A través del sexo. La saga completa 8. Cortar por lo sano #5
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8. Cortar por lo sano #5

—Sí, es verdad, aunque no fue vino lo que tomamos precisamente —dije. De repente se estableció un incómodo silencio, como si ninguno de los dos quisiera admitir lo que habíamos hecho—. David me dijo que… Que te habían denunciado.

—Sí, claro que sí. Di positivo para estupefacientes en sangre estando al volante, y casi te mato.

—¿Y qué te va a pasar?

Se encogió de hombros.

—Me han retirado cautelarmente el carné de conducir, y estoy citado en el juzgado para la semana que viene.

—¿Te pueden meter en la cárcel?

—El abogado de mi padre dice que me enfrento a arrestos de ocho a doce fines de semana, y que seguramente perderé el permiso de conducir durante unos años, pero que la pena podría suspenderse si me meto en un centro de desintoxicación.

—¿En serio te dijo eso?

—Sí. Debe de pensar que soy una especie de yonqui —resopló.

—¿Y qué te han dicho tus padres?

—Ya sabes, lo típico. Mi madre no hace más que llorar y mi padrastro dice que soy un inútil y que es un escándalo que un hijo suyo, blablablá… La misma mierda de siempre.

—Lo siento.

—No lo sientas. Yo no lo hago. Los muy gilipollas tienen lo que se merecen.

Tardé unos segundos en darme cuenta de que seguía hablando de sus padres.

—¿Cómo puedes decir eso?

—Mi madre siempre va presumiendo de mí por ahí —dijo—.

Que si mi hijo Gabriel saca tales notas, que si mi hijo Gabriel es tan cariñoso, que si mi hijo Gabriel es tan responsable…

—Resopló de nuevo y apagó su cigarrillo contra la hierba—.

Pero si supiera que soy gay, me echaría a la calle.

A ver cómo presume de mí la semana que viene en el juzgado.

Y mi padrastro, el muy hipócrita… El otro día dio un discursito en una conferencia sobre drogas, diciendo que son una lacra para la sociedad y todo ese rollo, y luego llega a casa y se pone hasta las cejas de farlopa. Él y su hijo son iguales.

—¿Tu hermano también consume? —pregunté, empezando a entender algunas cosas.

—Sí, él y todos sus amiguitos de las juventudes del partido.

Como si fueran mejores que yo por ser heterosexuales y colocarse en un puticlub.

Ahora quiere seguir los pasos de su padre en la política, y le ha pedido matrimonio a su novia, solo para quedar mejor ante los medios conservadores.

—Le miré, sintiendo lástima por él. Yo también sabía lo que era ver al hombre al que amaba casándose con una mujer.

Desvió la mirada, pero pude ver que tenía lágrimas en los ojos—. Hijo de puta…

Ahora lo entendía todo. Había hecho lo que había hecho para llamar la atención de sus padres y de su hermano, para declararle al mundo que no era el hijo perfecto que todos pensaban que era.

Gabriel quería que lo pillaran, quería conducir estando colocado y quería que lo pillaran.

Incluso era posible que quisiera matarse, y me había metido a mí en medio de su espiral de autodestrucción.

Pero ni siquiera entonces fui capaz de odiarle.

—Olvídate de todo eso, Gabriel —le dije, acercándome a él para abrazarlo—. No puedes seguir así, torturándote. Tienes que olvidarte de todo esto.

—No puedo…

—Sí que puedes.

—Tú también tienes que olvidar a David, y no puedes hacerlo.

—Pero quiero intentarlo, Gabriel. Contigo… —balbuceé. Me miró con sus intensos ojos verdes y perdí el aliento unos segundos por el dolor que se veía en ellos—. Sabes que siento algo por ti…

—No —negó con la cabeza.

—… Y sé que tú también sientes algo por mí —continué, ignorándole—. Podemos superar esto juntos. Déjame que te ayude, sé que puedo hacerte feliz —susurré.

Apoyé mi frente en la suya, esperando una respuesta.

—¿Y qué quieres, que sea tu novio?

—Si tú quieres… —dije. Volvió a negar con la cabeza y se alejó de mí—. No voy a dejar que te autodestruyas. —Se puso de pie y se alejó unos pasos de mí. Me incorporé y le seguí—. No te lo voy a permitir —insistí, cogiéndole del brazo.

—¿Y qué vas a hacer para impedirlo?

—¿Es que no te ha asustado lo que pasó la otra noche? —pregunté a mi vez—. ¿Vas a seguir igual que hasta ahora?

—¿Qué es lo que esperas de mí? —me gritó, soltándose de mi agarre—. ¿Que sea tu novio perfecto y deje de fumar porros? —inquirió con ironía.

—Gabriel…

—Yo no puedo ser tu David, y tú no puedes ser…

—Pero es que yo no necesito que seas David, necesito que seas tú mismo. Te necesito a ti.

—Ya, pero eso no es lo que necesito yo —dijo con rudeza.

—Sé que lo que sientes por tu hermano es…

—¡Tú no sabes una mierda! —gritó.

Me quedé muy quieto, frente a él, mirándole mientras respiraba aceleradamente.

—Gabriel, no puedes seguir enamorado de él —le dije muy despacito—. Tienes que olvidarle.

—Puede que tengas razón, pero tampoco voy a enamorarme de ti. —Me miró casi como si sintiera lástima de mí, pero en realidad creo que sentía lástima de sí mismo—. Ha sido un placer conocerte, Noah, de verdad que sí. Pero ahora cada cual tiene que seguir su camino.

Se dio la vuelta y se fue sin mirar atrás. Jamás volvimos a cruzar una palabra y Gabriel dejó de juntarse con cualquier persona que tuviera la más mínima relación conmigo. Esa fue la quinta y última cosa que aprendí de él: que a veces es mejor cortar por lo sano.