A través del sexo. La saga completa 8. Cortar por lo sano #3
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8. Cortar por lo sano #3

—Está bien, como quieras. —Me dio un apretón en el hombro y salió del baño.

Me vestí con la ropa que David me había preparado: unos vaqueros suyos y una camisa que me resultaba vagamente familiar.

No fue hasta que me la puse que recordé que esa había sido una de las prendas que David me regalara mientras estuvimos juntos, y que debieron de quedarse en su casa cuando rompimos.

Que la siguiera guardando hizo que se me formara un nudo en la garganta, incluso aunque ahora me tiraba un poco de los hombros.

Me miré al espejo para valorar mi aspecto mientras me la abrochaba y me di cuenta de que estaba hecho un asco: tenía el pelo revuelto, pero no me atrevía a peinarlo por miedo a hacerme daño en la herida.

Mi rostro estaba algo demacrado y ojeroso y tenía un hematoma que me cruzaba el pecho allí donde el cinturón de seguridad se había clavado en mi carne.

Enfadado conmigo mismo, terminé de abotonarme la camisa y me dirigí al salón.

Mientras me acercaba por el pasillo, podía oír la voz de David manteniendo una conversación telefónica. Al principio no entendía sus palabras, pero a medida que avanzaba, pude distinguir lo que decía.

—Sí, eso es todo, solo quería saber cómo estaba —decía cuando yo entraba en el salón—. Sí, creo que me pasaré para la toma de las seis. Sí, de acuerdo. Hasta luego, muchas gracias.

—¿Hablabas con el médico de tu hijo? —pregunté entrando en el salón.

—Con una de las enfermeras.

—¿Todo bien? —pregunté.

—Sí.

—Lo siento, te he entretenido. A lo mejor tenías pensado pasar el día con él.

—No, qué va. Pensaba tomarme el fin de semana libre para ver a mis caballos, una vez que me traiga a Íker a casa, van a pasar meses hasta que pueda ir otra vez.

Pero ya que no he podido ir… —dijo, sin añadir que yo había sido el culpable de su cambio de planes—, creo que me pasaré esta tarde para darle el biberón de las seis.

—Sonrió—. Tengo que ir practicando, para cuando le tenga en casa.

—¿Cuándo le darán el alta?

—Pronto. Si no hay contratiempos, la semana que viene.

—¿Tan pronto? —me sorprendí. Aún recordaba lo pequeñito que había sido Íker cuando nació, y me preguntaba si ya habría crecido lo suficiente como para salir del hospital—. ¿Y no te da miedo…? Quiero decir, ¿estás preparado para eso?

Se encogió de hombros y esbozó una leve sonrisa.

—Lo sabremos la semana que viene. —Asentí en silencio.

Quizás ni él mismo estaba seguro de sus habilidades, aunque había tenido algo más de un mes para habituarse al niño antes de tenerlo en casa, algo que el resto de padres no tenía.

Pero la mayoría de los padres no tendría que criar a un niño solo, y yo sentí pena por él—.

Deberías llamar a tu amigo —añadió, señalando hacia el teléfono.

Asentí mientras veía cómo se iba hacia la cocina.

No pude evitar pensar que parecía ansioso por librarse de mí, y no le culpaba de ello, pero aun así sentí un nuevo acceso de remordimientos.

Con un suspiro, descolgué el teléfono y marqué el número de Pablo.

—¿Sí? —contestó.

—Hola —le dije—. ¿Estás ocupado hoy?

—No mucho, ¿por qué?

—¿Podrías hacerme un favor? —le pregunté—. ¿Podrías venir a buscarme?

—¿Ir a buscarte a dónde?

—No me eches la bronca, ¿vale? —dije con tono inseguro.

—¿Que no te eche la bronca por qué?

Suspiré de nuevo.

—Es que anoche Gabriel y yo tuvimos un accidente.

—¿Qué? —chilló—. ¿Con el coche?

—Sí.

—¿Estás bien, cariño?

—Sí, sí, estoy bien. —Sonreí ante su genuina preocupación—. Solo me dieron unos puntos y… ¿Puedes venir a buscarme?

—Claro. Debiste haber llamado antes. ¿En qué hospital estás?

—En ninguno. Estoy en casa de David.

—¿¡Que estás dónde!? —chilló.

—Prometiste no echarme la bronca —le reproché.

—No, no te lo prometí. ¿Qué demonios haces en casa de David?

—Es una larga historia, que te contaré si vienes a buscarme. Por favor —añadí.

—Está bien. Dime dónde vive el indeseable ese.

Le di la dirección de David y él me prometió que me sacaría de ese «antro» en menos de diez minutos.

Colgué tras haberle dado las gracias y me dirigí de nuevo al dormitorio de David a coger mis cosas.

Sobre la cómoda estaban mi cartera y mi teléfono móvil.

Lo encendí, y como esperaba, enseguida me llegaron varias llamadas perdidas y un mensaje de Clara, preguntándome por qué no había ido a las prácticas.

Tecleé un rápido mensaje de respuesta, diciéndole que había tenido un contratiempo, que ya le contaría todo el lunes y preguntándole cómo estaba Samuel, y me dirigí de nuevo hacia el salón.

En mi camino por el pasillo me di cuenta por primera vez de que la puerta que daba a la habitación del piano estaba recién pintada y que sobre ella pendía un cartel que decía: «Íker».

Con curiosidad, me asomé a la habitación y encendí la luz.

El piano de David había desaparecido, siendo sustituido por una cuna que ocupaba el centro de la habitación.

Había también un pequeño armario, un cambiador y una mecedora de madera.

Las paredes eran ahora de un suave tono verde y estaban llenas de murales.

En una de ellas había un árbol pintado, que llegaba casi hasta el techo, y a su alrededor volaban un montón de pájaros azules.

Una lechuza me miraba curiosa desde un profundo hueco en el tronco, y un hada vestida de violeta lanzaba un encantamiento de purpurina justo al lado de la ventana.

En la pared opuesta había un unicornio con un resplandeciente cuerno dorado.

Las formas de su cuerpo estaban perfectamente esbozadas, pero solo estaban pintados de blanco la cabeza y parte del tronco.

Era obvio que era un trabajo a medio hacer, aunque el resto de la habitación parecía preparada para recibir a un bebé.

—No le dio tiempo de terminarlo —oí detrás de mí.

Me giré y vi que David estaba en el umbral, apoyado contra el marco de la puerta.

—¿Qué?

—El unicornio —dijo señalando con su barbilla al animal a medio pintar que yo había estado mirando—. Murió cuando aún no lo había terminado.

—¿Lorea dibujó todo esto? —pregunté señalando los murales de la pared.

—Sí.

—¿Y por qué no terminas de pintarlo tú?

—Porque no me siento capaz —murmuró con el rostro demudado.

—¿Y tu piano? —pregunté.

—Lo vendí —contestó encogiéndose de hombros—. Necesitábamos… Necesitaba espacio para la habitación del niño, así que…

—¿Y ahora no podrás tocar?

—Sí, lo sustituí por un piano de pared que he puesto en mi estudio, pero la verdad es que tampoco estoy tocando mucho últimamente… —Justo en ese momento tocaron al timbre—. Voy a ver quién es.

Le seguí hasta el salón, convencido de que sería Pablo.

«Pues sí que se ha dado prisa», pensé algo frustrado.

Habría querido tener una conversación con David en aquella habitación infantil, haberme interesado por él y por su hijo, preguntarle por qué ya no le apetecía tocar el piano, aunque imaginara la respuesta.

La abrupta llegada de mi amigo me había privado de todo eso.

—¿Sí? —preguntó David por el telefonillo—. Sí, aquí es. Sube al último piso. Es tu amigo —dijo girándose hacia mí. Luego, abrió el ascensor, puso la llave y lo mandó al primer piso—. Te daré tu ropa.

Se metió de nuevo hacia los dormitorios y volvió al salón unos segundos más tarde, trayendo consigo una bolsa blanca, dentro de la cual estaba mi ropa de la noche anterior, aún manchada de sangre.

—Gracias —dije.

—No sé si vas a poder aprovecharla. La camisa al menos está hecha polvo.

Asentí mientras oía el timbre que anunciaba que el ascensor había vuelto a subir. Cuando las puertas se abrieron, Pablo salió resueltamente de él, y al verse en el salón de David adoptó una actitud estirada.

—Tú debes de ser Pablo… —le dijo David a modo de saludo, extendiendo la mano hacia él con la excesiva cortesía que utilizaba con aquellas personas por las que sentía ciertas reservas, pero mi amigo le ignoró olímpicamente y, en vez de saludarlo, vino directamente hacia mí.

—¿Cómo estás, cariño? —dijo abrazándome. Por encima de su hombro vi cómo David se quedaba perplejo ante el desplante de mi amigo.

—Bien, estoy bien. Ese es David —dije separándome un poco de él y dándole una oportunidad para deshacer el desaire que le acababa de hacer.

Pablo se limitó a mirarle de arriba abajo con animadversión.

—Sí, ya lo sé —respondió con antipatía, pero no hizo ademán de querer saludarlo.

Para ese entonces, David ya estaba bastante cabreado con la actitud de Pablo y le dirigió una dura mirada.

—Pablo… —dije en un intento de mediar entre ellos.

—Anda, cariño, vámonos de aquí.

Miré a David, que apretaba la mandíbula en un gesto de enfado.

—Sí, será lo mejor —dije, deseando acabar con aquella situación antes de que la sangre llegara al río—. David, gracias por… —Bajé la mirada avergonzado—. Por cuidar de mí y todo eso.

—No hay de qué. —Los ojos de David abandonaron el rostro de Pablo y se clavaron en los míos—. Cuídate, ¿vale?

—Lo haré —prometí. Cogí a Pablo de la mano y me metí con él en el ascensor. No hablé hasta que se cerraron las puertas de metal ante nosotros—. Has sido muy descortés con David —le amonesté.

—Se lo tiene merecido —respondió mi amigo antes de mirarme con ojo crítico—. ¿Seguro que estás bien? Tienes mala cara.

—No, la verdad es que no me encuentro muy bien. Llévame a casa.

Me abracé a su pecho, no queriendo discutir más, y dejé que me rodeara con sus brazos hasta que llegamos al piso inferior.

Salimos del portal y nos metimos en su coche. De camino al piso de Clara le fui contando todo lo que había pasado la noche anterior y tuve que soportar una nueva bronca ante la mención de la cocaína.

—¿Pero tú estás loco? —me dijo mi amigo, desviando sus ojos de la carretera para fijarlos en mí.

—Mira para delante, anda, que no quiero tener otro accidente. Y sí, al parecer estoy loco, pero no tanto como para volver a hacer algo así. Y no me eches la bronca, que con que me la echara David tengo bastante.