8. Cortar por lo sano #4
—¿David te echó la bronca? —preguntó indignado—. ¿Y quién se cree ese que es para decirte lo que tienes que hacer?
Suspiré mientras sonreía. Pablo no le daría la razón a David aunque la tuviera.
Para cuando llegamos al piso, ya me sentía agotado de nuevo. No sabía muy bien por qué, ese día mis reservas de energía parecían estar bajo mínimos. Después de tomarnos un café, Pablo y yo nos tumbamos abrazados en la cama de Clara.
—Te han afeitado un poco de pelo alrededor de la herida —dijo Pablo desde detrás de mí—. Pareces un puercoespín —se burló.
—Seguro que estoy horrible.
—¡Horroroso! —dijo, a pesar de lo cual me apretó más fuertemente contra su pecho—. Me quedaré a dormir esta noche contigo, ¿de acuerdo? —me dijo en tono cariñoso—. Yo cuidaré de ti —añadió, quizás queriendo dejar claro que él era quien tenía que haberse encargado de mí ese día y no David.
—Gracias —susurré—. Debí haberte llamado a ti anoche, pero la verdad es que no recuerdo muy bien lo que pasó. Debía de estar completamente atontado para decirles a los médicos que llamasen a David y no a ti.
—No presentes a los estupefacientes como atenuantes de tu estupidez —dijo con dulzura.
—¿Y tú? ¿Cómo estás?
Guardó silencio unos momentos.
—No muy bien, la verdad.
—¿Echas mucho de menos a Samuel?
—Muchísimo —dijo contra mi oreja.
—¿Y por qué no intentas que…?
—Él quería perdonarme —me interrumpió.
—¿Qué?
—El martes, cuando le conté lo de Alejandro, me dijo que quería perdonarme y seguir conmigo. Pero yo no le dejé.
—¿Por qué no?
—Porque… No sé, porque no me parece bien que me perdone, no me lo merezco —dijo.
—Sí que te lo mereces.
—He seguido viendo a Alejandro durante toda la semana.
—Lo sé —susurré, dándome la vuelta para estar frente a él. Silenciosas lágrimas caían por sus mejillas hacia la almohada. No pareció sorprendido de que yo lo supiera.
—No quiero seguir haciéndolo —dijo. Nunca había escuchado una petición de ayuda más contenida pero desesperada que esa.
—Quédate conmigo.
—Claro que sí —dijo.
—No me refiero a esta noche, me refiero para siempre. Vente a vivir conmigo, Pablo. Yo cuidaré de ti.
Se abrazó a mi pecho.
—Gracias.
A lo largo del domingo intenté contactar con Gabriel, pero me fue imposible.
Parecía tener el móvil apagado, y no me atrevía a llamarle a casa.
Pensé que sus padres debían estar muy enfadados con él, tanto por lo del accidente como por lo de las drogas, y me preguntaba si lo que él me había dicho acerca de que su padrastro era consumidor sería verdad o no, y si eso le serviría en casa como atenuante.
Por la tarde, Pablo y yo fuimos a su piso a coger algo de ropa y algunos efectos personales.
Al parecer, él tenía la intención de no volver a dormir allí.
—Me viene bien dejar ese piso —dijo cuando salíamos—. Voy a ir bastante justo de dinero hasta que encuentre un nuevo empleo.
Le miré sorprendido, pero luego asentí. Pablo estaba cortando por lo sano con Alejandro.
Si quería dejar atrás la tentación de seguir acostándose con él, lo principal era dejar de verle.
Si Alejandro creía que iba a poder seguir acosando a Pablo en su lugar de trabajo, estaba muy equivocado.
Además, ahora tampoco conocería su dirección.
—Tendrás que cambiar tu número de teléfono también.
—Ya lo había pensado —dijo.
—¿Y Samuel? —le pregunté.
—Que siga con su vida. Le irá mejor sin mí.
—Mira que eres derrotista —le amonesté—. Eso no es verdad.
—Deja que me consuele a mi propia manera —me pidió.
Quizás creer eso le ayudaba a sentir que hacía algo bueno por la persona a la que amaba, pero a mí seguía sin gustarme la idea de que se menospreciara tanto a sí mismo. Sin embargo, no dije nada.
—Mañana le veré en clase. ¿Qué quieres que le diga si me pregunta por ti?
—Que estoy muy bien, muchas gracias. —Le tembló la barbilla casi imperceptiblemente y me miró con un ruego en los ojos—. No le vayas a decir la verdad.
Yo sabía cuál era la verdad, y la verdad era que anoche Pablo había vuelto a quedarse dormido mientras lloraba por él.
—Tranquilo, tu secreto está a salvo conmigo —le aseguré, aunque seguía sin estar seguro de que fuera buena idea.
El lunes ambos madrugamos y nos dirigimos a nuestras respectivas clases.
Habíamos vuelto a dormir juntos en la cama de Clara y ni siquiera hablamos acerca de qué habitación se iba a quedar cada uno.
De todas maneras, de momento estaba bien así.
Ambos necesitábamos un poco de consuelo por las noches.
Samuel también volvió a clase ese día. Cuando le vi entrar en el aula acompañado de Clara, me puse muy nervioso, pensando en qué me diría, o en si tendría que mentir por Pablo, pero lo único que hizo al verme fue darme un abrazo.
—¿Cómo lo llevas? —le pregunté.
—Tú ya sabes cómo es esto, ¿no? —dijo con una forzada sonrisa—. Lo llevo y punto. ¿Pablo sigue viéndose con ese tío? —me preguntó a bocajarro.
—No —dije. Al menos había hecho el propósito de no volver a hacerlo, y eso era lo que contaba.
—Bien, bien —dijo—. Cuida de él por mí, Noah, ya sabes cómo es. Que no se meta en líos.
—Eso haré —le prometí, dispuesto a no meterme en más líos yo tampoco—. Se ha venido a vivir conmigo —dije tanto para informarle a él como a Clara, que era la dueña del piso.
Ella asintió, dándome su beneplácito, y Samuel pareció algo más aliviado.
No hablamos más porque en ese momento entraba el profesor en el aula, y el resto del día ni él ni yo sacamos el asunto a colación.
Además, el tema de mi accidente de coche ocupó el resto de las conversaciones de la jornada.
Ahora que tenía media cabeza afeitada y una herida al aire, todo el mundo quería saber qué me había ocurrido y no tenía ningún sentido mentir al respecto.
Eso sí, me cuidé mucho de decirle a nadie las razones de nuestro accidente de coche.
Cuando por fin se acabaron las clases de la mañana, fui en busca de Gabriel.
Todos se dirigían a la cafetería para comer, pero yo quería encontrarme con él a solas para hablar un rato sin que nadie nos molestara.
Salí de clase cinco minutos antes de que sonara el timbre y me fui a buscarle a su aula, pero no estaba allí.
Fui a la cafetería y tampoco le encontré.
Vagabundeé un poco por la facultad preguntándome si habría acudido a clase ese día, hasta que di con él.
Estaba en el pequeño arbolado que hay tras el edificio principal, apoyado contra uno de los flamboyanos y fumando un cigarrillo con cierta indolencia.
No parecía preocuparle ser el único en estar allí sentado, ni sentir el frío que hacía, sino que parecía meditabundo.
—Ah, aquí estás —dije en cuanto le vi.
Levantó sus ojos hacia mí y pareció sorprendido de verme.
—Noah…
—Llevo intentando hablar contigo desde ayer, pero no había manera de localizarte.
—Pensé que no querrías hablar conmigo después de lo que pasó.
—¿Y por qué no iba a querer? Fuiste un idiota —dije mientras me sentaba junto a él sobre el suelo helado—, pero yo lo fui tanto como tú. ¿Cómo estás?
—¿Y tú? —preguntó a su vez con preocupación—. No sabes lo asustado que estaba. Perdiste el conocimiento y estabas sangrando, y por un momento pensé que… —Guardó silencio.
—Yo no me acuerdo de nada de eso —dije.
—¿De verdad estás bien?
—Sí. —Giré la cabeza para enseñarle mi herida—. ¿Lo ves? Un par de puntos de nada.
—Intenté verte cuando estábamos en urgencias, pero no me dejaron, y los médicos no querían decirme cómo estabas. Al final, fue una de las enfermeras la que me aseguró que no te había pasado nada grave.
—¿Y a ti?
—A mí no me pasó nada. Una pequeña contusión por el cinturón de seguridad, nada más. Me hicieron unas pruebas y llamaron a mis padres. Ellos me obligaron a irme a casa, pero yo no quería dejarte solo.
—No tenías por qué preocuparte, no estaba solo.
—Sí, lo sé. Vi allí a David. Lo que no sé es por qué…
Sonreí ante mi estupidez.
—Por lo visto, estaba tan colocado que le di a los médicos su número de teléfono.
— In vino veritas —recitó.