A través del sexo. La saga completa 9. Exnovios #2
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9. Exnovios #2

Y era verdad. Íker había resultado ser un niño sorprendentemente bonito, pero también era llorón, mimoso e irritable, razón por la cual los hermanos Van Kerckhoven llevaban meses luciendo unas tremendas ojeras.

Clara siempre se quejaba en clase de lo mucho que lloraba el niño, sobre todo durante las noches, y yo no entendía cómo alguien podía ser feliz en circunstancias así; sin embargo, cada vez que Clara hablaba de su sobrino, lo hacía con una sonrisa resplandeciente, y las pocas veces que había visto a David con su hijo me habían convencido de que estaba loco por él.

Por nuestra parte, Samuel y yo ya habíamos sufrido un par de perretas de ese niño en alguna que otra sesión de estudio, y prometíamos una y otra vez que no volveríamos a estudiar en casa de Clara…

Promesa que de una forma u otra siempre terminábamos incumpliendo.

—Tendremos que arriesgarnos. De todas maneras, no es tan grave si nos saltamos una tarde de estudio, ¿no?

—dijo Clara con picardía. El segundo cuatrimestre estaba siendo, académicamente, más suave que el primero, ya no teníamos clase cada día por las tardes, lo que nos dejaba más tiempo libre para estudiar, así que en parte ella tenía razón.

Después de comer, nos despedimos del resto de nuestros compañeros y nos dirigimos al piso de David.

Como Samuel había predicho, lo primero que oímos cuando llegamos allí fue el llanto de un niño pequeño. Al entrar en el salón, vimos que la niñera tenía al bebé en brazos e intentaba calmarle sin mucho éxito, mientras Íker berreaba con la cara congestionada.

—Mierda —siseó Clara mientras dejaba apresuradamente sus cosas sobre el sofá e iba a coger a su sobrino, mientras Samuel y yo nos acomodábamos sin esperar una invitación, estando ya acostumbrados a ese tipo de recibimiento.

—Lo siento —decía la niñera un tanto azorada, mientras veía cómo Clara hacía un esfuerzo por tranquilizar a su sobrino—, lleva un rato así, no sé qué le pasa.

—¿Ha comido bien? —le preguntó; la niñera asintió—. ¿Ha hecho caca? A veces se estriñe…

—Sí, dos veces.

Samuel y yo intercambiamos una mirada entre divertida y avergonzada, y nos alejamos de aquella conversación todo lo que pudimos mientras Clara empezaba a cantar una nana en alemán.

Poco a poco, Íker empezó a tranquilizarse y pocos minutos después reía con las carantoñas y cosquillas que le hacía su tía.

—Menuda mano que tienes con él —dijo la niñera, un tanto asombrada.

—Eso me dice mi hermano. Es que mi sobrino me quiere mucho, ¿verdad que sí? —preguntó en tono infantil, mientras volvía la atención al niño—. ¿Verdad que Íker me quiere mucho? ¿Verdad que sí?

El niño, mientras tanto, reía contento y balbuceaba mientras intentaba agarrar la nariz de Clara y le tiraba del pelo.

Ella hizo un par de gestos de dolor ante los tirones, pero no dijo nada.

Cuando el niño estuvo completamente relajado y feliz, Clara se despidió de la niñera, acostó al niño en su parque y le puso varios juguetes a mano.

Íker aún era muy pequeño para gatear, pero una vez que estuvo boca abajo, gorjeó contento e hizo fuerza con los brazos para incorporar la cabecita.

Cogió uno de sus juguetes, se lo llevó a la boca y siguió jugando tranquilamente hasta que Clara volvió de la cocina con un bote de papilla en la mano.

Cogió al niño, lo sentó en su regazo y empezó a darle de comer.

Íker reía y jugaba mientras comía, y parte de la fruta terminaba en su babero, pero Clara seguía dándole de comer con mucha paciencia.

Me producía cierta ternura ver cómo ella se había convertido en una perfecta madre para el hijo de David, pero me preguntaba si era justo para ella tomar todas esas responsabilidades siendo tan joven, sobre todo porque no le correspondían.

—Bueno —dijo ella, ajena a mis pensamientos—, creo que ahora podemos hablar un rato.

De repente me di cuenta de que mis dos amigos me miraban con expectación.

—¿Qué? —pregunté un tanto azorado.

—¿Estás bien? —me preguntó Clara. Íker balbuceó algo y dio un gritito, y ella le dio otra cucharada, que el niño tragó con glotonería.

—Que sí, claro que estoy bien. ¿Por qué no iba a estarlo? —Clara levantó las cejas y frunció los labios—. ¿Lo dices por lo de Gabriel? Él se lo ha buscado —añadí, intentando fingir más despreocupación de la que sentía.

—Quizás deberías llamarle —sugirió.

—No. —Negué con la cabeza—. Si le llamo solo porque le han expulsado, me odiará por compadecerme de él. Además, me ha dejado muy clarito que no me quiere en su vida —apunté con un deje de resquemor.

—Ya —dijo Samuel—, pero quizás ahora necesita un amigo.

Asentí sin mucho convencimiento. Quizás Samuel tenía razón, pero yo no tenía necesidad de sufrir un nuevo rechazo por su parte, y además sentía que tenía que protegerme de él en cierto sentido: él no quería que le ayudara a salir, pero yo debía cuidarme de dejar que me llevara de nuevo hasta el abismo.

Mi relación con Gabriel había sido destructiva y disfuncional, por mucho que me disgustara admitirlo, pero se me partía el alma solo de pensar en él y en el camino que estaba llevando.

Justo entonces oímos que las puertas del ascensor se abrían para dejar pasar a David.

Vestía traje de chaqueta, como siempre que salía de la oficina, y tenía pinta de estar cansado y de mal humor, pero en cuanto sus ojos se posaron en su hijo, esbozó una enorme sonrisa.

El niño, a su vez, gritó contento y pataleó para darle la bienvenida a su padre, desparramando por el suelo parte de la papilla que Clara sostenía en las manos.

—Jolines, Íker… —Se quejó ella al ver el desastre que se había montado, pero el niño volvió a chillar de puro contento, elevando sus manitas hacia David—. Anda, cógelo —pidió ella, incorporándose y tendiéndole el niño a su hermano—, voy a limpiar esto.

David, por su parte, no se hizo de rogar, cogió al niño en brazos, lo elevó sobre su cabeza y empezó a soplarle sonoramente en el ombligo para hacerle reír.

Samuel sonrió mientras veía cómo David jugaba con el niño.

—Tu hijo está monísimo. Hola, David.

—Hola —dijo, bajando al niño—. Hola, Noah.

Se giró para mirarme mientras acomodaba a su hijo contra su pecho y no pude reprimir el recuerdo de cuando le vi cogerle por primera vez.

En aquel momento, David había estado devastado, pero ahora…

Ahora casi parecía feliz, aunque en el fondo de sus enormes ojos grises había aún un rastro de dolor y melancolía.

—Hola, ¿cómo estás? —le pregunté.

—Bien, bien, gracias —me sonrió—, aunque estaría mejor si este niño me dejara dormir por las noches. ¿Y tú? —me preguntó, mirándome muy serio—. ¿Cómo estás?

Desde que me fuera a buscar a urgencias aquella extraña noche de noviembre, había aprovechado cualquier oportunidad para asegurarse de que yo estaba bien.

Apreciaba mucho su preocupación, siempre velada por la presencia de otras personas, y me habría gustado poder estar a solas con él y decirle algunas cosas, entre ellas que lo que me dijo aquel día me había dado que pensar.

—Bien —me limité a contestar, no atreviéndome a ser más conciso en presencia de Samuel.

Él nos miraba alternativamente al uno y al otro, y sonreía.

Creo que David no tenía ni idea de que mi amigo era partícipe de nuestro pequeño secreto, pero yo sí que sabía por qué Samuel nos miraba así, y no quería que se llevara una impresión errónea.

Carraspeé incómodo, en busca de un tema de conversación que no fuera tan peligroso, hasta que un súbito mal olor me quitó cualquier idea de la cabeza.

Los tres nos miramos extrañados un segundo.

—Oh, pero Íker… —exclamó David de repente. Levantó al niño sobre su cabeza y le olió el pañal. Se apartó asqueado—. Menuda manera que tienes de darle la bienvenida a tu padre —le amonestó en broma. Como toda respuesta, el niño balbuceó con alegría y le golpeó en la nariz.

—Pues ya sería la tercera vez de hoy —puntualizó Clara, que volvía en ese momento al salón y se inclinaba para limpiar con un paño húmedo la papilla que había caído al suelo.

—Será mejor que me lo lleve y le cambie los pañales antes de que asfixie a tus invitados —dijo David, separando cómicamente al niño de sí todo lo que la longitud de sus brazos le permitía.

—Voy contigo —canturreó Clara, siguiendo a su hermano hacia el pasillo que llevaba a los dormitorios.

Cuando nos quedamos solos, me levanté del sillón y me dirigí a la terraza, en busca de aire fresco.

Suspiré y apoyé mis codos en la barandilla, mirando hacia la ciudad.

Samuel no tardó en seguirme. Hizo visera con sus manos para que el sol del atardecer no le diera en los ojos y se dedicó a contemplar las vistas.

—¿Cómo estás? —me preguntó Samuel de repente.

—Estoy bien, en serio —dije—, lo de Gabriel ya está superado, y él ya es mayorcito para…

—No me refiero a cómo estás con respecto a Gabriel —me interrumpió. Se apoyó a mi lado en la barandilla y me miró a los ojos—. Me refiero a cómo estás con respecto a David. He visto cómo le miras —añadió.

—¿Y cómo le miro? —pregunté poniéndome a la defensiva.

—De la misma manera que yo miro a Pablo cada vez que te va a buscar a la facultad. ¿Sigues sintiendo algo por él?