaba con procacidad para excitarle, sabiendo que él me estaba mirando, como habíamos hecho aquella otra vez…

«No, aquello fue con Gabriel», dijo una vocecita en mi mente, pero aun así el mero recuerdo hizo que me excitara aún más.

Sentí en mis testículos un cálido peso, un espasmo en la base de la polla y ese particular ardor que te avisa de que vas a correrte de un momento a otro.

Profundicé más la penetración del juguete mientras me masturbaba con mayor fuerza, pero justo entonces oí dos rápidos toques en la puerta de mi habitación.

—Deja de masturbarte y vístete ya —me dijo Pablo al otro lado de la puerta—, que se te va a hacer tarde para ir a clase.

—¡No me estoy masturbando! —protesté a la vez que paraba todo movimiento.

—Ya, claro —dijo sin mucho convencimiento—. Estoy haciendo tostadas. Date prisa.

Sus pasos se alejaron de mi habitación y le oí ir hacia la cocina.

—Mierda —siseé.

Se me había cortado completamente el rollo. Mi cuerpo seguía excitado, pero mi mente no. Ahora me sentía ridículo sujetando mi erección con una mano, y el dildo que tenía atravesado en el culo empezaba a resultarme molesto.

—Mierda —repetí.

Me levanté de la cama, sacándome el juguete al hacerlo, y me dirigí al baño.

Tiré el dildo al suelo de la ducha y me metí debajo del grifo, con el agua lo más fría posible.

«¿Pero qué coño te pasa?», me reproché. Me había masturbado pensando en David, y si Pablo no me hubiese interrumpido, me habría corrido pensando en él.

Y lo peor era que ni siquiera era la primera vez que lo hacía.

No me lo podía quitar de la cabeza desde que nos viéramos por última vez, y de eso hacía ya dos días.

El sábado por la noche, después de que David me dejara en mi casa, apenas había podido dormir, y la mañana del domingo me encontró insomne y pensativo.

Si bien me sentía culpable respecto a Pablo y Samuel por haberlos puesto en una situación tan incómoda, aquella no había sido la verdadera razón que me mantuvo despierto aquella noche, aunque era más fácil centrarme en el enfado que sentía por Pablo por lo estúpido de su postura que en cualquier otra cosa.

Aun así, el domingo por la mañana me había despertado sintiéndome dispuesto a disculparme con él por lo ocurrido la noche anterior en el Sodoma, a pesar de mi enfado.

Me levanté de la cama, harto de dar vueltas y de pensar en David, me puse unos calzoncillos y salí de mi habitación.

Pero toda esa buena disposición desapareció cuando me topé con un desconocido en la puerta del baño.

—Perdón —dijo cuando casi se tropieza conmigo.

—¿Quién coño eres? —le espeté. No me había despertado con el mejor de los humores posibles después de casi no haber dormido, y encontrarme con el ligue de Pablo estando medio desnudo no ayudó a mejorarlo precisamente.

—Ya me iba —dijo como toda respuesta, alejándose de mí en dirección a la salida.

No me digné a salir del baño hasta que oí que el tipo salía del piso. Luego había ido hacia el cuarto de Pablo hecho una furia. Él estaba tumbado boca arriba en su cama, desnudo, y ni siquiera me miró cuando irrumpí en su habitación. Eso me enfureció aún más.

—¿De verdad es imprescindible que me encuentre a todos tus ligues en el cuarto de baño? —le espeté.

—Procuraré que no vuelva a pasar —dijo, todavía mirando hacia el techo.

—Gracias —respondí dándome la vuelta y volviendo a mi cuarto.

No habíamos vuelto a hablar desde entonces. Él se había pasado el domingo entero pintando y yo encerrado en mi habitación, maldiciendo a Pablo y toqueteándome mientras pensaba en David.

Quizás sus remordimientos seguían siendo demasiado intensos como para poder enfrentarse a Samuel, pero lo que él no dejaba de repetir era que no era lo suficientemente bueno para estar a su lado.

¿Era solo una cuestión de falta de amor propio o había algo más?

Por lo demás, Pablo siempre me había parecido la persona con más confianza en sí misma que había conocido, pero en cuanto Alejandro entraba en escena, esa percepción cambiaba radicalmente.

¿De verdad era el recuerdo de su antiguo amante lo que afectaba tanto a Pablo?

¿Se sentiría igual de culpable si hubiese engañado a Samuel con cualquier otro?

En todo caso, pensaba yo aquella mañana, quien comete un error así no busca más que un perdón que Pablo ya había obtenido.

¿Por qué se negaba entonces a aceptarlo?

Yo también había perdonado a David tras enterarme de lo de Ricardo, pensé mientras me enjabonaba el pelo; sin embargo, él había decidido romper la relación alegando la diferencia de edad e incompatibilidades varias que nunca habían parecido molestarle hasta ese momento.

¿Habría sido la culpa la que había hablado por él aquel día, tal y como le pasaba a Pablo?

«Eres uno de los mayores remordimientos de mi vida», me había dicho el sábado anterior, justo antes de besarme.

Que David me besara me había pillado completamente desprevenido. Solo unos días antes le había dicho a Samuel que le tenía superado y que ya no albergaba esperanzas respecto a él. Sin embargo, mi corazón se había desbocado en el momento en el que se unieron nuestros labios.

Cerré el grifo de la ducha, mortificado. Mucho me temía que David había vuelto a despertar sentimientos que yo prefería mantener enterrados.

Terminé de vestirme y me dirigí a la cocina. Pablo estaba allí, de espaldas a la puerta, y se servía un café humeante con movimientos lentos y metódicos.

—¿Quieres un café? —me ofreció al verme entrar.

—Sí.

Me senté a la mesa mientras él ponía una taza delante de mí y un plato con unas tostadas. Se sentó frente a mí sorbiendo despacito su café y no dijimos nada durante un rato.

—Siento haberte interrumpido —dijo al fin.

—Y yo siento lo que pasó la otra noche —contesté—, yo no quería que tú…

Levantó una mano, con su larga palma hacia mí para indicarme que me callara.

—¿Samuel sabía que nosotros íbamos a estar allí?

—Sí, yo se lo dije, pero…

—¿Y tú sabías que él iría?

—No estaba seguro.

—¿Y sabías lo de ese tío?

—No, qué va. Pablo, yo…

—No, está bien. —Se pasó las manos por el pelo—. No es culpa tuya. Al menos no toda la culpa es tuya. —Volví a asentir. Eso era lo más parecido a una disculpa que iba a obtener de él—. ¿Crees que estará liado con ese tío?

—¿Ahora te preocupa eso? ¿No decías que estaría mejor con él que contigo? —le pregunté. Me lanzó una mirada asesina—. No lo sé, Pablo, no lo creo —añadí con la intención de consolarlo.

—Pero qué mal mientes —me reprochó.