A través del sexo. La saga completa 9. Exnovios #5
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9. Exnovios #5

Miré a mi alrededor, y no tardé mucho en verlo. David estaba apoyado en la fachada que estaba justo enfrente del Sodoma, a unos pocos metros de mí, y se fumaba un cigarrillo con expresión pensativa. Cuando le miré, sonrió y me acerqué a él, preguntándome cómo no le había visto.

—No me digas que has cogido de nuevo el vicio —dije a modo de saludo, refiriéndome a su cigarro.

—No, no —dijo, casi como si se quisiera convencer a sí mismo tanto como a mí. Tiró el cigarrillo a la acera y lo pisoteó con la puntera del zapato—. Solo ha sido uno, solo esta noche.

Asentí; debía de estar loco para volver a fumar, no solo por sus pulmones asmáticos, sino por los más delicados de su hijo.

Quizás una de las mayores secuelas de su prematuridad fue que tenía los pulmones delicados, y en los cinco meses que hacía desde que estaba en casa, había cogido varias infecciones respiratorias, una de ellas tan grave que necesitó un nuevo ingreso en el hospital.

Un fumador en casa solo podría perjudicarle.

—¿Y qué haces aquí? —Me apoyé en la pared, a su lado.

—Estaba decidiendo si entrar o no —dijo señalando con su barbilla en dirección al Sodoma—. ¿Y tú, qué haces aquí fuera tan temprano? ¿No deberías estar ahí dentro pasándolo bien?

—He discutido con Pablo y no… —Negué con la cabeza, no me apetecía hablar de ello—. ¿Y qué, ya te has decidido a entrar?

Negó suavemente con la cabeza.

—No, me voy a casa. Me siento estúpido aquí. Si tengo que decidirlo, es que aún no estoy preparado para hacerlo.

Le miré intensamente durante unos segundos, preguntándome qué ocurriría detrás de aquellos acuosos y enormes ojos grises.

—¿Necesitas hablar? —le pregunté al fin, dispuesto a no irme a casa hasta haberlo averiguado.

—¿Hablar de qué?

—No sé —dije encogiéndome de hombros—, de lo que tú quieras. Tienes pinta de necesitar desahogarte.

—¿No me digas? —Soltó una débil risita—. Está bien. Ven conmigo.

Se separó de la pared y empezó a andar. Caminamos unos minutos en silencio hasta dar con su coche, que estaba aparcado unas calles más abajo.

Condujo por las tranquilas calles durante más de quince minutos, dirigiéndose a la zona alta de la ciudad.

Aparcó cerca de un mirador, desde el que se dominaba la vista de toda la zona portuaria.

Salió del coche y apoyó los codos sobre la barandilla de madera, mirando hacia el mar.

—Hacía tiempo que tenía ganas de hablar contigo —le dije, poniéndome a su lado.

—¿Ah, sí? ¿Y eso por qué?

—No sé. Después de lo que hiciste por mí en noviembre, creo que…

—No tienes que decirme nada —me cortó—, ni tienes que darme las gracias. Tú habrías hecho lo mismo por mí.

—Sí, pero… Quería que supieras que ya no… Que no he vuelto a consumir nada —le dije—. Después de lo que me dijiste, yo… —Me callé, repentinamente incómodo.

Me miró un momento antes de revolverme el pelo.

—No esperaba menos de ti. —Sonrió.

Sonreí a mi vez y miré hacia la ciudad. Desde donde estábamos, apenas se percibía movimiento alguno, salvo algún que otro solitario coche que circulaba por las calles.

Miré hacia los muelles. Grandes cargueros estaban atracados allí, o se movían con pesarosa lentitud por las aguas negras y en calma.

La intermitente luz del faro se veía también desde allí, como una estrella brillante en lo alto del puerto.

—Déjame adivinar —dije—: Seguro que ha sido Clara quien ha insistido en que salieras esta noche. —Cuando me miró, me encogí de hombros, restándole importancia al hecho de haber supuesto lo ocurrido.

—Qué decepción se llevará cuando vea que no he aprovechado mi «noche libre» —dijo como toda respuesta.

—Es que se preocupa por ti.

—Ya lo sé, pero… me presiona constantemente para que haga cosas para las que aún no me siento preparado, ¿sabes?

—¿Como lo de esta noche?

—Como lo de esta noche —consintió—. La verdad es que preferiría haberme quedado en casa.

—A lo mejor es demasiado pronto para ti —susurré.

—Evidentemente. —Me devolvió la mirada, y debió de ver preocupación en la mía, porque sonrió y dijo—: Estoy bien, en serio.

—¿Seguro?

Por un momento creí que sonreiría, pero el gesto murió antes de materializarse del todo.

Bajó la vista a la ciudad, y la dejó vagar por el paisaje que teníamos delante a la vez que inconscientemente acariciaba su alianza de casado con su pulgar.

Supe que estaba pensando en Lorea, aunque ni siquiera la habíamos nombrado.

Yo también me concedí un momento para pensar en ella y en la única vez que la había visto en persona.

Su imagen acudió a mi mente con tanta nitidez que parecía mentira que hubiera muerto, y me pregunté por enésima vez cómo sería perder a la persona amada.

—No me puedo ni imaginar lo duro que esto debe de ser para ti —me atreví a decir.

—La muerte es algo tan raro… —susurró—. Al principio, piensas que te vas a volver loco, que no vas a poder vivir sin esa persona.

—Me miró fijamente—. Pero con el correr de los días te das cuenta de que…

De que la vida sigue —dijo encogiéndose de hombros—.

No importa que se te parta el corazón en mil pedazos, la vida sigue, y te das cuenta de que puedes vivir igual que antes.

Creo que eso es lo peor de todo —dijo con amargura—.

A veces tengo la sensación de que la vi ayer mismo, y me cuesta trabajo creer que hace seis meses que se fue, pero otras veces tengo la sensación de que Lorea nunca existió, que no fue más que un sueño.

—Me miró abrumado e hizo una pausa antes de continuar, como si tuviera que escoger sus palabras—.

Lo nuestro fue tan rápido, tan intenso, pero tan rápido, que me cuesta creer que todo lo que ha pasado fue de verdad, pero luego veo a mi hijo y me doy cuenta de que…

—Bajó de nuevo sus ojos hacia la ciudad—.

Yo nunca pensé que sería padre, nunca quise serlo, y menos en estas circunstancias…

—Lo harás bien. Eres un buen hombre, David.

Me miró serio.

—Tiene gracia que tú me digas eso, después de lo mal que me he portado contigo.

Negué con la cabeza.

—Eso ya está olvidado.

—¿De verdad? Porque eres uno de los mayores remordimientos de mi vida —susurró.

—Bueno —balbuceé, sintiéndome torpe de repente—, supongo que Clara tiene algo de razón al decirte que deberías pensar en rehacer tu vida y todo eso, ¿no?

David no contestó, sino que se limitó a mirar hacia la ciudad con la mirada llena de preguntas.

Supuse en ese momento que el pobre debía de estar hecho un lío, pero dejé de pensar en cuanto vi que sus ojos grises se volvían hacia mí y me recorrían con un detenimiento del que hacía tiempo que no disfrutaba.

Se acercó a mí y agarró mi barbilla con suavidad, atrayendo mis labios a los suyos con deliberada lentitud.

Cuando estaba a punto de protestar, él paró el movimiento, deteniendo sus labios a escasos milímetros de los míos.

Sentí su respiración aletear sobre mi mejilla y el olor dulzón de su cuerpo me invadió.

Nos miramos a los ojos un instante, hasta que no pude soportarlo más y los cerré.

David me besó con esa sensual dulzura que siempre me había cautivado de él, lamiendo mis labios con los suyos y sin llegar a unirlos del todo.

Cuando nos separamos, abrí los ojos lentamente para no desprenderme del todo de esa sensación.

—¿Por qué has hecho eso? —pregunté cuando sentí que mi voz no temblaría al hacerlo.

—No lo sé. —Se encogió de hombros en un gesto casi divertido—. Antes, a las puertas del Sodoma, me preguntaba si ya estaría empezando a echar de menos el sexo. —Me miró de nuevo, con su traviesa sonrisa torcida bailándole en los labios—. Parece ser que sí —concluyó.

—¿Te has excitado? —susurré mientras me mordía el labio inferior. Asintió—. Yo también.

Volvió a revolverme el pelo y se giró de nuevo hacia la ciudad.

—No creí que esta noche resultara ser tan complicada —dijo al final con un suspiro.

—¿Por qué dices eso?

—Porque entre tú y yo las cosas nunca han sido fáciles. Vamos, te llevaré a casa.

Se dirigió a su coche y le seguí, preguntándome qué habría querido decir con todo eso.