A través del sexo. La saga completa 9. Exnovios #3
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9. Exnovios #3

—Joder… —mascullé—. Y yo qué sé. —Verle seguía sacudiendo algo en mi interior, pero tampoco podía dejar de recordar la distancia abismal que percibí entre nosotros el día que había ido a buscarme a urgencias, y que ahora me parecía insalvable.

Ni siquiera al comienzo de nuestra relación había notado la diferencia de edad como en ese momento, claro que en aquel entonces yo solo tenía diecisiete años y era demasiado niño para darme cuenta de algunas cosas.

Puede que yo hubiese madurado durante ese tiempo, pero él lo había hecho muchísimo más.

No dudaba que David seguía sintiendo algo por mí, algo lo suficientemente fuerte como para haber cuidado de mí aquel día, pero ese sentimiento no tenía que ser necesariamente amor—.

Lo mío con David… He sido un crío por seguir albergando esperanzas tanto tiempo.

—Pero sigues sintiendo algo por él —insistió, esta vez sin molestarse en formular una pregunta.

—Empiezo a creer que de una manera u otra siempre voy a quererle, pero… —Me encogí de hombros de nuevo—. Creo que lo he superado, al menos me he dado cuenta de que lo nuestro no puede ser y menos ahora que es padre y… Bueno, ya sabes.

—Padre o no, es un hombre, y sigue teniendo las mismas necesidades de antes —me recordó Samuel.

—Claro que sí, y no dudo que cuando David se recupere de lo de Lorea quiera buscar compañía o enamorarse de nuevo…

Pero no será conmigo —dije—. Él querrá pasar página y, en todo caso, yo debería hacer lo mismo.

Pablo me ha estado insistiendo mucho últimamente para que le acompañe al Sodoma y…

—De repente me corté, dándome cuenta de que estaba diciendo algo que no era adecuado para los oídos de Samuel, pero él simplemente negó con la cabeza y esbozó una débil sonrisa—. Quiero decir que…

—Que Pablo sigue con su vida —terminó él por mí—, y que tú y yo deberíamos hacer lo mismo.

No pongas esa cara, Noah, ¿crees que no sé cómo es mi ex?

—Asentí en silencio; Samuel debería estar muy ciego para no darse cuenta de que Pablo necesitaba sexo, y de que lo necesitaba siempre, independientemente de su estado emocional—.

Yo tampoco debería seguir esperando, y quizás siga su consejo yo también, y empiece a ver a otras personas.

—¿No has estado con nadie desde…?

—No, no me apetecía, la verdad, pero ahora… No tiene sentido no empezar a divertirme de nuevo, ¿tú qué crees?

Le miré a los ojos y pensé que él era la única persona que podía sacar a Pablo de su desidia y su amargura.

Pensé en mi amigo, y en que aún algunas noches le pillaba llorando por Samuel, que los ligues que había tenido esos meses no significaban nada para él, aparte de que evidenciaban que tenía el corazón roto, pero sabía que Pablo me mataría si algún día le contaba todo eso a alguien, sobre todo a la persona que tenía delante de mí en ese momento.

—Que te diviertas si quieres —le dije al fin—, pero no te olvides de las personas que te llevan en su corazón.

Me miró desconcertado y boquiabierto, y yo empecé a preguntarme si realmente había hecho bien al decirle eso, yo no era nadie para entrometerme entre ellos. Ninguno de los dos dijo nada más y unos minutos más tarde, Clara volvió al salón y se asomó a la terraza.

—¿Qué, chicos? ¿Estudiamos un poco?

—No me sorprende que acabara así —dijo Pablo esta tarde cuando le conté lo de Gabriel—. Hiciste bien en separarte de ese chico.

—Fue él quien se separó de mí —le recordé.

—Pues entonces, da gracias de que lo hiciera —repuso.

Asentí, algo molesto. No me gustaba la actitud condescendiente de Pablo, pero no dije nada.

En los últimos meses su carácter se había ido agriando y he de confesar que la convivencia con él fue más difícil de lo que yo había supuesto, precisamente por eso.

Yo sabía que Pablo tenía derecho a lamentarse, y que sus cambios de humor se debían al desamor.

Lo sentía por él y le entendía, por eso le aguantaba, incluso cuando se ponía tan antipático como aquel día.

Aunque he de reconocer que esa vez tenía razón.

—Supongo —dije al fin—, en todo caso, Gabriel no era una buena influencia —admití con una triste sonrisa.

—Y aun así, casi te enamoras de él.

—Vaya, gracias por recordármelo —dije con cierta amargura.

—No te lo tomes a mal, cariño —añadió conciliador—, es solo que tienes el corazón más grande que el cerebro.

Fruncí el ceño, decidiendo si eso había sido un insulto o un cumplido, mientras él volvía de nuevo su atención al lienzo que estaba pintando.

Era una escena aparentemente inocente en la que dos cowboys se detenían junto a un arroyo para abrevar a sus caballos, pero había una sensualidad implícita imposible de obviar.

Ambos eran jóvenes y hermosos, con cabellos ondulados y cuerpos rotundos que se adivinaban bajo los vaqueros que lucían.

Llevaban el torso desnudo y se sonreían.

O quizás la sensualidad estaba en mis ojos, porque estaba seguro de que un heterosexual no vería lo mismo que yo.

Pablo no se cansaba de repetirme que cada espectador veía una historia diferente al mirar un cuadro, y demostrarme eso parecía ser precisamente el objetivo de aquella pintura, aunque yo sabía que en realidad no era más que un homenaje de mi amigo a George Quaintance.

—Bueno, ¿y qué vas a hacer al respecto? —preguntó.

—Nada —dije—. No le voy a llamar, ni nada por el estilo.

— Ooh —musitó para sí—, me asombra tu buen juicio.

—¿Ves? Quizás tenga el cerebro más grande de lo que piensas.

—Oh, sí, de eso no hay duda, pero ahora mismo, lo que más me preocupa es el tamaño de tu polla. Como no folles pronto, se te va a poner negra, como una berenjena gigante, se te gangrenará y habrá que amputártela —sentenció, señalándome acusador con su pincel.

—Pero qué bruto eres —resoplé—, tampoco llevo tanto tiempo sin follar.

—¿Cinco meses no es tanto tiempo para ti? —resopló incrédulo—. Lo que no se usa se atrofia —me dijo.

—¿Y quién te ha dicho que no la uso?

—Jugar al cinco contra uno no cuenta, ni siquiera aunque tengas un dildo atravesándote el culo.

—Le miré con los ojos como platos y me sonrojé—.

Cariño, te lo has vuelto a dejar sobre el lavabo del baño.

Si no quieres que esté al tanto de tus hábitos masturbatorios, más te vale que guardes tus juguetitos cuando los hayas lavado.

—Vale, vale —dije, ruborizado como una colegiala—, pero podrías tener un poco de savoir-faire y hacer como que no has visto nada.

—¿Y perderme la oportunidad de meterme contigo y avergonzarte? Qué poco me conoces —espetó.

—De todas maneras —aventuré—, este fin de semana estaba pensando en que quizás tú y yo…

—¿No me digas que tienes ganas de salir a ligar? —preguntó entusiasmado. Me encogí de hombros y Pablo me abrazó, manchándome la camiseta de pintura—. ¡Madre mía! —exclamó—. Ya iba siendo hora.

Le miré con cierta incredulidad. No tenía ni idea de que a Pablo le pudiera hacer tanta ilusión que yo volviera a salir de noche con él, ni que le subiría tanto el ánimo.

De haberlo sabido, quizás lo habría hecho antes, solo para satisfacerle.

Sopesé la idea de contarle que quizás Samuel también estaría allí, pero al final no lo hice.

No estaba muy seguro de cómo reaccionaría él ante la noticia, o si eso podría agriarle su recién descubierto buen humor.

En todo caso, a lo mejor Samuel ni siquiera se decidía a ir, y si al final nos encontrábamos con él, ¿para qué estropearle a Pablo la sorpresa?

Aquel sábado, Pablo fue a buscarme a la salida de las prácticas en el laboratorio, pues a esa hora él también salía de su nuevo trabajo.

Después de haber dejado la sala porno, pasó un par de meses viviendo de sus ahorros y buscando un trabajo digno, como él llamaba a cualquier ocupación que no incluyera llevar el culo al aire.

Quiso probar como camarero en varios baretos, alegando en su currículum la experiencia que ya tenía, pero nunca le contrataron, y él se indignó mucho al pensar que quizás era a causa del sitio en el que había trabajado anteriormente o por su orientación sexual.

Luego probó en varios restaurantes de la zona, con idéntico resultado.

Casi se le habían agotado los ahorros cuando encontró un trabajo a su medida, en la tienda de arte a la que él iba a comprar sus lienzos y pinceles.

Al parecer, el dueño, un señor mayor que había quedado recientemente viudo, necesitaba ayuda en la tienda ahora que su mujer ya no estaba, y casi sin darse cuenta, Pablo se vio trabajando cada tarde entre semana de tres a seis, y cada sábado de diez a dos, por un sueldo justo y sin tener que enseñarle el culo a nadie.

Ese día me invitó a almorzar a una pizzería y me llevó de compras a una tienda que él solía frecuentar, para comprar algo de ropa que ponernos esa noche.

Era una tienducha fea en una calle poco transitada, pero había sido una de las primeras de la ciudad en atreverse a poner en su escaparate la bandera multicolor.

Principalmente vendía ropa, y no solo de la que uno se podía poner para salir a la calle: allí se podía conseguir casi cualquier prenda que respondiera a la más característica estética gay: pantalones y chaquetas de cuero, sombreros de policía o disfraces de bomberos o marineritos.

Yo, que me estaba familiarizando con el trabajo de varios ilustradores gays gracias a la devoción que Pablo profesaba a algunos de ellos, no podía dejar de pensar que allí se sentiría como en casa.

—¿Qué te apetece pillar? —me preguntó Pablo.

—No sé, quizás una de esas camisetas tan chulas… —Casi toda la colección de camisetas de Pablo provenía de esa tienda—. ¿Y tú, qué quieres comprarte?

—Algo atrevido…