A través del sexo. La saga completa 9. Exnovios #4
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9. Exnovios #4

Puse los ojos en blanco, sabiendo muy bien cuál era su idea de «algo atrevido», pero le dejé rebuscar por la tienda mientras yo miraba por mi parte.

Encontré unos vaqueros negros que me gustaron, y un par de camisetas, una violeta con dos símbolos de masculinidad entrelazados, y otra con la palabra «Pride» en grandes letras multicolores.

Entré al probador para ver qué tal me quedaban, y cuando estaba medio desnudo, Pablo entró sin ningún miramiento.

—Pablo —me quejé—, que me ve todo el mundo.

—Bah —dijo sin darle importancia al hecho de que media tienda me acababa de ver en calzoncillos—, no es para tanto. Mira esto —dijo, mostrándome lo que llevaba en la mano.

—¿En serio? —le pregunté elevando las cejas—. ¿Vas a ponerte eso?

—¿Por qué no? —me dijo desnudándose para probarse la prenda que había elegido, unos ceñidísimos pantalones de cuero.

La verdad es que le quedaban muy bien y le hacían un culo muy sexi.

Me imaginé la cara que pondría Samuel si llegaba a verle vestido así, y no puse más pegas a su elección.

Él, por su parte, la única pega que puso a las mías fue sugerirme que cogiera una talla más pequeña de cada camiseta.

Teniendo en cuenta que quería ligar, terminé por hacerle caso.

—Espero que haya tíos interesantes —me decía esa noche mientras nos preparábamos para salir—, hace tiempo que no me corro una buena juerga.

—¿Cómo que no, si sales cada finde y vuelves a casa siempre con un tío?

Se encogió de hombros.

—Sin ti no me lo paso tan bien —dijo sonriente.

Sonreí a mi vez.

—Seguro que ves algo que te guste —respondí—, siempre hay algún tío interesante en el Sodoma.

—Mi pensamiento se fue irremediablemente hacia Samuel, imaginando qué diría Pablo al verlo allí si al final se decidía a ir.

Estuve tentado de mandarle un SMS para preguntarle, pero al final no lo hice.

No quería que pareciera que estaba mediando entre ellos dos.

—Bueno, ¿qué tal? —Se giró hacia mí para que le viera vestido con sus ajustadísimos pantalones nuevos y una camiseta negra de escote en pico con la palabra « Sex » escrita en strass rojo.

—Estás arrebatador —dije, y era verdad. A su lado, yo parecía completamente inofensivo con mi discreta camiseta nueva. Me puse de puntillas para besarle en los labios, recordando con satisfacción por qué en ocasiones Pablo me había atraído tanto—. Venga, vámonos.

Un rato más tarde, entrábamos en el Sodoma casi abrazados, contentos y algo achispados.

Un par de baretos de ambiente habían abierto sus puertas por la zona en los últimos meses e hicimos una ronda para verlos, tomándonos una copa en cada uno de ellos.

Generalmente eran sitios oscuros y pequeños, de ambiente animado, festivo y con música techno, pero ninguno era tan grande como el Sodoma, ni tenía cuarto oscuro.

Pensé que me sentiría raro al entrar allí tras tantos meses de ausencia, pero cuando franqueamos la puerta, me di cuenta de que lo había echado de menos.

Esa noche Pablo acaparaba más miradas que yo, pero aun así, me permití el lujo de sentirme sexi por primera vez en mucho tiempo.

Una añorada sensualidad empezó a tomar forma en mi ingle con cada mirada que me lanzaban, con cada beso que veía, con cada roce que alguien me regalaba en esa abarrotada semioscuridad.

—Quiero una copa —le grité a Pablo en medio de la ensordecedora música.

Él se limitó a señalarme la barra más cercana y a hacerse camino hasta ella a base de codazos.

Pedimos dos vodkas con limón y nos alejamos de allí ante el empuje de otros hombres que esperaban para pedir sus bebidas.

Inconscientemente, empecé a mover las caderas bajo el influjo de la música, y antes de darme cuenta, ya tenía a Pablo contoneándose contra mí.

Estuvimos bailando un rato juntos hasta que en un momento dado, noté que Pablo se quedaba quieto detrás de mí.

—¿Qué pasa? —pregunté girándome hacia él.

Seguí su mirada hasta ver a Samuel bailando con un moreno bastante guapo.

Las noches pasadas en el Sodoma junto a Pablo mientras fueron pareja no habían hecho más que aumentar su confianza en ese tipo de ambientes.

Aunque seguía vistiendo como un auténtico pijo cuando iba a clase, había aprendido a no llevar suéteres de color rosa cuando salía de noche, sino ropa bastante más sexi.

Se contoneaba bien, desplegando una sensualidad que pocas veces había visto en él, y nunca si no era en compañía de su exnovio.

Ahora bailaba contento con el otro chico y me preguntaba si él sabía que nosotros le estábamos mirando.

—Esto es el colmo —musitó Pablo.

—Anda —dije cogiéndole de la mano y fingiendo que no había oído su comentario—, vamos a saludar.

—¿A saludar?

—Sí, hombre, vete y dile hola. Hace más de cinco meses que cortasteis, no te va a morder —le dije—. A ver si va a pensar que sigues enamorado de él —añadí para picarle.

Sin una palabra más, se dirigió en dirección a Samuel, y vi cómo este dejaba de bailar al ver a Pablo. Sonreí para mis adentros y me dirigí hacia ellos.

—Hola —dije al llegar junto a Samuel. Él sonreía radiante, y no habría sabido decir si era por su guapo acompañante o por tener a Pablo frente a él.

Deseaba fervientemente que fuera por lo segundo.

Me di cuenta entonces de que el otro chico me resultaba familiar y me giré para saludarle a él también—. Hola, soy Noah.

Me estrechó la mano.

—Jero —me dijo.

—Estudia en nuestra facultad —intervino Samuel.

—Ah, sí, por eso me sonaba tanto tu cara…

Él asintió, quizás a él también le resultaba familiar la mía, pero la cuestión era qué hacía allí con Samuel: o bien se habían encontrado en el Sodoma por casualidad, o bien habían quedado para salir, y me daba la sensación de que era lo segundo.

Eso me hizo preguntarme qué hacían juntos. ¿Vendrían solo como amigos o…?

—Así que de marcha, ¿eh? —dijo Pablo fríamente.

—Sí —respondió Samuel. Si notó el reproche en la voz de su ex, no lo hizo notar—. Jero y yo teníamos ganas de bailar.

—Apuesto a que tiene ganas de algo más —masculló Pablo.

—¿Y lo pasáis bien? —pregunté rápidamente.

—Sí, muy bien. ¿Y vosotros?

—Bien —respondí yo ante el repentino mutismo de Pablo—, lo pasamos bien. También teníamos ganas de bailar.

—Ya veo.

Nos quedamos callados unos segundos, y sentí que el ambiente se enrarecía.

—Entonces, ¿estás en la misma clase que Samuel? —me preguntó el tal Jero. Agradecí que me hablara, no solo porque ayudaba a diluir el mal rollo, sino porque me di cuenta de que Samuel y Pablo empezaban a hablar aparte.

—Sí, estudiamos juntos —dije, haciendo un esfuerzo en poner la oreja en la conversación que estaban teniendo a escasos centímetros de mí, pero la música no me dejaba escuchar casi nada—. ¿Y tú, de qué le conoces?

—Pues de vernos por allí y por acá, el otro día nos tropezamos en la biblioteca y…

—¡Eres un gilipollas! —El grito interrumpió nuestra conversación y nos giramos para ver que era Samuel quien lo profería—. No tienes ningún derecho a hablarme así, ¡capullo!

Se dio la vuelta y salió corriendo, dando empujones a todo el que se interponía en su camino.

—Será mejor que vaya tras él —dijo Jero, alejándose de nosotros.

Miré a Pablo y vi que se mordía el labio inferior, mortificado. Sentí un ramalazo de lástima, pero aun así me di cuenta de que me había enfadado con él.

—¿Pero qué coño le has dicho? —le dije.

—Que esperaba que… —Se interrumpió, incapaz de terminar—. Si no quiere que le diga esas cosas, que no se ponga a manosearse con otro delante de mí.

—No debiste tratarle así —le recriminé—, seguro que estaba con ese tío solo para ponerte celoso.

—Eso ya lo sé —me espetó.

—¿Entonces por qué te pones así con él?

—Porque me he puesto celoso —dijo.

—Maldita sea —le grité—, ¡pues haz algo al respecto!

Señalé con mi brazo en la dirección en la que se había ido, esperando que Pablo fuera en su busca. En vez de eso, se volvió en la dirección contraria y cruzó los brazos sobre su pecho.

—No —dijo.

—¿Por qué no?

—Porque seguro que le irá mejor con ese que conmigo.

—Eso no lo puedes saber. Además, Samuel solo ha venido aquí para verte, él sabía que tú ibas a venir y yo…

Se encaró a mí, con los ojos en llamas.

—¿Tú sabías que él estaría aquí?

—Sí, pero…

—¿Por eso querías salir conmigo, para montarme una encerrona?

—No te he montado ninguna encerrona —intenté excusarme—, yo solo…

—No te metas en esto, Noah —me dijo, poniendo su largo dedo índice en mi pecho—. Esto no es asunto tuyo.

Se dio la vuelta, hecho una furia, y se internó en las profundidades del cuarto oscuro, dispuesto a ahogar su dolor con el primero que se le pasara por delante.

Pensé en correr tras él y disculparme, pero luego me di cuenta de que lo mejor sería que le dejara tranquilizarse un poco.

Sin muchas ganas de seguir de fiesta, decidí que lo mejor sería irme a casa.

Salí del local en dirección a la calle, con la intención de pillar un taxi.

A esas horas la calle estaba abarrotada de gente que salía de un local a otro, o que hacía cola para entrar en alguno, pero yo, inmerso en mis propios sentimientos como estaba, no me paré a fijarme en ninguna de las personas con las que me crucé.

Me sentía frustrado y confuso, pero, sobre todo, culpable por haber intentado hacerme el casamentero.

Entendía muy bien que Pablo tuviera remordimientos por haber engañado a Samuel, pero no que estos fueran tan intensos como para rechazar el perdón que aquel estaba dispuesto a darle.

Decía una y otra vez que no era lo suficientemente bueno para Samuel, que no le merecía. ¿Tan poco se quería a sí mismo?

Tras mirar brevemente, crucé la calzada para dirigirme a la calle principal, en la que esperaba encontrar un taxi, pero una voz me detuvo.

—¡Ey, Noah!