A través del sexo. La saga completa 9. Exnovios
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9. Exnovios

EXNOVIOS

—¿ T e has enterado de lo que le ha pasado a tu novio?

Guillem pasó como quien no quiere la cosa cerca de mí en la cafetería. A veces lo hacía para decirme al oído que era un marica, o cualquier otra cosa que él creía que me podía molestar, y yo tenía la costumbre de ignorarle.

—¿Por qué no me dejas en paz? —le dije caminando hacia la barra.

—Oh, perdona —dijo fingiendo compasión—. ¿O debería decir exnovio?

Se apoyó a mi lado en la barra para esperar a que nos atendiesen y yo comprendí que no se iría hasta que me dijera lo que me quería decir.

—¿Qué coño quieres?

—Le han expulsado —soltó con deleite—. ¿No lo sabías?

—¿A quién? —pregunté—. ¿A Gabriel?

—¿Ahora te interesa? Pues sí. Al parecer, le pillaron esnifando coca en uno de los retretes del segundo piso. Hay quien dice incluso que se la estaba chupando a alguien, quizás a cambio de dinero. No sería la primera vez, ¿no?

—Pues tú sabrás más de eso que yo. Nunca he tenido que pagar para que me la chupen —le respondí con altanería para que no notara mi turbación.

Estaba seguro de que lo que decía Guillem no era más que una mentira para hacerme daño, pero los aseos del segundo piso habían sido los que Gabriel y yo usábamos para fumar y enrollarnos, porque eran los más alejados del resto de las clases y los menos frecuentados, y quizás me estaba dando a entender que sabía cosas sobre mí que yo no quería que nadie supiera.

—Has tenido suerte de que no te pillaran a ti con él, ¿no?

—Vete a tomar por culo —le dije enfadado.

Desistí de mi intento de comer algo y salí a la terraza de la cafetería. Mis compañeros estaban empezando a juntarse allí, aprovechando el buen tiempo de principios de abril para coger una mesa al aire libre. Cuando llegué, estaban cuchicheando animadamente sobre algo.

—¿Te has enterado, Noah? —me preguntó Eli cuando llegué hasta ellos—. Por lo visto, han expulsado a Gabriel.

—Ya lo veía venir yo —intervino Julia—, últimamente se juntaba con malas compañías.

—Al parecer fue por un tema de drogas —dijo María, y todos me miraron de reojo.

Ellos sabían que en nuestros buenos tiempos, Gabriel y yo habíamos fumado mucho juntos.

La mirada que me echaron Clara y Samuel fue más empática y comprensiva: ellos sabían lo que había pasado entre nosotros, y que yo había sido quien saliera más tocado.

Al fin y al cabo, fue él quien no quiso tener nada conmigo.

—Sí —dije al fin—. Me acabo de enterar. Guillem ha sentido un inmenso placer en contármelo personalmente.

—Menudo hijo de puta… —susurró Clara cerrando un puño.

A veces me daba la sensación de que le molestaba más todo lo que Guillem decía para hacerme daño que lo que le había hecho a ella.

—¿Y le pueden expulsar por algo así? —preguntó Juan José.

—Según los estatutos de la universidad, solo si es una conducta reiterada —dijo Julia.

—O sea, que no es la primera vez que le pillan —intervino Samuel, mirándome significativamente.

—No, al parecer no.

—Con lo buen chico que parecía…

—Y lo sigue siendo —salí en su defensa—. Gabriel tiene problemas en casa. No deberíamos juzgarle sin saber.

Los miré a todos severamente y la discusión se acabó, al menos por el momento.

Todos sabían que habíamos estado más o menos enrollados, y que la razón de que él se apartara de nosotros había sido por desavenencias conmigo.

Al parecer, Guillem no era el único que pensaba que Gabriel era mi exnovio.

En todo caso, pasara lo que pasase entre nosotros, no iba a dejar que hicieran leña del árbol caído, ahora que su espiral descendente le iba acercando peligrosamente al abismo.

Desde aquella discusión que tuvimos en noviembre no habíamos vuelto a hablar ni a tener ningún tipo de relación, pero yo le seguía desde la distancia, incapaz de no interesarme por él.

Me fijaba con quién se sentaba a comer, y le veía saltándose las clases y fumando en la arboleda con personas de dudosa moral.

A menudo me lo cruzaba en los pasillos, y veía que estaba ojeroso o con mala cara, y más de una vez llevaba gafas de sol dentro del edificio, para ocultar sus ojos rojos y resacosos.

Además, eventualmente la gente empezó a rumorear que Gabriel cumplía una pena por un asunto de drogas, lo que aumentó su mala fama en la universidad a la vez que sus notas bajaban, aunque nunca nadie relacionó ese incidente conmigo, y debo decir que seguramente él no dijo nada que pudiera vincularme a mí con ese hecho.

Alguna que otra vez intenté un acercamiento, que él cortaba de raíz nada más verme aparecer.

Creo que sabía que yo no aprobaba su conducta y, lo que era peor, que si le dejaba ayudarle, quizás conseguiría sacarle de ahí.

A pesar de lo que me había dicho, yo sabía que él seguía sintiendo algo por mí, y a veces lo pillaba mirándome de la misma manera en la que yo le miraba a él, pero no quería darse una oportunidad a sí mismo de ser feliz, y yo había comprendido que Gabriel necesitaba tocar fondo, que de hecho lo anhelaba con todo su ser.

Lo único que yo deseaba era que, una vez que lo hiciera, fuera capaz de volver a salir a flote.

Por mi parte, yo había tomado el camino contrario.

No había vuelto a tocar una sola sustancia ilegal desde el día del accidente, y me había sumido en una etapa de abstinencia y recogimiento, incluso desde el punto de vista sexual.

Pablo, que había seguido viviendo conmigo, opinaba que estaba reaccionando exageradamente.

Él comprendía que me hubiera asustado, pero no que me comportara como un monje budista.

Yo le decía que lo que yo estaba pasando no tenía nada que ver con la religión, pero sí con la espiritualidad.

Me sentía perdido, y quizás la única manera de dejar de estarlo era buscándome.

Centrarme en mí y en nadie más ayudaba a mi propósito, y eso incluía el sexo.

No era una cuestión de castidad, pero tal como estaban las cosas, la única persona con la que quería hacer el amor era conmigo mismo.

También intenté que Pablo dejara de fumar marihuana, pero lo único que conseguí fue que no lo hiciera en casa.

—Respeto tu deseo de no volver a fumar, pero respeta tú el mío de seguir haciéndolo —me dijo un día, cansado de nuestras discusiones al respecto—. Llevo años así, y nunca me he dejado llevar hasta lugares más peligrosos —añadió, recordándome con bastante tacto mi coqueteo con la cocaína.

Y así dejamos de discutir sobre eso, pero la verdad era que, a pesar de todas sus quejas acerca de mi «camino al ascetismo», él también se benefició de tener un estilo de vida más tranquilo.

Dejar su antiguo piso y su trabajo no solo hizo que desapareciera del alcance de Alejandro, sino que también le ayudó a centrarse en su arte.

Por aquella época, se volvió más prolífico que nunca.

Tenía siempre varios cuadros a medio pintar, que iba avanzando conforme a su estado de ánimo y su inspiración, y poco a poco empezó a dejarme ver sus trabajos, incluso aquellos que estaban en progreso.

A pesar de no ser un entendido en arte, me daba cuenta de que el talento de Pablo estaba floreciendo y madurando, y sus pinturas tenían un espíritu cautivador que me conmovía.

Sin embargo, siempre había algo doloroso en sus obras, sobre todo en las decenas de imágenes masculinas, gráciles, delgadas y escandalosamente erotizadas que empezó a retratar por aquella época, y yo no podía dejar de pensar que mi amigo dibujaba a Samuel una y otra vez, a pesar de todos los extraños que pasaron por su cama durante aquellos meses.

Quizás Pablo había superado por fin su obsesión por Alejandro al darse cuenta de quién era realmente su amor perdido, pero había sido a costa de sacrificar su felicidad, y no le había aportado ninguna paz.

—¿Crees que la expulsión de Gabriel será definitiva? —me preguntó Samuel en ese momento, sacándome de mi ensimismamiento.

—Espero que no. Si es así, le costará que otra universidad le acepte. Quizás sea una expulsión temporal —dije, deseando que fuera así, aunque si Gabriel seguía por el mismo camino, no sabía de qué le iba a servir.

Nos sentamos a la mesa y dejé que Samuel fuera a pedirme un bocadillo y me ahorrara el trago de volver a encontrarme con Guillem, pero la verdad era que había perdido el apetito.

—¿Nos quedaremos esta tarde a estudiar en la biblioteca? —preguntó Samuel cuando volvía con nuestra comida.

—Por mí sí —respondí.

—Pues yo no puedo quedarme —dijo Clara—, me toca cuidar de Íker.

David tiene una reunión esta tarde. —Asentí.

Desde que David se había incorporado a su trabajo un par de meses atrás, Clara y él se turnaban en el cuidado del niño por las tardes.

Eso estaba resintiendo los estudios de Clara, pero, como ella me recordaba a menudo, había cosas más importantes en la vida que sacar buenas notas en los exámenes—.

Además —añadió, reticente a dejar del todo el tema anterior—, no creo que te convenga quedarte todo el día en la facultad a estudiar.

La gente va a estar comentando lo de Gabriel, y más de uno va a querer tirarte de la lengua.

¿Por qué no vamos a mi casa? —nos ofreció—.

Os prepararé algo para merendar, y charlaremos un rato.

—Tú lo que quieres es no quedarte sola en casa con tu sobrino —le dijo Samuel con una sonrisa. No sería esa la primera vez que la acompañábamos para hacerle compañía mientras cuidaba al hijo de David.

—Sí, eso también, me aburro cuando se queda dormido, pero el pobre Noah necesita hablar con alguien. ¿Qué me decís? —volvió a preguntar.

En realidad, me apetecía más irme a casa a contárselo todo a Pablo, pero él no saldría del curro hasta las seis de la tarde, y quedarme en la biblioteca ya no me parecía tan buena idea después de la reflexión que Clara había hecho.

—Está bien —contesté.

—¿Y tu sobrino nos va a dejar estudiar? —preguntó Samuel escéptico—. La última vez estuvo llorando como un cosaco.